Nos situamos en un importante colegio, en la sala de 3° de secundaria luego de un receso. El curso espera a que el profesor de química llegue, y el desorden no se hace esperar. El salón se divide en varios grupos; uno de ellos es el grupo de tres eternos amigos:

Samantha Thompson, como tantas otras es una chica común y corriente de 16 años. De cabello largo, ondulado y negro, ojos castaño oscuro, moderadas proporciones y tez ni muy pálida ni muy morena. Tiene las mejores calificaciones de su clase y es la favorita de varios maestros.

Ashley McGregor, su mejor amiga, es una de las chicas más populares del colegio. De cabello largo, rubio y liso, tez blanca, con unos imponentes ojos verdes y bastante bella. Tiene varios pretendientes, y ha tenido más de un par de novios, pero nunca ha sido nada serio.

Elliot McGregor, que es el mellizo de Ashley (mayor por dos minutos). A diferencia de ella, sus ojos son azules y su cabello es corto. Y como su hermana, es constantemente acosado por sus miles de fans, pero él siempre se niega a salir con alguna de ellas. Es un completo misterio si tiene o ha tenido novia, pero existen muchos rumores sobre ello. Es bastante sobre protector y receloso con su hermana, y siempre se le ve junto a ella.

En uno de los grupos más grandes se encuentra una chica de cabello liso y rojizo, y ojos grises: Tiffany Johnson, completa rival de Samantha y Ashley, y eterna enamorada de Elliot. Es la típica chica arrogante que tiene su propio séquito de fans y es constantemente consentida. Su padre es el dueño de una importante empresa, y ella no deja que nadie lo olvide. Destaca en el grupo, pues es la autoproclamada líder de él.

A un lado de la chica, se encuentra otra de cabello claro y ojos color miel. Su nombre: Brenda Harrison. Tiene unas gafas ovaladas, lleva un cuaderno en su mano izquierda, y con la otra escribe a gran velocidad. Es, simplemente, la chica nueva y tímida que cayó en manos de Tiffany.

—El receso acabó hace tres minutos, vuelvan todos a sus puestos —ordena el profesor de química mientras entra en el salón.

Su nombre es Seth Thomas. Alto, de cabello negro al igual que sus ojos. Con 25 años, es uno de los profesores más guapos y jóvenes de la escuela, y es bastante popular por ello. Viste un chaleco color rojo y blue jeans, y sobre ellos tiene una bata blanca de laboratorio. De rostro serio. Lleva unos lentes cuadrados que le dan una apariencia intelectual.

Muchas chicas, al ver al profesor, sueltan un largo suspiro mientras regresan a sus puestos. Entre ellas, Tiffany.

La clase pasa lentamente, hasta que, al fin, la jornada escolar termina. La mayoría de los alumnos desocupan el salón en cosa de minutos, pero al final quedan unos pocos que tardan más. Entre ellos están Samantha, que tranquilamente ordena sus cosas, y Ashley que, junto a Elliot, esperan a la chica.

—Chicos, ya saben que los martes me quedo hasta más tarde —dice Samantha con una sonrisa al ver el impaciente rostro de los mellizos—. No sé para qué insisten.
—Tenemos la esperanza de que algún día vengas con nosotros —responden con tranquilidad los aludidos a unísono y la chica ríe. El martes es cuando sus padres llegan más tarde de lo habitual de sus trabajos, y eso significa que pueden invitar a alguien por un par de horas.
—Bueno, no importa —excama desinteresado Elliot, mientras ve de reojo a su hermana.
—De todas formas, si sales y te queda tiempo libre, ya sabes donde ir.— Ashley le guiña un ojo a su amiga.
—Lo recordaré.

Los mellizos se dirigen, luego de la respuesta de la chica, a la puerta, y desaparecen ante su mirada. Sólo quedan en el aula el maestro de química, que revisa unos papeles, y ella, que termina de guardar un último cuaderno en su mochila.

Se respira una tranquilidad que llena el lugar luego de que todos se van. Samantha, con una serenidad única, deja su mochila en su puesto, perfectamente ordenado, y se dirige al escritorio del profesor. Cuando la chica llega al lado de éste, él levanta la mirada unos segundos, sonríe de soslayo y sigue su trabajo. La chica planta en su rostro una sonrisa.

