— ¿No es genial? Adoro a Malcom— dijo Anahí cuando terminamos de ver una película, la cual habíamos visto la menos siete veces porque a ella le encantaba Malcolm, el "Bad boy".

—No sé qué le ves, siempre está serio, se cree superior, trata a todos como basura e incendió una villa entera sólo porque estaba aburrido— repliqué.

—Ese era él en el pasado. Y sí es frio y trata a todos con inferioridad, menos cuando esta con Elisabeth, pese a todo ella le importa demasiado y daría hasta su vida por salvarla. Es que no lo entiendes… me encanta, me encantaría encontrara a un chico así; que sea misterioso, frío y despiadado con todos menos conmigo, es que esos chicos son tan…— suspiró, yo volqué los ojos y reí para mis adentros. Anahí era así desde que la recordaba, suspiraba por los villanos de las películas, más, cuando este cambiaba por el amor de la heroína.

A veces me daba pena no ser así, el chico malo que desprecia al mundo, monta su motocicleta y rompe corazones a su paso. Tal vez por eso, Anahí había sido mi amiga desde el primer año de universidad y pese a que me gustaba, ella nunca mostró ese tipo de interés por mí.

Éramos muy unidos, yo la trataba como a una princesa, con la ilusa fantasía de que así lograría conquistarla, pero la caballerosidad no era algo que a ella le interesase demasiado y lo aprendí de la peor forma.

***

No podía cambiar mi forma de ser, pero sí podía ser más valiente, afrontarla y decirle que me encantaba, y así lo hice.

Un sábado, como todos en los que nos reuníamos con otros compañeros para ver películas, la llevé a la cocina, el único lugar donde tendríamos algo de privacidad. La miré, y tratando de no ser demasiado cursi ni demasiado prepotente, le pedí que fuese mi novia.

Ella se sorprendió mucho cuando le pregunté, no se imaginaba que yo tuviese ese tipo de sentimientos hacia ella. Dudó, pero después de pensarlo, me dijo que me daría una oportunidad. Yo sonreí como un idiota, notaba su falta de convencimiento, por eso decidí esforzarme para que esa relación fuese lo más duradera posible.

***

Los primeros días todo pareció marchar bien, ella agradecía mis obsequios, y se emocionó cuando preparé nuestra primera cena romántica a la luz de las velas. Las cosas marchaban a la perfección, o eso pensaba yo.

Pasadas algunas semanas, ella ya no mostraba el entusiasmo de antes. Me esquivaba, recibía con desgano mis sorpresas, incluso me pidió que dejase de llamarla a diario porque el hecho de que fuésemos novios no significaba que debíamos vernos o hablarnos absolutamente todos los días. Yo lo respeté, aun así, seguí siendo atento con ella.

— ¡Me enferma que me trates como una muñequita de porcelana! Y a veces te pasas con lo cursi, me siento asfixiada— explotó de un momento a otro durante una cita. Me sorprendió, sabía que algo andaba mal, pero jamás había imaginado que ella explotase de esa forma. Entonces me di cuenta de cuál era el problema; tal vez exageraba, en mi intento por hacerla sentir como una princesa llegué al extremo. Yo no era perfecto, el romance no se me daba tan bien como parece, pero me esforzaba porque la quería. Al final, ella resultó querer lo opuesto.

Decidí esforzarme de nuevo, esta vez le daría su espacio. No era capaz de maltratarla, y tampoco creía que eso era lo que deseaba, pensaba que le gustaban los chicos malos de libros y películas como una fantasía adolescente, eso no debía significar que en la vida real buscase a un patán ¿Qué mujer quiere que su novio la trate con indiferencia?

Dejé de lado las cenas con velas, el ramillete que le llevaba cada sábado y el chocolate que le dejaba en el casillero cada mañana; eso parecía molestarle. Me limité a saludarla con un beso, tomarla de la mano cuando caminábamos por la calle y dejar que ella pagara su parte cuando comíamos fuera.

—Esto no funciona, eres demasiado bueno para mí, me gustas como amigo, pero quiero un hombre que me haga sentirme una mujer, que sea fuerte, frío, pero dulce sólo cuando está conmigo— me dijo un día; el día que rompimos finalmente. Mis esfuerzos habían sido en vano nuevamente, al parecer yo no era lo que buscaba. No entendía qué necesitaba, yo era dulce con ella, pero no era suficiente ¿quería acaso que fuese cruel e indiferente? Lastimosamente no estaba en mi naturaleza.

