Matar al mensajero

-IV-

Antonio corría por el pasillo gris, empolvado y desierto del segundo piso. Corría sabiendo que no tenía opciones, que lo hacía en vano. Pero era tanto el miedo al final, que simplemente prefería seguir huyendo, darse más minutos de vida; hasta que el terror disminuyera por la fuerza de la resignación.

Los pasos rápidos de sus zancadas en el piso de linóleo rojo-negro, sangriento, eran algo irregulares por el profundo renqueo en su caminar. Su posición encogida, encorvada con los brazos alrededor del tronco, eran el símbolo de la persona que sigue andando en contra de todo, hasta de la razón… los susurros sin sentido de las sombras a su alrededor seguían rodeándolo, detrás de toda ventana y puerta en ese largo corredor por el que iba sin esperanzas de poder llegar.

Sintió que empezaba otra arcada de llanto y la garganta pedía que gimiera su terror. Lágrimas salieron de sus ojos. Le costaba más respirar mientras sentía el dolor del nudo en su pecho. Pero no podía llorar por Ángela, no podía desear que una de esas sombras susurradoras fuera ella, que lo tranquilizara, que lo hiciera sentir seguro, en casa. No después de haberla dejado sola para buscar una exculpación que, ya sabía, no era posible.

Por un segundo, dejó de correr y se llevó una mano a la cara:

—Dios mío, sálvame, sálvame Dios… por todo lo que quieras, Dios… —rogaba con voz aguda, entrecortada. Un susurro lastimero. Su mano tan temblorosa y asida a su piel, que le dolía aún más la herida de la cabeza.

Ya había pasado el tiempo en que creía que, al abrir los ojos después de bajar su mano; estaría en su cama, libre de una pesadilla. No podía creer que sólo habían pasado ¿Qué? ¿Cuatro horas? Entre el momento en que estaba casi durmiéndose en la oficina de su casa, y ese preciso instante, donde lloraba en un pasillo sin fin del lugar que creyó, sería su salvación y que se había convertido en su ataúd.

Mientras oía su jadeo incesante producido con el ardor de sus pulmones, acicate del dolor en las costillas; supo que el momento en que la resignación a la muerte ganara, tal vez nunca llegaría. Tal vez lo último que sabría era que el olor salado y metálico que embargaría su último momento de conciencia, era el de su sangre…

Lo que sí sabía era que moriría con horror… ¿Acaso había algo peor que eso?

La leve y fría caricia fría de la repentina corriente de aire, refrescó el sudor de todo su cuerpo y exacerbó los rumores sin significado de la insinuada multitud en las sombras.

Dejó de moverse por un segundo: Un escalofrío subiendo y bajando por su espalda lo había dejado sin la capacidad de temblar o respirar. Casi sintió que las gotas en su cabeza palpitante, al ritmo frenético de su corazón horrorizado, empezaban a cristalizarse… Era Seamus, tenía que ser Seamus…

Abrió más la boca seca e impotente: quería gritar o llorar, pero no podía hacerlo. Aunque se daba cuenta de lo que sucedía, no podía procesarlo en su mente. Su cuerpo, ardiente por el ejercicio de correr y la necesidad animal de huir, estaba siendo enfriado rápidamente desde el exterior. El vello de toda su piel se erizaba. El dolor en las pantorrillas, rodillas y talón no eran tan fuertes como el de las costillas, pecho y cabeza; sin embargo, todos ellos perdían importancia ante lo que sentía en su piel: el ardor de un aire que se había convertido en un fuego helado.

¡Era Seamus!

Empezó a temblar incontrolablemente, sus extremidades tan frías que no las sentía, ni podía moverlas. El llanto fue lo único en el aire, además del frío y la cada vez más débil voluta blanca de su aliento. Era un llorar casi mudo, ahogado, gemidos que no pueden salir desde un pecho totalmente anudado de horror.

Desde las sombras del camino frente a él, el aire empezó a tener forma: calinas azules, por la luz de la luna que llegaba al pasillo desde una ventana; se fueron acercando, perfilando, coloreando; mientras caminaba hacia él.

«No, no, ¡Por Dios! NO». Era en lo único que podía pensar, viendo como el hombre de ojos negros y brillantes como una noche de luna llena estrellada, miraba justo hacia él.

Dio otro paso.

Alrededor del aparecido, el crepitar en las paredes, piso y ventana congelándose.

La piel de éste estaba totalmente empolvada por minúsculos copos de nieve, que la hacía parecer increíblemente blanca. Su gruesa boca curvada en una sonrisa mordaz, sin nada de alegría, totalmente morada. El cabello negro, lacio y largo estaba revuelto con nieve en él, como si en las sombras de las que llegó, hubiera habido una tormenta furiosa. Vestido totalmente de blanco, ropas holgadas y pesadas; ojos grandes, quijada potente, barba rala, pómulos altos, nariz algo gruesa, estatura entre media y baja, constitución fuerte… ¡Seamus!