—No creo que sea lo más adecuado perder tu tiempo cada martes para esto —señala, con voz profunda, el profesor Thomas, luego de cinco minutos de un cómodo silencio.
—Yo no creo que sea una perdida de tiempo. Lo disfruto mucho realmente. —La chica acerca una de las sillas al lado izquierdo del escritorio del profesor, y toma unos papeles que estaban a la derecha de éste. Los empieza a leer, y luego escribe algunas anotaciones en un cuaderno a parte—. ¿Considera usted una perdida de tiempo lo que yo hago?
—No, pero podrías dedicar tu tiempo a algo mejor —contesta con naturalidad el maestro.

Y es que cada martes Samantha Thomson se queda, luego de las clases, con su profesor de química. Nadie sabe de ello, ella nunca ha especificado a qué se queda, y por su parte, nadie ha preguntado.

Una brisa otoñal invade la sala. Las numerosas ventanas del extenso salón se encuentran cerradas y son cubiertas por unas cortinas color pastel que contrastan con el blanco de las paredes. Es un ambiente realmente agradable. Profesor y alumna en el aula, él realizando su trabajo y ella voluntariamente ayudándolo. Química es una materia que se le da realmente bien y le gusta, y no ve razón por que no ayudar a su maestro si él no se niega.

Luego de quince minutos, Samantha deja de lado los papeles y su cuaderno (en que ya lleva escrito varias anotaciones) y se dirige a la puerta. Con cuidado y delicadeza la cierra, y vuelve a su puesto.

—Hace frío —explica mientras retoma los papeles y hace una anotación más.

Seth Thomas se levanta, y luego Samantha siente cómo le es tendido encima de su uniforme algo cálido. El abrigo del maestro. La chica se gira, y encuentra a su profesor tras ella, cruzado de brazos con una media sonrisa.

—No sería bueno que te resfríes por mi culpa.

Samantha se levanta y entrelaza sus manos tras el cuello de Seth. El abrigo cae en el acto, él corresponde al abrazo pasando sus brazos por la cintura de la chica. Ella lo besa y él no demora en responder.

Eso es lo que, desde hace un tiempo, ocurre cada martes luego de clases. Ninguno de los dos recuerda con exactitud desde cuándo es así, y realmente no les interesa.

Ella lo ama, y quiere creer que él también. ¿Qué más dan los detalles? Son sólo una insignificancia...

El beso termina, y la chica sólo se abraza más a su profesor. Apoya su cabeza en el pecho de él, y él le corresponde sin soltar el abrazo, cerrando los ojos y sintiendo la calidez de Samantha.

Los minutos pasan, luego se convierten en horas.

—¿Debes irte? —pregunta con algo de pesar el profesor. Ya ha pasado demasiado tiempo, eso no es seguro para ella.

El tiempo siempre pasa volando cuando están juntos.

—Sí… sabes que sí… —La voz de la chica suena algo quebrada y amarga—. No quiero irme. —Se aferra más él. No quiere soltarse por nada en el mundo.

Seth sólo la escucha en silencio. No la quiere dejar, y el hacerlo se le hace más difícil con sus acciones. Ella simplemente se aferra a él y esconde su cara en el pecho de su maestro.

—Sabes que debemos…
—¡Estoy cansada de hacer lo que debo y no lo que quiero! ¡Quiero quedarme acá contigo toda la tarde, y no volver a mi casa! —Una silenciosa lágrima resbala por su mejilla. Cruza su mirada con la de Seth; él limpia las huellas de la lágrima rebelde y acaricia su pelo, acercándola más a él—… eso es lo que quiero, nada más. —Baja la mirada y siente las caricias de él. De a poco va serenándose.

Están así, juntos, abrazados durante unos minutos más, hasta que Samantha se tranquiliza completamente. Besa la mejilla de su amante en silencio, lo que significa que ya está lista para irse. Ambos salen del colegio, Seth la acompaña hasta su casa como tantas otras veces. La hora de despedida ha llegado, y nada hay por hacer.

Se miran por unos segundos, y él, tomando el mentón de la chica, la besa con ternura. Ella cierra los ojos al contacto y corresponde a la muestra de cariño. En el horizonte se ven los últimos rayos del Sol, que acompañan la escena.

—Hasta mañana, Samantha
—… Hasta mañana, mi querido profesor.

Ella entra a su casa, él da media vuelta y se deshace camino, en dirección a la suya.

