Antoniette

Me llamo Lorena y soy estudiante del primer semestre de preparatoria en una escuela pichicata y religiosa, de esas en que a las mujeres nos obligan usar falda cuadriculada tres dedos por debajo de la rodilla y los cabellos bien peinados, nada de mechones, rayitos o cortes estrafalarios. Los hombres, bueno ellos la tienen más fácil, solo deben mantener un buen corte de cabello que no los haga parecer hippies.

Sí, realmente la tenemos jodida y no porque me interese, lo cierto es que me vale un reverendo cacahuate pues nunca me he interesado verdaderamente por algo o alguien y siempre me he caracterizado por ser la rarita, como algunas personas suelen etiquetar. Pocas cosas me han apasionado y así como llega ese arrebato por querer hacer esto o aquello, así se va; el gusto me dura un par de semanas y luego regreso a mi mundo de indiferencia y aburrimiento.

Así soy yo, la despreocupación con piernas y la rebelde según los comentarios de "radiopasillo" escolar. ¡Bah! Puras habladurías. No es que sea rebelde yo más bien diría que soy perezosa, me cuesta mucho trabajo despertarme en las mañanas y, por sobre todo, no me gusta la escuela, me aburre mucho tener que aprender cosas de fulanos y fulanas que murieron un montón de años atrás. Sin embargo, esa no es la peor parte de mi tedio. Lo peor, lo que realmente me provoca acostarme sobre el mesa-banco, acurrucarme y dejarme llevar por el sueño son las dos horas diarias que tenemos de inglés. ¡O sea! De 7:00 a 9:00 a.m. todos los días.

Y ese día martes no fue la excepción.

Claro, insisto, no sé por qué demonios tengo que tomar clases de algo que domino a la perfección; digo eso de tener un papa norteamericano, gringo, hablando más coloquialmente, tiene sus ventajas.

Aun así, con todo y padre gringo, no se me perdonan las faltas. Tengo que hacer acto de presencia para pasar porque, confieso acá entre nos, la profesora ni siquiera me aplica los exámenes. Digamos que no le encuentra sentido. Eso sí, debo de llevarme un libro en inglés –evidentemente– para leer durante sus bizarras explicaciones.

Lo bueno, dentro de lo malo, venga que no creerán que realmente leer es algo que llame mi atención ¿verdad?, es que puedo leer cualquier cosa que se me venga en gana. Y lo que mi gana me dicta, tal vez para mantener mi título de rebelde sin causa –que me importa un pepino, por cierto-, era el género homoerótico. Pero por supuesto que las monjas y mis compañeros no entendían un pepino, ellos solo veían un par de vaqueros en la portada y una montaña al fondo.

¡BINGO!

Adivinaron, mi lectura se titulaba Brokeback Moutain de Annie Proulx, es un relato un tanto breve pero que…bueno para que decirles de algo que ya tiene película.

Mejor sigamos con el relato de ese día martes, un día que pese a parecer de lo más normal para mí iba a resultar todo un verdadero caso que me quitaría el sueño hasta el día de hoy.

Ese día me encontraba muy mona recostada sobre el mesa-banco, luchando por no quedarme dormida y prestar atención a mi lectura, no obstante la teacher Ana se encargaba de echar una verborrea que más que aclarar a mis compañeros el uso de la voz pasiva parecía confundirlos aún más eso y sumando la voz tan bajita y tranquila que tenía eran una bomba de sopor sobre mis ojos.

—Maestra Ana, ¿me permite un segundo?

Habló una voz muy familiar, no sólo para mí, sino también para todo el salón y la preparatoria. Se trataba nada más y nada menos que de la madre Imelda, la directora general.

"¡Por fin!" pensé "ya era hora de que no sacaran de este martirio".

No levanté la cabeza en ningún momento y ni siquiera me puse en pie para saludarla como el resto. Para nada, me encontraba en una esquina del salón y seguro ni se notó. Seguí en mi sitio: mejilla contra la madera, rostro girado hacia la pared y mis ojos cerrados aprovechando la oportuna interrupción. Si tan solo hubiese podido sacar el iPod de mi mochila…

Demasiado tarde, la teacher Ana se había trasladado al fondo del salón y me colocó su pequeña mano sobre mi hombro indicándome que dejara escapar mi tan anhelado momento de sueño para ponerme en pie y escuchar lo que la madre Imelda tenía que decir.

