Engaño.

La radiante sonrisa pareció iluminar toda la habitación en ese instante. De sus labios de rosa salieron algunas palabras que no escuchó con claridad, pues estaba demasiado absorto contemplando lo hermosa que se veía. Si se lo pidieran, podría pasarse el día entero observándola; describiendo con exquisito detalle todas y cada una de sus virtudes. Todas y cada una de las cosas que la hacían simplemente única, perfecta.

Tan ella, tan de él.

Sus ojos se pasearon por la larga cabellera negra, deseando perderse en ese mar de rizos que parecía nunca terminar. Se maravilló una vez más por lo bella que era. Realmente bella. Como una princesa anónima de alguna vieja historia; tan serena y angelical que no pudo evitar compararse a sí mismo y llegar a la misma conclusión de siempre: no la merecía. No merecía semejante mujer. Le resultaba incluso cómico el hecho de que a pesar de eso, ella lo amara.

Se amaban de la forma más pura que alguien pudiera imaginar; se amaban más allá de sus miles de diferencias y de la distancia que los separaba. No sabía ni cómo se habían enamorado de esa manera. Lo único cierto era que ya habían pasado cuatro años de todo aquello, y sólo bastó un cruce de miradas para volverse absolutamente locos el uno por el otro.

Y sí, concedía que su relación era un poco extraña. Inusual, excéntrica. Como quieran llamarla. Pero se amaban, de eso no tenía dudas.

—Te amo, Rebecca. —le dijo, imprimiendo toda la sinceridad y devoción que pudo juntar.

Y escuchó la perfecta imitación de su voz, dulce y aniñada, correspondiéndole. La misma voz dentro de su cabeza que se encargaba de proyectar aquella burda fantasía que lo hacía tan feliz. Que era tan angelical y serena como sólo Rebecca podía serlo, pero que en realidad, era producto de su mente perturbada en busca del amor que jamás conseguiría.

Había algo dentro de Michael que estaba muy mal.

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Los recuerdos de la semana anterior se filtraron sin permiso, llenándolo de más nostalgia y amargura, si es que eso era posible. Algún rincón de su ser le dijo que habían pasado tres largos días sin probar bocado, y que ya era hora. Pero no le hizo caso. La sola idea le provocaba arcadas. Si llegaba a comer algo, lo vomitaría.

Sonrió amargamente. Quizás con eso lograría eliminar los restos de su triturado corazón.

Sus impulsos masoquistas lo condujeron mecánicamente hasta el desgastado televisor de la sala. Lo que había quedado de su corazón logró romperse todavía más cuando la vió, reflejada maravillosamente en la pantalla. Tan feliz, tan radiante, tan como siempre. Con la misma frescura juvenil y el encanto que lo habían enamorado.

Pero él sabía que sólo una cosa corrompía esa imagen.

Una piedra azulada se lucía en su mano izquierda. En su dedo anular, brillando con una intensidad comparable a sus ojos cuando la miraba. Un anillo de compromiso. Hermoso, destellante, perfecto como lo era toda ella. A su lado, un apuesto hombre la tomaba de la cintura. Sonreían.

Estaban enamorados.

¿Cómo había podido ocurrir? ¿Qué había hecho mal para perderla de esa forma? No lo entendía. Su corazón volvió a partirse en miles de pedazos, acompañado por la sensación de vacío que sólo ella había logrado esfumar. Ese vacío en su alma había vuelto. Dolía tanto.

Y Michael derramó las primeras lágrimas desde hacía años. Y lloró sin parar, ahogándose en su propia miseria, hasta caer en el profundo mundo de la inconciencia.

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En momentos así, la autoritaria voz dentro de su cabeza tomó la decisión de confirmárselo. Había atravesado, con creces, el delgado umbral que lo separaba de la demencia. Tal vez lo había hecho hacía mucho tiempo, y ni siquiera lo sabía.

No le interesaba.

