Cap dedicado a mimelliza Carmen, por hacerme el inmenso favor de subir a esta Web mis historias. ¡¡Te quiero!!


Éste relato lo presenté a un concurso a ver si había suerte y me lo publicaban. Obviamente no la tuve, por eso me encuentro aquí, subiéndola a esta web.

Espero que sinceramente os guste ^^ a mí la verdad es que me encantó.

Este primer cap es más bien uno de introducción, las cosas se pondrán interesantes a partir del segundo.



--.--ENCADENADA A LO IMPOSIBLE--.--

No te tomes la vida enserio, a fin de cuentas no saldrás viva de ella.*

INTRODUCCIÓN: LO QUE MÁS ME GUSTA

Me gusta escuchar el sonido del suave rasgar de mi pluma favorita; el sentir como mi mente se funde con la realidad impregnada de tinta bajo mis manos.

Sueño con ser capaz de arrancar sonrisas y lágrimas a cada uno de mis lectores, de tener el poder de transmitir sentimientos; ahogando a cada persona en mi mundo, a base de los garabateos de mis mustias y secas hojas escritas.

Creando vida, desde la nada; logrando que sueñes con un alguien que jamás existió.


CAPÍTULO 1: AQUELLA NIÑA QUE SOÑÓ CON ALCANZAR LAS ESTRELLAS

Selene miró absorta a aquel bello producto de su imaginación, pareciéndole imposible que un ser tan celestial quisiera estar con ella.

Te amo— le susurró el vampiro.

Selene sonrió, uniendo sus labios a los del ser inmortal que se encontraba a su lado.

— ¿Qué es esto?— inquirió Carlos, uno de los abusones de clase.

—Nada— afirmé avergonzada tapando mi libreta.

Sentí su mirada cínica sobre mí, antes de que me arrancara el cuaderno.

— ¡No!— chillé—. Devuélvemelo.

Carlos rió, empezando a leer en voz alta:

Su inmortalidad era una maldición, puesto que cada mañana fallecía, para regresar al anochecer; él era uno de los hijos de la oscuridad, un vampiro, llamaría la gente normal, mientras que…

—¡¡Dámelo!!— las risotadas de mis compañeros eran como agujas, clavándose lentamente en mi frágil piel.

— ¿Qué te pasa, chica vampiro? Como no tienes novio te lo inventas, ¿verdad? Sacándolo de tu mente calenturienta.

Le ignoré, arrancándole de cuajo mi libreta.

— ¿A ti qué te importa?— le atajé en tono mordaz.

—Nada, pero te aconsejaría que dejaras de vestir con harapos y de ponerte tus labios tan rojos… O si no, tu "novio vampiro ficticio" tampoco querrá estar contigo.

Tragué ante las risitas burlonas de mis compañeros.

— Es sólo una historia, yo… Quiero ser escritora.

Carlos me miró con mofa.

— ¿Has visto a alguna bruja escritora?

Le devolví la mirada de manera desafiante, estaba hasta las narices de ser su saco de boxeo.

—No —negué—, pero hasta ahora tampoco había visto a ningún burro hablar y, fíjate… justo en este instante me encuentro delante de uno.

Escuché que el coro de burlas se hacía más fuerte ante la mirada de duda de Carlos; por lo visto, su neurona aún no había pillado mi comentario.

En el fondo de clase se encontraban susurros, incitando a Carlos a contestar al puro estilo: "Chaval, la vampiresa te ha hecho quedar mal" o "¿Acaso esta inadaptada gótica es más lista que tú?".

Carlos parpadeó confuso, antes de replicar:

— Ya que te estás inventando un novio, no te vendría mal que también lo hicieras con algún amigo… por lo visto, tampoco te los puedes permitir.

—Yo tengo amigos— afirmé a la defensiva.

Carlos me miró divertido.

—Sí, Paula, pero no te preocupes vampiresa, que pronto se cansará de ti, puesto que valer, no vales nada.

Escupió en el suelo mostrando señal de asco.

