2. Don't Mix Your Drinks

Todo parece indicar que la vida nunca cobra importancia. Siempre eres demasiado joven, demasiado inexperto, demasiado a medias como para poder volcarte sobre el folio. Para eso estaban Jarvis Cocker y Damon Albarn. Para contarte las cosas de una manera que intuías pero no podrías explicar mejor que él ni en tus momentos más lúcidos.

Estando allá, te querías ir. Pensabas que por lo menos en Inglaterra, en los noventas, había alguien como tú. Y te querías vestir de rayas, acampar en el festival de Glastonbury y un buen día decidir que eres demasiado cool para ser cierta.

Los planes continuaron. Con el paso del tiempo formaste una colmena de gente que aspiraba a lo mismo, que fue el mismo misfit de trece años que soñaba con parrandear alla britpop style. Y luego de mucho beber, cuando sonaba Suede a más de media noche, todos cantaban y cerraban los ojos sintiéndose los Beautiful Ones, hermanos de condición con Brett Anderson.

Y te fuiste.

Rory recordaba a las ocho de la mañana, con una resaca de los mil diablos, los esbozos más significativos de su tardoadolescencia y los escribía en un cuaderno destartalado con pretensiones anecdóticas que contenía, desde sus tiernos trece años, basura oscilante entre la autobiografía y la fantasía. De tan dudosa calidad literaria como este mismo compilado de sandeces.

Debió hacer caso a la canción de Elbow. Haber tomado la decisión (de nuevo) de mezclar las bebidas le había dejado fundida en un domingo que tiene por cualidad natural dotar todos los actos de una pasma insufrible. Sunday Sunday. Pero nadie hace caso de canciones como las de Elbow, no es su función universal; uno se acerca a ellas cuando te dicen verdades a destiempo, canciones de derrota.

Primero fueron las pintas. Así la cosa funciona bien. Siempre que Rory salía a beber en exclusiva compañía femenina, se transformaba en una solterona sin esperanza a la que no le queda más que tomarse las desventuras con humor. Curiosamente, esta vez, a diferencia de otras tantas, Rory, técnicamente, no estaba sola. Por supuesto, podía fingirlo a la perfección e incluso era un rol cómodo y todas esas risas femeninas, tan macabras en conjunto le sonaban bien, a fuerza de tantos años de escrupulosa soledad.

Le gustaban esas mujeres que llamaba sus amigas. Nunca salían a tomar café, nunca decían "vamos a platicar". No. Esa no era la clase de amistad femenina que deseaba por el momento, y no deseaba desearlo ni siquiera cuando tuviera sesenta años.

Tal vez teatralmente, ese grupo en especial de mujeres, se negaban a los atributos de la feminidad en conjunto. Ellas no querían ser las muchachas casaderas, sensibles o modosas; su papel en el filme tenía que ser, por obra y omisión, el de las brujas no invitadas a la fiesta, fraguando sus maleficios contra la más bella del reino. Eso era lo que querían y nadie podría hacerlas cambiar de parecer.

El problema viene cuando se recuerdan aquellos eventos desatados por personajes en particular que hacen a la bruja tambalear. Cuando deja de cuchichear maleficios para morderse las uñas en la paranoia que implica esperar una llamada de alguien muy específico. O un email. Pensar y repensar las situaciones. Estar preparada para cualquier eventualidad y sobre todo, para librarla con elegancia. Por que las brujas siempre son pesimistas. Demasiado. Tanto como lo es alguien que coloca sus esperanzas muy alto, pero en completo secreto.

Esa es la hora de empezar con el vodka.

Cuando Rory está ebria, se empieza a morder las uñas. No le duele. Es inclemente con sus dedos cortos y delgados; sólo los deja en paz cuando necesita de nuevo inclinar el vaso. Esto usualmente ocurre cuando hay algún silencio en la conversación. El ritmo de la embriaguez es vertiginoso. Cuando no estás hablando estás bebiendo y queda bien poco tiempo para pensar, aunque se puede hacer paralelamente. Todo esto antes, por supuesto, del whisky.

Para cuando algún espécimen les había ya invitado una ronda acompañadas de la siempre grata presencia de Jack Daniels, Rory tenía el dedo índice sangrando y una discusión acalorada sobre el supuesto genio incomprendido de Billy Corgan. Eso sólo lo podían decir las señoritas amargadas que habían sido manoseadas demasiado pronto. O por lo menos ese era su argumento, bastante idiota, pero defendido con toda la vehemencia posible.

Era el momento cumbre: cuando el alcohol y la verborrea le ponían la piel de gallina y era feliz al mirar la calada a un cigarrillo, las gotas de cerveza derramadas sobre la mesa, la perfecta combinación de accesorios de Grace en conjunto con las palabras, tan decidas y algo torpes, que emitía.

A decir verdad, la felicidad instantánea, disparo de cybershot, le duraba por lo menos en recuerdo hasta momentos posteriores a la resaca. Momentos efímeros atesorados en su memoria a mediano plazo, trazos, en realidad bastante indefinidos, que uno a uno, desde que se había reconciliado con la vida, iban marcando un camino feliz e imperfectamente recorrido.

Su autobiografía era lo más importante en el mundo como lo era cualquier cosa, de ser tomada en cuenta. Justo como las imágenes puestas en el lienzo, en un filme, las palabras en el folio, cualquier cosa le parecía digna de adquirir la mayor importancia posible. Todos los ojos podrían volcarse, de un momento a otro, sobre el objeto más banal existente.

