5. LOCURA TRANSITORIA

Catanzaro (Italia), Enero de 1866

Amy vagó por el bosque aquella noche, disfrutando de su libertad. Estaba contenta puesto que ahora se notaba fuerte y poderosa. Nunca antes se había sentido así. El mundo se doblegaba a sus pies, ahora nadie mandaba sobre ella. Ella era la reina.

A penas habían pasado unos días desde que se había convertido en vampiresa. Casi un nada de tiempo que conocía a Jacob y que era una mujer muerta para el mundo y viuda. El hombre al que había servido y amado durante años, aunque sin recompensa, le había servido de aperitivo en un momento de debilidad. Sin embargo, lo que notaba hacia Jacob era más intenso de lo que podía haber sentido hacia su marido, Henry, en tantos años de matrimonio. Era algo físico y animal. Notaba una conexión entre ambos, que no acababa de comprender.

Desde que se había producido ese cambio todo era mucho más salvaje en su interior, en sus deseos, y estaba decidida a dar rienda suelta a todos ellos, y no necesariamente eran cosas positivas. Sus instintos y sus anhelos se habían mezclado en una especia de cocktel explosivo que latía en su cabeza y corría bajo su piel.

Un ligero llanto la distrajo de sus divagaciones. Lo escuchaba muy cerca aunque la casa de la que provenía debía estar a un kilometro de distancia. Impulsada por algo incomprensible, se movió rápidamente por el bosque hasta llegar a una pequeña casa de madera, un tanto apartada del resto del pueblo.

Amy sonrió al reconocer el lugar. Había estado alguna vez, era la casa de Gino y su esposa Bianca. Escuchó el llanto más fuerte aún y escudriñó sigilosamente a través de la ventana. Allí estaba, era pequeño y estaba en una cuna junto al fuego. A su lado, en una silla, dormitaba Bianca con una labor de costura a medio terminar en su regazo.

Algo superior a Amy se apoderó de ella. Ya no era la Amy apocada, suplicante y esperanzada, era una nueva ella decidida a comerse el mundo…

…empezando por Bianca.

El ataque fue rápido. Ella intentó proteger al bebé mientras rezaba un "Padre nuestro" desesperado. Amy se aferró a su cuello fuertemente y succionó. Los ojos de Bianca empezaron a perder brillo, las piernas dejaron de responderle y cayó como un fardó contra el suelo.

El bebé, asustado, lloraba más fuerte. Amy se agachó sobre la cuna, mirando con ojos brillantes al bebé. La sangre le goteaba por la barbilla y manchó la manta y la ropa del niño, que dejó de llorar para agarrarle el pelo, que se había desatado en la reyerta y ahora caía como una cascada sobre la cuna.

- No pasa nada, bonito. Ven con Amy. – musitó ella, de forma gélida.

Cogió en brazos al bebé y salió por la puerta de la casa, volviendo a perderse en el bosque rumbo al viejo cementerio.

Gino no tardó mucho en llegar a su casa y descubrir a su mujer pálida y fría a los pies de la cuna. Luego vio el reguero de gotas de sangre que iba desde la cuna hasta la puerta de entrada y seguía débilmente por le bosque. Desesperado, dio la voz de alarma en el pueblo y todo estalló.

Los vecinos de la zona empezaron a hablar. Ya era muy difícil negar lo evidente: algo maligno vivía en el bosque, había matado a Henry, se había llevado a Amy y ahora a un pequeño bebé. No podían consentirlo más y estaban seguros de que, fuese lo que fuese aquel ser, vivía en el viejo cementerio.

Encontraron una solución al problema, o al menos ellos lo entendieron así. Era la solución definitiva. Además, estaban seguro de que se hablaba de un vampiro. No había otra opción que encajase más.

Hablaron entre ellos y se pusieron de acuerdo: quemarían al vampiro al amanecer.

La turba, encendida, se había envalentonado y todos cogieron antorchas, horcas, cruces, ajos, agua bendita y todo lo que creyeron conveniente teniendo en cuenta las circunstancias. Quizá no tenían por qué pero, estaba claro, había cosas que sólo tenían una solución.

- Amigos, ya sé que están molestos pero pienso que quizás requerirían algo de ayuda, digamos, especializada. – dijo una voz masculina con un acento italiano terrible.

El pueblo estaba reunido en la iglesia y la voz resonó por todo el templo como cuando el párroco daba el sermón. Todos se giraron a evaluar al tipo que prefería semejante invitación.

No era un hombre viejo, ni joven. Su aspecto era como el de un cazador, incluso habría quien lo definiría como un cazador de osos, ya que tenía todo el cuerpo surcado de cicatrices. El cabello negro y lacio, caía sobre su frente perlada de sudor. Emanaba brutalidad por los poros.

- ¿Quién es usted? – inquirió el párroco, atemorizado y molesto.

- Me llamo Ethan, y soy un cazador. – dijo el hombre – No un cazador normal, claro. Cazo vampiros.

Se oyó un murmullo de escándalo y desaprobación.

- Quizá ustedes no les llamen así, quizá les llamen…diablos, endemoniados…quien sabe, la gente tiene miedo de llamarlo por lo que son, pero son vampiros y chupan la sangre de las personas…He oído que tienen un serio problema. Por lo que tengo entendido, ya ha habido más de una muerte y, a juzgar por esas armas que llevan, está claro que la cosa continúa. – apreció Ethan.

- Bien, amigo, si usted está tan seguro, díganos ¿qué hay que hacer con esos seres? – espetó Gino, iracundo.

- Para empezar, "amigo" – dijo el cazador con cara de pocos amigos y arrastrando la palabra como si fuese algo nauseabundo, - esto no le ayudará. – Ethan arrancó de un golpe la horca que llevaba Gino en la mano. – Y menos sino sabe usarla. Creo que necesitan mucha ayuda. Yo puedo dársela.

- Así, ¿sin más? – inquirió el párroco.

- Oh, no. Quiero algo a cambio, claro. – Ethan sonrió y dejó entrever dos dientes de oro junto a algunos huecos vacíos.

El párroco y los demás se estremecieron, aunque, por algún motivo, dieron por sentado que necesitaban aquella ayuda profesional.