Más de fuerza que de ganas me incorporé aún con la mirada gacha, imaginaba que se trataría de alguna cooperación para algún evento escolar; como siempre. No tenía interés, nunca participaba en las obras de teatro, en los eventos deportivos o similares.

—Lorena, please pay attention. —Pidió la teacher; sin más tuve que hacer lo propio.

Levanté el rostro hacía el frente y ahí, justo al lado derecho de la madre, se encontraba una chava súper bonita.

¡Ah, sí! olvide comentarles que una de mis cualidades, creo yo, es que sé reconocer a las chicas guapas y no me da sarna aceptarlo, tal vez algo de envidia algunas veces pero definitivamente la sarna no aplicaba a mí como en algunas de mis compañeras que, no es por hablar mal pero para ellas ser más bonita que ellas es igual a no dirigirte la palabra y convertirte en el blanco de sus cotilleos venenosos, alejando a la persona como si les provocara picazón o algo similar.

Sí que era bonita, que digo bonita...

¡HERMOSA!

Creo que de poder haberme visto en un espejo hubiese notado que mis ojos se hacían tan grandes como dos enormes platos. Al puro estilo de las caricaturas, tan solo hacía falta que se me desencajara la mandíbula hasta el suelo.

Realmente me causó una fuerte impresión con su larga cabellera rubia rizada, sus espectaculares ojos azules y su perfecto cuerpo de diosa griega, casi me atrevía a afirmar que se trataba de Afrodita pero estaba consciente de que semejante afirmación era una estupidez y de las más grandes. Así que recuperé mi compostura y adopté mi mejor gesto desinteresado justo al momento que la rubia detenía su mirada en mí; parecía tímida e incómoda con los constantes cuchicheos tirando a cerdeadas de los chicos y las envidiosas miradas y sonrisas torcidas de las chicas.

En resumidas cuentas:

Los chicos ya la querían reclamar.

Las chicas ya la odiaban.

Y yo estaba fascinada pero con mi mejor pókerface.

—Buenos días jóvenes, no les quitaré mucho tiempo —habló secamente Imelda, lo normal en su persona supongo. —Les presento a su nueva compañera Antoniette —dudó un momento a causa de la pronunciación, giró sobre sus talones un poco y le preguntó a la nueva sí estaba bien dicho. Ella asintió con un sutil gesto de su cabeza. —Ella es originaria de Francia, así que espero se comporten debidamente y no la hagan pensar qué ha venido a vivir a mal país. —Miró a la teacher Ana y la dejó a su cuidado al ser ella quién ocupaba las dos primeras horas del día. —Se la encargo maestra.

Sin nada más la madre se dio media vuelta y salió por la puerta con ese aire de importancia que le encantaba lucir.

—Sit down students and quiet.

Sí, sentados y callados, que predecible, bueno tampoco nos íbamos a quedar parados la hora restante. Todos estaban expectantes, incluida. Antoniette parecía más incómoda aún, parecía que quisiera echarse a correr de un momento a otro y no tardaría en saber cuál era el motivo.

—Antoniette —dijo la teacher Ana colocándose tras el escritorio. —Could you tell us a little about yourself?

Queriendo y no estaba tan atenta como los demás.

"Sí, háblanos de ti" pensaba con inusitada impaciencia ansiosa por saber más de la chava nueva que mis ojos no dejaban de admirar.

Ella frotó sus manos nerviosa y finalmente, en español, dijo que no hablaba inglés.

El salón soltó una risotada al unísono y Antoniette se puso colorada hasta las orejas.

—Oh, entiendo —dijo la teacher un tanto sorprendida, tomó su lápiz volviendo su atención a la lista —tendremos problemas. —Suspiró y dejó de anotar quién sabe qué tanto —bueno, ya veré qué hacer contigo, mientras tanto toma asiento al fondo, allá.

¡Oh, no! Ese "allá" era un dedo índice señalando justamente el mesa-banco que se encontraba justo a un lado de mí, nadie lo usaba porque ahí ponía mi mochila, mis libros y todo lo demás que me estorbara.