Un revuelo en su estómago casi lo hizo vomitar… Seamus daba otro paso hacia él.

La luz se ensombrecía cada vez más, mientras la ventana se llenaba de escarcha.

Antonio sintió un bulto en sus pantalones y un líquido caliente (casi quemante, dado el frío en que estaba) esparciéndose en su entrepierna. El haber perdido el control de los esfínteres pudo haberlo hecho sentir un bizarro alivio por un segundo, un instante, antes de darse cuenta, sintiendo el bombeo de su corazón en las sienes, de que el horror apenas empezaba. Seamus se acercaba a él:

—Muere congelado, como yo morí. —le dijo con su voz gruesa y profunda, parecida a un eco.

Dio otro paso.

El respirar era un suplicio: se quemaba hasta los pulmones del frío. Todo él dolía, tanto como temblaba y estaba paralizado.

—Lo… lo siento… —apenas pudo decir, en un susurro bajo y agudo, una súplica con la intensidad del que sabe que es su última oportunidad.

Seamus dejó de sonreír y un brillo de sadismo llegó a su mirada, mientras fruncía sus cejas de incredulidad.

Entendió que no obtendría piedad y, mientras lloraba de un mudo y potente dolor, sintió cómo la resignación llegaba a él con la promesa de que ese suplicio terminaría… Nunca creyó que el olor de sus heces y orina fuera lo último que recordara, antes de sentir el dolor al no poder respirar y de su corazón dejando de latir.

Menos creyó que moriría de pie.

-III-

No sabía cuánto tiempo había estado así, de lado y con el olor a sangre llegando a su nariz desde el aire. Se había desconectado. Por un instante, no tuvo pensamientos ni emociones, sólo existía. La bolsa de aire haciéndole una mínima presión en su pecho, y el cinturón de seguridad fuertemente asido a él, evitando que se cayera de lado, hacia el cuerpo de Ángela.

Ángela…

Sin darse cuenta, su cabeza giró hacia ella.

Gracias a la luz anaranjada de las farolas en la calle, Antonio pudo ver el cabello rubio de Ángela, que se había teñido más de rojo desde la última vez que lo vio. No podía ver su rostro, que estaba apoyado hacia la puerta maltrecha y abollada. Su cuello, con los bucles del cabello decorándolo, parecía aún tan vivo que Antonio podía ver esa piel y mentirse al imaginar que, en cualquier momento, ella lo volvería a ver, sin el golpe desfigurando y haciendo sangrar la parte derecha de su rostro, para decirle:

—Tony… ¡Basta ya de la histeria, que empiezas a asustarme! ¡Vamos, volvamos a casa! —y casi podía ver el brillo de sus ojos café, algo asustados, por debajo de sus cejas fruncidas; junto a una sonrisa nerviosa que ella no podía evitar en los momentos de más tensión.

Los ojos se le llenaron de lágrimas y sintió un dolor en el pecho que no tenía nada que ver con el cinturón de seguridad. Ángela no volvería a sonreír nerviosamente.

Tenía que alejarse, alejarse. Ya no aguantaba el olor de la sangre. Sentía que el auto lo aprisionaba y que el aire desaparecía: no quería estar cerca de un cuerpo muerto, de un cuerpo que nunca más sería ella. Deseaba, con todas sus fuerzas, alejarse; pero sus brazos parecían no saber cómo hacerlo, sólo iban de allá para acá alterados, de su pecho o piernas a cualquier lugar del auto, mientras la sensación de ahogo aumentaba.

Sentía frío y estaba temblando. Tampoco quería salir donde debían estar ellos esperándolo, para terminar lo que habían iniciado. Estaba acorralado; tan impotente, asustado y acorralado.

La brisa nocturna llegaba hasta él, colándose por el espacio que dejó la ventana del conductor, al quebrarse… Antonio logró coger el volante con demasiada fuerza, casi como si éste fuera su última tabla de salvación, tratando de acompasar la respiración, no poner atención al olor y analizar qué hacer, para dejar de pensar: «No, no, no, Dios, no, no» que era, prácticamente, lo único que lograba entender en su cabeza.

Miraba por el vidrio del frente. Un gran golpe hacia la parte superior, producto del impacto que el auto tuvo al haber dado la voltereta (que, a su vez, golpeó en la cabeza a Antonio); dividía al vidrio en diferentes radios, por lo que las casas de clase media y muy parecidas entre sí, parecían algo distorsionadas a sus ojos, además de estar de lado… el lugar, silencioso y desierto. No sabía si tranquilizarse o sospechar con ese hecho, porque sólo recordaba que el ambiente estaba igual cuando fueron golpeados.

