*Nívea Ramírez de Oviedo*

Primera parte.

Capítulo 1: El fuego como purificador.

León, España, 1486 – 1511

Quizás en el mismo momento de mi nacimiento, el briago genovés Cristóbal Colón desplegaba en la mesa de los santos y católicos Reyes Isabel de Castilla y León y Fernando de Aragón y Sicilia, un raído e impreciso mapa de lo que él denominaba 'Las Indias.' Puedo imaginarme la escena, porque conozco la verdadera naturaleza de este taimado y extraño personaje, a quien la historia le resultó gran benefactora. El discurso repetido infinidad de veces, cada seña medida, exclamaciones aludiendo al divino de vez en cuando, 'El Dios santo me ha enviado para que vuestras majestades engrandezcan sus dominios'…

El infame Tomás de Torquemada, recordado como 'la luz de España', debió ejercer una gran presión sobre la reina Isabel, pues la idea de gastar los fondos del erario español en una expedición 'descabellada, producto de una imaginación retorcida y herética' le resultaba insultante. La influencia del Inquisidor General probó ser tanta, que La Católica no accedió sino hasta seis años después. El precio que tuvo que pagar fue la autorización del mandato para la expulsión de los judíos.

El recuerdo más antiguo que poseo es el de mi amiga Margarita Germania Sánchez, escondida bajo mi cama, sin que mi abuela supiese. Era de noche, no puedo precisar qué tan tarde, pero hacía mucho frío. Yo estaba durmiendo, cuando Margarita entró por mi ventana, apresurándose a esconderse. Me tapó la boca, y mi primer pensamiento fue que era uno de esos moros salvajes que entraban a las casas a violar vírgenes, aunque fueran niñas, pero cuando percibí el olor a paja y mantequilla, supe que era ella. Quizás demasiado tarde, porque le propiné una patada en el estómago, pero ninguna de las dos dejó escapar un grito.

Comenzó a llorar, sobre mí, inconsolable. En los pocos años que había vivido, nunca me había tocado ver a alguien llorar como se llora cuando se está a punto de perder lo que más se ama. La abracé con lentitud, sin saber qué debía hacer, ni qué estaba pasando. Ella no tuvo que decirme.

Escuchamos calladas, aún abrazadas, cuando mi abuela corrió las ventanas al otro lado de la puerta, y cuando apagó las velas del Santísimo. Se hizo un silencio abúlico, seco, tétrico, como el de las Iglesias cuando se bendice el Incienso, y nada escuchamos más que el llanto de mi abuela durante minutos que parecieron días.

Entonces, dejé a Margarita bajo mi sábana, y corrí donde mi abuela, que me dio una bofetada, ordenándome ir a dormir. No me moví de donde estaba, y me paré de puntillas para ver por la ventana. Eran cuatro o cinco hombres, dos de ellos ataviados con sotana blanca y enormes abalorios de donde pendían Cristos entristecidos. Tocaron a la puerta de los Sánchez, y un murmullo de histeria se escuchó cuando Josefa Poléo de Sánchez les abrió la puerta. De inmediato entraron, sin esperar permiso, y uno de los Sacerdotes comenzó a arrojar agua bendita con un hisopo en el interior de la casa. Mi abuela sacó un rosario y empezó a orar, hecha un mar de lágrimas, mientras observaba perpleja el saqueo que ocurría a escasos metros de nosotros.

'Somos cristianos buenos, ¡Lo somos!...'

Eso lo decidirá el Obispo Poitiers y su Ilustrísima Fray Pedro. ¡Que todos los cerdos judíos salgan de inmediato!

El monje más grande tomó a Joaquín Sánchez de las muñecas y lo arrojó al suelo, obligándolo a ensuciarse el rostro con la bosta ahí dispersada. Se río grandilocuentemente, mientras los Inquisidores volteaban la mirada para no ver aquel espectáculo tan bajo, y una vez satisfecha su crueldad, habiéndolo pateado hasta el cansancio, lo tomó del cuello y lo arrastró varios metros, hasta que pudo incorporarse. Josefa Poléo de Sánchez iba detrás, con la cabeza gacha y un rosario en cada mano, rezando, y la procesión de sus hermanos y padres le seguía, todavía vestidos con sus ropas de dormir.

