Necesidad

La observé reír caminando con sus amigas mientras salía de la escuela. El cabello castaño corto con reflejos dorados al sol se mecía al compás de la suave brisa, en ese día tan cálido de primavera. Las piernas me temblaban de emoción; estaba siendo llevado al mismísimo límite, y me costaba demasiado no ir en ese preciso momento y hacer todas las cosas que se me paseaban por la cabeza, a una velocidad desquiciante, pero increíblemente placentera.

Ella parecía querer provocarme con cada sonrisa; cada acción que realizaba me llevaba cada vez más cerca de la inminente locura que planeaba llevar a cabo. Y, sin embargo, yo sabía que ella jamás se había percatado de mi presencia, y no lo haría hasta que fuera el momento indicado. Porque todo estaba milimétricamente calculado.

Una vez más, intenté contener mi necesidad. No era como si fuera la primera vez que lo hacía, pero con ella, las cosas eran diferentes. No sabía por qué, pero desprendía un aura inocente y pura que había calado hasta lo más profundo de mí. Y no me interesaba revertir aquella sensación, claro que no, pues me encantaba. Me encantaba la idea de corromper esa inocencia.

Fijé mi vista hacia ella, como un depredador acechando con cautela. Y es que, eso era exactamente lo que yo hacía. Ella se había convertido en mi presa desde el primer instante en que había posado mis ojos en su figura, porque cada detalle suyo me atraía. Sus amigas se fueron por un lado, y ella por otro, luego de saludarlas con una sonrisa. Continué siguiéndola, con mi camioneta a una velocidad razonable, pero la suficiente como para no perderle el rastro. Conocía el camino hacia su casa; lo había memorizado durante los días anteriores, y sabía que por más obvio que fuera, jamás me notaría.

Se veía como una niña, ignorante del mundo y sobre todo, de la maldad que habitaba dentro de él. Sobre todo, de la maldad que habitaba dentro de mí.

Sonreí ante mi pensamiento. Iba a ser tan fácil el poder consumar mis intenciones que me regocijaba de ante el sólo hecho de pensarlo. Sería simple, pero me llenaba de adrenalina, y bastaba para excitarme.

Caminaba lentamente por una zona que usualmente era concurrida, pero que justamente ese día —y como si el destino quisiera apoyarme en mis propósitos—, se encontraba desierta. Mis labios se curvaron otra vez, con satisfacción. Noté que estaba escuchando música, ya que tenía los auriculares puestos y parecía tararear una alegre melodía. Si era posible, me sentí aún más satisfecho. Ella no me oiría, por lo que las cosas se me habían facilitado todavía más.

Cuando encontré el momento indicado, y sabiendo que mi voluntad y paciencia se quebrantarían en cualquier instante, bajé de la camioneta y me acerqué con pasos cautelosos pero seguros. No era la primera vez, y tampoco sería la última; pero muy probablemente sería la que más iba a disfrutar.

En apenas un segundo, logré inmovilizarla, tomándola con rudeza y tapándole la boca para ahogar sus gritos. Se movía con desesperación, pero no conseguía que yo la soltara. El hecho de verla tan indefensa no logró más que motivarme a continuar. La metí dentro del vehículo, en la parte trasera, luego de propinarle un certero golpe en la nuca que la desmayó. Conduje con tranquilidad, sin ninguna clase de prisa y con una satisfecha sonrisa en mi rostro. Observé por el espejo retrovisor su figura, frágil y delicada, cubierta por el uniforme de aquel instituto.

Entonces, decidí no mirar más; porque si me entretenía capturando cada matiz de su preciosa persona, terminaría por chocar contra algo, y ésa no era precisamente mi idea del éxito. Reservaría ese escrutinio para después.

Luego de manejar algunos minutos que se me hicieron bastante largos por una ruta solitaria, llegué a un bosque sombrío, repleto de árboles. Simplemente perfecto, pensé. La cargué entre mis brazos, mientras me dirigía a algún punto apartado entre toda la arboleda, adecuado y cómodo para llevar a cabo lo que planeaba hacer. De haber sido otra, me dije, muy probablemente no me hubiera tomado tantas molestias, pero con ella todo era distinto. Había algo acerca de esa muchacha que hacía que mi necesidad aumentara a niveles insospechados. Mi deseo era demasiado fuerte; era como si un imán me atrajera hacia ella, volviéndome más salvaje; más inhumano de lo que ya era.

Le observé abrir los párpados lentamente, parpadear confundida y luego mirarme a los ojos. Emitió un gemido de horror ahogado, que me encargué de acallar volviéndole a cubrir la boca con una de mis manos. Le indiqué que se callara, sonriendo complacido al percibir terror y desesperación en su mirada. La sentía temblar debajo de mí; y podía oler su pánico, por más imposible que sonara.

Y no sé cuándo ocurrió, pero de un momento a otro, mi deseo, mi necesidad incurable se había posesionado de mi persona, y sólo me dejé guiar por mis instintos básicos. Mis instintos asesinos.