La historia de Rory tiene resaca y se queda en casa, como ella. A las ocho de la mañana se había hecho un remedo de coleta en el cabello y el sabor del agua simple le parecía el del peor de los venenos. Hurgaba en esa cocina, a medias suya y a medias ajena, en la eterna búsqueda de la mañana siguiente, consistente en hallar detrás de todos esos frascos y etiquetas algo si no bien apetecible, por lo menos no vomitivo.

Un jugo de naranja, orgánico etc, fue lo que encontró digno de su envenenado paladar. Lo sirvió en un vaso muy lentamente mientras se preguntaba hacía cuanto aquello que estaba por beber había sido una planta, si es que lo había sido.

-Creí que no habías llegado a dormir-

Esa conocida voz, diciendo eso, en ese justo momento. El malestar se le subió a la cabeza de golpe. Había estado a su lado en la cama durante por lo menos tres horas y se atrevía a decirle eso, para comenzar el día. El amargor de su saliva era idéntico al de su humor.

-Llegué a las cinco- dijo pesadamente, sin retirar su mirada del jugo que luego del primer sorbo estuvo a punto de provocarle arcadas.

Se acercó. No se acercó a ella, simplemente entró en la cocina para hacerse presente, para dejarle bien claro que estaba ahí. Puso una mano en su hombro sin delicadeza alguna, como si saludara a un colega de trabajo y luego puso la cafetera con altivez de reina. Rory hubiera querido levantarse y abofetearle, pero obviamente no lo haría. Se quedó sentada con mohín de colegiala inconforme, pálida como cirio.

-¿Café?-

Y le ofrecía café, el muy infame. En momentos como ese lo odiaba, lo odiaba muchísimo y hubiera querido no solo levantarse y abofetearle sino hacerle daño, mucho daño. Le preguntaba si quería café y pretendía no haberla sentido a su lado toda la noche. Lo grave no había sido la pregunta, sino el tono que había usado, natural, como si su presencia en la cocina de verdad le hubiese tomado por sorpresa. Por eso le había dolido tanto y tenía la necesidad de vengarse. Pero no podría.

Rory asintió y soltó un bostezo forzado. Sintió el impulso necesario de verse mejor y pasó una mano por su cabello, tratando de acomodarlo. De inmediato se enojó consigo misma y deseó que le viese horrenda, la mujer más fea sobre la faz de la tierra, en su cocina.

Puso las tazas sobre la mesa y se sentó frente a ella, sin siquiera mirarla, sorbiendo su humeante bebida rápidamente y colocándose las gafas. Aquí venía, soltaría un suspiro, la miraría, negaría con la cabeza y soltaría alguna otra de sus frases infames.

G suspiró y miró fugazmente a Rory. Negó con la cabeza. Pero se quedó callado y ella no supo si eso había sido mucho peor que cualquier cosa que hubiera dicho.

La responsabilidad cayó sobre ella. ¿Qué le diría? Relataría su noche, le daría el saludo de algún conocido, hablaría del clima… se frotó las sienes ¿Desde cuándo era tan importante la conversación de la mañana, y sobre todo, implicaba tanto esfuerzo? Se sentía en perpetuo estado de evaluación cuando la miraba así.

-No sé qué decirte-

G soltó una risita y dio otro sorbo a su café. Tenía el don de hacerla sentir idiota.

-Me pones como un padre regañando a su hija… me alegra que hayas salido; era sábado, después de todo-

Odiaba su manera tan perfecta de salir de las discusiones, no podía lidiar con tal parsimonia, con tal estado pasivo agresivo que siempre la dejaba mal parada en su histeria y en esos momentos era cuando su seguridad flaqueaba, ella que se sentía tan relajada, tan cool, terminaba con la cabeza llena de paranoias adolescentes.

Seguía sin saber qué decir, así que, igual que en las fiestas, optó por beber. Aunque el posterior silencio de G la obligó a articular alguna nadería.

-¿Qué hiciste anoche?-

-Trabajé en unos dibujos hasta tarde- Lo cual terminaba de confirmar que era obvio que la había notado llegar y maliciosamente había pretendido haberlo ignorado, por la mañana. Eso la hizo sentir un poco mejor.

-Ayer vi a tus amigos los modernos-. Un poco de malicia –Los saludé primero yo que ellos a mi-. Sinceridad, inevitable -…han de pensar que soy un yogurcito- finalmente, su frase terminaba igual que siempre en sus momentos de debilidad, admitiendo una incómoda inocencia.

-Decías que no te importaba lo que mis amigos… los modernos… opinaban de ti-

Cómo lo odiaba…

-No me importa…-

G levantó las cejas. ¿Por qué le hacía esto? Tal vez era el malestar del envenenamiento por alcohol que llevaba encima, pero de un momento a otro su vida se le antojó tristísima y si no fuera por el orgullo, que era lo último que perdía, hubiera empezado a llorar.

-Bueno, que no te importe lo que piensen de ti, pero sí lo que te ofrecen. Esa es gente de contactos, y dices que te hacen falta…-

-Sí, ya… lo voy a pensar, te lo había dicho. No me hagas hablar de esto, ¿No me ves la cara?-

-Tú empezaste. ¿Hay algo comestible en el refrigerador? Creo que tendré que salir a la tienda…-

-Te acompaño- quiero que te vean salir por esa puerta roja acompañado de este despojo de mujer que se embriaga como marcan los preceptos de su veinteañerez, para que sepan que estás en la crisis de la edad adulta y disfrutas haciéndome sentir como una niñita tonta, sólo con alguien como yo te puedes sentir maduro y experimentado, crees que no lo sé…