Novela histórica. Sí, otra más xD.

Bien, debo exponer que esta novela tratará sobre la Alemania nazi. La historia sigue la vida de varias personas, entre ellas, Inge Frühling, a quien podemos llamar desde ahora la protagonista. Espero que sea de su agrado, y que continúen en la trayectoria de este escrito. Sin más por el momento, les dejo xD.

Inge Frühling

'¡No somos culpables de ser judíos, Herr Komandant!' Grita una mujer en las calles, cuando un Oficial le apunta con su revólver a la frente.

Capítulo 1: Resemblanzas.

Berlín, Alemania, 20 de Abril de 1945.

Herta querida:

Perdona si me salto las formalidades de cada carta pero mi desesperación me ha encerrado en los vericuetos de la locura que se ha apoderado de la ciudad, y no hallo lugar en esta misiva, sino para lo importante.

Los rusos están cerca de Frohnau…han tomado Pankow y se aprestan para conquistar Berlín. Quiero creer en el Führer, pero todos dicen que la guerra está perdida.

No se ha escuchado su voz maravillosa en semanas, y hay quienes aseguran que ha huído a Sudamérica, buscando la seguridad del exilio, pero yo sé que no es así. El Führer está aquí, y llevará a Alemania a la victoria. Tuve el inmenso honor de felicitarlo por su quincuagésimo sexto cumpleaños, y me correspondió con una inclinación de reconocimiento tan cálida que me parece imposible que la guerra vaya tan mal como se piensa. Los rumores dicen que esos rusos asquerosos se desangrarán a las puertas de Berlín, gracias a las tácticas de nuestro Führer, pero hay también traidores que prefieren el fin de la paz hitleriana y están saboteando cualquier intento de coordinación entre el Doktor Goebbels y los generales Von Manteufel y Burgdorf.

Himmler planea escapar, si es que no lo ha hecho ya en este momento, dice que va a Hohenlychen para dirigir desde ahí la resistencia, pero todos sabemos que es un cobarde…

No sé que pensar, Herta de mi vida,

Hoy en el hospital, el Doctor Schenk me designó para acompañarle en cirugía. Aterrada, me negué, porque no teníamos sedantes ni instrumentos limpios, pero pudo más la férrea determinación del médico que mi mojigatería carente de sentido. Aún tengo la sangre cosida a puntadas en mi mente, así como la tengo justo ahora en las manos.

La pequeña Marie llegó corriendo detrás del cuerpo de su madre, que perdía sangre con rapidez, en los brazos de un soldado. Un obús ruso le alcanzó en las inmediaciones de la Friedrich Strasse , cuando trataban de huir de la ciudad, con permiso del Doktor Goebbels o sin él. Lo sé, porque ella misma me lo contó todo cuando le ofrecí mi ración de agua del día y pareció recobrar la serenidad. Lloró sobre mi hombro, lentamente, sin ruido, y cuando sus ojitos enrojecidos volvieron a mirarme, me lanzó un torrente de palabras llenas de miseria, la situación de su familia, la muerte deshonrosa de su padre, y la recién acaecida muerte de su hermano mayor, en la explosión que hirió a su madre.

La abracé, Herta, pero su cuerpo tibio no se movía, parecía que no respiraba y sus ojos vidriosos clavados en la pared nunca se volvieron para mirarme. La tomé de la mano, y le dije que Dios no podia desampararnos, que nunca habíamos hecho nada malo…

- Nunca hemos hecho nada malo, Fräulein Frühling, sin embargo… Dios mató a mi padre, en la forma de cortes marciales por las calles…yo lo vi todo… ahora está colgado de un poste con un cartel infame que reza: 'Yo apoyaba a los cerdos comunistas'. Me miraba, Fräulein Frühling, con ojos llenos de pena por nosotros, '¿Qué será de ustedes, mis hijos?'… Ya lloré demasiado, ahora no tengo fuerzas…

¡Hasta dónde habremos de llegar, querida hermana!, los rojos están ya muy cerca, y nosotros nos matamos entre compatriotas. ¡La unión es lo que puede salvarnos, y seguimos desperdiciando las únicas municiones que tenemos en existencia!