La despojé de sus prendas con salvajismo, buscando dejar la mayor cantidad de piel expuesta. La quería completamente desnuda; toda para mí. Le sostuve las muñecas, evadí sus inútiles intentos por deshacerse de mi agarre, que no lograban otra cosa que excitarme con más fuerza.

Me enterré en ella con una sonrisa que estaba seguro, era la máxima expresión de la demencia, y escuché un chillido de dolor que no me molesté en acallar, porque me sonaba como a música celestial. La embestí sin piedad, como jamás lo había hecho. Juraría que no existía sensación más placentera. Y podía oír su llanto ahogado, su cuerpo retorciéndose contra el mío, sus súplicas desesperadas, sus gritos. Todo su dolor era mío; yo lo había provocado, y éso sólo hacía aumentar las sensaciones que experimentaba durante aquel frenesí.

Me derrumbé arriba de ella, apoyando todo mi peso en su frágil cuerpo, una vez que llegué al cúmulo del placer. Le oí llorar y tratar de alejarme mientras intentaba reponerme. La parte irracional de mi ser había tomado control de la situación; esa parte que, tarde o temprano, siempre aparecía cuando mi necesidad era demasiado fuerte. En esos momentos, me había sentido fuera de mí, brutal y despiadado, mucho más de la cuenta. Era maravilloso, y quizás sonaba a exageración, pero aquello me había sabido a gloria pura y dura.

Pero tuve que volver a la realidad, y entonces fue cuando la parte racional emergió. Me dije que ya lo había hecho, y ahora, sólo me quedaba despojarla de una última cosa: su vida. Esa era otra parte de mi trabajo, y no sabría decir si la disfrutaría más que lo hecho anteriormente. Era imposible decidirse, porque con ella, todo era total y absolutamente perfecto e inmejorable. Me sumí en el frenesí otra vez. Ni me percaté cuándo mis manos rodearon su cuello y comenzaron a apretarlo con fuerza. Sus ojos verdes se desorbitaron, y daba bocanadas de aire, en un intento de atrasar lo inevitable.

Hubo un momento en que trató de quitar mis manos, pero ya era tarde. Podía notar cómo sus fuerzas se desvanecían; mi agarre era demasiado para ella. Otro motivo para sentirme increíblemente satisfecho. Aumenté un poco más la presión, sólo lo suficiente para contemplar en silencio cómo la vida se le escapaba poco a poco, con lentitud agónica. De haber sido otra, volví a pensar, ya habría terminado mucho antes, pero había algo en su expresión deformada que me encantaba. Se veía aún más hermosa de esa forma.

Intensifiqué la presión, una vez que mis pupilas se habían inundado de la visión de su rostro moribundo, hasta que la sentí quieta. Silenciosa. Sonreí.

Sus gemas esmeralda, que antes me observaban con horror, se encontraban ahora apagadas. Su mirada era vidriosa, y parecía mirar un punto lejano en el cielo, y a la vez no ver nada. Su rostro, antes rosado, comenzaba a palidecer; pero su piel tenía aún esa apariencia tersa. Parecía hecha de porcelana. Una preciosa y muerta muñeca de porcelana.

Decidí darme la gran vista de mi obra, después de ponerme de pie. Contemplé su cuerpo inerte en el suelo, las curvas que había recorrido con mis manos presurosas, su anatomía delicada, desnuda sobre las frías hojas del bosque. Su virginidad destrozada, las lágrimas secas surcando sus mejillas. Sonreí otra vez, porque era simplemente fantástico, y no pude hacer más que felicitarme. Y, luego de guardar esa imagen en mis retinas por el resto de la eternidad y eliminar cualquier tipo de evidencia que pudiera vincularme, me marché del lugar.

Una vez en la calidez de mi camioneta, me dije que volvería a casa y celebraría silenciosamente ese logro. Ansiaba leer los titulares de los periódicos, las noticias en la televisión, todo lo que ocurriría cuando ella fuera descubierta. No pensé en su familia, ni en sus amigos que la llorarían eternamente. No lo pensé, y honestamente, no me importaba. No pensé en la última sonrisa que le había dedicado a sus compañeras, la última canción que escuchaba mientras iba de camino a casa, ni en su último aliento desesperado. Porque lo único que ella había visto antes de morir había sido mi rostro.

Y ésa era demasiada satisfacción


Y ahora, en la inquebrantable tranquilidad de mi casa, y luego de haberlo meditado por mucho tiempo, había llegado a una conclusión. Por más que buscara nuevas víctimas que se parecieran a ella, por más que continuara asesinando como sabía que lo haría, jamás encontraría una igual que ella. Porque nunca nadie había podido ni podría proporcionarme tanto placer ni saciar mi necesidad como esa mujer lo había hecho. Porque esa tarde, mientras le oía suplicar, rogarme por clemencia y me enterraba con bestialidad en ella, me sentí verdaderamente despiadado.

Verdaderamente asesino.

Verdaderamente inhumano.


» Esto es grotesco, pero le tengo cariño. Es mi primera historia original, y la escribí hace tiempo. Que les guste