La quería, comenzaba a amarla, pero realmente las cosas no funcionaban.

Seguimos de amigos afortunadamente, al menos podía conversar con ella y aún manteníamos la misma confianza.

***

El segundo semestre del año, llegó un chico nuevo: Sebastián, desde el primer momento en que entró a la clase con esa pose petulante y nos habló con aire de superioridad que no me agradó.

Rara vez lo veíamos sonreír, trataba con la punta del zapato a quienes no le caían, e incluso contestaba arrogante e irrespetuosamente a nuestros docentes.

Por azares del destino terminó en mi grupo de estudio. Nos dejaba todo el trabajo, se creía demasiado bueno para ayudar, sólo nos hablaba con respeto cuando nos acompañaba a tomar unos tragos. Él era el que tomaba más, y el que llegaba ebrio o con resaca la mayoría de las clases.

No había mejor manera para describirlo que "patán", mis amigos lo toleraban solo porque pagaba los tragos, y las chicas… inexplicablemente para mí, se derretían cuando lo veían, babeaban cuando él escupía algún comentario grosero. Incluso les decía vulgaridades y las tocaba de forma descarada.

— ¿Qué le pasa? Es un imbécil, y esas idiotas se dejan ¿Qué no se tienen amor propio?— Karina, la única compañera que no estaba loca por Sebastián ni caía rendida a sus inexistentes encantos, renegaba cada vez que alguna de mis compañeras reía bobamente cuando el chico ese les decía obscenidades.

¿Qué acaso eso querían las chicas? No cabía en mi cabeza, yo las trataba con diplomacia, como un caballero y me tachaban de arcaico, pero esa era la forma en la que me habían educado. De niño creía cuando mis tías decían: "Que caballerito es Johnn, las chicas harán fila por estar con él". Ya quisiera que me hubiesen visto entonces, la única fila detrás de mí era la del banco cuando yo llegaba temprano; para las mujeres que conocía, simplemente era amigable, pero retrógrado.

Un día, entre las muchas charlas que tenía con Anahí, ella me confesó nerviosa algo que me sacó de contexto.

—Estoy enamorada de Sebastián.

— ¿¡Qué!? ¿Estás loca? Ese sujeto es un idiota, te trata peor que a su perro y cada día anda con dos o tres mujeres distintas— reaccioné.

—Ya lo sé, pero es que… es tan sexy, es serio y rebelde, solo es un incomprendido, tiene ese aire de bad boy que me encanta, se ve misterioso y de seguro tiene un pasado triste, por eso es como es. Estoy segura de que lo voy a cambiar— explicó con mucha convicción y yo no me lo creí.

Ese sujeto no era incomprendido, era como era porque le gustaba, de rebelde cruzaba la frontera a insolente y grosero, no entendía qué le veían, ni si quiera era especialmente apuesto.

¿Qué me quedaba? Le desee suerte y rogué que Sebastián supiese hacerla feliz.

Unos días después, Anahí me contó con alegría que lo había conseguido, Sebastián era su novio y eso me apuñaló el corazón con una daga que, aun imaginaria, me hizo sentir su filo.

***

Nos seguimos reuniendo en grupo, Sebastián apenas le dirigía la palabra a Anahí, no la tomaba de la mano, y cuando ella se acercaba a besarlo, él respondía con desgana o directamente la hacía a un lado, ordenándole que dejase de ser melosa y lo dejase en paz. Ella no parecía molesta cuando él la trataba así, se veía más que feliz.

—Lo voy a cambiar— me repetía siempre que yo le reprochaba por ser tan tonta y dejarse maltratar.

Unas semanas después, Anahí apenas me hablaba, ni siquiera me dirigía la mirada y yo no comprendía el por qué. Decidí preguntarle un día a la salida de una de nuestras clases.

—Sebastián no quiere que te hable, dice que soy su novia y no tengo por qué hablar con otros hombres— me confesó, después intentó irse, yo la agarré, primero fuerte, luego aflojé dándome cuenta que podía lastimarla.

—No puede prohibirte tener amigos, ¡no le perteneces!— le reproché, pero antes de que pudiese contestarme, él apareció. Me dirigió una mirada amenazadora y la rodeó con un brazo, demostrando que protegía su territorio.