—Lorena, remove all your stuff, please.

"Por supuesto, cómo iba a decir que no" me dije a mí misma estirando mis brazos para comenzar a coger mis cosas: mochila, el libro de algebra, el de lógica, mi sudadera de deporte y mi fabuloso cilindro "de agua" lleno de coca cola, mi motor durante el día.

Antoniette todavía roja de las orejas llegó con un único cuaderno en mano, me sonrió con timidez y me dedicó un pequeño "hola".

—Hi —respondí en inglés por la inercia de la clase y es que a la teacher Ana le das en los nervios si te pones a hablar español en su clase aburrida de inglés. Yo, no quería perder mis privilegios con ella, mi pereza lo impedía.

Una vez que hube de desocupar el lugar de mis cosas la rubia despampánate tomó asiento, hundiéndose en el respaldo con una resignación e incomodidad notoria.

Su primer día de clases y todo el salón ya se había burlado por que la pobre no hablaba inglés. Bueno ¡Y QUÉ!, ellos tampoco lo hablaban y estaba segura que tampoco le hacían al francés. Pobrecilla, de entrada ya se había echado encima a la teacher porque no era un secreto para nadie que tenía cierto recelo con las personas que no decían ni pío en "gringolense".

Habrán pasado unos quince minutos cuando ya me encontraba de nueva cuenta recostada sobre el mesa-banco. Sentía que la baba comenzaba a acumularse y que no tardaría en dejar un charquito sobre la madera pintada y esmaltada; solo me faltaba empezar a roncar y listo. Lorena se habría vuelto a dormir, otra vez.

Sí, lo admito, suelo quedarme dormida en clase de la teacher Ana pero no me dice mucho, a menos claro que empiece a roncar.

Y estaba a punto de hacerlo cuando de repente y sin esperarlo Antoniette me habló con aquél curioso tonito gangoso típico de los franceses.

—Dis-disculpa.

Abrí un ojo y la miré sin decir palabra, en espera de que fuera ella quién hablara, después de todo era así, ella me hablaba.

—¿Podrías prestarme los apuntes? —preguntó al dares cuenta que yo no diría nada, eso sí. No estaba segura si se quería burlar o comenzar a relacionarse o de plano le hacían falta lentes porque era evidente que yo no estaba prestando atención y por lógica los apuntes serían inexistentes o quizá me los pidió porque fui la única que no se burlo de ella. Sea cual fuere la razón la iba dejar abanicando el aire, yo no tenía ni un triste apunte.

—No tengo apuntes.

Antoniette volvió a enrojecer.

Creo yo que pensó que no quería prestárselos pero si no tenía apuntes, no podía prestarle algo que no tenía ¿verdad?

—Oh, entiendo —dijo y volvió su atención a la clase que seguramente le resultaba incomprensible.

A partir de ese día la chica más linda del salón no volvió a dirigirme la palabra, la teacher Ana la agarró de bajada y cada vez que tenía oportunidad la acosaba con su insistencia necia a dejarla mal parada frente al salón con su poca habilidad en el inglés. No sé su eran mis nervios o algo pero ella no parecía ser muy sociable, lo digo porque en el transcurso de los siguientes días no entabló amistad con alguien, ni siquiera con los de otros grupos. Lograba entender las razones de las chicas: envidia, ¿qué más? Pero los chicos, quienes la invitaban constantemente a su grupillo, eran rechazados de manera amable; en los descansos comía sola y para los trabajos lo mismo.

Eran Antoniette y su mundo como lo era yo y mi flojera. Sin embargo, mi mundo ya no era el mismo de siempre. ¡Oh no! Había cambiado por el simple hecho de que un montón de cosas fueron mutando inconscientemente.

Y a penas caigo en cuenta, seré imbécil.

Bueno, ¡AL GRANO!

El primer cambio resultó ser que ya no me recostaba sobre el mesa-banco con cara contra la pared, no. Ahora mi posición se concentraba en dirección contraria, un acomodo, por decirle así, que me permitía verle los zapatos, luego las espinillas, las pantorrillas y ¡MALDITA SEA!... ¡LA PUTA FALDOTA!

