Novela histórica.

Abre en primera persona, a manera de introducción, aunque probablemente las tres personas sean manejadas.

Autor: Frederik C. Autumn de Olavarrieta.

Nívea.

Es el año de nuestro Señor de 1549, y ahora que no tengo nada más que descansar, entre rezos e inciensos, puedo dedicarme a escribir la historia de las personas que amé y de mí misma. Debo rogarle a Dios que me sean dispensadas las faltas tan graves que cometí en mi vida, y que nunca pude confesar, porque se me quedaban atoradas en la boca. Sé que es lo suficientemente bueno, y que cuando muera, mis nietos me recordarán, no como la anciana mandona y malvada que parezco ser, sino por la viejecita frágil que, sorprendidos, llegaron a querer.

Desde que llegué a esta Nueva España, tuve que hacerme lugar entre hombres sin escrúpulos y mujeres vacías e insulsas. La vida me ha golpeado con fuerza, pero he salido ganando con cada golpe. Moriré contenta, porque me siento realizada, y cuando me presente ante Dios, podré darle las gracias con verdadero ánimo.

Espero poder reunirme con mi abuela Irene, la única que en realidad me amó. Sé que está en el amplio cielo aguardándome, porque también fui yo la única que pudo retribuirle el gran amor que tenía para dar.

Amo la libertad. Tuve la desgracia de caer esclava, por eso ahora no permito ninguna de sus modalidades en mi encomienda. Cuando Claudette se arrastraba a través de la celda para llorar en mi hombro, rezaba para que toda la marisma de injusticia social acabara. Yo salí con vida, pero Claudette dejó la suya para que yo sobreviviera. Por mí, sufrió durante muchos años, y no pude verlo porque era natural que alguien de su condición se aprestase para sufrir lo que un español no debía. ¡Oh, Claudette, Dios te colmé de bendiciones!

Mi abuela Irene me sacó del Palacio de mi Padre una noche lúgubre de Abril, cuando mis tíos y abuelos prendieron fuego al Cristo enorme que vigilaba mi habitación, en medio de uno de sus rituales satánicos. Apenas alcanzó a vestirme, y tuvimos que dejar nuestras pertenencias, que de cualquier forma se achicharraron. Intentaron retenernos, porque nosotras seríamos quienes tomaran la comunión, para luego ser mancilladas, pero Hortensia, la dulce sierva de mi abuela, asesinó al verdugo con un cuchillo que sacó de las medias, y dejó su vida por la nuestra.

Mi Padre, a quien siempre creí ignorante del dolor de aquella noche, simplemente hizo oídos sordos, porque no me quería, y el peso de cargar con católicos en su techo lo estremecía. Su familia le informó que simplemente iban a espantarnos, para que nos fuéramos por voluntad propia, pero cuando se enteró de todo, estuvo más que complacido. Ya no tenía obstáculos para volver a casarse, si podía convencer al Obispo Poitiers…no lo logró. Y vivió en concubinato con una dama lusitana, de nombre Clara Do Porto.

. Mi abuela siempre hizo lo posible por desmentirme, pero yo lo sabía. Había escuchádolo tantas veces hablar con mi madre. Su amor existía sólo para ella…

Mejor calla, Felipe, porque tu familia hereje no logrará corromper a mi hija.

¿Quién habló de mi familia? Sabes que sigo siendo católico.

Sólo por mí, pero de católico no tienes nada…

Entonces, ¿Por qué sigues casada conmigo?

Porque una buena católica se casa para toda la vida…

¿Y algún día llegarás a amarme como yo te amo a ti?

Tú no sabes lo que es el amor…pero tenemos una hija, y quieras o no, por ella vas a tener que aprender lo que es.

Viví en comunión con mi abuela, entre rezos, inciensos, bordados y colación para los pobres, y la desesperación de saber lo que la familia de mi Padre hacía. Comenzaron a desaparecer siervos.

El Obispo Poitiers sabía lo que ocurría, pero algo de tal magnitud llamaría a Torquemada a la región, y eso no era una opción.

Se terminó por pactar que sólo una persona sería sacrificada por mes, para no levantar tantas sospechas, pero cuando el río amaneció rojo, el fuego de la Inquisición ya se había llevado las almas desdichadas de los Ramírez de Castilla y Rosas al infierno.

No pude llorar por mi padre, prefiero pensar que es porque era demasiado pequeña. Mi abuela prefirió evitarme el espectáculo, pero mi curiosidad pudo más, y contemplé su cabeza en una pica en la plaza mayor, durante horas, hasta que caí presa de una fiebre de varias semanas que casi acaba con mi vida. Podía escucharlo hablarme en las noches, con voz de demonio y olor a azufre, y eso me enfermaba. Recuerdo que rezaba incansablemente, y luego se iba, pero volvía puntual cada noche.

Las pesadillas duraron años, y eso contribuyó a mis nervios y a mi pequeñez, pero la abuela me sacó adelante con el consuelo suyo y de Dios, y mi infancia fue generalmente feliz.

¡Dios te tenga en su gloria, abuela!

Ahora, en este ocaso que estoy viviendo, y que la frialdad se apodera de mis huesos, puedo dar todo el amor que me fue negado, puedo amar sin esperar nada a cambio, porque he aprendido que así es como deben ser las cosas.

Mi nieta duerme en mis rodillas, y yo no me canso de mirar sus mejillas arreboladas y sus cabellos disparatados sobre su frente. Aprieta con fuerza el rosario de plata con exergo dedicado a mí, único vestigio de mi madre, y me he enamorado de su esencia. 'Nívea Ramírez de Oviedo' reza la medallita, y se acomoda perfectamente al nombre de la pequeña, que como yo se llama Nívea, y por diversas circunstancias, se apellida de la misma manera.

Quiero disfrutar de este momento de alba dilección, como tantos otros que fluyeron porque los dejé pasar…

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¿Qué les pareció? Es el capítulo introductorio. Ojalá y les haya prendado la historia como para continuar, porque sé que ésta será genial! xD