Despertar.

I

Mucho gusto mi nombre es Ayleen Gray y esta es mi confesión.

Nací en un pueblo tranquilo de esos en los que nunca sucede nada, en una pequeña y vieja casa de madera. Mis padres eran, por decirlo de alguna forma, peculiares.

Mi madre era una mujer muy hermosa, su largo cabello negro con reflejos azules era simplemente de otro mundo, la hacía ver tan especial, tenia ojos negros y profundos como la noche y una tez muy clara. Recuerdo que le encantaban las historias fantásticas, adoraba la mitología, se pasaba las horas leyendo libros, cualquier papel escrito que contuviera una pizca de fantasía la absorbía por completo. Desde pequeña me inculcó su amor por la lectura, pasaba las tardes enteras leyéndome algún libro adecuado a mi edad, cuando aprendí a leer jugábamos a elegir algún libro, lo leíamos por separado y luego nos hacíamos preguntas sobre el mismo, ella siempre me ganaba tenia una memoria increíble para los pequeños detalles.

Mi Padre era un dibujante y por mas extraño que parezca en toda mi vida sólo vi un dibujo hecho por él. Supongo que era bueno en su trabajo porque todos los meses mi madre salía a buscar su paga que llegaba por el correo. No recuerdo que alguna vez hubiésemos tenido problemas económicos así que supongo que siendo el único sustento de la familia ganaba relativamente bien por su trabajo. Nunca lo vi salir, se la pasaba encerrado en su estudio, que no era más que la habitación más pequeña de la casa, una habitación sin ventanas ni ningún tipo de ventilación. Las pocas veces que entré pude ver una lámpara muy débil que era la única iluminación de esa habitación, nunca me expliqué como podía dibujar si yo apenas podía ver por donde caminaba allí dentro. Mi padre sólo salía de su estudio a la hora de la comida, cuando se sentaba en la mesa con nosotras comía en el más absoluto de los silencios y regresaba a su estudio. En aquella época tenia la costumbre de acostarme temprano, así que nunca supe si por la noche dormía en el cuarto con mi madre, supongo que así era porque no vi ninguna cama en su estudio.

Él nunca me habló, jamás lo hizo y nunca me resultó extraño, simplemente era lo usual desde que nací era así, por eso nunca pedí una explicación. Una vez lo escuche hablar por teléfono seguramente por un trabajo muy importante o habría contestado ella, sólo lo escuché decir "Si…" y nada más, pero fue extraño, lo más extraño del mundo, lo más extraño que me había sucedido hasta ese momento. Sabía que no era mudo, hay muchas cosas que sé sin que nadie me las diga, pero nunca pensé que él fuera a hablar, no solía pensar en él. Pero simplemente me impresionó mucho escuchar su voz, sentí miedo, más que eso fue pánico no entendía porqué, con el paso del tiempo el pánico desapareció, quizás al notar que nada había cambiado en realidad, que él nunca me hablaría de todas formas.

No sobresalía en la escuela, no era popular ni rechazada simplemente pasaba desapercibida, no me metía en problemas, la maestra rara vez me preguntaba algo y yo siempre sabía la respuesta, pasaba el día entero leyendo así que los conocimientos que buscaban inculcarnos no tenían ningún misterio para mí. No puedo decir que me aburriera, pero tampoco me divertía no había demasiadas cosas que me resultaran divertidas en esa época. Nunca invité a mis compañeras de clase a mi casa, nunca se dio la oportunidad, nunca sentí la necesidad de hacerlo.

Recuerdo una tarde en particular, yo tenía unos 11 años, era un invierno muy frío y mamá había estado metida en el estudio con mi padre desde hacía aproximadamente dos horas, nada fuera de lo común hacía eso muchas veces, yo estaba sentada en el suelo cerca de la estufa leía un libro de zoología. En aquella época había dejado de lado las historias de fantasía y los animales se habían vuelto mi mayor interés, no teníamos mascotas, nunca le pedí una a mamá, simplemente no me parecía correcto tener un animal, los animales eran seres vivientes como nosotros y a mi no me gustaría que alguien me tuviera, alguien puede tener un libro, tener una casa, tener algo, pero no a alguien. Eran las cinco y media de la tarde en un rato más comenzaría a anochecer y alguien golpeó la puerta, miré hacia el estudio de mi padre esperando que mamá saliera a atender, la segunda tanda de golpes sonó más fuerte denotando cierta impaciencia de quien esperaba afuera en esa tarde tan fría. Deduje que mi madre no habría escuchado o estaría ocupada para atender así que me decidí a hacerlo yo, mientras abría la puerta noté que era la primera vez que lo hacía, siempre era ella quien la abría para que saliera, por eso no sabía que era más liviana de lo que presuponía así que usé más fuerza de la necesaria y la puerta se golpeó contra la parte interior de la pared de mi casa. El frío se coló por el agujero de la puerta ahora totalmente abierta, y frente a mí estaba un hombre alto, llevaba un abrigo que le llegaba a las rodillas, me quedé allí parada sin saber que hacer preguntándome si habría sido buena idea abrirle. Mamá salió del estudio apresurada, seguramente el golpe de la puerta fue tan fuerte que la alertó de lo que sucedía, yo la miré con cara de interrogación, ella sólo me dio una fugaz sonrisa e hizo pasar al hombre, lo llamó por su nombre, y le pidió que la siguiera al estudio. Se encerraron allí, pero no tuvieron mucho cuidado al parecer, ya que la puerta no quedó bien cerrada y se abrió un poco dándome la oportunidad de saber que sucedía, nunca fui curiosa, pero en esa ocasión quise saber que estaba pasando, no solíamos recibir visitas, así que me arrodillé frente a la puerta y asomé la cabeza al interior del estudio, sabía que con esa tenue luz no podrían notarme. Al parecer el hombre era un médico, nunca había visto uno, no recordaba haberme enfermado alguna vez, él examinaba los ojos de mi padre que estaba sentado en la silla de siempre, mientras mamá observaba parada a una distancia prudente. De alguna forma ella notó mi presencia y me miró con una cara absolutamente neutral, sabía que estaba haciendo mal, nadie me había dicho que no espiara a la gente pero sabía que no era correcto así que me fui de ahí.

