La historia es mía... y muy mía. [¡Qué bien se siente decir esto! :D]

Es lo primero que escribo sin meter personajes ya creados. Y como es tan mío, tenía que ser dramático.


Sola


Ella caminaba. Sus largas piernas le permitían dar grandes zancadas, y llevaba sus manos dentro de los bolsillos de su abrigo. Miraba al suelo, sus ojos estaban tristes; las lágrimas recorrían sus pálidas mejillas.

Caminaba. Pasaba entre la gente, y sin embargo, se sentía sola. Completamente sola. Su mejor amiga la había dejado sola en lo que se suponía era un día especial. El hombre a quien ella amaba se había quedado sin palabras cuando la joven le confesó sus sentimientos. Nadie la comprendía, nadie se preocupaba por ella. Ni un mensaje, ni una llamada al móvil. Nada. Ella estaba sola.

Seguía caminando a paso vivo —aun sin tener prisa—, dejando que el frío viento azotara con más ímpetu su rostro, y que sus oscuros rizos se movieran al compás de su caminar y al son del aire. Las emociones que la embargaban por dentro, esas esperanzas y corazón roto, le daban el coraje necesario para ir rápido, como si intentara dejar atrás todo su dolor.

Avanzó, y sin querer, se dio cuenta que estaba en el parque de su infancia, aquel escenario de juegos y risas, de llantos y peleas, de amigos y familias; el lugar a donde siempre acudía cuando necesitaba estar solar, y qué coincidencia que ahora que estaba sola, el lugar la había atraído hacia él. Y de pronto supo que hacía lo correcto. Era el lugar donde tenía que estar.

Se dirigió a la banca que ocupaba siempre, pasando por delante de los niños que jugaban, de parejas que se besaban, y de los ancianos que se juntaban todas las tardes —desde que ella tenía memoria— a platicar de los mismos temas. La ignoraron, como todo mundo venía haciéndolo ese día, pero a ella no le importó. En ese lugar todo cambiaba, ahí la soledad no era su carga, era su mejor compañía.

Tomó asiento, todavía con las manos en los bolsillos. Hacía frío, y cada minuto descendía más la temperatura. Los rayos tardíos del sol pasaban a través de los árboles, dándole ese toque dorado al paisaje, ese tono que ella disfrutaría... pero que ese día no lograba siquiera dibujarle una sonrisa en el rostro.

¿Por qué? Se preguntaba. ¿Por qué la habían abandonado así? De su amiga podría esperárselo, llevaba tiempo comportándose indiferente con ella, y ese día fue cuando descubrió que su amistad se había perdido para siempre. ¿Y él? ¿Qué tenía que decir a su favor? Todo ese tiempo pensó que de verdad sus sentimientos eran mutuos, que compartían el cariño y amor que ella sentía... pero no. Ella se había armado de valor para decir claramente lo que ella pensaba y sentía, y él no dijo nada. Eso fue más doloroso que el simple y llano rechazo.

El viento seguía azotándola, las lágrimas helaban sus mejillas; aun así no se movía, continuaba dándole vuelta a sus pensamientos, y mirando inexpresivamente a la nada frente a ella.

Su móvil vibró. ¡Un mensaje! Lo miró ansiosa, esperando que fuera de parte de él, diciendo que sentía lo mismo. O que fuera su amiga, para pidiéndole disculpas por haberla dejado de lado.

Hija, es tarde. Vuelve a casa.

Otra esperanza rota. Apagó el móvil y siguió sentada por un rato más, hasta que la oscuridad la envolvió. Entonces, se puso de pie y reanudó el camino a casa.

Sola, pensó. Tendré que acostumbrarme a ello.