"Las personas pierden la razón cuando intentan salir de la rutina" - Verónika decide morir


Caminaron hacia la puerta como cualquier otro día.

Se despidieron besándose sin ánimos, cansados por tan larga caminata. Pero daba igual, se volverían a ver unas horas más tarde para pasar la noche juntos. Como cualquier otra noche.

Esperó en el porche hasta que la silueta de su amado se desvaneció, luego abrió la puerta y entró.

La casa tenía olor a encierro, un aire muy denso, casi asfixiante. Claro que ya estaba acostumbrada, de chica su tía acostumbraba a encerrarla en el armario para que no molestara mientras recibía a los clientes. Pero hoy había algo distinto, entremezclado, había olor a podrido.

Él nunca había entrado a su casa, no se lo permitía. Y aunque a momentos él sentía curiosidad, se conformaba con pasar la noche junto a ella, en donde fuera, pero con ella.

Miró el reloj. Quedaban exactamente cuatro horas y media para que su novio golpeara la puerta anunciando su regreso.

Se movió con tranquilidad por los pasillos de la casa, no tenía ninguna prisa. Antes de subir al ático, tomó una mascarilla y unos guantes quirúrgicos, y previo a cualquier otra cosa, se detuvo a pensar. Había hecho esto miles de veces a lo largo de los últimos 17 años, y le encantaba.

Subió las escaleras, prendió la luz, cogió una bolsa negra de basura y prosiguió a meter en ella todo lo descompuesto. Eran cuerpos, cuerpos de prostitutas y de hombres que las buscan. No había tenido tiempo de deshacerce de ellos y ahora ya se había acumulado la inmundicie.

Dejó un cuerpo afuera, el más reciente. Llevaba tan solo dos días ahí.

Era una chica, de pelo corto, medio cobrizo, y piel blanca. Blanca por llevar dos días muerta y blanca de por sí. Era bella, por eso la apartó del resto, porque era extremadamente bella.

Su pecado no fue ser prostituta, su pecado fue meterse en donde no debía. No la habría matado de no ser necesario.

La quedó mirando unos minutos, recordando aquella noche, y se estremeció. Era la primera vez en 17 años que una muerte la estremecía. Miró las ropas de la chica, rasgadas y sucias, y comenzó a sacarlas. Las quemaría, borraría su equivocación.

Observó cuidadosamente cada curva del cuerpo desnudo y las calcó con la punta de sus dedos. Luego comenzó a sacarse ella misma la ropa, por esa cosa que llaman instinto, sentó al cuerpo (notablemente más rígido) y le colocó sus ropas aún cálidas.

Se detuvo después de ponerle su camiseta y antes del pantalón. Estaba acostada en frente de ella. Le agradaba verla así, era realmente hermosa.

Acercó su cara para olerla, casi como si buscara su aliento, muy cerca de sus labios. Siguió, cogiédole los brazos, luego las manos. Se arrimó a la gran mesa en la que descanzaba el cadáver, se posó encima de ella y acarició su estómago, trató de percibir su olor. Pero en todo su recorrido encontró tan sólo una escencia, lo único reconocible era el olor a muerte, un jodidamente intenso olor a muerte.

Se bajó de golpe de la mesa, frustrada, y terminó de vestir a la chica.

Miró nuevamente el reloj. Le quedaban dos horas y quince.

Agarró el cuerpo entre sus brazos y lo bajó. Lo bajó de la mesa, lo bajó del ático, lo bajó hasta su pieza y lo tendió en su cama. Después buscó el regalo que le había hecho su novio para su cumpleaños, una pequeña cajita de música con un compartimiento en la parte de abajo, y de éste sacó una pequeña cadena con un crucifijo.

No, no acostumbraba a hacer este tipo de cosas. Talvez porque nunca había sentido compasión ni culpa de matar a nadie. Pero ahora lo hacía, por una bella chica que quizás haya sido la única que en realidad lo merecía.

Luego tomó una pala y se fue al jardín de atrás, le quedaba hora y media para cabar un hoyo y enterrar a su víctima. La única, en 17 años, que tendría un entierro descente.

Pero no contaba con que su novio llegaría más temprano para darle una sorpresa. Vaya sorpresa!

Él por primera vez entraba a esa casa, y ya la odiaba, el olor se le hizo asquerosamente insoportable. Así que antes de siquiera llamar a su amada abrió cortinas y ventanas. Y luego gritó su nombre.

Ella al escuchar se paralizó. Él estaba en su casa, y ella estaba desnuda con un cadáver en su jardín.

Caminó sigilosamente hasta la cocina y tomó un cuchillo, el más grande que pudo encontrar, y fue al encuentro..


Aclaración: si, ahí termina la historia. Creo que es más interesante cuando tú te imaginas el final, no quiero privar a nadie de matar a la chica, o que la chica mate a su novio, etc etc..

Bueno, no es lo mejor que he escrito, pero me divertí bastante. Va para mi pequeño gusanito, porque sí, porque es bastante enfermo xD Te adoro amiga (L)