Tuve que dejarla sola, porque el Doktor Schenk me pidió que lo acompañara de inmediato a 'un asunto urgente' que había surgido de pronto. Traté de explicarle que no podía dejar a la niña, pero insistió. La abandoné sentada al pie de las escaleras, y no he vuelto a saber de ella. Nadie me ha podido dar razón de qué le sucedió, o de qué le sucedió a su madre.

Atravesamos varios corredores, en los que los pocos soldados sobrios saludaban con una inclinación de cabeza al Doktor, y me lanzaban miradas de perdición libidinosa. Cuando ya me parecía que estábamos cientos de metros bajo tierra, llegamos a una amplia habitación (y digo amplia, si la comparamos con las dimensiones del bunker), que estaba custodiada por Otto Günsche, un hombre macizo de grandes proporciones, que nos dejó entrar dócilmente.

Y ahí estaba él, Herta.

El Führer.

¡No puedes imaginar la felicidad que emanó de mi corazón, la esperanza que renació cuando la pensaba muerta! ¡El Führer no podía abandonarnos! Estaba ahí, frente a mí…

Torpemente, me cuadré y lo saludé con orgullo, pero de inmediato me deshice en llanto, y me atreví a tomarle la mano, rogándole la salvación del pueblo alemán. Me miró con ojos de padre bueno, y después de darme unas palmadas suaves en la espalda, fui retirada de su presencia, porque se estaban tratando asuntos de estado.

¡Herta, lo vi! ¡Estamos salvadas!

No te preocupes, hermana mía. Seguramente esta carta te llegará atrasada, quizás en una semana o dos, pero lo importante es que te enteres de todo. Sufriré para conseguir alojamiento hasta que el general Steiner saque a los rusos de la ciudad, y entonces podrás regresar a la gloriosa capital, y juntas ayudar en la reconstrucción.

El día de la victoria está muy cerca. Sólo hay que confiar en Dios y en el Führer.

¡Todo por Alemania!

¡Heil Der Führer!

Tu hermana, la que te ama.

Inge.

Berlin, Alemania, 30 de Abril de 1945.

Hermana:

Nunca volveré a verte. El Führer ha muerto. Lo sé, porque presencié cuando Otto Günsche sacó su cuerpo envuelto en mantas junto con en el de su mujer. Sí, se casó ayer con Eva Braun.

Los rusos están a escasos metros de la cancillería, puedo escuchar los disparos, pero no me atraparán viva. Seré valiente como el Führer lo fue tantas veces, y dejaré mi vida por él…Lo seguiré al otro mundo, porque éste ya no vale la pena vivirlo.

Te pido perdón, hermana, porque he de abandonarte, pero sé que comprenderás mi resolución. Sé que me dispensarás, pero tú eres fuerte, y podrás soportar el sufrimiento venidero. Siento lástima por ti que te quedas, y por mi sobrino Hans, que sin duda será subyugado por esos infelices… ¡Que Dios los ampare!

Hoy en la mañana, me enteré de muchas cosas.

La traición de Himmler, de la que se habló ayer hasta el cansancio, me tiene aún indignada. Ese maldito decidió abandonar a nuestro Führer a su suerte, y con él, a todo el pueblo alemán.

Por otro lado, la maravillosa mujer del Reich, hablo por supuesto, de Magda Goebbels, decidió contarme ayer que planea asesinar a sus hijos, aunque ella utilizó un eufemismo muy conveniente, y me pidió ayuda para dormirlos… No podré hacerlo. Se ven tan inocentes. Sé cuál es el futuro que les aguarda, pero no seré capaz de acabar con una vida que no sea la mía. Su madre es quien los ama más intensamente, por eso se los llevará con ella, pero…


Berlín, Alemania, Marzo de 1933

El aire de la ciudad es irrespirable. Todo comienza a cambiar. Lo sé, porque el Señor Würtbradeln ya no nos saluda cuando pasamos por su pórtico, a darle los buenos días. La gente se hace a un lado para no rozarnos por las calles, como si estuviéramos apestados.