No es que quisiera ver debajo de la falda pero una miradita no hace daño, ¿o sí?

Lo siguiente que noté fue el hecho de que ya no me quedaba dormida durante el descanso, mi suéter o sudadera ya no me servía de almohada sino como la máscara del perfecto espía. ¡Sí! me dedicaba a mirarla a través de la tela hasta que un "no mames wey, ya levántate o el profe nos va a cerrar la puerta"

Pueden pensar que por mi actitud desinteresada y mi flojera extrema carezco de amigos pero para su desilusión y satisfacción mía tengo muchos, la mayoría hombres ya que no tiendo a comprender las ondas de las chavas. Me enfadan sus cotilleos de maquillaje que si fulanito del 3°B esta que se derrite de lo bueno, que si mengano del salón quiere con la némesis de perenganita. Puro blah blah blah. En mi opinión es mucho más interesante participar en las pláticas de los hombres que sí el sexo, que si el sexo aquello, que el carro o camioneta más fregona, que si más sexo, quién es la vieja más buena del salón…

Antoniette, claro.

Y desde ese momento me cayó el 20 o mejor dicho medio 20. ¡ERA LESBIANA! Una reverenda putada teniendo en cuenta que ya me sentía lo suficientemente rarita por mí misma como para agregarle "lesbiana" a mi lista de rarezas. Bueno, no era el fin del mundo a lo mejor era bisexual.

Y ahí quedo sin darle más vueltas al asunto hasta el día fatídico. Yo que tanto me esforcé, los días siguientes a mi pequeño descubrimiento "macabro", de no mirarle las piernas –cosa difícil porque ahora sí quería volarle la pinche faldota a la chingada y verla sin ella– me encontraba petrificada ante lo que la teacher Ana decía.

Al parecer los padres de la chica rubia habían hablado seriamente con la madre Imelda sobre los problemas y el pique que le traía la teacher Ana por no saber inglés, hasta ahí mi cerebro captó pero se desconectó al instante con lo siguiente que escuché:

—Lorena, you'll help Antoniette with her English.

No respondí, simplemente me quedé pasmada o poco más que eso.

—Do you understand?

¡POR SUPUESTO QUE HABÍA ENTENDIDO! ¡SOY PEREZOSA, NO IDIOTA!

No hubiera estado mal gritarle eso a la teacher pero me limité. Giré mi cabeza hacía la francesa –muerta de vergüenza, por cierto– y le sonreí condescendiente.

Que me pude haber negado. ¡Mangos! O le ayudaba a la ojiazul con su espantoso inglés o me quitaban todos los beneficios de no exámenes y no tareas. Entre la espada y la pared y evidentemente me quedé con la sexy pared de Antoniette, en pocas palabras el camino del "huevon" como dicen. ¿Qué tan difícil podría ser enseñarle?

Ya entradas en "clase" en nuestra pequeña esquina resignada yo trataba de hacerle entender que a los verbos de las terceras personas del inglés se les tiene que agregar la letra s al final pero lo realmente difícil fue explicarle la diferencia de géneros. Tal vez parezca increíble pero la explicación es fácil: los franceses los tienen al revés la (a) corresponde al masculino y la (e) a los femeninos y si a eso le sumamos que no le gusta el idioma porque le parece vulgar como suena… que peor.

Después de esas dos horas juntas metidas de narices en tema me di cuenta de un par de cosas:

La primera y la más evidente es que soy pésima tratando de explicar algo con lo que yo crecí, por decirlo de alguno modo se me da mejor la práctica que la teoría.

Segunda cosa relevante: los ojos se me iban a su escote.

Y tercero y último, ella tiene una increíble facilidad de sonrojo, pareciera que su sangre no se limita en el recorrido por su rostro. Gracias a Dios yo no tengo ese problema sería vergonzoso sonrojarme cada vez que ha estado a punto de pillarme viéndole el escote que, segura estoy, luce estupendo con otro tipo de prenda.

Desde ese día ambas nos volvimos amigas y tanto para Antoniette como para mí resultó interesante saber que teníamos NADA en común. Muy mala suerte, pero como dicen "Es mejor haber amado y perdido que jamás haber amado."

Aunque a decir verdad no estoy segura de haber perdido algo.

EL FIN?