Que el fuego purifique este lugar – fue lo que dijo el monje anciano que aún no volvía la mirada, y en un abrir y cerrar de ojos, todo el patrimonio de los Sánchez se redujo a cenizas. No pude comprender bien en ese momento la emoción tan extraña que se apoderó de Doña Josefa, que era una buena cristiana, verdad de Dios, pero ahora, cuando entender esas felonías es más sencillo, me doy cuenta que intuyó mi mirada detrás de las cortinas. Seguramente no pensó en sí misma, sino en su hija. No se fue llorando, y su parentela parecía serena y sosegada, porque sabían que al menos la hija estaba segura.

Margarita no era hija de Joaquín Sánchez. Cuando se dieron cuenta de que querían formar una familia, Josefa le anunció que no cambiaría su religión para casarse con él. Fue entonces que Joaquín se dirigió a la Catedral a pedir su conversión. Tardó seis meses en ser aceptado en el seno de la Iglesia, porque se necesitaba permiso del Obispo, y cuando por fin era parte del rebaño católico, Josefa tenía tres meses de embarazo. Había sido violada cuando viajó con sus padres a Aquitania, y no se sabía nada del bandido. La Iglesia hizo oídos sordos, porque no podía ocuparse de banalidades cuando se estaba persiguiendo a los perpetradores de las masacres en las inmediaciones del País vasco, pero ofreció una suculenta dote para que Josefa pudiera encontrar marido. Aquel fue Joaquín Sánchez Elloy.

La niña que nació de Josefa Poléo Ples fue una rozagante y amarillenta criatura, con los cabellos rojos y la piel frutal del estío africano. Sus abuelos paternos la declararon hija del demonio, y la excluyeron para siempre del pueblo escogido, no permitiéndole nunca llegar a su Bat mishvá. De cualquier forma, la niña fue criada como católica, y podía pasar muy bien por una española oriunda de Granada, o del norte de África. Fue esto precisamente lo que la salvó de la Inquisición, cuando los monjes derribaron la puerta del hogar de mi abuela, en busca de una niña faltante. Empujaron a la pobre abuela Irene, y se abrieron paso derribando todo, para encontrarla arrellanada debajo de mi cama, y cuando la sacaron al patio, a rastras, la madre rogó misericordia, aduciendo que no era hija suya, sino que la habían adoptado. Una mirada le bastó al monje anciano, y coincidió con la idea, porque dijo que esa niña pelirroja no podía ser descendiente de un grupo de marranos. Ordenó, sin embargo, que la llevaran a un hospicio para ser dada en adopción a una familia de cristianos viejos y honrados.

Yo solté un grito que subió desde la tierra y me atravesó toda. Me colgué de los ropajes del monje, y lo mordí tan fuerte como pude, hasta que sentí el sabor de la sangre, y lo solté por mí misma. Mi abuela, histérica, me alejó del anciano con un bofetón que me hizo tambalearme hasta la casi inconsciencia, y me metió a la casa, a trastabillones, murmurando disculpas, presurosa. No alcanzamos a escuchar la voz de aquel arcángel ofendido, porque mi abuela cerró la puerta a machote, y me golpeó tan fuerte como pudo.

Media hora más tarde, se hallaba llorando conmigo abrazada, pidiéndome perdón, rogándole a Dios que entendiera lo que había tenido que hacer. Me explicó desesperada que si mostraba laxitud conmigo cuando había cometido semejante sacrilegio, me hubieran llevado con ellos.

¡A Dios bendito, las gracias, de que estás bien!

Abuela… ¡Se llevaron a Margarita! ¡Se la llevaron! – y me hundí entonces yo en su regazo, a llorar como debió llorar la Santísima Virgen cuando perdió a su amado Hijo. No volví a ver a Margarita sino hasta diez años después.

Al cabo de quince días, vi de nueva cuenta a Doña Josefa Poléo de Sánchez, y fue la última vez. Mi abuela no quiso llevarme al auto de fe, pero me escapé de la casa, cuando ella dormía. Desearía nunca haberlo hecho, pero los caminos del Señor son inescrutables, y lo que ahí aprendí, es demasiado valioso.

'Hay hombres buenos y hombres corruptos, Nívea… Los segundos fueron buenos, pero el poder les carcomió las entrañas, y ya no pueden ver a Dios, aunque se rompan el pecho clamando ser excelentísimos. El mismo Señor Papa está cayendo en la calígine. ¡No, no estoy blasfemando, querida!' me dijo una vez el Sacerdote de la Iglesia a la que asistía, y no se me ha olvidado hasta ahora. En muchas ocasiones, he podido presenciar el cumplimiento de esta máxima, y nunca ha fallado.