Triste, me resigné. Anahí era feliz, ese chico era lo que buscaba, el chico malo de la historia, a quien estaba segura curaría su corazón, igual a las novelas, donde el villano, se convierte en el príncipe azul. Yo no encajaba en el cuento, o tal vez si: era el torpe amigo bueno que estaba enamorado, pero quien al final, nunca se quedaba con la chica, ella siempre elegía al "bad boy".

***

Una noche, mientras cenaba, el timbre de mi puerta sonó. Al abrirla, me encontré con Anahí, se veía deprimida, deshecha en realidad. No me importaron los idiotas celos de su novio, la metí dentro y al ayudé a tranquilizarse.

—Sebastián me dejó— me dijo entre sollozos. Me entristeció y al mismo tiempo me llenó de dicha.

De una dura forma ella se había dado cuenta que Sebastián no le convenía. Tal vez, eso me daba algunos puntos.

— ¿Y por qué terminaron?

—Salía con otras chicas, dice que yo no lo complazco del todo y que tiene necesidades.

La excusa más trillada y mentirosa que usan los que piensan más con el pene que con la cabeza.

La consolé, la hice reír y la reconforté con mis palabras. Ella me agradeció profundamente antes de volver a su casa.

El fin de semana no nos vimos, la dejé tranquila, para que terminase de pensar. Cuál sería mi sorpresa cuando el lunes la vi colgada del brazo del idiota que la había engañado días antes.

— ¿Qué haces con él?— le reclamé, sin importarme que él estuviese ahí.

—Nos reconciliamos— me explicó bajando la cabeza y yo no pude creerlo, ¿cómo lo había perdonado tan fácil? —. Me dijo que eso fue una aventura, que no volverá a pasar, me ama solo a mí, las chicas con las que se acostó no significan nada para él.

No sé si Anahí era ingenua o extremadamente idiota. Aún se mantenía con la idea de que Sebastián cambiaría su forma de ser gracias al amor. No comprendía que eso no sucede en la vida real.

No podía meterme, lastimosamente, mi intervención en la vida de Anahí tenía límites.

Su relación duró más de lo que hubiese deseado. Por ocho meses, Anahí debió venir llorando a mi departamento al menos unas cinco veces porque Sebastián la había dejado.

***

— ¡Me voy a casar!— un día, ella ya no llegó llorando como siempre, brincaba de dicha –. Sebastián me preguntó ayer, te lo dije ¡lo cambié! Él no creía en el matrimonio, decía que le sería imposible acostarse con una sola mujer el resto de su vida, pero cambio de opinión por mí, sólo por mí.

Su alegría no se me contagiaba, la había perdido para siempre, una prueba más de que no estábamos hechos el uno para el otro y que el buen amigo siempre pierde.

***

Sebastián se veía diferente el día de la boda, acariciaba a Anahí como a una delicada flor, le hablaba con cariño, y de verdad pensé que era posible que hubiese cambiado. Mi amiga sonreía con dicha, al final terminaba todo como en un cuento de hadas ¿Las historias acaban así verdad?: la chica buena se enamora al chico malo, el chico malo se vuelve bueno, se casan y viven felices para siempre.

Ya imaginaba las palabras "The end" cuando ambos dieron el acepto y se besaron frente al altar.

Qué equivocado estaba, el matrimonio no es la solución a los problemas, es el inicio de estos, cuando la parte dura de la convivencia aparece y la relación puede acabar en peleas irreconciliables.

De Sebastián y Anahí no supe nada por unos meses, tal vez, después de todo, estaba equivocado y sí vivían su final de cuento.

***

Una mañana, después de una cena en casa de unos amigos, desperté con un dolor de estómago que casi me partía en dos. No sabía si algo me había caído mal, era indigestión o apendicitis, lo cierto es que ya no soportaba y con dificultad llamé un taxi para ir al hospital.

Como mi primera hipótesis, terminó siendo una simple infección. Agradecido, salí del consultorio para dirigirme a la farmacia por mis medicamentos. Al pasar por la sala de espera, me pareció reconocer a una mujer de largo cabello rubio.

— ¿Anahí?— le pregunté agachándome para verla mejor.

Ella se hizo a la disimulada, luego me volteó a ver. Se veía delegada, demacrada y un gran morete en su ojo derecho resaltaba a simple vista, su labio inferior estaba partido y la notaba con ganas de llorar.

—Hola John, cuánto tiempo— me saludó soplando sus lágrimas.

— ¿Qué te paso?— le pregunté sentándome a su lado.

—Nada, un accidente, me caí por las escaleras y me golpee con el barandal.

No le creí, claro que no.