***

Estaba harta de Carlos, el creído abusón de éste maldito instituto; se pensaba que por tener una cara de ángel —rubio, de ojos azules— podía hacer lo que se le viniera en gana.

El atractivo de una persona no mide la bondad de la misma, y muchísimo menos le da más derechos que a los demás.

—Luna— me llamó Paula desde el recreo.

La miré, sonriéndole optimista, intentando aplacar mi mal humor.

Mi mejor y única amiga era una de las personas más valiosas que conozco, renunció a su popularidad por mí; una adolescente incapaz de entablar conversación con alguna persona normal.

Cuando yo era pequeña ya daba muestras de mis peculiaridades; no me gustaban las muñecas, más bien las odiaba; prefería todo aquello tétrico por lo que pegaban gritos las niñas de mi edad.

También era una niña fantasiosa, incapaz de tener los pies en la tierra, ajena a la realidad que me rodeaba.

Recuerdo que me encantaba "Peter Pan". Cuando tenía seis años, dejaba la ventana abierta con un vaso de leche con galletas, esperando que algún día me raptara y me fuera a vivir a la cabaña de los niños perdidos en el país de Nunca Jamás; eternamente estancada en mi corta edad. Contándoles cuentos por las noches y escuchando la hermosa melodía de las sirenas en las costas de la isla.

Mi amiga, Paula, era una chica adorable, soltaba los comentarios exactos en el momento preciso; era la reina de la escuela.

Un día en el recreo se sentó a mi lado porque me vio sola y me preguntó qué me pasaba.

Yo estaba llorando y entre sollozos le expliqué que toda la clase—incluida la profesora—se rió de mí porque les dije que quería casarme con un vampiro; para aquel entonces yo tendría ocho años.

Era increíble darse cuenta de la superficialidad y mentalidad cerrada que tenían la mayoría de personas de éste pueblo.

Cuando era más joven tenía miedo de que los vampiros succionaran mi sangre y se fueran, por eso tenía siempre en la mesita de la cabecera de mi cama un vaso de agua, ya que según algunos libros que leí, los vampiros no pueden tocar el agua o traspasar ríos, les temen por alguna razón. Por eso me sentía segura con mi vaso de agua en mi mesita de noche, era como una garantía de que nada irá mal. Aún a mi edad tengo la manía de dormir con él.

Con el tiempo mi concepción de los vampiros varió y empecé a encontrarlos atractivos, seductores e inmortales; era como "Peter Pan", sólo que más oscuro; por eso me quería casar con uno, era una garantía hacia mis sueños infantiles. Me imaginaba a mi misma con mi caballero vampiro mirando a la luna de manera ausente; una vida romántica sin final, iluminados por el brillo de la luna y las estrellas.

A Paula le encantó mi manera de ver el mundo, ella era demasiado realista como para tener fantasías de ese tipo; ese mismo día nos hicimos amigas.

Ella conocía a un montón de gente, pero siempre tuvo tiempo para mí.

Con el paso de los años, las diferencias entre nosotras se fueron acentuando, cada día nos separábamos más, al no tener nada en común sobre lo que hablar o tratar.

Poco a poco, yo me hundía más en mi universo, olvidando la realidad siempre presente, y ella… bueno, era una… ¿Adolescente?

Sí, una chica normal con relaciones comunes y chicos.

Se me olvidaba mencionarlo, yo, Luna, a mis diecisiete años de edad jamás he sido tocada, alabada o cortejada por un hombre. Patético, ¿verdad?

Resulta reconfortante pensar que por lo menos en mi mente el cromosoma "Y" se encuentra a mi merced.

Sí, eso también suena bastante penoso.

Volviendo al pasado: con once años empecé a escribir todas las ideas que pululaban por mi mente, ya que si de por sí tenía imaginación y era aficionada a la lectura, me resultaba imposible no tener un "algo" sobre lo que garabatear.

Ahora mismo, estoy trabajando en una historia: "Encadenada a lo imposible", quiero acabarla y presentarla a una editorial; publicar algo mío, es uno de mis inalcanzables sueños.