Nos situamos en un importante colegio, en la sala de 3° de secundaria luego de un receso. El curso espera a que el profesor de química llegue, y el desorden no se hace esperar. El salón se divide en varios grupos; uno de ellos es el grupo de tres eternos amigos:

Samantha Thompson, como tantas otras es una chica común y corriente de 16 años. De cabello largo, ondulado y negro, ojos castaño oscuro, moderadas proporciones y tez ni muy pálida ni muy morena. Tiene las mejores calificaciones de su clase y es la favorita de varios maestros.

Ashley McGregor, su mejor amiga, es una de las chicas más populares del colegio. De cabello largo, rubio y liso, tez blanca, con unos imponentes ojos verdes y bastante bella. Tiene varios pretendientes, y ha tenido más de un par de novios, pero nunca ha sido nada serio.

Elliot McGregor, que es el mellizo de Ashley (mayor por dos minutos). A diferencia de ella, sus ojos son azules y su cabello es corto. Y como su hermana, es constantemente acosado por sus miles de fans, pero él siempre se niega a salir con alguna de ellas. Es un completo misterio si tiene o ha tenido novia, pero existen muchos rumores sobre ello. Es bastante sobre protector y receloso con su hermana, y siempre se le ve junto a ella.

En uno de los grupos más grandes se encuentra una chica de cabello liso y rojizo, y ojos grises: Tiffany Johnson, completa rival de Samantha y Ashley, y eterna enamorada de Elliot. Es la típica chica arrogante que tiene su propio séquito de fans y es constantemente consentida. Su padre es el dueño de una importante empresa, y ella no deja que nadie lo olvide. Destaca en el grupo, pues es la autoproclamada líder de él.

A un lado de la chica, se encuentra otra de cabello claro y ojos color miel. Su nombre: Brenda Wells. Tiene unas gafas ovaladas, lleva un cuaderno en su mano izquierda, y con la otra escribe a gran velocidad. Es, simplemente, la chica nueva y tímida que cayó en manos de Tiffany.

—El receso acabó hace tres minutos, vuelvan todos a sus puestos —ordena el profesor de química mientras entra en el salón.

Su nombre es Seth Thomas. Alto, de cabello negro al igual que sus ojos. Con 25 años, es uno de los profesores más guapos y jóvenes de la escuela, y es bastante popular por ello. Viste un chaleco color rojo y blue jeans, y sobre ellos tiene una bata blanca de laboratorio. De rostro serio. Lleva unos lentes cuadrados que le dan una apariencia intelectual.

Muchas chicas, al ver al profesor, sueltan un largo suspiro mientras regresan a sus puestos. Entre ellas, Tiffany.

La clase pasa lentamente, hasta que, al fin, la jornada escolar termina. La mayoría de los alumnos desocupan el salón en cosa de minutos, pero al final quedan unos pocos que tardan más. Entre ellos están Samantha, que tranquilamente ordena sus cosas, y Ashley que, junto a Elliot, esperan a la chica.

—Chicos, ya saben que los martes me quedo hasta más tarde —dice Samantha con una sonrisa al ver el impaciente rostro de los mellizos—. No sé para qué insisten.
—Tenemos la esperanza de que algún día vengas con nosotros —responden con tranquilidad los aludidos a unísono y la chica ríe. El martes es cuando sus padres llegan más tarde de lo habitual de sus trabajos, y eso significa que pueden invitar a alguien por un par de horas.
—Bueno, no importa —excama desinteresado Elliot, mientras ve de reojo a su hermana.
—De todas formas, si sales y te queda tiempo libre, ya sabes donde ir.— Ashley le guiña un ojo a su amiga.
—Lo recordaré.

Los mellizos se dirigen, luego de la respuesta de la chica, a la puerta, y desaparecen ante su mirada. Sólo quedan en el aula el maestro de química, que revisa unos papeles, y ella, que termina de guardar un último cuaderno en su mochila.

Se respira una tranquilidad que llena el lugar luego de que todos se van. Samantha, con una serenidad única, deja su mochila en su puesto, perfectamente ordenado, y se dirige al escritorio del profesor. Cuando la chica llega al lado de éste, él levanta la mirada unos segundos, sonríe de soslayo y sigue su trabajo. La chica planta en su rostro una sonrisa.

