-.-.-.-.- De la realidad y de la fantasía -.-.-.-.-

- Capítulo 1: Amistad -

- 'No seas tonto, Carlos. Nadie puede interpretar a Chopin sólo con una mano' – dijo Frederik con su voz fresca y vivaz. Carlos rió, desde el piano, hundiéndose en la expresividad inefable.

Perdido en el embelesamiento, Frederik se acomodó en su silla, todavía más rígido que el momento anterior, y pasó una de sus blanquísimas manos por sus castaños y finos cabellos. Comenzó a jugar con sus mechones, mientras la risa de ambos se hacía más grande.

- '¡Silencio!' – ordenó de pronto. Se levantó de la silla y corrió a tomar asiento junto a Carlos. – 'Está es la parte más hermosa'…

Carlos de Olavarrieta volvió la mirada, admirando la profundidad de los amplios lagares en los que su amigo parecía hundirse, y de los que nadie habría de saber jamás. Sonrió en el preciso momento en que sus ojos se contraían con suavidad, cuando la sonoridad profunda del pianoforte hacía vibrar en resonancia perfecta un alma sensible.

- 'El éxtasis de la vida…y el iluminado que cosecha ambrosía en un desierto… ¿Cómo pudo alguien ser tan…delicado, tan vivaz, tan maravilloso?' – dijo Frederik, en un susurro, con la vista obnubilada. Amaba el arte, y tenía las manos más bellas que alguna vez fueran labradas. Era un ínclito pianista, y sin embargo, había jurado que no tocaría de nuevo.

Ansiaba el momento del día para ver a Carlos en su casa. Era su mejor amigo, el único al que en verdad amaba. Se conocían de toda la vida, y habían compartido demasiados recuerdos.

Eran tan iguales en la psique, mas en la apariencia cada cual se encontraba en una antípoda.

Carlos era hijo ilegítimo, de un hacendado portugués radicado en Ciudad de México, y de una dama de compañía de la Señora. Ésta había sido corrida de la casa patronal cuando se supo su embarazo, y, rogándole a Dios que no castigase a su hijo por su crimen, se robó la joyería.

Los cubiertos de plata labrada del Virreinato le sirvieron para establecerse lejos, en la península caribeña del país mexicano: Yucatán.

Ahí, lejos de las incriminaciones del patrón, pudo establecerse Florencia Aguiar, y muy pronto, la pequeña propiedad que había comprado con el dinero sobrante, prosperó. Nadie hizo preguntas, ella tenía dinero, ¿De dónde había salido? No era importante, siempre y cuando tuvieran sus estipendios.

Compró porciones de tierra en las inmediaciones de Mérida, la capital del estado. Por supuesto, no se le permitía entrar al primer cuadro de la ciudad, porque era una indígena, pero tenía poder, fortuna e influencia, y gracias a una combinación de astucia, sobornos y unas cuantas blasfemias, consiguió que su hijo entrara a estudiar a una escuela primaria para niños blancos.

Fue un error craso, al menos aparentemente.

Carlos de Olavarrieta (pues ella cambió su apellido después del incendio del registro civil) tuvo una primera infancia terrible, atormentada por la crueldad infantil, sin que las monjas del colegio pudieran contentarlo con mimos, o protegerle, con reprensiones a los pequeños majaderos. Su rostro regordete y colorado era objeto de befa. Sus manos no eran claras, sus facciones no eran finas. A pesar de todo, no era un niño feo. Tenía un cierto encanto, que le provenía de sabe Dios dónde. Era dueño de una mirada que podía poner de rodillas, porque cuando se cansaba de las birlas, imponía autoridad. Sin embargo, creció solo, y eso sólo contribuyó a su aislamiento, y la pérdida de una de las pocas virtudes que hasta ese momento había demostrado.

Fue hasta el segundo año en aquella escuela católica que conoció a Frederik Wälcher.

Era descendiente de una casa noble prusiana, pero habían sido desheredados porque su abuelo declaró a su familia que quería ser un Sacerdote violinista. Dado que era el único hombre de cuatro hijos, la familia completa desaprobó la decisión, y cuando Irgden Wälcher desapareció del palacio, su posible descendencia quedaba al margen de cualquier proclamación dinástica al trono brandeburgués.

Por supuesto, nunca obtuvo el diaconato, pero se hizo violinista, uno muy bueno por cierto, y se hizo muy amigo de Hermann Ossupov, músico de la corte imperial rusa, con quien vivió en un departamento en Praga durante más de siete años, antes de casarse con Doña Juana de Ibargüengoitia y Asbaje. Su hijo fue nombrado Agustín Wälcher de Ibargüengoitia. Ella trató de sembrar el catolicismo en el alma pueril del niño Agustín, pero pudo más la efervescencia checa, y el niño creció como uno de esos muchachos que les tiraban los capelos a los prelados.

Fue él también quien emigró a México, estableciéndose a unas cuadras de la Catedral metropolitana, para poder encadenarse al atrio, y blasfemar en contra del Papa y la estupidez mexicana al creer en religiones falsas e infundadas. Era un ferviente calvinista, y no podía saber que el Obispo en persona era quien le alentaba cuando ya no tenía ánimos para seguir, y le alimentaba cuando las fuerzas le habían abandonado. Tampoco llegó a saber nunca (y tuvo que ser informado por quien habría de ser su mujer, Vanesa del Valle) que fue el Obispo Gaitán de Gaete quien luchó porque sus propiedades no fueran absorbidas, como pretendía el Emperador Don Agustín de Iturbide, en complicidad con el nuncio apostólico.

Fue por el Obispo, y en agradecimiento simplemente, que se convirtió al Catolicismo, y ya como prosélito, tuvo acceso a un gran panorama de esferas sociales. Con el tiempo, llegaría a embeberse de su nueva religión, hasta el punto en que no le importó salir a rajarse el lomo, para impartir catecismo en los pueblos más alejados de las zonas marginadas del país.

Frederik Wälcher del Valle era el hijo tan deseado por cualquier familia, elegante, persuasivo, guapo, delicado, sensible, humilde, religioso…

Sin embargo, era inmune a la vanidad, porque sentía que estaba aún muy lejos de alcanzar siquiera un ápice de esencia divina, y eso le atormentaba. Deseaba ver a Dios, sentirlo en cada centímetro de su piel, y sólo percibía bofetadas de realidad, que le hacían descender con un sabor áspero en la garganta.

Hijo de una aristócrata mexicana y de un exiliado alemán. Amigo y hermano de Carlos de Olavarrieta y Aguiar, hijo bastardo de una campesina y un patrón malnacido.

Siempre habrían de estar juntos.

Fin. Capítulo 1. –

Ok, es un asco, lo sé. Disculpen, pero tenía necesidad de publicar, y carecía de tiempo…

En fin, si quieren que se continúe (mejor, por supuesto, o cuando menos lo intentaré), dejen un review.

Hasta pronto.