Invierno

Un día Alejandra Viruez despertó y supo que iba a morir. No al final de ese día, pero pronto.

No necesitó el pájaro negro parado en los cables delante de su ventana o el réquiem que tocaba en algún piso abajo, o los crespones negros en la casa del frente, simplemente lo supo.

Se levantó de mala gana de su tibia cama y fue al baño. Se miró un rato al espejo. Se duchó más para sentir la caricia del agua tibia que por cumplir con su higiene. Se vistió. El abrigo, la gorra, los guantes, la bufanda, esta vez no dejó nada, aunque no estaba haciendo tanto frío.

Salió a caminar sola un rato mientras esperaba que el sol suba un poco y pueda llamar a alguien.

Un par de horas de vagabundeo y llamó un par de amigas. Estaban ocupadas en la mañana pero en la tarde podían verla.

Se sentó en una banca en la plaza y se puso a ver a la gente pasar. Acariciaba el lomo de un libro dudando entre leerlo o quedarse viendo el panorama de la ciudad.

En la tarde Susana y Laura se juntaron con ella. Hablaron de todo un poco y rieron.

Ya de noche volvió a casa. Se desvistió rápido y se metió a la cama. No le importaba no cepillarse los dientes esa noche. Metida en sus sábanas llamó a sus padres, sus hermanos, sus primos y amigos. Se durmió cuando aún le aparecían nombres en la mente de gente a quién llamar.

A la mañana siguiente Aleja despertó de una pesadilla temprano. Se metió a la ducha y cantó con ganas. Alistó sus maletas rápido y sin fijarse mucho si olvidaba algo.

El bus que tomó abandonó la ciudad una hora después y nunca más se supo de Alejandra en esta ciudad.