Un día, Carlos robó un relato que hace años que escribí: "Sueño de otra vida". Trataba de una chica que sentía que no formaba parte del universo en el que se encontraba y… verdaderamente, tenía razón, sus padres eran silfos, al igual que ella.

Lo leyó en voz alta y ese, sin duda, fue el peor día de mi vida, todos se burlaron de mí diciendo que estaba loca y que escribía fatal.

Me puse a llorar y estuve meses sin coger un bolígrafo.

En el transcurso de ese tiempo me endurecí, y en cierto modo, me volví parte de la persona que soy ahora; una adolescente antisocial, amargada, y amante de todo aquello capaz de distanciarla más del mundo real. A parte de eso también tengo la lengua demasiado afilada; mejor ser así que nada, ¿verdad?

Ya estaba harta de ser la rara que iba llorando por cada esquina.

Mi amiga Paula, antes se mantenía al margen, pero, en cierto modo, se solidarizó conmigo y me defendió, su popularidad decayó por elegirme a mí, y… bueno, todo lo demás carece de importancia.

Por eso la quiero tanto, por ser la única persona que ha intentado comprenderme.

En ocasiones sonrío, al rememorar en lo poco que nos parecemos. Ella no es muy alta, de cabello castaño repleto de mechas rubias tintadas, obviamente. Sus ojos son marrones y expresivos, contrastando con su piel morena y brillante.

Es… especial, no conozco alguna palabra capaz de catalogar a mi mejor y única amiga.

— ¡Luna!— me reprochó Paula—. ¿Otra vez en la luna de valencia…? ¡Anda! Pero si hacéis juego tus delirios y tú; tú eres Luna y te encuentras en la Luna.

Rodé mis ojos.

—Muy original y maduro por tu parte— Paula se rió.

— ¡Lo sé!— afirmó haciéndose la orgullosa.

—Por cierto, ¿sabes que la otra noche vi algo rarísimo?— inquirió mi amiga con tono especulativo cambiando de tema radicalmente.

Negué.

—Era un hombre alto de cabello oscuro, estaba solo, sentando en los bancos del parque de los columpios, no sé que haría tan tarde allí, y me parece que estuvo toda la noche. Me dio un mal rollo que flipas.

—Raro…

—Sí, pero supongo que gente así de excéntrica se encuentra en todos lados. Pero da miedo pensar que hacía tan tarde solo en la noche, a lo mejor era un mafioso o un asesino psicópata— empezó a especular; ése era uno de sus jobbies.

—No lo creo— le dije intentado conseguir que se le borrara esa absurda idea de la cabeza.

¿Qué pinta un mafioso o un asesino psicópata en un parque de un pueblucho de mala muerte?

Mi amiga se encogió de hombros zanjando el tema.

Tomamos nuestro almuerzo y nos dirigimos al patio del recreo.

—Odio a Carlos— afirmé en cuanto nos sentamos en nuestro rincón.

—No me digas, ni siguiera me había dado cuenta— ironizó.

— ¿Sabes lo qué me hizo hoy en el aula?— empecé en tono sombrío, mi pobre amiga era la que soportaba cada una de mis quejas.

Negó frunciendo ligeramente el ceño.

—Me robó "Encadenada a lo imposible" y leyó un fragmento de ella en clase, por fortuna, se lo pude arrebatar antes de que llegara a mayores. No sé por qué siempre la toma conmigo, quiero decir, existen más raritos aparte de mí.

Paula me abrazó en señal de apoyo.

—Pero tú eres la mejor rarita de todas—rió—. Y ya puestos deberías de cambiar de actitud y dejar de picarte tanto ante sus comentarios ya sabes que no es bueno darle importancia a esos imbéciles.

Justo en ese instante, tuve la sensación de que Carlos nos leyó la mente, porque segundos después, apareció frente a nosotras.

Sí, era hermoso; tenía el cabello rubio natural, brillante. Y sus ojos, bueno, ¿cómo describir esas ventanas de zafiros hasta su alma?

Pero nada, a parte de su físico, se podía considerar valioso; su insensibilidad en lo que concierne a las personas es… desagradable.