Clara ha comenzado a preguntarme por qué la gente la evita en las calles, y ya nadie se le acerca en el colegio.

Mi madre dice que Herr Hitler es el responsable de esto, y ha comenzado, junto con mi padre, a planear la mudanza a Polonia. Dice que viviremos en un pintoresco y hermoso lugar llamado Varsovia, que es su capital, hogar del famosísimo Duque Jagellón, el último eslabón con la monarquía polaca.

Sí, es triste saber que la humanidad ha descendido hasta este nivel. El pergeño de los pueblos, antes tan gloriosos y magníficos, ahora se ensombrece.

Pero en fin, nosotros los niños no tenemos voz, ni para ellos ni para los nuestros. Nosotros estamos entre la muerte y la esperanza, mas ninguno de estos sustantivos nos atañe.

Ahora, que mi hermanito toma mi mano, y lo conduzco por la ribera del río en dirección a casa, pienso en el futuro. No todo puede ser tan malo. Después de todo, somos el pueblo escogido de Dios…


- Le doy gracias a Dios por haberte encontrado en este mar de hipocresía. Cada minuto que paso a tu lado me hace sentir tan afortunado, Marianna...

- No me hables de Dios, pequeño…

- Bueno, yo le agradezco a Dios… tú dale gracias a quien quieras, si es que vale la pena que agradezcas por mí.

La visión duró unos segundos. La muchacha acercó la cabeza del pequeño al que abrazaba, a su pecho. Una sonrisa casi imperceptible nació abruptamente, dándole un aire indolente y retorcidamente suave, casi extático.

Ella, Marianna Clottard, le llevaba casi treinta centímetros. Era morena, de ese color mediterráneo de los italianos, con impresionantes y estrambóticos ojos verdes. Su padre había cambiado su apellido años atrás, y legalmente, ella era una Clottard, ahijada de la Contessa Di Clottard, aunque su ascendencia judía destacaba a ojos vistas.

Él, Clemente Belaunzarán Krause, había nacido en la España de los años felices, aunque por supuesto, tal hipérbole americana nunca fue avistada en la desvencijada península.

Su padre, quien resultó poseer grandeza de España, decidió regresar al lugar de origen de su mujer, Lucía, y se asentaron a un lado de la pequeña casa del matrimonio Krause, que no poseía títulos de nobleza, pero sí raíces. Podían contar sus antepasados hasta los tiempos del cisma que dividió a la cristiandad, en el siglo XVI, cuando dejaron de contar a los católicos, y por tanto, las líneas familiares comenzaban de nuevo.

Era pequeño, para los doce años que ya contaba, y su piel extremadamente pálida y delicada, como papel de finísimo arroz, junto con sus ojos y cabellos oscuros, le daban un pergeño enfermizo y frágil, como si la más mínima brisa pudiera romperlo.

Marianna era quien lo protegía. Los niños en el colegio eran malos, porque era incapaz de defenderse, pero cuando ella los amenazó con una paliza demencial, y después de comprobar que era muy capaz de hacerlo – medía más de un metro setenta, a los catorce años -cuando persiguió al enemigo número uno de Clemente, Wilhelm Kalkbrenner, hasta tirarle cinco dientes, uno por puñetazo, decidieron dejarlo en paz.

El pequeño Clemente siempre había tenido una vida dura, primero por la ascendencia española de su padre, pues no importaba que fuese un noble de Castilla, sino por su sangre 'no tan blanca', como se segregaba discriminativamente a los que no fuesen nórdicos, y esta clasificación excluía a la Europa entera, con la única excepción de alemanes, daneses, y habitantes de la península escandinava. Ni siquiera la Inglaterra se salvaba del odio racial, pues era sostenido que era un pueblo de bárbaros que había degenerado hasta el punto de creerse superiores a la verdadera raza aria, teoría que andaba en el aire, por medio de los altoparlantes en los estadios.