—Estamos casi a las tres de la mañana en un viejo suburbio —casi oyó la voz de Ángela, siempre tan realista y práctica—. Es normal que esté solitario y silencioso.

No se le ocurrió pensar que un golpe tan fuerte como el que recibió su auto, no podía pasar desapercibido por los habitantes de cualquier suburbio viejo y silencioso; por lo que debería tener un corro de personas alrededor, espiándolo o tratando de ayudarlo. No se le ocurrió, porque en ese momento estaba estático, sintiendo la mirada de ella en la piel de la nuca, haciéndolo sentir acompañado. Antonio quiso volver a verla, pero no lo hizo.

De repente lo recordó: sólo quedaba seguir con la única idea que se le había ocurrido. Ya estaba ahí, en su antiguo vecindario. Simplemente tenía que salir del auto y caminar unas dos o tres cuadras para llegar donde todo inició. Era eso o morir.

Después de decidirse, se sintió con la capacidad de poder mover su propio cuerpo.

O salía o moría, ella lo hubiera entendido. Antonio miró a Ángela, trató de tocarla con una mano y decirle que pronto regresaría, pero recordó que ese cuerpo estaba muerto. Sintió, de nuevo, la imperiosa necesidad de alejarse y Ángela hubiera comprendido que lo debía hacer.

Cogió la manija de la puerta para hacer varios intentos de abrirla, ya que estaba tan abollada que se le dificultaba hacerlo. Se volteó en el asiento lo más que pudo con el cinturón aún puesto, y empezó a patearla. El aumento del sonido rechinante, y el espacio cada vez más grande entre la carrocería y la puerta, le daba esperanzas de que pronto saldría. Cuando se abrió, Antonio sintió algo parecido a la alegría, para luego embargarse de verdadera premura. Se agarró fuertemente de un lado de la puerta, mientras con la otra hacía que el cinturón de seguridad se soltara de apretarle el pecho. La fuerza de la gravedad lo hizo agarrarse en seguida, con la otra mano, a un lado de la puerta, para no caer sobre ella… Empezó a salir como si subiera de un precipicio y, cuando finalmente estuvo de pie en el lado de la carrocería izquierda de su 4x4, la brisa fría de la noche parecía lo único vivo a su alrededor.

Antonio quiso pensar qué pasaba ahí, pero no tuvo tiempo. Oyó un sonido, como un sibilante rugido, que se acercaba a un lado de él; por el rabillo del ojos, vislumbró que la luz anaranjada se intensificada por ese lado y, cuando volvió a ver, apenas tuvo tiempo de quitarse dando un paso hacia atrás, trastabillando, de una estela de fuego que le hizo sentir mucho calor en el rostro.

Volvió a ver hacia el lugar de dónde venía el fuego. El auto volcado estaba cerca de una intersección de tres calles y en el fondo de una de las carreteras, donde no funcionaban varias farolas, se insinuaba la silueta de una casa con un carro aparcado al frente. Justo en ese lugar pudo ver los malabares con fuego: luces anaranjadas danzando en círculos, dejando unas estelas de calinas que casi iluminaban a Silena, aunque Antonio no sabía decir si era alguna parte de Silena lo que veía, o la imagen de la casa distorsionada por el rastro de calinas.

Se había quedado como hipnotizado, viendo los movimientos de esas luces hirvientes en el aire hasta que una de ellas enfiló hacia él y, mientras se acuclillaba, sintiendo el calor y la luz pasar por arriba de su cabeza, oyó algo, como un murmullo de una risa fina, aguda y casi infantil, dejando el rugido del fuego como fondo.

Por más que ver los fuegos haciendo malabares debía ser suficiente señal, ahora Antonio sí lo creía: Silena había llegado también.

La silueta del que creyó era un auto cercano a las llamas, pareció levantarse y desperezarse un poco… Antonio recordó el ojo amarillo en la ventana de Ángela.

Cuando se dio cuenta, estaba descolgándose del auto: su pijama azul ensuciándose por el contacto de este con la carrocería y el dolor en las costillas aún más fuerte.

Al estar totalmente en el suelo, corrió hacia la casa más cercana, con el pulsar de su corazón cada vez más fuerte y apremiante, encorvando la espalda y con la cabeza baja por miedo a más disparos de fuego.

Estando frente a la puerta, empezó a tocarla con desesperación aunque en el fondo, sabía que si nadie había salido ya, no iban a salir. Algo le decía que no iba a conseguir ayuda, no desde lo de su teléfono móvil.

