Lazos

El aire olía a ceniza y a sangre. Aquel aire viciado me quemaba los pulmones mientras corría y las ramas secas así como las zarzas me arañaban las piernas y los brazos. La oscuridad, rota de vez en cuando por un rayo de luna, daba un aspecto terrorífico al bosque. Era incapaz de pensar con claridad, sólo pensaba en huir, en alejarme tanto como pudiese de aquél lugar. Tenía miedo, más del que había tenido en toda mi vida.

Caí y rodé por el suelo, me sangraban las rodillas, las palmas de las manos y la mejilla. Me abracé las piernas como si aquello pudiese protegerme. Me levanté sollozando y retomé mi alocada carrera, jadeando y resoplando, hasta dar con una grieta en una pared rocosa.

Me escondí perdiendo toda noción del tiempo y de la realidad. Cuando volví a abrir los ojos el sol brillaba bien alto en un cielo azul sin nubes.

Observé los restos de sangre seca que me corrían por la piel allí donde antes habían habido heridas. Inspiré profundamente y mantuve el aire en los pulmones tanto tiempo como pude. Aún me dolían, pero ya no me quemaban como mientras huía. Me levanté jadeando porque las piernas se me habían dormido de haber estado tanto rato sin moverme y a causa de la mala postura.

Al salir de la grieta me deslumbré justo antes de darme cuenta de que sólo llevaba puestas las bragas fucsia y el sujetador a conjunto. Entonces como si despertarse de un sueño profundo y tormentoso tuve plena conciencia de lo que me había pasado y de que faltaba alguien a mi lado.

Había perdido a Cesc, había huido y le había dejado tirado. Tenía que volver atrás, seguir mi propio rastro porque no sabía dónde estaba.

Mientras caminaba fui haciendo memoria de lo que nos había llevado a aquella situación.

Aquella noche supe que mi madre nos había encontrado, me había dejado una nota clavada en un árbol pidiéndome que volviese a casa y diciéndome que haríamos algo para solucionar lo de Cesc, que... me lo podía quedar, como si fuese un chucho. Aquella misma noche recogimos las escasas pertenencias que poseíamos y nos adentramos en el bosque. Pasamos por los puntos más tortuosos e inaccesibles porque nadie con algo de sentido común se acercaría y sabía que nunca esperarían que una novata sin una facción ni ningún tipo de apoyo como yo y un humano tuviésemos las narices de pasar por allí. Bordeamos el barranco por un caminito que colgada en el vacío en el que apenas nos cabía un pie delante del otro. Cesc ni siquiera se amilanó al ver la impresionante altura ni las afiladas rocas que sobresalían de la pared; caer supondría una muerte dolorosa.

En mitad del bosque se alzaba una antigua masía donde vivía un diablo al que conocía lo bastante bien, se oponía al tipo siniestro y aquello me había otorgado una especie de confianza y fe ciegas. Ahora me doy cuenta de como había sido de tonta.

Acechamos la masía unos minutos, ambos en silencio, escrutando la oscuridad. No se movía nada, ningún sonido rompía el silencio. Sólo paz y serenidad.

Le hice una señal para que avanzase, poder ver en la oscuridad era una ventaja muy provechosa. Avanzamos en silencio hasta llegar a la puerta, de fondo podía oír la canción Never Can Say Goodbye de Gloria Gaynor, me hizo recordar las tardes llenas de música en las que los viejos discos de vinilo giraban y giraban en el tocadiscos.

—¿Por qué sonríes? —soltó Cesc.

Sacudí la cabeza. No sonaba los suficientemente alta como para que él la oyese también.

—Nada. Un recuerdo de infancia.

—Tienes demasiados secretos, Mercè.

Me encogí de hombros. Quizás algún día le explicaría alguno de aquellos secretos, pero por el momento no era cosa suya.

—Prepárate, entraremos.

Cesc asintió y se sacó la navaja del bolsillo trasero extrayendo la hoja. Estaba a punto. Empujé la puerta que cedió sin oponer resistencia, la música cesó. Demasiado silencio para mi gusto.