—No creo que sea lo más adecuado perder tu tiempo cada martes para esto —señala, con voz profunda, el profesor Thomas, luego de cinco minutos de un cómodo silencio.
—Yo no creo que sea una perdida de tiempo. Lo disfruto mucho realmente. —La chica acerca una de las sillas al lado izquierdo del escritorio del profesor, y toma unos papeles que estaban a la derecha de éste. Los empieza a leer, y luego escribe algunas anotaciones en un cuaderno a parte—. ¿Considera usted una perdida de tiempo lo que yo hago?
—No, pero podrías dedicar tu tiempo a algo mejor —contesta con naturalidad el maestro.

Y es que cada martes Samantha Thomson se queda, luego de las clases, con su profesor de química. Nadie sabe de ello, ella nunca ha especificado a qué se queda, y por su parte, nadie ha preguntado.

Una brisa otoñal invade la sala. Las numerosas ventanas del extenso salón se encuentran cerradas y son cubiertas por unas cortinas color pastel que contrastan con el blanco de las paredes. Es un ambiente realmente agradable. Profesor y alumna en el aula, él realizando su trabajo y ella voluntariamente ayudándolo. Química es una materia que se le da realmente bien y le gusta, y no ve razón por que no ayudar a su maestro si él no se niega.

Luego de quince minutos, Samantha deja de lado los papeles y su cuaderno (en que ya lleva escrito varias anotaciones) y se dirige a la puerta. Con cuidado y delicadeza la cierra, y vuelve a su puesto.

—Hace frío —explica mientras retoma los papeles y hace una anotación más.

Seth Thomas se levanta, y luego Samantha siente cómo le es tendido encima de su uniforme algo cálido. El abrigo del maestro. La chica se gira, y encuentra a su profesor tras ella, cruzado de brazos con una media sonrisa.

—No sería bueno que te resfríes por mi culpa.

Samantha se levanta y entrelaza sus manos tras el cuello de Seth. El abrigo cae en el acto, él corresponde al abrazo pasando sus brazos por la cintura de la chica. Ella lo besa y él no demora en responder.

Eso es lo que, desde hace un tiempo, ocurre cada martes luego de clases. Ninguno de los dos recuerda con exactitud desde cuándo es así, y realmente no les interesa.

Ella lo ama, y quiere creer que él también. ¿Qué más dan los detalles? Son sólo una insignificancia...

El beso termina, y la chica sólo se abraza más a su profesor. Apoya su cabeza en el pecho de él, y él le corresponde sin soltar el abrazo, cerrando los ojos y sintiendo la calidez de Samantha.

Los minutos pasan, luego se convierten en horas.

—¿Debes irte? —pregunta con algo de pesar el profesor. Ya ha pasado demasiado tiempo, eso no es seguro para ella.

El tiempo siempre pasa volando cuando están juntos.

—Sí… sabes que sí… —La voz de la chica suena algo quebrada y amarga—. No quiero irme. —Se aferra más él. No quiere soltarse por nada en el mundo.

Seth sólo la escucha en silencio. No la quiere dejar, y el hacerlo se le hace más difícil con sus acciones. Ella simplemente se aferra a él y esconde su cara en el pecho de su maestro.

—Sabes que debemos…
—¡Estoy cansada de hacer lo que debo y no lo que quiero! ¡Quiero quedarme acá contigo toda la tarde, y no volver a mi casa! —Una silenciosa lágrima resbala por su mejilla. Cruza su mirada con la de Seth; él limpia las huellas de la lágrima rebelde y acaricia su pelo, acercándola más a él—… eso es lo que quiero, nada más. —Baja la mirada y siente las caricias de él. De a poco va serenándose.

Están así, juntos, abrazados durante unos minutos más, hasta que Samantha se tranquiliza completamente. Besa la mejilla de su amante en silencio, lo que significa que ya está lista para irse. Ambos salen del colegio, Seth la acompaña hasta su casa como tantas otras veces. La hora de despedida ha llegado, y nada hay por hacer.

Se miran por unos segundos, y él, tomando el mentón de la chica, la besa con ternura. Ella cierra los ojos al contacto y corresponde a la muestra de cariño. En el horizonte se ven los últimos rayos del Sol, que acompañan la escena.

—Hasta mañana, Samantha
—… Hasta mañana, mi querido profesor.

Ella entra a su casa, él da media vuelta y se deshace camino, en dirección a la suya.