De amor, recuerdos y sombras.

Novela histórica, no tan bien documentada como me gustaría xD. El título es una copia barata de uno ya existente. Lo lamento, pero el original es tan perfecto, y le calza tan bien a la historia, que no pude pensar en algo mejor.

Todo lo que está escrito aquí es de mi propiedad, y la crucifixión le aguarda a quien plagie algo xDD.

Y disculpen la precipitación con la que está escrito todo, simplemente no puedo encontrar tiempo para escribir algo nuevo, mucho menos para actualizar lo que ya he iniciado. Pero espero, confío, en que podré hacerlo, porque escribir es mi pasión.

Sinopsis: El amor que le profesaba era tan grande, que pudo dejarle ir sin sentir dolor, pues su felicidad era lo más deseado, y era lo único que tenía la facultad de hacerla feliz. En el México de principios del siglo XX, la historia familiar de los Euterpe arrastrará al lector por caminos sinuosos e inexplorados, en los que la felicidad y el suplicio se hallan tomados de la mano, y en el que el desenlace es ciertamente incierto.

Capítulo 1.

Penumbra.

Amalia tenía seis años cuando el Padre Bilbao le dio de regalo el crucifijo de plata que habría de llevar consigo toda la vida. Aquel día, cuando la bisabuela Ifigenia amaneció helada y con los ojos muy abiertos y perdidos, la mansión De la Gala despertó con estertores de incredulidad.

Los tiempos en que se vivía no podían ser menos solícitos, dado que el General Huerta había desconocido al Presidente, y la Constitución había sido nuevamente pisoteada. Las alamedas de la Ciudad estaban cerradas, y a pesar de que aires de fatua alegría se habían apoderado de los conservadores, existía el vaho del terror profetizado por la bisabuela, cuarenta años atrás.

El cielo de la hermosa ciudad estaba aún matizándose, y debido a la rarefacción del aire, tan liviano a esas alturas, resultó impresionante la aurora boreal que cubrió la Catedral durante toda la mañana. Amalia nunca olvidaría el día, porque fue ella quien descubrió la pálida sicrestecia en las manos de la bisabuela, y fue a ella a quien le tocó sentir la mirada penetrante y angustiada de la buena señora. Un grito subió de la tierra y se le escapó hasta por los cabellos, que después de ese incidente habrían de ser siempre blancos, y la casa despertó del estupor del sueño con los alaridos sofocantes que la niña profería.

La buena mamita Lilia salió disparada como un cohete de su pequeña habitación al escuchar los llantos de la niña Amalia, y tan pronto le atisbó en la lejanía, cuando se lanzó a consolarla dentro de sus grandes faldas plisadas. Amalia lloró, ensopando los vestidos de su Nana, hasta que el miedo se le hubo disuelto y pudo recobrar la compostura que le enmarcó el rostro desde el día del funeral de la bisabuela.

Sofía De la Gala entró a la habitación de su amadísima abuela y cerró la puerta. Durante quince minutos no se escuchó nada. De pronto, las vasijas comenzaron a volar en mil pedazos, y por los resquicios de la puerta, escapaban murmullos sordos y desesperados. Federico De la Gala se apresuró entonces a abrir la pesada puerta de caoba, pero se encontró con el pestillo puesto. Atolondrado por la sensación en la que sentía ahogarse, corrió hacia su dormitorio, en busca de las llaves que nunca se quitaba, y que ese día justo había elegido para no llevar consigo.

La llave calzó en el picaporte, y cuando hubo girádole, descubrió a su mujer a los pies de la cama, con vastos mechones de sus cabellos castaños en el piso, y su amplísima bata de seda blanca rasgada y repartida en toda la habitación. Tomaba el aire a bocanadas, y su expresión perdida, llena de lágrimas, le paralizó el cuerpo, porque sus pupilas también estaban muertas.

Levantó el cuerpo de su mujer, que no opuso resistencia, y la llevó a su cuarto, depositándola sobre la cama de seda pastel, y la tapó con la mansedad de un niño pequeño para con su madre.

Las mucamas entraron al cuarto de la bisabuela, para correr los visillos, y para aromatizar la habitación, mientras le arreglaban, pues la Señora de la casa se hallaba indispuesta para hacerlo. La tendieron en cobertores rellenos de plumas delicadas, y cuando hubiéronla desvestido, pudieron divisar la alianza de matrimonio, que nunca pudo quitarse, ni siquiera cuando quien habría de ser su esposo la abandonó por amor a un hombre supremo, dejándola con los hijos que tuvo que sostener por sí misma. A la señora sólo le quedó el recuerdo imposible de la familia que habría de formar con el hombre que le juró amor, los hijos que tuvo con su primer matrimonio y el renombre de su apellido, pero nada de esto le sirvió para reconstruir el pasado que había perdido, y mucho menos para soportar las penurias que habrían de venir después.

Monseñor Bilbao llegó a eso de las diez de la mañana, puesto que estaba oficiando misa en la Catedral cuando le llegó la noticia. Recortó los sermones y no explicó las citas del Evangelio de ese domingo. Bendijo a los fieles someramente, y partió corriendo a la Mansión De la Gala, que en esos tiempos se hallaba a escasas cuadras del Zócalo y de la Catedral.

