Misery Business.

"Second chances, they don't ever matter, people never change."

Misery Business } Paramore.

Rosie Evans salió de su casa con los libros bajo el brazo, preparada para recorrer el corto trecho que la separaba de la de Alex Montero.

Ellos no congeniaban demasiado. Nunca lo habían echo, era muy parecidos para ello.

Pero Rosie había comenzado a cambiar. En sus dieciséis años era la primera vez que se sentía un poco avergonzada de ir a la casa de un muchacho —de él en particular. No es que nunca lo hubiese hecho (había amanecido ahí hacia tan solo una semana), pero ahora estaba preocupada por lo que la gente pudiera pensar. "Rosie Evans... ¿enamorada? ¡Pero si esa chica no tiene sentimientos, tío!"dirían unos días después.

Mientras caminaba iba pensando; ya tenía todo estudiado.

Ella tocaría el timbre y el saldría a abrir con el torso desnudo y un cigarrillo en los labios. Se apoyaría en el marco de la puerta y luego de darle una calada, lo sostendría con el índice y el pulgar.

Evans— diría, mientras le echaba el humo en la cara, como otras veces había hecho. Alex siempre se sacaba la camiseta y prendía un cigarro al llegar a su casa.

Te has olvidado esto en casa— ella le extendería los cuadernos y bufaría ligeramente exasperada.

Deberías buscarte una excusa mejor para venir a verme— susurraría el con arrogancia y...

Llegó a la casa —blanca, con la puerta algo desvencijada; Alex la había pateado más de una vez estando ebrio—. Se detuvo frente a la puerta, sin saber que hacer, por que no había timbre. Solo tres veces había estado allí. Una, por la fiesta. La segunda y la tercera, con él. Desde que el profesor Berty los había puesto en pareja para el proyecto de Historia habían pasado dos tardes seguidas en su casa, luego del instituto, ''estudiando''

(Si, desnudos y bajo las sábanas. Vamos ya)

.¿Que hacía Alex al llegar?se preguntó, confundida.

Solo empujaba la puerta y entraba, y según lo que había dicho ante su mirada extrañada —la de ella—, nunca la dejaba con llave. Así que empujó y entró. Todo estaba en silencio y ni rastros de Alex por ningún sitio. Suspiró y ya estaba resignándose cuando escuchó ruidos en el piso de arriba.

Quizá estuviese echándose una siesta o oyendo música y no quería molestar —aunque se moría por verlo, por tocarlo—. Se decidió en unos segundos. Ella nunca había sido una jodida cobarde y no iba a comenzar ahora.

Subió las escaleras y llegó al largo pasillo. Había cuatro habitaciones, pero distinguió la suya por los múltiples carteles de prohibido el paso que habría colgado cuando más niño.

La puerta estaba entre abierta y se asomó levemente para ver si estaba despierto o no, pero se encontró con algo completamente distinto.

El se mecía en un histérico frenesí entre las piernas de una castaña a la que no lograba verle la cara, ya que estaba inclinada besándole el cuello y tirándole del cabello. Alex gemía cada vez más, y como Rosie no pudo soportar ver como se la follaba —como si el mundo fuese a acabar en cualquier instante— se dio media vuelta y corrió hasta bajar las escaleras, sin aminorar la marcha hasta que hubo salido de la casa y estuvo dos calles lejos.

Se sentó en el césped de la entrada de su casa y con las manos en la cabeza, tuvo el pensamiento más acertado:

La gente nunca cambia.

(Por que había sido una idiota en pensar que dejaría todo por ella, y que serían una hermosa parejita feliz corriendo por la pradera)

Y así fue como Rosie Evans se convirtió en una verdadera perra.