De realidad y fantasía

Autor: Frederik C. Autumn de Olavarrieta.

Bien, regreso, después de una larga semana, con esta segunda entrega. Advierto que la historia, de una linealidad apacible, pasa a un anacronismo retorcido, por lo que pueden haber ocasiones en que el lector se pierda en los vericuetos de mi imaginación estúpida y demente xD.

Espero que esto no sea impedimento para que disfrute de la lectura, y se sumerja en el mundo pintoresco y doloroso en el que la historia parece ambientarse, y digo 'parece', porque ni yo mismo sé para dónde va esto.

Capítulo 2: Para ser ahogado…

Las manos de Carlos dejaron de moverse sobre el piano, dejando una nota grave y sorda extinguirse lentamente en el amplio salón. Frederik había perdido la compostura en ese momento, y yacía recargado sobre el hombro de su amigo, escuchando con parsimoniosa locura.

Finalmente, ya cuando el espíritu de Chopin comenzaba a flotar en la lejanía, se levantó sin disimulo, y se apresuró a descorrer los visillos y regresar la silla a su lugar.

'Sabes lo que los vecinos están sospechando, ¿cierto?...' – le había dicho su madre en una ocasión.

'Sí, lo sé. Si a mi no me importa, a ti menos debiera…'

'No me importa, pero…No es cierto, ¿verdad?'…

¡Por Dios, madre, actúas como si no me conocieras!

Nada más alejado de la realidad, pero en la sobria y rígida sociedad meridana de 1840, algo como esta situación era impensable, y pasado de boca en boca con la prontitud de la pólvora, aún desconocida, pero ya inventada por las ancianas que no tenían nada que hacer por las tardes.

Salieron ambos de la casa patronal Wälcher, sin atender a las miradas que se escondían tras las pesadas cortinas de las casas continuas. Las criadas pronto partirían con la noticia de que, una vez más, ese roto malnacidohabía estado en casa de los ilustres vecinos, y las reuniones vespertinas tendrían de nuevo el ya desgastado tema sobre la mariconería del heredero Wälcher.

'Hasta en las mejores familias, hay objeto de befa' – sostenía Consuelo Sepúlveda y Cerecedo. Esta razón le impelía a prohibirle a sus hijos la amistad con el noble prusiano, pero a su hija Alba, el toque de queda de su madre le quedaba corto, y por las noches escapaba a la casa de enfrente, para saludar a Frederik y comentar las muchas cosas cotidianas que habían vivido.

Bajo una nube de vainilla y el olor taciturno del café brasileño, procedían a tomarse las manos, y tratar de vislumbrar en la esencia del otro, pero nunca habían obtenido resultados perceptibles, y siempre recibían la risa glacial y sardónica de la abuela Juana, quien era una verdadera vidente, cuando ella tenía que decirles que la clarividencia no se entrena y que sería mejor que se afanasen en el piano, puesto que ambos estaban hechos para ello.

Ya en el momento de retirarse Alba, Agustín Wälcher atravesó el salón a grandes zancadas, y un portazo se escuchó en el segundo piso. La abuela, sin inmutarse, acompañó a la pequeña hasta los amplios jardines versallescos de su casa, y la observó camuflarse en los vericuetos de arbustos y flores llanas, hasta perderse tras la sombra del hogar, y escalar hasta su ventana.

Fuera de la Ciudad, pero iluminada y apacible, en contraste con los arrabales de los pobres, se erguía la casa de Carlos de Olavarrieta. Bajó del carruaje de los Wälcher, se despidió del chofer con un apretón de manos, y metió las manos en los bolsillos del abrigo. Estaba comenzando a helar, cosa rara en Mérida.

Tuvo que esperar quince minutos a que su madre se despabilara y saliera cubierta por mantones a abrirle la reja, ya que no habían criados dispuestos a trabajar para quien había sido de su condición, sin importar el dinero ofrecido.

Entró con lentitud, abrazando a su madre, y se fueron caminando juntos hasta el hogar, que los aguardaba cálido, y sin problemas.

Probablemente, despertaría cubierto en sudor y sangre, como le ocurría en los días fríos, por lo que se levantó con sigilo y bajó a la cocina, en busca de algo de leche.

Sorprendido, cayó en la cuenta de que la despensa estaba vacía, y después de mucho buscar y no encontrar nada para comer, decidió volver a la cama.

No pudo dormir tranquilo. Tuvo una pesadilla tan vívida que despertó con el dolor atravesado en la garganta. Se visualizó a sí mismo como Tántalo, y casi lamentaba haber ocultado la ambrosía y el néctar a los Dioses, cuando recordó que él no era griego, ni mucho menos se encontraba en el Hades.

