Sandy y Santi; el Guggenheim

El edificio se terminó de construir antes de lo planeado y todos los apartamentos se rentaron, todos menos el 13. Le van a poner "Colinas de Altamirano" y tendrá una galería de pinturas en el hall.

La inauguración de una nueva ruta de vuelo se celebró con una modesta fiesta, a la que Santiago no asistió. El nuevo destino es Kiev y en un año se cancelará por falta de mercado.

Sandra llegó ese mes del extranjero y rentó el apartamento 13 del "Colinas de Altamirano" con indiferencia. Ahí una vecina le habló del Guggenheim. Escuchó con mediano interés y firmó una hojita para que le informaran más en el futuro, y olvidó el asunto.

Santiago se lo escuchó a Reinaldo, su compañero de trabajo y eterno rival, y deseó oír más del Guggenheim. La alusión al museo en el nombre del barco le pareció mitad cómica, mitad extravagante. Robó un folleto.

El Guggenheim zarparía de Perú con rumbo a Norte América, para luego dirigirse a Hawaii, donde luego podría dar vueltas o estacionarse durante tres semanas.

Santi llamó una vez, y hasta reservó un lugar, pero luego no recordó confirmar la reserva. Sandy asistió a una reunión explicativa y finalmente se animó a comprarse un pasaje, mismo que luego canceló porque no se sentía lista para usar un traje de baño. El Guggenheim partiría sin ellos.

No se enamorarán en cuanto se vean, ni intercambiarán miradas fugaces durante la cena de la primera noche, no pensarán que el otro les está observando, mientras se buscan con fingida distracción deambulando por pasillos y cubiertas, no jurarán amor ni pensarán que fusionan sus almas eternamente en planos inexplicables a la vez que sus cuerpos se consumen en un fuego muy sensible.

Caminarán meditabundos por las calles de una ciudad que esconde al uno del otro, pensarán un par de veces en el crucero que perdieron.

Pero, por otro lado, tampoco morirán cuando el Guggenheim se hunda en el camino, en medio océano y sin tierra cerca.