—Gerard —susurré—. Soy Mercè.

El silencio fue roto por unos pasos pesados que se acercaban a la puerta, unos segundos después la luz del recibidor se encendió. Gerard, con su pelo blanco y su aspecto de abuelo inofensivo, nos miraba desde la otra punta del vestíbulo.

—Mercè, niña. Creía que te habían matado.

—¿Matado? —repetí como una tonta.

—Tus padres están histéricos, hace meses que no saben nada de ti. ¿En qué demonios...? —prestó atención a mi acompañante frunciendo el ceño—. ¿Un humano? ¿Te has vuelto loca?

—No. Escucha, ¿podemos pasar aquí la noche? Nos marcharemos bien temprano.

—Ay, niña no tienes ni aceite ni sal* —me dijo con seriedad, pero escuchar aquella expresión me hizo reír con ganas, sonaba tan desfasada—. Adelante, pero no quiero follones, ¿entendido?

—Entendido.

Nos llevó al piso de arriba donde nos instalamos dejando nuestras escasas pertenencias en un rincón sin sacarlas de las mochilas. En el comedor nos esperaban dos platos humeantes de sopa y algo de carne de olla, una comida demasiado humana, pero con el frío que teníamos y el hambre que arrastrábamos no hicimos preguntas ni nada. Nos lo tragamos agradecidos y después nada. Silencio y oscuridad.

Sentí una fuerte y constante punzada en la mejilla, logré abrir los ojos, los párpados parecían pesarme una tonelada. Haciendo un gran esfuerzo levanté la cabeza, la punzada de la mejilla me la había provocado el tenedor sobre el que me había dormido. ¡Me había dormido! Pero no sabía cómo, cuándo ni por qué, no estaba tan cansada como para dormirme de golpe y porrazo.

La comida. Había puesto algún somnífero en la comida.

—Lo siento, bonita, pero Ignasi me ha hecho una oferta que no he podido rechazar —declaró Gerard.

Miré a todas partes buscando a Cesc, no sabía donde estaba, no sabía si estaba bien.

—¿Quién es Ignasi? —tartamudeé.

—El que tu llamas "tipo siniestro".

Aquel cabrón de Gerard nos había vendido. Me puse de pie tambaleante, me sentía un poco mareada pero con suficiente fuerza como para presentar batalla a quien fuese. Cogí el cuchillo de trinchar que tenía al lado y lo apreté con fuerza haciendo crujir el mango.

El recuerdo borroso de haberme peleado con alguien, esquivando golpes y blandiendo el cuchillo buscando carne que cortar, me invadió, pero era demasiado confuso. Estaba Gerard y otra persona más, pero no podía recordar quien era, como tampoco lograba recordar qué había sido de mi ropa.

Al llegar a la masía permanecí inmóvil delante de los restos humeantes pensando en Cesc, las llamas lo habían consumido prácticamente todo. No sabía si estaba preparada para una escena truculenta. No sabía con qué me encontraría. No sabía nada. Los pájaros habían enmudecido e incluso el susurro del viento entre las hojas se había callado.

Hice de tripas corazón y me adentré en los restos humeantes quemándome las plantas de los pies, suerte que me curaba rápido. El comedor estaba totalmente destruido, la mesa y las sillas habían quedado reducidas a cenizas y los platos se había convertido en pequeños fragmentos de porcelana ennegrecida. En el suelo un cuerpo retorcido y carbonizado en una pose escalofriante me dio la bienvenida, por la dentadura era uno de los míos, seguramente Gerard.

Tenía que ser práctica y pensar porque dar vueltas como una idiota sólo serviría para perder el tiempo.

«Si tuviese un presa ¿a dónde la llevaría? —pensé mirando a mi alrededor—. A algún lugar del que no pudiese huir, un sitio cerrado».

—El establo —dije.