Esa mañana había en el ambiente un aroma a frutas frescas, pero un olor sucio también invadía el aire. Conforme me acerqué a la plaza mayor, y pude atisbar a la multitud allí reunida, el miedo se fue apoderando de mí. Quise regresar, pero ya no podía hacerlo, porque algo me incitaba a continuar. El estrado con las altas sillas para los dignatarios estaba vacío, imaginé que porque les asqueaba el motivo del conciliábulo, pero después comprobé decepcionada que simplemente se habían atrasado. Minutos después llegó el ujier real, y se dispuso a leer la oronda relación de pecados y pecadores.

Después de una hora en la que deseé estar en mi casa, tomando agua fresca y bordando con la hermana Sor María de los Ángeles, la hilera de acusados formó una línea recta que avanzó en procesión, con el sanbenito de los penitentes, y con la cabeza gacha. De inmediato la gente se exacerbó, y supe de dónde venía aquel olor cada vez más nauseabundo. La fruta pisoteada y sucia comenzó a volar hacia los judíos que avanzaban resignados, sin sentir la humillación, porque ya les habían matado el alma en los calabozos del Santo Oficio.

Nunca creí que gente católica y buena pudiera ser capaz de semejante atrocidad. Muchos años después, aún no puedo superar lo que vi.

El ujier por fin terminó la larguísima relación que tenía en sus manos, cuando el prelado real tomaba su lugar en las altísimas sillas. Entonces llegó Pedro de Arbués, con una sonrisa espectral en los ojos, evidentemente feliz. Con él venía Catalina Uriarte, patrona de Barcelona y las Islas Canarias, quien se ofreció a sí misma para la salvación de los pobres conversos, que 'ninguna culpa tienen de haber nacido judíos'. Los Inquisidores retrocedieron espantados, porque aquella mujer, pequeñita y con aroma de almendras, era tenida por santa.

Santa Catalina caminó hasta la tarima, y ayudó a cada uno de los judíos a bajar de ella, mientras se esforzaba por subir. Los instrumentos del martirio ya se encontraban preparados, y la paja, seca como la tierra en aquella época del año, bordeaba el patibulario lugar. Ella sonrió, inclinándose para agradecer a Dios permitirle morir dando la vida por sus hermanos, mientras el prelado sudaba bajo su capelo, incapaz de decidir qué hacer. Tuvo que hacer acopio de todo su miedo, para que, transformado en ira, ordenara bajar a la Santa de la tarima, y quemar a los judíos de una vez por todas.

Cuatro hijodalgos se aproximaron a ella, pero sufrieron quemaduras terribles cuando intentaron tocarla. El pueblo completo pareció desmayarse entonces, aunque dicen que fui yo la única que lo hizo. Lo que pasó después me lo contó mi abuela, luego de diez días en los que recostada estuve en los brazos de la muerte.

Santa Catalina de Barcelona levitó y segundos después, habiendo ya elevado una plegaria al Señor, desapareció como liviano fantasma. El prelado se deshizo en lágrimas ante el milagro, y declaró que cualquier judío converso en España podía quedarse. El pueblo completo se hincó, mirando a la catedral, pidiendo clemencia y perdón para sí mismos. Josefa Poléo de Sánchez dio las gracias a Dios, hincóse también, y murió en el acto.

Fue enterrada en la Abadía de Barcelona, donde su esposo va cada día a rezar y agradecer a la santa por su intercesión, y a dejar flores frescas a las puertas del Sagrario.

Todo esto me lo contó mi abuela, extasiada, mientras me cubría de besos y abrazos. Dejóme descansar después de largo rato, mientras hojeaba uno de los preciosos libros, que mi abuela con tanto sacrificio había logrado pagar, y que yo había terminado ya seis veces.

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Diré de este capítulo que lo amo y lo odio. Me gustó la idea, pero siento que no logré hacerla madurar, dejando que cayera al suelo por su cuenta, sino que tuve que arrancarla del árbol de las ideas por pura fuerza bruta. Deseo ya llegar a partes más interesantes, sin embargo, siento que la Señora Ramírez de Oviedo tiene mucho potencial, y por esto mismo, no desistiré en mi creación. Se le agradece al lector que tan amablemente nos acompañe, y se le pide que no deje de hacerlo. Sus comentarios son bienvenidos. Son como agua fresca que pasa entre las manos, después de un día de mucho calor.

¡Que tengan un día excepcional!*