Los días siguientes transcurrieron sin mucha noticia. Lo único que las monjas comentaban era la posible reunión del país con México, y para entonces, la noticia ya hartaba por haberla escuchado lo suficiente como para generar la energía necesaria y calentar una taza de café.

Una posible insurrección indígena calaba hondo en el espíritu desmoronado de los patrones, pero parecía tan lejana e improbable, que muy pocos la tomaban en serio.

El gesto de odio y dolor en los desvalidos siervos, la mirada cargada de perdida necesidad de matar…

El indígena que llevaba las cestas con comida a la casa a diario, apretando los puños cuando se llevaba las monedas que Florencia Aguiar le daba, regresaba a su humilde choza en Kanasín (a unos 10 kilómetros de Mérida), cansado y aturdido, con la piel escociéndole por el sol, y el alma soliviantada por el maltrato. Su mujer lo abrazaba con dulzura, y él la rechazaba por el estoico y estúpido machismo aún bastante arraigado. Sentábase en el catre que ambos compartían, y cuando la esposa yacía quieta, él se levantaba a cosechar la paupérrima parcela que aún conservaban.

Carlos de Olavarrieta lo sabía, y precisamente por eso, a la media noche, partía en bicicleta, confiándose a Dios y a la Virgen morena, hasta los pueblos cercanos, llevando dinero para los comedores de la Iglesia, en que los niños pequeños encontraban un plato caliente con que rellenar sus estomagos, y provisiones para una pobre familia que había perdido al padre, asesinado en la ira de Don Félix Pereira y Pereira, hacendado dueño de la mitad de Kanasín.

Frederik nada sabía, perdido en su esfera de nobleza y bendición, y Carlos prefería dejarlo así, para evitarle un dolor áspero que lo embargaría por el resto de su vida. Nada sospechaba acerca de la miseria de los indígenas. Vivía en el primer cuadro de Mérida, dentro de los arcos sólidos que delimitaban el área blanca de los arrabales de la ciudad. Ahí todo era lujo y esplendor, con una bonanza superior incluso a la capital del México de aquella época. El llanto de las madres incapaces de alimentar a sus hijos era sólo un murmullo escueto y fantasioso que los sacerdotes trataban de hiperbolizar en misa, pero la gran mayoría de los terratenientes meridanos prestaba oídos sordos en la semana, para dar insultantes limosnas a los mendigos de la plaza mayor y de la catedral, sintiéndose fariseos ilustres.

Frederik sólo se enteró cuando, nueve años más tarde, vio el nombre de Carlos en las listas negras del Gobierno, por ayudar a un grupo de indígenas desesperados por la leva de la Guerra de castas.

En esos momentos, sin embargo, ignorante como estaba, prefería aburrirse leyendo la historia de la reforma y la contrarreforma, objetando los pros y los contras dados por el Ilustre Filólogo e historiador benedictino Herr Wilhelm Strasse.

El resto de aquel noviembre de 1840 transcurrió entre tertulias al piano, bocadillos de vainilla en la noche, y Papas decretando nuevas leyes canónicas y bulas de excomunión. Para Carlos, por otro lado, la desesperación por ayudar a esas personas era tan acuciante que no dormía, derrumbado por la sensación histriónica de no poder hacer nada.

Frederik buscaba a Dios con filosofía, ignorante del dolor del mundo. Carlos se alejaba de él, absorto en la sangre que se derramaba entre sus dedos, cuando trataba de curar a algún peón flagelado, o ayudaba a un bebé a nacer, producto del derecho de pernada.

Terminó por proclamarse anticatólico, ateo y quién sabe qué otros nombres, porque sentía que el clero no hacía nada y se alimentaba de lo que los pobres devotamente ofrendaban a la Iglesia de San Pedro.

Frederik tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para ignorar los vestidos ensangrentados de su amigo, o los arañazos que tenía en las manos, como él mismo le había pedido, cuando llegaba al colegio, y las monjas se arremolinaban alrededor de él, asustadas por las respuestas que lanzaba contra todo lo que fuese cristiano.

Su madre, espantada, habló con la Madre Superiora, y después de interrogatorios que no parecían acabar nunca, se enteraron de lo sucedido. Carlos no podía notar, en el furor de su arranque anticlerical y anticatólico, que la Iglesia había sido despojada de sus recubrimientos dorados, y que los conventos ya no tenían siervos a su disposición. También había fallado en reparar en las vestimentas rasgadas de todas las monjas, y en la frugalidad de sus hábitos. Fue informado entonces del compromiso del Obispo José María Guerra para con los pobres, desviando los fondos de la Iglesia, para que no fuesen a dar en manos de liberales impíos.