Oyó el rugido sibilante justo antes de que el fuego pasara cerca de él: el calor, la luz anaranjada, una corriente de aire con el murmullo de la risa.

Tenía que llegar a la casa que fuera de sus padres o morir.

Llevó una de sus manos al jeans, buscándose las llaves. Estaban en el bolsillo delantero, a la derecha. Las cogió con fuerza mientras miraba el número de la casa frente a él, para ubicarse: F13.

Creyó sentir algún instante de vibración en el suelo, pero no hizo caso a eso, mientras corría hacia la casa a la derecha, que era la F12.

Ya sabía hacia donde debía ir.

Insistiéndose en que no tenía que mirar hacia donde había fuego, y tratando de olvidar aquel ojo amarillo; Antonio corrió a la derecha (sus costillas empezando a doler cada vez más), alejándose del auto y diciéndose que así debía hacerlo. Al llegar a la esquina, tomó a la izquierda.

Las vibraciones desde el suelo se empezaron a hacer más repetidas y fuertes.

Antonio no quería pensar en que empezaba a oír algo como pesados pasos… las vallas de las casas parecían fogonazos blancos al lado de su cabeza. Los pasos eran cada vez más cercanos y fuertes, casi sentía al suelo brincar con cada uno de ellos.

—¡MALDICIÓN! —gritó de repente, ¿Por qué insistía en mentirse? ¡Ya había visto su ojo! Groad también estaba ahí, y lo seguía.

Cuando oyó algo gutural y bajo llegar a sus oídos empezó a sudar: ahora estaba totalmente seguro de que era Groad y que jamás querría que llegara hasta él, tanto como no quería ver hacia atrás.

Dio la vuelta hacia la derecha, pasó por la calle desierta y se dio cuenta, cuando supo que el fuego iba hacia él y pasó justo como a un metro frente a su cabeza; de que las farolas se estaban apagando lentamente. Ya casi no veía.

¡Tenía que llegar pero YA!

Corrió de nuevo, llegó a la acera y se sintió más seguro con las casas a su derecha como protectores de sus perseguidores.

Cuando estaba apunto de llegar a la siguiente esquina, su pie topó con algo y cayó de bruces al suelo. El dolor en el tobillo no se hizo esperar. Sintió la vibración de los pasos de Groad llegando a todo su cuerpo… la luz, calor y risa del fuego a un metro por arriba de él.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió la necesidad de estar en su casa, frente a su computadora, despertando con las marcas del teclado en una de sus mejillas, baba en su boca y Ángela diciéndole:

—Ven a la cama, Tony. Mañana terminas con eso.

Pero los pasos de Groad se hicieron cada vez más fuertes y él, con el dolor del tobillo pulsándole, y maldiciendo por lo bajo cada paso que tenía que dar, siguió su camino.

Al llegar a la casa, sintió como una risa nerviosa pulsaba por invadir su ser. El miedo de sentir esa sensación en la nuca, de saber que estaba siendo perseguido, fue borrado al encontrarse debajo del techito de la entrada con la puerta frente a él, moviéndose ligeramente ante la insistencia de Antonio por abrirla.

Sólo tenía que abrirla, entrar, y todo estaría bien. Ir al segundo piso, y destrozar aquella pintura. Eso era todo.

Los pasos de Groad detrás de él… Maldijo el tener cinco llaves en ese llavero, maldijo que las luces de las farolas se apagaran y, aún más, maldijo saber lo que Groad podía hacer con su cuerpo.

El rechinar de la puerta al abrirse se dio junto a los pasos de Antonio al entrar. La cerró al instante y juró que pudo oír un rumor de gruñido bajo y el último vibrar del suelo, cuando Groad dio su paso final, a un metro de él.

Lo que sí estaba seguro que oyó fue la risa de Silena, justo antes del sonido de una llamarada enorme, que lo iluminó por un instante desde el vidrio de la puerta.

Silencio.

Antonio trató de reírse: Silena había desaparecido. Pero no pudo, porque se dio cuenta de que estaba terriblemente cansado, y que el dolor en todo su cuerpo parecía intensificarse por eso. Era como si hubiera corrido tres kilómetros, en vez de unos 300 metros. Mientras se sentaba en el piso polvoriento, sintió como todo su cuerpo se perló de sudor. El corazón y su respirar también estaban demasiado alterados. Trató de tranquilizarse.

Unos segundos después, y sumergido en sus pensamientos, empezó a llorar por una mezcla caótica de emociones, dominadas por la culpa de tantas cosas… y alivio.

Mientras trataba de limpiarse las lágrimas, el sudor, la mucosidad y, posiblemente, la sangre de su rostro; Antonio se levantó de nuevo, dejando de gemir y, con ayuda de la luz lunar y la ventana desnuda, inició su camino hacia la biblioteca de la casa.