No había subterráneo y las puertas no tenían cerrojo, el único lugar cerrado era el antiguo establo. Corrí. Las ramitas secas y las piedrecitas se me clavaban en las plantas de los pies, pero mi preocupación amortiguaba el efecto del dolor.

La puerta estaba entreabierta, la empujé sin convicción, las bisagras chirriaron rompiendo el silencio. La oscuridad del establo fue iluminándose a medida que la puerta se abría mostrando los cuerpos amontonados en el centro de la estancia.

Oí un suspiro aliviado y poco después vi a Cesc que se levantaba elegantemente apartándose a paso firme de los cadáveres que le habían servido de asiento y dibujó una sonrisa pícara y socarrona... quizás más socarrona que pícara.

—Bonito conjunto —me dijo con la cara salpicada de sangre—. ¿Ya es Halloween?

La navaja centelleó en su mano, estaba manchada de sangre, le miré boquiabierta, quizás, al fin y al cabo, sí que me había hecho caso mientras le instruía en la lucha contra los diablos.

—¿Estás bien? —murmuré con los remordimientos carcomiéndome por dentro.

—Sí, mejor que nunca —me contestó con aquél tono suyo lleno de sarcasmo—. ¿Estás herida?

—Estoy bien.

—Oye, si querías comprobar si te había estado escuchando durante estas semanas habría preferido un examen por escrito.

Le di un abrazo enterrando la nariz en su cuello, olía a sangre, humo y leña de encina. Había temido encontrármelo muerto porque Cesc se había convertido en algo parecido a una familia. Sus manos rodeando mi cintura estaban calientes o tal vez era mi piel la que estaba demasiado fría. No hablamos, tampoco nos movimos durante un buen rato. Hasta que una bandada de pájaros pasó sobre nuestras cabezas armando tanto jaleo que parecía un ejército mal organizado.

Cesc se quitó la sudadera y me la dio. Me la puse sin mediar palabra, estaba caliente a pesar de estar algo húmeda allí donde la manchaba la sangre.

—No es una buena idea que te pasees medio en pelotas por la calle, mira que si aparece un pervertido...

Aquella broma, de repente, me hizo sentir pequeña y vulnerable. No me gustaba sentirme así.

—¿Cuántos años tienes, Mercè?

—¿Tiene mucha importancia eso?

—En realidad no, pero tengo curiosidad. —Se encogió de hombros y dibujó una sonrisa burlona, con las salpicaduras de sangre en la mejilla tenía un aspecto como de loco.

—Dieciocho —dije hundiendo las manos en los bolsillos de la sudadera.

Me revolvió el pelo revolucionándomelo.

—Eres una niña todavía. —Le miré entre ofendida y picada—. Yo tengo veintitrés.

—Si yo soy una niña tú eres un viejo.

—Gracias, mocosa.

Me pasó el brazo por los hombros y retomamos nuestro camino.

—¿Por qué te has vuelto tan amable? —le cuestioné mirándole con desconfianza.

—Tal vez sea el síndrome de Estocolmo —dijo serio—. O tal vez que empiezas a caerme bien.

—Idiota.

—Pánfila.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Hasta aquí el tercer shot de la historia de Cesc y Mercè. Es algo diferente de los demás, más sentimental, no recuerdo como surgió este final tan cariñoso pero es el único así. El próximo hablará de la infancia de Cesc. Siento tardar tanto en actualizar, ¡voy de culo!

Aclaraciones:
No tienes ni aceite ni sal: es una traducción literal de una expresión catalana "no tens ni oli ni sal" que equivaldría a "no tienes dos dedos de frente", he optado por la traducción porque no supe encontrar una frase hecha (desfasada o muy poco utilizada) con ese sentido. Si conocéis alguna me gustaría que la dijerais para poder editarlo con la expresión correcta en castellano. Gracias.
Carne de olla: hace referencia a la carne que se utiliza para hacer el caldo suele ir acompañada de garbanzos y alguna verdura, es típico en Catalunya tomar la escudella (sopa) de primer plato y de segundo la carn d'olla (carne de olla)