— ¿Sebastián te golpeó?— le pregunté muy molesto, sintiendo que la ira me invadía, así como incesantes deseos de ver a ese sujeto a la cara y dejarlo en peor estado.

—No, bueno… fue mi culpa— bajó la vista de forma sumisa y en seguida me molesté también con ella.

—Que te pegue no puede ser tu culpa, dudo mucho que tú hayas ido a estrellarte contra su puño.

—No, no es eso, es que, me atrasé con las labores de la casa.

— ¿Anahí estas escuchando lo que dices? ¡Cómo puedes ser tan tonta! Ese sujeto siempre te trató como basura, ahora se atreve a agredirte físicamente, yo habría sido incapaz de tocarte un cabello.

—Él también, solo se pone agresivo cuando esta ebrio…— intentó excusarlo.

—Y apuesto a que siempre esta ebrio.

—Sí, es que, no tiene trabajo, eso lo estresa…

—Y gasta lo que tiene de dinero en licor. Anahí, por favor, acompáñame a la policía, pondremos una denuncia y vas a dejarlo.

— ¡No!, ¿estás loco?— me miró con espanto, como si le hubiese sugerido una atrocidad—. Lo amo y él me ama, solo es un mal momento, pero lo cambiaré, ya verás, poco a poco lo comprendo más, tuvo un pasado difícil y yo estoy curando su corazón— siguió con sus excusas, situaciones que ella imaginaba, aún no entendía que Sebastián era Sebastián, un sujeto real, no el chico en motocicleta con chaqueta de cuero que aparece en las películas.

De nuevo no puede hacer nada, si ella no colaboraba no podía sacarla de ese infierno.

***

Por un par de años, fui testigo de cómo Sebastián maltrató a Anahí, como lo había descubierto con otras mujeres en su propia cama; y ella, desde las épocas universitarias, seguía con la misma excusa: es rebelde, incomprendido, pero yo lo cambiaré, me gusta su forma de ser.

Tal vez ella era simplemente masoquista y al no ser yo un sádico, ese juego de roles había llevado nuestra corta relación al declive.

Viví mi vida, decidí no involucrarme más con Anahí.

Tiempo después, en una conferencia, me encontré con Karina, mi antigua compañera de universidad. La invité a tomar un café, me dejó pagar la cuenta, solo con la promesa de que en la siguiente cita sería ella quien invitara.

Karina era dulce, pero fuerte e independiente, me dejó muy en claro que no me necesitaba para sobrevivir, pero aun así, le encantaba que yo tuviese ciertas atenciones: recordase nuestros aniversarios, la llamase sin una razón, simplemente para saber cómo se encontraba; y el detalle de los chocolates le fascinaba. Está de más decir que éramos el uno para el otro, manteníamos una relación equilibrada, peleábamos a veces, pero ni en mis momentos de máximo enfado me habría animado a ponerle un dedo en cima, y de haberlo hecho, conociendo a Karina tan bien como la conocía, ella no me lo habría perdonado. Al fin comprendí a una mujer; a diferencia de Anahí, quien siempre fue un misterio para mí.

***

—John— un día Karina me recibió en nuestra casa con una expresión de profunda tristeza—. Anahí murió.

Mi mundo se achicó, la amargura acabó con todo el optimismo del día. A pesar de que ya no albergaba sentimientos románticos hacia mi vieja amiga, no podía mostrarme indiferente.

— ¿Cómo pasó?— le pregunté mientras ella me consolaba con un abrazo.

—Sebastián, se pasó con los golpes, la empujó por las escaleras y ella se torció el cuello.

Había pasado lo que más temía, ella había muerto en manos de aquel hombre. Me sentí culpable, pude evitarlo, si la hubiese llevado a la fuerza a poner una denuncia a la policía… quién sabe, tal vez, hubiese sido en vano, Anahí lo habría seguido perdonando.

El amor la había vuelto ciega, realmente ciega. Anahí no comprendió nunca lo que de tantas formas le quise explicar: el chico malo será siempre malo, el mujeriego y frio chico no está esperando a una dulce dama que le brinde calor a su corazón; el bad boy será siempre igual. El amor nos cambia, pero nos cambia cuando queremos ser cambiados, y el pensamiento contrario llevó a Anahí hasta las últimas consecuencias.


Algo que tenía por ahi. ¿comentarios? Tomatazos?

Para quienes leen mi fic, estára mas tarde jej, me atrasé un poco u.u

Y ya saben diganle NO al PAD!