3. EL BOSQUE OSCURO

Catanzaro (Italia), Diciembre de 1865

Cayó la noche y con ella la duda, el frío y la sensación de venganza. Henry se unió al resto de los cazadores y se dirigieron a hurtadillas hasta el viejo cementerio.

Un halo de niebla cubría todo el camposanto, la luna reflejada en ella daba una sensación de mágica incandescencia a todo el lugar, Domenico se santiguó casi por instinto y decidieron entrar. El frío y la humedad estaban calando profundo en los huesos de Henry, que para combatirlo se aferró con más fuerza a su fusil.

Se oyó un chasquido, todos se giraron como un solo hombre hacia el emisor del sonido, que resultó no ser otro que un curioso gato negro entretenido, como ellos, en cazar a un enemigo. Ante este evento, algunas risas reflejaron los nervios a lo oculto de los cazadores.

Entonces, Henry la vio.

Sentada de espaldas sobre una de las tumbas de mármol, como si fuese un banco del parque. Parecía tranquila aunque estaba muy pálida, o quizá era la luz de la luna que resaltaba el color crema que ella tenía de forma natural. A Henry le dio un vuelco el corazón y se lanzó hacia sus brazos.

En mitad de su carrera un hombre se interpuso entre él y de un empujón lo lanzó contra unos nichos situados en los laterales. Henry sintió un enorme dolor en la espalda, entreabrió un ojo y divisó a su agresor: un hombre alto, moreno, de tez pálida, casi cetrina y los ojos más oscuros que había visto jamás.

- ¡Henry! – dijo Amy corriendo a socorrerle. Aunque no consiguió llegar junto a su marido ya que Jacob la agarró de un brazo.

Amy, sin comprender, miró al vampiro suplicante. Jacob parecía de piedra, no tenía ningún tipo de expresión en su cara. Ella intentó deshacerse de la mano que la sujetaba pero él era demasiado fuerte.

- ¡Suelta a mi mujer! – ordenó Henry en un tono tajante, desmejorado por el hecho de encontrarse magullado en el suelo.

- Ya no es tu mujer. – informó Jacob – Los votos eran hasta que la muerte os separe.

- Te arrepentirás. – desafió Henry haciendo un gesto a los cazadores, tres de los cuales no paraban de temblar y uno apuntaba con una escopeta de caza y se santiguaba al mismo tiempo.

- Tus hombres tienen más miedo que valor, y yo tengo mucha más fuerza. – Jacob levantó una mano y los cazadores dejaron caer sus armas y se quedaron petrificados.

Henry se levantó del suelo y, renqueando, se acercó molesto a Jacob. Se puso a un palmo de su cara con la mirada desafiante. El vampiro soltó una carcajada:

- Eso sólo te valdría en la cantina del ejercito, pero no conmigo.

- Me llevo a mi mujer a casa.- dijo Henry agarrando a Amy de la mano libre y tirando de ella con fuerza hacia él.

Jacob sonrió y durante un momento, Amy tuvo la sensación terrible de que la iban a partir en dos pero, finalmente, el vampiro la soltó.

- Nos vamos a casa. – ordenó Henry a Amy sin dejar de clavar la mirada en Jacob. – No quiero que vuelvas a acercarte a mi mujer.

- De acuerdo. – aceptó Jacob.

Amy no terminaba de comprender, los cazadores que acompañaban a Henry salieron corriendo del cementerio y abandonaron al trío a su suerte.

- Malditos cobardes. – dijo Henry - ¡Sólo es un hombre, por el amor de dios! – gritó por si alguno de ellos todavía tenía capacidad para escucharle en la lejanía.

Henry tiró de Amy y ambos salieron del cementerio dejando a Jacob contemplando como se alejaban. Henry iba caminando muy rápido, Amy casi no podía seguirle el paso porque se sentía muy cansada, al cabo de unos metros su marido se enfadó.

- ¿No puedes caminar más rápido? – le gritó – Dios, parece que no tienes sangre en las venas. Camina más rápido, cuanto antes lleguemos a casa antes te verá el doctor. A saber qué habrás hecho con ese. Ya puedes ir a la iglesia cuanto antes a confesarte. ¡¿En qué pensabas?!

Amy oía la voz de Henry como muy lejana. Notaba que estaba enfadado porque podía oír sus pasos fuertes, notar sus tirones pero, sobre todo, porque escuchaba su corazón como si alguien tocase un tambor en una marcha militar, fuerte, rítmico, potente. Y no pudo más, se desplomó.

- ¡¿Ahora te tiras al suelo?! – exclamó Henry. Se acercó a ver a su mujer agotada. - ¿Estás bien?

Ella a penas podía hablar. Henry suspiró, casi con lástima y cogió a Amy en brazos para acercarla a casa. Era sumamente ligera, más que cuando se habían casado y había tenido que cruzar el umbral así, era la única vez que lo había hecho, nunca la había llevado en brazos desde entonces.

- No te preocupes, un poco de descanso y estarás mejor. – le susurró Henry.

Amy tenía la cabeza apoyada en el hombro de su marido mientras caminaban por el bosque a casa. Respiraba como un animal herido, respirando fuerte y entrecortadamente.

Ella se encontraba mal, muy mal. Henry recordó la última vez que la había visto así, tan mal, fue cuando perdió al niño. Se dio cuenta de que nunca la había perdonado por eso, pero quizá ella no tenía la culpa, o quizá si, jamás lo sabrían.

De pronto, notó un golpe fuerte en el cuello y un dolor punzante. Amy se revolvió en sus brazos haciendo que perdiese el equilibrio y ambos cayesen al suelo. Ella le estaba atacando, le estaba mordiendo el cuello.

Henry intentó quitársela de encima pero parecía que ella había recobrado las fuerzas de forma milagrosa, podía con él, no era capaz de separarla. Él notó como se le iba la vida, le había pasado antes, cuando había enfermado de fiebres hacía años, pero esto era distinto, era salvaje y mucho más doloroso.

El bosque empezó a volverse oscuro, muy oscuro, la única visión que Henry tenía era el cuello y el pelo salvaje y dorado de su mujer, y su olor, un dulce olor a almendras y naranja que emanaba de su piel.

Henry dejó de pelearse y al cabo de un momento Amy se incorporó sobre el cadáver de su marido. Estaba cubierta de sangre, tenía la barbilla, el cuello y parte del pecho manchado. Contempló el cuerpo inerte de Henry y no sintió nada, no había pena, no había dolor, no había odio…Miró al frente, hacia el camino por el que había venido y vio a Jacob acercarse con una expresión serena en su rostro y le tendió la mano para que la ayudase a levantarse.