No dio crédito a lo que le decían, y estuvo tentado de salir a dar gritos de rabia contra el Obispo y el Papa, que hacían oídos sordos al sufrimiento del mundo, hasta que el Presbítero Juan Ruíz de León y Apodaca le autorizó para llevar las cuentas de las donaciones.

Comenzó a vaciar la casa de su madre, y a invertir sus rentas creando nuevos comedores, e inaugurando el primer asilo del interior del Estado.

Frecuentaba, con Frederik y las monjas, las casas de los Señores principales, quienes corrían las persianas y apagaban las luces, temerosos de aquel siútico que se anunciaba para esquilmarles la fortuna.

'Los pobres necesitan qué comer.'

'¿Pues no dicen ustedes que no sólo de pan vive el hombre, jovencito? Que se alimenten de las hojas de las biblias, si la palabra del Señor es lo que les avitualla.'

¿Cómo espera que tengan fe, si ustedes, llenos hasta reventar, no la tienen? Esa pobre gente necesita un techo, amor de familia que no se les da porque los padres se parten el lomo enriqueciendo sus haciendas…necesitan pan, leche…'

'Esa gente no come pan, y no sabe lo que es la leche…'

Varios días más tarde, cuando se supo por toda la ciudad que la hija de Don Juan de Livalvalia había sido hallada fornicando con un Cristo de madera, los prelados se apresuraron a impartir el catecismo aún con más fervor, y la compañía de Jesús, que había sido abolida, regresó para instalarse en los conventos benedictinos. Los ricos sintieron pavor de la degeneración en que la sociedad meridana parecía hundirse, y timoratos, vaciaron sus casas también, y ofrecieron a la Iglesia los bártulos, con tal que se erradicara la perversión que parecía estar latente. Apenas fue suficiente para alimentar a los pobres durante escasos tres meses, pues el sistema siguió como siempre, pero sirvió de ejemplo a la sociedad mexicana, que vio en el catolicismo su única salvación.

Isabella Concordi, y su esposo Anthony Wellington de Pereira, ambos calvinistas por generaciones, se apresuraron a escribir cartas a Italia y Suiza, donde los Excelentísimos Prelados zwinglistas se dieron a la tarea de mandar misiones para evangelizar aquellas tierras al otro lado del Atlántico, por siglos oprimidas por las garras pontificias. Fue así como una migración de religiosos suizos cruzó el océano y llegó para ayudar a la población a soportar con estoicismo su ruina.

No tardaron en darse cuenta que nadie era convertido. La granada sociedad meridana los escuchaba predicar en el Zócalo, pero nadie prestaba atención a lo que decían, porque eran como monitos amaestrados, una distracción en la rutina diaria. Días más tarde, Camille de Bonaventura, el nuncio calvinista, se puso a disposición del Obispo, y fueron entonces autorizados para abrir un comedor contiguo a la catedral, donde habrían de permanecer durante 20 años, hasta que el peligro de inanición los obligase a regresar derrotados a Suiza.

Frederik iba a visitar a los esposos Wellington cada domingo, porque no tenían a nadie en el país, y sus hijos habían muerto, uno en la Guerra de Independencia y otros dos en España, bajo la represión napoleónica. Se sentaba con ellos el día entero, rezando unos minutos para ser dispensado por faltar a misa, y tomaban café con galletas italianas, secas y despedazándose, por los tres meses en el barco que las traía desde Europa. A veces, intercambiaban historias, y los tres se embebían en la nostalgia de los recuerdos aterciopelados. En una ocasión, Isabella recordó su amistad con un judío austriaco homosexual, y aprovechó para lanzar indirectas discretas para Frederik, hasta que, borracha de café, se fue de boca.

'No nos interesa que seas uno de ésos, Freddi, eres una buena persona.'

'No comprendo, Señora…'

'Vamos…- dijo ella, con un hipido. – 'Sabemos que tratas de ocultarlo por tu religión, pero no se puede evitar notar que se te van los ojos por ese muchacho indio que viene a verte a diario después del colegio… ¡¿Qué más importa lo que dirá el cura, si no tiene autoridad con Dios?!'

'No sé de dónde saca usted esos cuentos, pero me parecen muy divertidos, porque sólo cuentos son…' – los tres rieron. La tarde transcurrió entre café, e historias, y después, cuando las campanadas de la Iglesia marcaban las seis de la tarde, hubo de salir de la Mansión Wellington.

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Fin del segundo capítulo. Ok, esto se va tornando anacrónico y extraño, pero qué va…hay que estudiar termodinámica, y no hay tiempo para pulimentar. Siento que, si bien estrambótico y parafílico, este capítulo quedó aceptable, por lo que agradecería mucho la opinión de los lectores.

Espero con ansias la siguiente entrega.

Me despido.

Frederik C. Autumn de Olavarrieta.