Desde el cielo inmaculado, sobre una vaporosa nube disfrazada de algodón, un joven ángel miraba melancólico a la tierra.

Cuánto admiraba a los humanos, cuánto envidiaba su condición: correr, caer, sentir, vivir…

Aun con experiencias negativas, la vida era un misterio que deseaba descubrir. Quería sentir dolor y satisfacer su curiosidad ¿Era tan malo como decían? Pero qué importaba tener una desagradable sensación cuando esta te demuestra que vives, que tienes un cuerpo material que varía con el pasar del tiempo.

—Dios, ¿puedo ser humano?— le preguntó después de suspirar un par de veces por contemplar la creación.

—Eres un ángel, un ser de luz y espiritualidad, eres superior, ¿por qué quieres bajar y sufrir como mis hijos?

—Porque quiero experimentar— sonó ansioso—, quiero sentir el dolor y la agonía, porque sé que una vez que pase, podré apreciar la felicidad.

— ¿Estás seguro?— le preguntó Dios.

El ángel asintió.

Dios entonces, con su inmenso poder, le otorgó un cuerpo humano.

Sus bellas alas de plumas plateadas se desvanecieron en un fino polvo. Su silueta incorpórea se materializo. Piel, pulmones, hígado y por último un corazón, comenzaron a funcionar.

El ángel dio el primer respiro, la primera bocanada de vida. Y tras alimentar sus pulmones con aquel elemento, saltó de su nube a la tierra.

—Dios ¿estás seguro de lo que hiciste?— lo cuestionó el arcángel Gabriel, preocupado por el inexperto ángel, una de las más nuevas creaciones de Dios.

—Él ya volverá, más rápido de lo que piensas.

Mientras tanto el pequeño ángel sentía al aire besarle la piel. Caía a mucha velocidad, pero sintió en sus cuerpo humano, cosas indescifrables que como ser netamente espiritual nunca había experimentado.

Era emocionante, la adrenalina fluyó en él por primera vez. Era hermoso, vio con ojos imperfectos e inferiores la magnífica creación; como la tierra se aproximaba más, cada vez más…

Y así, antes de tocar el suelo, intentó expandir sus alas y alzar vuelo para un suave aterrizaje.

Lo que el ángel recién cayó en cuenta, fue que sus bellas alas se habían quedado en el cielo, junto a su capacidad para volar.

Fue así que se estrepitó contra el cemento de una gran urbe. Cayendo con un golpe seco, dejando una mancha roja como la única evidencia de su viaje al mundo de los humanos.

Dios lo esperaba en el mismo lugar donde se habían despedido. El ángel ascendió al cielo, de nuevo en forma espiritual, cruzando los brazos en señal de frustración.

—Ok, el dolor no es agradable…

— ¿Viste que iba a volver?— le preguntó Dios a un muy asombrado Gabriel.


:D

...

emm... lean mis otras historias!