Entró al comedor para ir hacia las escaleras y se dio cuenta que, en vez de la chimenea, estaba la puerta del cuarto que fuera de su hermana.

Sintió como si lo vaciaran por dentro, para llenarlo con un algo helado y anudado que lo hacía perder fuerzas… y fue cuando empezaron los rumores desde las sombras. Muchas y casi infinitas voces, de todo tipo; como si fueran ecos de miles de vidas enterradas en la oscuridad.

Antonio abrió la boca y pudo gritar, como nunca antes lo había hecho, y corrió.

No supo por cuánto tiempo corrió, antes de que estuviera tan cansado y adolorido, que decidió caminar. Iba de habitación en habitación, de pasillo en pasillo; deseando que detrás de alguna puerta, estuviera la escalera, la antigua biblioteca o hasta la salida.

Sabía que también habían traído la «casa de los espejos», y Silena no lo había atacado en serio, porque simplemente lo guiaba a una trampa.

Saber eso lo hizo mantener algo cuerdo, aunque la desesperación, con cada nuevo lugar al que llegaba y no era el que buscaba, empezaba a ser tan grande como el pánico.

-II-

—Si quieres decir algo, sólo dilo —le había casi exigido Antonio, harto de sentir la mirada e inquietud de Ángela para con él.

—Tony, esto es… —no pudo terminar de explicar lo que era, hasta decir esas palabras pareció costarle en demasía.

—Es una locura, pero es verdad —terminó la idea él, parando ante una luz roja y sintiendo que los pocos segundos que estaba ahí podían costarle la vida.

Vio con el rabillo del ojo cómo ella se tapaba y acariciaba el rostro con las dos manos. Era uno de sus ademanes que más conocía: estaba exasperada, y tomando fuerza para seguir lidiando tranquilamente con él.

Antonio se sintió casi insultado:

—¡Tú misma la viste y oíste lo que…!

—Sí, lo sé. Pero puede ser una broma, o…

Antonio iba a volver a verla para gritarle con toda la potencia de su propio caos emocional, pero en ese momento oyó el pitazo del auto atrás del de ellos. En vez de decir algo, siguió sin siquiera corroborar que el semáforo estaba en luz verde.

Las luces de los semáforos, las farolas y los autos, junto a las ventanas, paredes y personas en las aceras; eran emborronadas por la velocidad con la que Antonio manejaba su automóvil.

Paulatinamente, los edificios le fueron dando paso a todo tipo de viviendas.

Ángela, pensando en medio de un silencio incómodo entre los dos, volvió a hablar:

—¿Estás seguro de que el destrozar esa pintura…? —no terminó la idea, porque sabía que sobreentendía.

Después de varios minutos conduciendo, y sabiendo que pronto iba a llegar a su destino sin más sobresalto, Antonio había empezado a decirse que, por más que la evidencia dijera otra cosa, todo lo que había pasado debía ser producto de su imaginación; y estuvo a punto de decirle a Ángela que tenía razón, que debía ser alguna broma pesada, cuando ella le había dicho lo anterior.

Sí Ángela parecía creerlo, era mejor actuar según si eso era real.

Le respondió sin dejar de ver al frente, donde estaba la entrada de piedra del suburbio que fue su hogar cuando era un adolescente.

—Ahí inició todo, con esa pintura. Yo sé de qué hablo: es una de las leyes mágicas fundamentales.

—Tony…

—¡Sólo óyeme! —pero no dijo nada mientras hacía doblar el auto rápidamente, y ella se pegaba a la ventana por inercia. Luego de hacer enfilar el auto a seguir por un camino solitario rodeado de casas de dos pisos, colores pastel, cocheras y jardines, él le trató de explicar—: ir al lugar en donde se hizo el hechizo y destrozar o quemar un objeto que signifique el hechizo, es una de las formas más poderosas de terminar con éste o, al menos, quitarle mucha fuerza.

—Estás tratando de decir que… ¿Fuiste hechizado por una pintura?

—Estoy tratando de decir que si todo esto está pasando, sólo se me ocurre que…

No pudo decir nada más, sólo dio un grito, maldición de sorpresa y miedo, mientras sentía como su cuerpo se movía hacia los lados, llevado por una inercia atroz, acorde a la fuerza del golpe. El impacto de la bolsa de aire le hizo doler la nariz al enterrar la cabeza en ella y el tener el cinturón de seguridad, le resintió enormemente las costillas.

Algo los había golpeado desde atrás. Él pisó el freno al instante, casi por inercia.

—¡DIOS MÍO! ¡ACELERA, ACELERA! —oyó los gritos muy agudos y altos, de puro pánico, por parte de Ángela.