Él tenía una sola cosa en mente; algo demasiado descabellado y drástico, pero necesario en esa situación. No podía permitírselo. Se sentía ofendido ante la idea.

Asqueado.

Ella iba a casarse. Iba a casarse con un hombre que conoció por allí. Tiraría por la borda cuatro años del amor más noble y leal que alguien jamás lograría profesarle. Lo había echado a la basura por algún insignificante que no podría darle ni un tercio de lo que él le daba.

Estaba comportándose como una sucia ramera.

Ésa ya no era Rebecca. La Rebecca que él conocía —la que él amaba— jamás le haría eso. Ella se había corrompido, ensuciado. Perdido toda su pureza. Lo había olvidado.

Michael no podía permitir semejante traición.

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Esperó con paciencia entre las sombras logrando pasar inadvertido y observó la modesta casa de tejas azules. Modesta y humilde como Rebecca. Hogareña y cálida como Rebecca. Sonrió inconcientemente, con alguna de esas sonrisas de pura devoción que sólo podía dedicarle a ella, mas la misma voz rasposa se lo recordó.

Ésa no era Rebecca. Ya no más.

Ella se había ensuciado. No quedaba atisbo de la dulce y tierna Rebecca.

Pudo meterse dentro del pequeño domicilio, con pasos cautelosos y sigilosos desconocidos para él. Michael aguardó en la sala, con mucha calma. Estoico y paciente, con la decisión bailoteando peligrosa en los ojos. No supo cuánto tiempo esperó. Quizá una o dos horas; pero se puso de pie en cuanto escuchó la puerta de entrada abrirse.

Una musical risa que reconoció al instante inundó sus oídos, seguida de otra masculina. Se le secó la boca.

Enamorados.

Había una gran ira dentro de Michael, y aquella había sido la forma correcta de dar en el punto exacto. La mejor manera de instalarse por completo y sin retorno en la demencia, dormida durante todos esos años.

Enamorados.

Dormida, buscando un motivo para emerger. Un estúpido motivo como el amor no correspondido de la dulce aspirante a actriz, Rebecca Stewart, quien ni siquiera lo conocía.

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Observó con la mirada oscurecida y jadeando por la adrenalina aquel panorama. En algún recoveco de su cabeza, creyó que lo miraban fijamente, con sus ojos vidriosos y vacíos.

Vacíos como él.

Miró con horror el cabello en el que antes había deseado perderse, la frágil curva de su cuello. Su piel pálida. Su belleza etérea y celestial manchada de rojo. La sangre manaba sin parar, formando un charco que se esparcía creciente por las finas baldosas.

Nueve orificios de bala enterrados en su cuerpo.

A su lado, el hombre yacía con el rostro desfigurado en horror, asesinado a quemarropa de la misma forma. Más sangre.

Ambos muertos.

Sus vidas, llenas de promesas. Con un brillante porvenir. Destruídas por sus disparos, precisos y letales. Llenos de cólera. Disparadas por Michael.

El arma cayó al suelo provocando un sonido que pareció hacer eco en toda la casa.

¿Qué había hecho?

Se agarró la cabeza, gimoteando y tapándose los ojos. No quería verlos; ver tanto horror. Gritó fuertemente hasta que le dolió la garganta, con la desesperación fluyendo dentro de él como un canal. Sangre. Rebecca. Muerte.

Y, en ese momento, aquella voz que le hablaba en los instantes de decisión le dijo, siempre firme y cordial.

«Hazlo.»

Las paredes se salpicaron con sus sesos cuando apretó el gatillo. No lo sintió. Fue una muerte corta y simple. Indolora. Increíblemente rápida, increíblemente fácil.

—Te amo, Rebecca. —murmuró antes de dejar que sus párpados se cerraran por última vez, pesados y exhaustos.

La voz firme y cordial decidió hacerlo feliz. Decidió complacer al pobre y demente desgraciado. Y Michael entonces escuchó la nítida voz de su amada antes de morir.

—Yo también.