2. MUCHEDUMBRE

Catanzaro (Italia), Diciembre de 1865

Jacob se metió en lo más profundo del viejo panteón y se llevó a Amy con él, dispuesto a pasar la primera noche en compañía que tenía desde hacía cien años.

El sol despuntó en lo alto, en una mañana gélida y con viento, Henry, durmiendo la mona en la butaca con las botas embarradas todavía puestas se levantó molesto al no notar en el aire el olor del desayuno.

- ¡Maldita vaga! – murmuró para sus adentros.

Buscó sin éxito a su esposa por toda la casa. Amy le había abandonado. No podía creerlo. Su mujer le dejaba sin más explicación. Estaba claro que ella sola no se había ido, estaba con otro pero, la pregunta era, ¿con quién? Que el recordase ella jamás había tenido amigos y mucho menos daba pie a los pretendientes.

No había un motivo lógico por el que ahora ella se hubiese marchado. Estaba seguro de que algo le había pasado. No era propio de ella, pese a los muchos defectos que Henry pensaba que tenía su mujer, el marcharse sin decirle nada. Y menos a altas horas de la noche. No había duda, quizá había salido a por leña y la habían secuestrado, últimamente la gente estaba un poco desesperada y cualquier excusa era buena para conseguir dinero, mano de obra o sexo.

Henry decidió actuar y hablar con los ancianos del pueblo. Había que hacer una batida sin dudarlo.

Tan rápido como pudo se fue a hablar con la gente y pronto todo el pueblo estaba informado de la situación. Se decidió buscar por el bosque, ya que lo más probable es que ya fuese un forajido o un salteador de caminos, estaba claro que aquel era el mejor de los escondites.

Durante gran parte del día buscaron por todo el bosque. No parecía haber rastro más que de algún vecino que había ido de caza o de algún animal carroñero que había estado allí aprovechando el abrigo y la nocturnidad para alimentarse.

Henry estaba empezando a desesperarse cuando, de pronto, una vecina chilló a lo lejos.

- ¡Aquí hay sangre y jirones de ropa!

Pronto, los cazadores, Henry y algunos ancianos se acercaron al lugar indicado donde descubrieron que había restos del vestido de Amy y gran cantidad de sangre. Uno de los cazadores jóvenes, que era experto en rastrear, comenzó a observar el suelo con detenimiento.

- Ella aún estaba viva, salió caminando por aquí, posiblemente estaba gravemente herida, no apoyaba bien uno de sus pies y estaba perdiendo sangre, hay un rastro. – indico Domenico, que así se llamaba el joven.

Todos le siguieron, Henry miraba al suelo siguiendo el rastro aunque sin lograr ver nada claro. Luego llegaron a un árbol cuyo tronco estaba teñido de un color rojizo.

- Llegó hasta aquí, creo que se desmayó. – indicó Domenico – Aunque, por lo que veo alguien la encontró aquí, hay otras pisadas, parece un hombre. Luego alguien más vino, una mujer…o ella misma, no entiendo bien, parecen las misas pisadas, pero se van andando y esta otra persona pisa pisa correctamente. Creo que se la llevó una pareja, un hombre y una mujer y se dirigen hacía allí. – el rastreador indicó en dirección sur.

- ¡Santa madonna! – exclamó una mujer - ¡Allí solo está el cementerio viejo! – dijo.

- ¡Pues vamos allí, quizá le han hecho algo! – exclamó Henry.

- ¡Está embrujado, señor! Por eso nadie va. – explicó un tercero en discordia.

- Hay que comprobar que esté bien. Podría estar muerta. – apremió Henry.

- Hijos míos, - dijo el padre Paolo – nos aventuraremos en el cementerio, es tierra santa, allí no puede entrar el mal.

- Está embrujado, padre. – insistió una vecina – por la noche se oyen voces. Y la gente que va al cementerio a visitar a los suyos no vuelve nunca.

- Hija mía, esa son leyendas. Habladurías. Yo os acompañaré con el poder que me infunde el santo padre. No debéis temer nada.

- ¡Al cementerio! – gritó Henry, a quien le faltó tiempo para lanzarse hacia allí. Puede que Amy no fuese una gran mujer, pero era la suya y había firmado ante Dios que iba a cuidar de ella, al menos hasta que la muerte los separase.

La muchedumbre se acercó al cementerio y entraron, algunas de las vecinas y vecinos se santiguaron, aterrados, y el padre Paolo decidió utilizar el Padre Nuestro como escudo contra cualquier mal. Henry y los cazadores buscaron por todos lados algún rastro de Amy, comprobaron los nichos y las tumbas, mirando si las tapas estaban flojas para ocultar a alguien dentro pero no obtuvieron ningún resultado. Revisaron los panteones, cerrados a cal y canto por los enormes cerrojos que guardaban los restos familiares.

Allí no estaba Amy. Henry, en un intento desesperado, la llamó a gritos, pero allí no estaba.

- Abramos los panteones. – pidió Henry.

- De ninguna manera, Henry. – dijo el padre Paolo – No puedo permitir que mancille a las familias. Si están cerrados, es que aquí no ha entrado nadie.

- Pero padre, es una posibilidad que alguien con llave…

- No. No se puede, tendríamos que hablar con las familias y si la gente quiere, entonces los abriremos.

Henry asintió, pero pensó para sus adentros que aquella no era una solución. Miró a los cazadores que, por alguna razón, estaban de acuerdo con él y cuando todos salían decepcionados del cementerio uno de ellos, Marco, agarró a Henry de un hombro y lo acercó a su grupo.

- Henry, no vamos a esperar que los dueños de los panteones vengan. Está claro que el padre Paolo no quiere importunarles porque aquí todos sabemos que los que sus dueños son gente rica y a él le interesan las donaciones que le hacen. Vamos a venir esta noche, sin que nadie lo sepa y vamos a abrirlos. Si tu mujer está dentro, al menos…

Marco no quiso decir que podría enterrarla, aunque Henry estaba seguro de que Amy estaba muerta. Aquella cantidad de sangre y todo lo demás, era casi una idea real que debía asumir.

Henry cerró el trato con un apretón de manos y convinieron en salir en cuanto la luna estuviese en lo alto, hacia la media noche, para llegar al cementerio con la mejor luz.

Al entrar en casa, por primera vez, Henry notó lo mucho que su mujer se preocupaba por él, la casa estaba fría, no olía a comida y parecía más grande y desangelada que de costumbre. Henry observó su viejo fusil sobre la chimenea y lo descolgó. Esa noche, si encontraba al culpable de la muerte de su mujer, lo mataría allí mismo.