Antonio trataba hacer lo que le decía, pero casi no podía ver por la bolsa de aire, además, el sentir como un terremoto desde el suelo, no le ayudaba a tranquilizarse.

—¡OH, DIOS MÍO! ¡OH, DIOS MÍO! —gritaba ella, totalmente ida del pánico.

Antonio la volvió a ver y fue cuando se dio cuenta de que algo enorme oscurecía la calle desde ese lado. Sintió cómo lo que él creía que era un temblor, se acercaba a ellos. Era algo que abrió sólo un instante su enorme ojo, amarillo, brillante, bestial; justo antes de golpear ese lado del auto. Antonio cerró sus ojos y sintió a su cuerpo moverse con enorme fuerza, a la carrocería del auto rechinar cual si fueran latas de cerveza; y a Ángela gritando.

Con los ojos cerrados, supo que dieron una vuelta, y el golpe en la cabeza lo hizo ver flashes de luz aún con los ojos cerrados, mientras los sonidos de la carrocería resintiéndose y las ventanas quebrándose no se comparaban con los gritos desesperados que venían desde ella.

Cuando todo terminó, la bolsa de aire se había desinflado y él, con un dolor vago en todo su cuerpo, sintió la presión de la fuerza de gravedad para que cayera de lado.

Abrió los ojos y movió sus manos en seguida.

—¡Ángela! ¡Ángela! —decía con una voz aguda y desesperada. Ella había dejado de gritar.

La sacudió con fuerza, y ella se movió, pero sin voluntad alguna. Tomó su cabeza; sus manos estaban temblando incontrolablemente. Hizo que lo mirara y, aún antes de quitarle el cabello del rostro, pudo sentir la sangre y el hueso de su cabeza quebrada, junto a algo suave que luego supo, era su ojo…

Ver eso fue lo que lo hizo desconectarse.

Sólo se movió como en automático: dejó de coger el rostro de Ángela, se limpió con desesperación la mano en los asientos y luego… sólo existió.

-I-

Antonio estaba sonriendo. Durante más de tres años estuvo dándole largas a ese momento. Ahora, mientras el Windows se cerraba, no podía hacer más que sonreír, sintiendo como la carga en sus hombros desaparecía al haber terminado con un trabajo de varios años.

La tonada de la computadora personal apagándose lo acompañó en su alegría y, justo antes de cerrarla totalmente, se vio en la pantalla negra: él, un hombre algo rechoncho de poco más de cuarenta, cabello lacio despeinado, barba y ojos oscuros, gachos y adormilados; sonriendo de una forma prácticamente infantil. Casi se rió de sí mismo si no la hubiera visto detrás de él, reflejada en la pantalla, como a dos metros de distancia.

El susto fue mayúsculo. Volvió su silla giratoria hacia atrás. Su estudio estaba a oscuras, iluminado por la luz blancuzca de la farola y la de la pantalla de su computadora; al menos fue así hasta ese momento en que veía… No, pero eso no podía ser.

—Hola, Antonio. —le dijo ella, Carioder «la observa mundos»… ¡Pero eso no podía ser posible!

Antonio movió una mano a ciegas por el escritorio, hacia su teléfono móvil, mientras la veía sin poder quitarle la mirada: una mujer de mediana edad, baja, delgada, cabello negro ondulado y largo; tenía la piel morena, pero unos ojos celestes tan claros, que casi parecían blancos. Era ella, como siempre la había imaginado. Hasta su voz, algo gruesa, era la misma y esa habilidad que poseía, de no ser afectada por las sombras, como si su persona y ropas sólo pudieran ser iluminadas; también estaba ahí, con ella.

—¿Quién…? ¿Qué…? —apenas pudo balbucear, muy sorprendido. Aún no encontraba el teléfono celular.

—Sabes quién soy, y te diré ahora mismo qué hago aquí. —le dijo, con esa seguridad dulce que tantas veces tuvo que describir.

Antonio encontró el teléfono móvil y empezó a reír al instante.

—Vienes de parte de Nelson, ¿eh? —él miró el aparato electrónico, y buscó en la memoria el número de Nelson—. Creo que ha ido demasiado lejos, ¿Cómo le hiciste para entrar en la casa? ¿Ángela se alió con él en la broma?

Ella dio unos pasos hacia él. Su ropa, una túnica azul holgada y con varios pliegues, se movió con cada paso que ella dio. Mientras hablaba, subía la voz, el tono, y su rapidez al decir las palabras; a la vez, su ceño se fruncía y levantaba una mano, cerrando lentamente el puño.

