Un relato cortito que escribí para un concurso. No gané, pero me gusta bastante el resultado.
El concurso consistía en escribir cómo era el mundo siendo un fantasma.

Espero que os guste^^ Me quedó un poc "crudo" el fic. A veces soy un poco gore y eso que en este fic me corté bastante.


Se supone que tiene que hacer frío, mucho frío. Sin embargo, lo único que puedo percibir es la realidad deformada a través de este carámbano de hielo. Sus encapuchados cráneos los percibo alargados y sus ojos rojos centelleando en la oscuridad, multiplicados hexaédricamente. Y aún así la escarcha nubla esta visión. Así es el mundo que conozco desde que alcanzo a recordar. Yo soy Malebolge, la reina de este infierno congelado. Mi inútil cuerpo sufre condena encerrado en un bloque del más ardiente hielo. Lo único que me otorga calidez es la sangre de los sacrificios que ofrecen en mi honor. Vierten el rojo fluido y éste teje un velo carmesí que me protege de las fanáticas miradas de mis adoradores. Aún así este derramamiento de sangre es una maldición. Al principio es cierto que calma mi sed, pero después. ¡Oh! Pica. Y escuece. Escuece muchísimo cuando su calor comienza a desprenderse de mí nuevamente. Entonces un día la descubro, radiante y magnéticamente atrayente: una pequeña fisura en el inquebrantable hielo. La estrella que brilla en el oscuro firmamento. Su aliento acaricia mis gélidas mejillas. Es un soplo helado, pero es mi esperanza así que no lo pienso, me decido a abandonar esta cárcel deslizándome a través de sus estrechos recovecos. Ya está, ahora soy libre. Pero sigue haciendo frío. Este lugar maldito es un infierno de hielo. Contemplo desde el exterior mi inerte cuerpo congelado y lo dejo flotar en ese helado océano. Necesito algo que me caliente, ¿pero qué puede reconfortar a un espíritu como yo? Ese algo comienza a brotar en mi interior, algo que crepita más ardientemente que el frío más intenso. La ira. Toda la culpa la tienen aquellos desgraciados. Tres sacerdotes vigilan la entrada. Los atravieso y aprovecho para llevarme sus almas. Sí, su calor por un momento me reconforta, pero no es más que un calor efímero. Pronto me vuelvo a enfriar. No hay tiempo que perder. Sé que los demás tienen el poder para encerrarme de nuevo, tengo que huir.

Por fin estoy en la superficie, aunque este nuevo mundo sigue pareciendo un páramo desierto, salvo que por fin el incesante arrullo del viento reverberando en los fríos carámbanos ha desaparecido. Agradezco no tener pies para poder atravesar los diferentes edificios. Mi espíritu da un vuelco cuando le veo: el ser más bello que había contemplado nunca. O al menos así se me antojó la calidez que desprendía su cuerpo. El joven descansa plácidamente sobre un humilde colchón. Observo el suave vaivén de su pecho mecido en una flotante nube de Morfeo. Es hermoso con ese fino cabello cobrizo acariciando su rostro. Los tímidos rayos de luz se atreven filtrarse a través de la persiana dibujando arabescos sobre él. Resulta perfecto para cobijarme. Penetro en su cuerpo cuidadosamente para no infligirle daño alguno. Su calidez corporal me embriaga. Por dentro resulta más hermoso aún. Me fascinan los pensamientos de su mente agrupándose en fragmentos oníricos. Me fascina su radiante alma, tan diferente a la mía. Se resiste un poco, pero pronto paso a ser la dueña de su cuerpo. Le he sometido y ahora su voluntad me pertenece. Recorro con la punta de los dedos sus afiladas facciones. ¡Qué labios más finos! Dibujo fantasías sobre su torso y repaso el contorno de los cuadraditos de su pecho. Puedo sentir bajo la piel el palpitar de su vivo corazón y por un momento la envidia me corroe. Cuando llego a la entrepierna descubro que sus sentidos son ahora míos también y que puedo sentir todas las sensaciones que le provoco. Disfruto de él hasta agotarlo. Mi lujuria fue dando paso de nuevo a la envidia. ¿Por qué él puede disfrutar de un cuerpo tan acogedor y yo no? Entonces caigo en la cuenta de que a estas alturas ya habrán descubierto mi fuga. No tengo tiempo que perder, tengo que huir. Salgo de él con reticencia y me despido dedicándole una última mirada a su rostro angelical. Adiós amor mío, nunca te olvidaré.

Ya estoy muy lejos, he perdido la noción de cuánto tiempo he pasado vagando a la deriva por este mundo tan frenético. Me siento hambrienta así que me dejo llevar por una deliciosa fragancia y entro en lo que parece un pequeño restaurante. El dueño se queda pasmado al descubrirme. Así que podía verme. Me relamo. He descubierto un plato mucho más suculento que la comida de los humanos. Decido poseerle como había hecho con mi amado, pero ahora en vez de acariciar rítmicamente su cuerpo, comienzo a morder sus uñas. Esto tan solo me abre aún más el apetito por lo que sigo engullendo. Cuando ya no quedan uñas que mordisquear continúo por los dedos. La sangre se mezcla junto con la carne que voy desgarrando. Al cabo de un rato, donde antes vibraban dos ágiles manos ahora sólo quedan unos muñones ensangrentados. Aunque mi apetito ya se ha saciado continúo devorando los brazos, hasta que siento ganas de vomitar. Su cuerpo se ha enfriado y ahora me resulta hostil. Le abandono y sigo con mi camino.

Ahora tengo mucho sueño. No quiero seguir divagando como un ser errante más pues la pereza se ha apoderado de mí. Necesito reposar. Llego a una abrupta cueva con un río subterráneo fluyendo en su interior. Me acurruco en uno de sus oscuros rincones y dejo que mi alma se sumerja en un reparador letargo. Cuando despierto, esta lúgubre caverna se ha transformado en un precioso palacio de cristal. Un inmenso espejo me saluda. Se trata de una gran placa cuya pulida superficie reflecta mi inmaterial cuerpo. Me contemplo por primera vez desde que escapé de mi prisión, pues aún no había tenido ocasión de hacerlo. Mi reflejo me deja extasiada. Mis ojos ya no están adornados por plumíferas pestañas ni estoy recubierta por erizante piel. Si embargo, ahora soy más diosa y reina que nunca. Quien no tenga el don simplemente vería un casi imperceptible torrente de energía, pero quien pudiese ver más allá permanecería atrapado contemplándome. Yo misma no puedo desprenderme de mi fascinación aunque soy consciente de que se trata de una trampa, pero aún así no puedo cesar de admirarme. He caído en las fauces de la soberbia. No sé explicar exactamente como se dio la fusión, pero pasó.

Mi espíritu atravesó la mágica superficie quedando atrapado en ella. No tengo escapatoria, aunque me resisto furiosa. Me han vuelto a condenar a morar en esta nueva prisión hasta que alguien lo suficientemente loco rompiese el espejo. Mis últimos pensamientos son para mi amor. Le estaré eternamente agradecida por ese pequeño momento de lujuria. Si consigo salir de aquí me encargaré de que su acogedor cuerpo sea mío y sólo mío. Y cuando le encuentre le poseeré avariciosamente hasta que el tiempo lo descomponga.