Cada día tiene alguna novia nueva e incluso, a veces, me da la sensación de que me lo quiere echar en cara, como cuando me suelta que acabaré sola o… no sé, me restriega sus facilidades en lo que concierne a la seducción femenina.

No me parece justo que juegue con los sentimientos de todas aquellas chicas, algunas de ellas seguramente estaban enamoradas de él, aunque… ahora que lo pienso, dudo que la mayoría de las adolescentes con las que sale estén interesadas por él en algo más que el físico o la popularidad.

Eso es lo malo de ser alguien atractivo e influyente, raras veces tienes a personas que estén contigo por algo más que interés.

Momentáneamente sentí pena por él, puede que tuviera a muchos amigos, pero la verdad bajo esa tapadera era que emocionalmente estaba solo.

— ¡Vaya! Mirad, chicos, a quien tenemos aquí; Luna y Paula, nuestras queridas amigas.

—Piérdete— escupió mi amiga.

Carlos rió, secundado por su séquito.

Les ignoré, haciéndoles el vacío, ya se encargaría Paula de responderles por mí; saqué mi libretita pequeña, siempre guardada en mi bolsillo, tomé el boli y empecé a escribir apoyándome sobre mis muslos pues estaba sentada en el suelo recostada a la pared. Me gustaba escribir, sobre todo cuando algún sentimiento primario salía a la luz:

Veneno…

De tus labios es emanada ponzoña, contaminado mi piel con cada sílaba que pronuncias.

Asco…

Los insultos que vomita tu boca son afilados, capaces de cortar como el gélido filo de una navaja.

Pero tranquilo, que con los años me volví inmune a tus ofensas.

Te odio…

Aunque para mi fortuna es algo recíproco.

Carlos me arrebató la libretita antes de que terminara. La leyó.

Jadeé sorprendida, no me esperaba en lo más mínimo esa reacción por su parte.

Durante unos instantes me pareció ver algún atisbo de dolor en sus ojos, pero tan fácil como apareció, se esfumó.

—Vampiresa, no nos ignores; os estamos hablando. No creo que sea de buena educación no escuchar a aquel con quien te encuentras conversando— me escupió quemándome con el brillo azulado de sus ojos.

—Mira, vamos a hacer una cosa—empecé—, cuando aprendas a deletrear los vocablos que utilizas al hablar, me diriges la palabra, ¿te parece?

Frunció el ceño.

—No, no me parece.

—Pues a mí sí, así que… buena suerte y gracias por jugar.

Tomé a Paula y la arrastré fuera de su alcance.

—Te crees muy lista, ¿verdad, monstruo?— me atajó el abusón empezando a perseguirme.

Me encogí de hombros caminado.

—Hombre… comparándose contigo, cualquiera puede parecer superdotado.

***

Me encontraba de mal humor, de muy mal humor.

—Vamos, Luna, relájate.

La miré escéptica.

— ¿Cómo que me relaje? Ese imbécil lleva todo el día molestándonos y encima, ahora no está…— afirmé haciendo referencia a la cruz invertida de plata de la joyería, llevaba meses ahorrando para comprármela y, ahora… no se encontraba en la tienda, la habían vendido. Por lo visto aquella cruz fue un encargo que hizo una chica gótica al joyero, que jamás recogió. Yo, optimista al encontrar aquel accesorio tan inusual en ese lugar empecé a ahorrar dinero para nada.

Y eso que el joyero rebajó el precio dos veces suponiendo que no la vendería…

Era extraño pensar que ese tipo de accesorio sería comprado en un pueblo por alguien a parte de mí.

— ¿Por qué todo me pasa a mí?— inquirí enfadada—. ¿Acaso hice algo malo en alguna vida pasada y aún siguen saldando mi deuda?

Paula me miró pensativa.

—Pensaba esperar para dártela, pero visto que andas con esos humos…— se detuvo.

— ¿Qué pasa ahora?— le cuestioné abatida.

Mi amiga me miró, mordiéndose su labio.

—Paula…

No me contestó, como respuesta escarbó en sus bolsillos, hasta que encontró una cajita.