—Yo creí en ti, aunque todos me creían loca, creí en ti. Vi a mi pueblo y familia morir de una terrible enfermedad, vi como una guerra que tú creaste mataba y desgraciaba la vida de mi segunda familia, mientras yo seguía dándoles fuerza para seguir en ella, porque creía en ti. Viví meses de tortura y dolor, vi morir a mi hija después de ser violada, y seguí creyendo… ¡Pero nos traicionaste, me traicionaste, maldito creador! ¡Nos hiciste matar, hiciste que todas nuestras esperanzas, y la de la gente que creía en nosotros, murieran de la forma más cruel! ¡Y me dejaste viva pero sin futuro alguno, maldito sádico!

Carioder estaba a pocos centímetros de él, y le gritaba con un grito parecido al gemido, pero con la garra del rugido airado.

Antonio se le había quedado viendo, totalmente sorprendido y, mientras llamaba a su editor por el teléfono móvil, intentó hablar con ella:

—Mira, estoy… halagado de que te guste tanto «la Saga de los Escribas», pero esto es serio, entraste en mi casa y… ¿¡Qué demonios!?

La música que venía desde su teléfono móvil, cuando creyó que Nelson le respondería, era una melodía que muchas veces había oído en su imaginación: instrumentos de viento y percusión juntos, esa sinfonía que iba convirtiéndose rápidamente en una arenga alegre y enérgica; era la música al iniciar la función del circo de Mo.

La respiración y las pulsiones de su corazón se dispararon a la vez.

—¿Quién grita de esa forma? —decía Ángela, acercándose.

Cuando entró a la habitación, se quedó de pie, casi petrificada, al ver a esa mujer desconocida cerca de su esposo. Prendió la luz enseguida y, mientras los dos parpadearon por la repentina luminosidad, la mujer desapareció.

—Hoy terminaste con nuestras vidas, y nosotros vamos terminar con la tuya, creador. —dijo su voz lejana, como un eco, desde una sombra en la esquina.

Los minutos siguientes fueron caóticos. Ángela y Antonio trataron de hablar por teléfono con cualquiera, pero lo único que conseguían fue la música del circo. Después de eso, los dos se sentaron uno a la par del otro, pensando, o tratando de entender; fue cuando Antonio se le ocurrió decir:

—Era Carioder, uno de mis personajes principales.

—Antonio… —Ángela lo veía, muy pálida y con miedo.

Él quitó la mirada, no quería dejarse llevar por el pánico.

—Tengo que ir a por la pintura.

Ángela sabía de qué pintura estaba hablando y se puso en pie, después que él lo hizo.

—Todo tiene que tener una explicación, de seguro… —pero no logró encontrar explicación alguna.

Antonio fue a ponerse unos zapatos, buscó las llaves de la casa y el auto, y fue hacia la cochera; a cada instante, estaba a punto de dejarse llevar por el pánico o la incredulidad, pero no lo hizo. Sabía que, después de todo lo que había hecho que pasara en su historia y con sus personajes; era muy posible que lo quisieran matar, si fueran reales.

También sabía que toda esa historia nació en su mente al ver aquella pintura, herencia de una tía abuela que murió aún antes de él nacer. Tenía que destruirla, para salvarse… o, simplemente, despertarse de ese sueño. Sí, pensó Antonio mientras entraba en la carretera con Ángela a la par de él (no pudo disuadirla de que se quedara en casa), si sentía que estaba en un sueño, tal vez lo estaba…

-Epílogo-

La mujer miraba con ojo crítico esa pintura. Medía alrededor de 50cmx40cm, y parecía vieja, como amarillenta, con los colores vivos algo ennegrecidos por los años pero, aún cuando no parecía haber sido hecha por un genio del arte, tenía un «no se qué». Algo en ella parecía demasiado… vivo: una mujer hermosa y morena dominaba la escena, haciendo malabares con unas bolas, mientras uno de los músicos (con tambores y flautas) la veía hacia la izquierda, junto a los otros que hablaban entre sí, pues parecían planear algo al mirar la pradera desnuda. En el fondo, dos hombres de fuerte torso y uno muy delgado y alto, se hacían cargo de la carpa mientras una mujer de edad parecía darles órdenes al respecto. Junto a ellos, había unos animales parecidos a enormes caballos, obesos y peludos, con dos fuertes patas, que seguían unidos a unos coches muy grandes y coloridos, con dibujos promocionales del circo. Más hacia la derecha del espectador, se veía a unos tres niños curiosos cerca de una adolescente, la cual echaba alguna verdura a un caldero. El cielo tenía dos soles y las nubes, eran colores azulados o rosados según se acercaran a un sol o al otro.

—Interesante como nos llama a la vista, ¿eh? —le dijo un ventiañero rubio, entrando en la habitación.