Era una visión extraña, ver al Obispo correr por las calles como desesperado, con su sotana purpúrea ondulando con el viento, y el báculo de su dignidad convertido en pértiga. Su capelo había caído desde que inició la carrera, y cuando al fin llegó a su destino, se encontró de frente con Federico De la Gala, quien le impidió el paso.

Acabo de enterarme. Tengo que darle la bendición, Federico.

La abuela irá al Cielo gracias a sus buenas obras, Monseñor, no porque usted le rocíe agua bendita después de muerta. No necesitamos la beatitud católica que profesa.

No hables así, hijo. Si tanto te vanaglorias de tu religión, que dices se conduce por el respeto y el amor por todos, comprenderás que tu abuela pertenecía a nuestra Iglesia, y que hasta el último de sus días, pensaba en las bondades del Catolicismo.

Le repito, Carlos, no entrará usted a esta casa. – Monseñor pareció turbado, pero viendo que nada podía hacer, y sintiéndose profundamente triste, dio media vuelta y comenzó a caminar, con aire apesadumbrado.

Diré algunas misas por ella…

No se moleste, no las necesita, y no se las pagaremos…

No es necesario, lo que ella le dio a los pobres en vida, sobra en demasía para pagar esta sencilla dádiva que le ofreceremos en la muerte.

Lo que usted diga, Carlos…- dijo Federico De la Gala, empujando las pesadas puertas, pero al punto, la pequeña Amalia se deslizó de tras de su padre, y corrió hacia el Obispo, colgándose de sus sotanas. Estaba llorando, pero tuvo la suficiente fuerza de voluntad como para contenerse y sollozar que su madre pedía verlo. – No digas sandeces, Amalia, vuelve en este momento. No tienes nada que hablar con Monseñor Bilbao.

Es Sofía la que me llama, Federico. Si tanto la amas, deberías respetar su petición.

Federico de La Gala torció la boca, conteniendo la ira de ser burlado, y finalmente, cedió el paso para que el Obispo entrase. Se quedó ahí todo el tiempo en que la conferencia de su esposa tuvo lugar, sintiéndose abofeteado aún por su propia familia, y más tarde, cuando se enteró que su mujer había decidido volver al Catolicismo, pudo más su orgullo herido que el amor que profesaba por su familia, o quizás era más grande su fanatismo religioso, hizo sus maletas apresuradamente, y partió ese mismo día para algún país remoto de la Europa, en donde podría rehacer su vida en la santidad de su religión.

Los hermanos se hallaban todos en el umbral de la puerta cuando ésta se abrió, y Monseñor Bilbao salía de la habitación, para dirigirse al recinto de la bisabuela. No se supo qué hizo ahí, y cuando salió, Amalia le traía en pedazos su báculo obispal, que Federico De la Gala había trozado en el momento de su partida.

Él no supo nunca que su mujer pretendía haber cambiado de religión por amor, pero que nunca había podido renunciar a su fe, y que les había sido inculcada a sus hijos. Debió ser este último vestigio de su volátil carácter, el que marcó la piedad del Obispo para siempre por él.

Cuando Carlos de Bilbao, Obispo de México, salió de la Mansión De la Gala, que a partir de ese día, habría de ser conocida como la Casa De Euterpe, en parte porque era el apellido de soltera de Sofía, en parte porque todos sus hijos habrían de ser músicos de gran renombre, Amalia lucía el crucifijo que le había sido legado por la bisabuela, quien a su vez lo había conseguido de Carlos de Bilbao, el día en que éste le había anunciado la revelación divina, incitándole al amor infinito por todos, para ella y para todos.

Ifigenia De Oviedo y Valdivia no derramó una sola lágrima para sí misma. Sabía que, por su dolor, mucho sufrimiento sería ahorrado.

- 'Eres el hombre más bueno que he conocido en mi vida…'- le dijo, cuando le besó en la mejilla, rozándole con sus ondulados cabellos.

- 'No me tientes, Ifigenia…no me tientes' – fue la respuesta que le dio el joven Carlos de Bilbao, antes de retirarse.

Ella sólo volvió a verlo cada domingo en misa mayor, y a pesar de que Carlos de Bilbao siempre la invitaba a comer, ella se rehusaba y declaraba que habían cosas más importantes que hacer, como la caridad, que perder el tiempo contándose cosas que podrían haber pasado y que, por la bondad de uno y por el sacrificio de la otra, nunca se harían realidad.

Ella murió en paz ese día, muy a pesar de la mirada que la invadió en el umbral de la muerte, cuando recordó de manera fugaz el secreto que le atravesaba la garganta y que habría de llevarse a la tumba.

-.'.- -.'.-

-.'. -.'.-

Fin del primer capítulo. Espero, verdaderamente espero, que el escrito haya sido del agrado de los lectores. Agradezco el tiempo que se tomaron en leer la historia, y ojalá decidan quedarse para poder continuarla.

Nos vemos en la siguiente entrega.

Frederick C. Autumn de Olavarrieta