— ¿Qué es eso?— inquirí confusa.

Me la tendió.

— Ábrela— dijo como respuesta.

La tomé curiosa, y cuando la desplegué…

— ¡No puede ser! — grité asombrada. Era mi cruz invertida de plata, de cerca, se veía aún más hermosa.

— ¿Cómo la conseguiste?— le pregunté anonadada.

Se encogió de hombros.

—Me la encontré en la calle, seguramente el que la compró la tuvo que perder.

—Mala suerte para él, porque no me la pienso quitar de encima nunca; ayúdame a ponérmela.

Como respuesta, la tomó y abrochó a mi cuello.

Sonreí, por fin algo bueno en todo éste insufrible día.

— ¿Dónde hay un espejo? Quiero mirarme.

Me acerqué a un retrovisor, y observé mi reflejo. Ante mí, se mostró una adolescente pálida increíblemente alta, de un artificial cabello tintado rojo sangre, con los ojos de un oscuro esmeralda demasiado pequeños. Se encontraba maquillada de negro —sombra, raya, rimel…—, sus labios eran la única excepción, hoy, se los había pintado rojo sangre y… bueno, a ella le gustaba, sobretodo porque los tenía increíblemente carnosos. El de arriba le sobresalía un pelín, —rompiendo el canon de la mayoría de gente en la que destaca en inferior—, lo que hacía que su maquillaje en esa zona llamara más la atención.

La plata de su cruz brillaba, resaltando su pálida garganta, se veía perfecta con ella puesta, parecía la protagonista de una de sus oscuras fantasías.

—¡¡Dios, me veo hermosa!!— grité eufórica.

Paula rió.

—Tan hermosa como siniestra— me concedió—, pareces la mujer fatal de una de tus películas de vampiros.

— ¿Tú crees?— le cuestioné feliz.

Asintió.

Más optimista de lo que me esperaba, cogí a Paula del brazo y ambas nos dirigimos hacia mi casa.

Mis padres no se encontraban en ella, puesto que siempre estaban trabajando.

Mamá era secretaria y papá, profesor de gimnasia.

Nunca hablaba mucho con ellos, ya que no teníamos demasiado en común.

Nos sentamos en el comedor y empezamos a hacer zapping.

De algún modo éste era nuestro lugar de reunión. Paula era ya como una inquilina no oficial de nuestro hogar, se pasaba más tiempo aquí que en su propia casa.

Los padres de Paula siempre se habían llevado mal, nunca paraban de discutir por lo cual a mi amiga no le gustaba estar en casa soportando sus riñas constantes; ambas sabíamos que estaban cerca del divorcio.

Me dolía que mi amiga tuviera que pasar por eso, ella era una buena persona no se merecía que nadie le hiciera pasar un mal rato.

Todos los viernes y sábados celebrábamos la fiesta del no pijama; íbamos en camisón.

Me agradaba mi vida tal y como es, aunque alguna parte de mí quisiera ser la protagonista de alguna historia fantástica, y no encontrarme encasillada como rarita. Y también, puestos a pedir, me gustaría tener una buena relación con mis padres, aunque supongo que eso también le ocurría a Paula.

Suspiré, apoyándome sobre mi amiga.

— ¿Te ocurre algo, Luna?— inquirió Paula al observar mi aire ausente. No es que fuera una chica con los pies en la tierra, ella sabía que enseguida me quedaba absorta en mi mundo por alguna tontada; únicamente, ocurría que… bueno, no sé que me está ocurriendo, cada vez abandono más el mundo real, dejándome absorber por mi infinito universo.

— Nada— afirmé intentando parecer indiferente.


* Marianna, gracias por la frase, por cierto si lees esto encontré el documento de las frases u.u XDD.

La historia ya está toda escrita así que no tendré presión por eso. Actualizaré depende de la acogida que me deis.

Traducción: si me dejáis bastantes reviews actualizo pronto, si no lo haré una vez por semana, ¿ok? Ah y recuerdo que quien no tiene usuario también me los puede dejar.

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