La morena no se sobresaltó por la repentina acotación. Ya lo había oído venir y llegar a la habitación. Lo volvió a ver reposadamente y asintió, aún sin dejar de tener los brazos cruzados.

—Eso era lo que estaba pensando. Aunque puede que sea así porque, cuando la empática...

—Laura.

—Laura, tuvo las visiones de los últimos pensamientos de la víctima, sólo nos hablaba de esta pintura.

—Puede ser. —se encogió de hombros el más joven—. Bueno, debe ser, porque Peter dijo que no sentía ninguna reminiscencia de ningún tipo de energía sobrenatural en la pintura.

—Hablando de Peter, ¿sabes qué tal va?

—Justo me lo topé en la entrada de la urbanización. Dice que el campo mágico que rodeaba este vecindario está prácticamente anulado, sin necesidad de que él hiciera mucho por desaparecerlo, por lo que no va a necesitar de mi ayuda. ¿Y tú sabes algo de la otra víctima?

—Hace poco llamé a Diane. Sigue atendiéndola pero, apuradamente, me dijo que después de sanarle los huesos y las otras heridas del cuerpo lo mejor posible, hace todo lo que puede por su cerebro y el ojo. Aunque cree que el ojo va a estar considerablemente bien, ya sabes que con el cerebro…

—Sí, sí. Lo sé. Con que esa mujer siguiera viva después de ese impacto, cuando llegamos, ya era mucho pedir otro milagro…

Los dos bajaron la mirada un instante, como si no supieran qué más decir. De repente, ella levantó la vista con cierta resolución, para enumerar:

—Selby ya está presenciado la autopsia del animista... y tú y yo ya terminamos con las entrevistas. Creo que está todo resuelto por nuestra parte.

—Se llamaba Antonio, el animista, se llamaba Antonio.

La mujer le entrecerró un poco los ojos, de falsa amenaza. El joven sonrió y subió las manos en son de paz:

—Yo sólo vengo a decirte que los «cambiadores de memoria» ya están por llegar, y como tú tenías que entrevistar a los vecinos, te esperarán afuera…

—Y ahora yo les tendré que decir que los vecinos durmieron el sueño de los justos por lo que no presenciaron nada, y que deberían responder al teléfono cuando se les llama para decirles que no es necesario que vengan todos los de su equipo.

La mujer sonrió algo divertida, e iba a salir hacia el pasillo cuyas paredes goteaban, deshelándose; cuando se volvió hacia el rubio al recordar:

—¿Cómo te fue con el tal Nelson?

El joven se puso serio, profesional:

—Está algo alterado. Era su editor y amigo durante años. Dice que la víctima, Antonio Montenegro, estaba terminando la última novela de una popular saga de libros de Fantasía: «La Saga de los Escribas» y que, desde hacía tiempo, parecía que le hacía largas a terminarlo. No tenía idea de por qué se haría daño a sí mismo. Busqué información sobre él, ya sabes, Antonio; en nuestra base de datos, y leí que era una persona de interés para nosotros, porque sus ideas sobre leyes mágicas en los libros eran muy parecidas a leyes mágicas reales; pero no teníamos idea de que su potencial fuera tan poderoso, como para que pudiera hacer reales a sus personajes, por decirlo de alguna forma.

Hubo un silencio entre los dos, hasta que ella dejó ir un suspiro y dijo:

—¿También te sientes impotente? Un hombre murió a manos de sus propias creaciones, casi muere su esposa a la vez; envueltos en un territorio hechizado que dejó sin testigos de los hechos y, como él se mató, no podemos hacer nada. Ahora, sólo tenemos que esperar los resultados de los demás: hacer que alguien le examine la memoria a la esposa, para ver si hay que cambiársela; mientras otro cambia la causa de muerte en el cuerpo de Antonio por algo más plausible que el congelamiento, mientras otros se encargan de cambiar el lugar de los hechos para que no parezca nada raro… mientras nosotros, a hacer papeleo.

El rubio lo pensó un poco mientras miraba, distraídamente, hacia la pintura.

—Hay algunas cosas que, simplemente, no se pueden prevenir.

—Eso, mi amigo, es impotencia.

—Mmm, prefiero verlo como resignación.

—¡Vaya que me aventajas en sabiduría! —ella le sonrió con un orgullo casi maternal y, luego, le hizo un ademán con la mano—. Ven, vamos… dejemos al equipo contención cambiar esta escena del crimen para que nadie se encuentra con el pasillo congelado y luego, inundado, mientras nosotros nos vamos a comer una merecida merienda, que ni hemos podido almorzar…

La mujer enfiló hacia la puerta y el rubio se fue tras de ella, aunque tenía deseos de haberse quedado viendo la pintura.