Unas horas más tarde mamá entró a mi cuarto, ya hacía mucho tiempo que el doctor se había ido, había escuchado su voz despidiéndose. Ella se sentó en una silla, yo dejé a un lado mi libro y bajé mis pies de la cama. "Roy está ciego" esas fueron sus palabras, admito que me costó un poco darme cuenta de que hablaba de mi padre, ella siempre usaba la expresión "Tu padre" para referirse a él, pero luego noté que lo importante de esa frase no era su nombre. "Tendré que comenzar a trabajar" mi cerebro no fue lo suficientemente rápido para procesar el hecho de que una persona ciega no puede dibujar así que me tomó por sorpresa esa afirmación, pero lo que dijo a continuación realmente no lo esperaba, "Y tú tendrás que cuidar de él" no supe porqué pero esa idea no me resultaba factible.

Al día siguiente mi madre salió a buscar trabajo y yo me quedé encargada de cuidarlo, ella dejó una lista detallada con las instrucciones, cada cosa que debía hacer y a que hora debía hacerla, seguramente sabía que él no me hablaría aunque necesitara algo. Mi trabajo era preparar la comida y llevársela a ciertas horas, acompañarlo al baño cada 3 horas, y bañarlo una vez por día. Mamá consiguió un trabajo que la mantenía todo el día fuera de la casa, salía antes de que me levantara y regresaba luego de que me había dormido, solo la veía los domingos, tuve que dejar de ir a la escuela y de pronto todo lo que me resultaba indiferente y normal se volvió insoportable. Cada día que pasaba extrañaba más la escuela, a pesar de que en mis tiempos libres leía mucho eso estaba dejando de ser tan interesante, era más un escape a la realidad que una fuente de entretenimiento y asombro, cada día era más agotador hacer la comida, cada día extrañaba más a mi madre, las pocas veces que la veía estaba cansada y casi no me hablaba, pero todo eso no era nada comparado con los sentimientos que fui desarrollando hacia mi padre.

Cada día que pasaba, cada hora, cada minuto lo odiaba más y más, ese hombre el cual vivía bajo el mismo techo que yo, el cual hasta entonces me era poco más que indiferente ahora me repugnaba como nunca me repugnó algo en toda mi vida. Odiaba su rostro con la mirada fija en algún lugar, odiaba su cabello pelirrojo el cuál le llegaba a los hombros ya que mi madre no había tenido tiempo de cortárselo, odiaba su estudio con esa luz tan tenue la cual probablemente era la causa de su ceguera, odiaba su forma de comer, odiaba como me ignoraba, como nunca me habló pero no podía siquiera asimilar la idea de oír su voz de nuevo, estaba segura de que lo mataría si se atrevía a dirigirme la palabra alguna vez.

Y bañarlo, eso era lo que más odiaba en el mundo, aún más que su voz, su cuerpo desnudo, tan absolutamente desagradable, era mucho más que asqueroso, mucho más que repugnante, era lo peor, deseaba que muriera de la forma más dolorosa posible porque solo así podría librarme de él y hacerle pagar por todo lo que estaba pasando por su culpa. Podría haberme largado pero no lo hacía por mi madre, una madre que deja sola a su hija de 11 años con un hombre que nunca le dirigió la palabra en su vida, obligarla a que lo viera desnudo, ¿qué clase de madre era esa? Deseé tanto que muriera que mi deseo se cumplió, fue un día de verano, por la mañana luego de bañarlo le alcancé la toalla, "Aquí tienes" le dije con el mayor de los desprecios y odios que en mi vida sentí, y él... no me ignoró, giró su cabeza hacia donde yo estaba y se quedó así un minuto como si me estuviera mirando, fue extraño que esa vez no me ignorara y me hizo odiarlo aún más.

Al mediodía le llevé su comida, lo encontré sentado en su silla con un lápiz clavado en cada ojo, y la navaja que seguramente usaba para abrir las cartas, clavada en su garganta. Era una visión horrible y a pesar de la escasez de luz pude ver la sangre que manchaba su ropa, pero no me inmuté siquiera, coloqué el plato sobre su escritorio y entonces lo vi, era un papel con un dibujo en él, un dibujo muy malo, enseguida deduje que lo había hecho antes de suicidarse, en el mismo aparecía él sentado en su silla con los lápices clavados en sus ojos y una niña, yo, clavándole una navaja en la garganta.

Final capítulo 1.