Su pequeñez y patética faz lo colmaban de un velo de indiferencia hacia el mundo banal de esta vida, y parecía siempre estar viajando por otros mundos, con esos movimientos extremadamente meditados y ligeros, que le conferían paso de fantasma. Marianna, muy por el contrario, era toda agitación, risa y movimiento. Su corpulencia habría de ser un factor de mucha ayuda a lo largo de su vida, cuando tuvo que pretender ser hombre, para evitar ser deportada.

Transcurría el año de 1934, y las cosas comenzaban a ponerse difíciles para la familia Clottard. Las recientes muestras de odio racial por parte de sus compatriotas no se hacían esperar. Por las calles, les escupían. En las escuelas, los segregaban. En la misma sinagoga los menos semíticos sacudían sus ropas si entraban en contacto. El rabino fingía no tener animadversión por su gente, pero no podía evitar que una mueca de asco se le escapara, mal disimulada, por los resquicios de su boca, cuando tenía que dar la bendición al rebaño del Señor.

Marianna habíase alejado de la Iglesia de sus padres desde que a sus nueve años el rabino de la Sinagoga, Yunus Kiligan, un judío inglés con fama de santo, le robó el privilegio de sus piernas, tapándole la boca con la amenaza del fuego de Dios. Ella nunca habló de ello, sino que dejó de asistir a las congregaciones, y buscó refugio de manera inconsciente en las Iglesias protestantes, frías y oscuras, pero ocultas, para rezarle a su Dios a su manera.

Nunca recibió respuesta, o por lo menos no se dio jamás por aludida, así que terminó convenciéndose que Dios nunca le había hablado, ni siquiera cuando creyó avistar un ángel postrado en su cama, acariciándole las mejillas. La simple idea de ese Dios permisivo, que había consentido que las manos asquerosas de aquel rabino auto proclamado santo le inundasen las noches con pesadillas de las que amanecía empapada, le era intolerable. Sin embargo, jamás profirió palabra alguna contra las creencias de Clemente, porque lo adoraba. En secreto, sentía lástima de él, porque creía en un ser inexistente, pero la devoción del pequeño era tan grande, y su fe tan fuerte, que a veces se preguntaba si no estaría juzgando sin tener conocimiento de las cosas.

Marianna…

Hmpf?

Frau Kröberg me insinúo algo hoy…

¿Fue algo malo?

No sé cómo interpretarlo…

¿Qué fue?

Me dijo que no es conveniente que me deje ver con alguien como tú…

¿Como yo?

Que ya tengo bastante con ser hijo de un español…

¿¡Algo más!?

Le pregunté a qué se refería, pero sólo me contestó que no tenía tiempo para seguir desperdiciando, y que tomase en cuenta sus palabras, que las recordaría… Hay cosas que están cambiando muy rápido…y no las entiendo…

Él busco el abrazo de la muchacha, porque le daba una seguridad que en su casa no podían darle. Ella lo recibió en su amplio regazo, con la mirada descompuesta en una mueca indescifrable y después de unos momentos en los que el rostro de Clemente pareció demacrarse, se soltaron.

Segundos después, él se levantó, y con su finísimo paso espectral, caminó el corto trayecto de rosales que le conducía al pórtico del hogar. Marianna lo miró alejarse, sin expresión en el rostro, y después de sacudir su boina, pegó un brinco y se alejó corriendo.


Ok, esta vez, me enredé un poco más de lo normal, pero espero haya sido de su agrado. Deben haber ya adivinado en qué época la historia se sitúa y si no…pues ni modos…

Esta es sólo la introducción, espero poder continuarla, porque claro, el nudo de unahistoria siempre es lo mejor! xDD Y el desenlace también xD

Nos vemos pronto, cuídense mucho!

Hasta la vista.