¡Hola!

Éste es un song fic, pero como en la página está prohibido colgar historias con canciones, le borré todas las estrofas.

Pero como se basa en la canción, es recomendable leerla escuchándola. En este caso corresponde a In my dreams de REO SpeedWagon.

Espero lo disfruten.


In my dreams

Sing in Silence, suena como todas las mañanas, indicándome que debo levantarme. Cojo mis sabanas y me tapo hasta las orejas. No quería hacerlo, no tan temprano.

La dichosa canción vuelve a sonar a los cinco minutos, agarro el celular de mi mesa de noche y lo desactivo.

Me siento en la cama, levanto mis brazos y me dispongo a ponerme de pie; me arrepiento y caigo de espaldas sobre mi suave colchón.

—Es tu primer día, levántate —escucho la voz de mi adorada madre al otro lado de la puerta, a los pocos minutos de haberme acostado.

—Voy —le contesto sin ánimos de moverme.

Me levanto de un salto, me dirijo con toda la pereza del mundo al baño y entro a darme una tibia ducha, nada mejor que eso para despabilar.

Luego de unos minutos aseándome, me voy a mi habitación, saco mi pantalón gris y una camisa negra con un lobo de estampa.

Una vez que tengo toda mi ropa puesta, abro las cortinas, y un radiante sol ilumina con fuerza mi rostro.

—Espero que éste sea un maravilloso día —sonrío por lo dicho, había prometido a mi mejor amigo que diría esas palabras mi primer día de universidad.

Le doy la espalda al sol y salgo de mi habitación rumbo a la cocina, no saldría sin mi desayuno.

Debo subirme a la locomoción a las 8:30 a.m., para llegar bien a la hora, miro mi móvil y el reloj marca las 8:15, voy bien, de todas maneras apresuro mi paso hasta llegar al paradero.

Como de costumbre, el lugar está lleno de gente, por suerte el bus que necesito no es muy usado. A los pocos minutos llega. Dejo pasar a algunas mujeres antes, para que vean que soy todo un caballero. Luego subo, cancelo y avanzo hacia atrás para sentarme junto a la ventana, evitando el sol matutino.

El chofer emprende su marcha una vez que el semáforo le da la partida; pasa por varios paraderos sin que un alma lo necesite, así hasta que unas chicas lo detienen. Las observo por la ventana, sin prestarles la mayor atención, no porque pasan desapercibidas, simplemente no es mi estilo quedarme con la boca abierta por cualquiera que suba, como mi vecino de asiento, río al verlo, por poco y se le cae la baba por las chicas, prometí no hacerlo jamás.

Las miro para saber que es lo que deja de ese modo al chico junto a mí; dos bastantes lindas, pero aún así, no entiendo la actitud de mi compañero; parecen las típicas chicas que se creen el centro del mundo y hablan por teléfono durante todo el camino. Meneo mi cabeza y vuelvo a mirar por la ventana.

—¿Qué pasó con Bianca? —escucho que pregunta una de las chicas, que avanzaron hasta el final del automóvil.

Vuelvo a mirar en dirección al chofer, ese nombre me causa una gran curiosidad, y allí había una chica ayudando a una anciana a sentarse en el primer asiento. La observo, no pude evitarlo, yo creyéndome todo un caballero porque una que otra vez dejaba subir a las mujeres antes, y nunca fui capaz de ayudar a un anciano; me sonrojo, la vergüenza me invade sin saber el porqué.

—Bianca, apresúrate —dijo la otra chica.

La mencionada ni se alude, la anciana le entrega unas monedas y la chica cancela el pasaje tanto de la señora, como el de ella. Se gira y puedo verla a la perfección, sus ojos color trigo sonríen al igual que sus labios; la sigo con la mirada hasta que en mi visual de reojo desaparece.

Mis ojos chocaron con los de mi vecino, ahora es él quien se ríe de mí.

* * * * *

—¿Qué dice ese universitario? —escucho la voz de mi mejor amigo tras de mí.

—Todo normal, hermano —le sonrío mientras chocamos nuestras palmas para terminar con un abrazo.

—Quiero detalles —me dice caminando a mi lado en dirección a mi casa—. Debo estar preparado para mi triunfal entrada el año que viene.

—El primer día no pasa nada. —Golpeo con suavidad su espalda—. Además, deberíamos haber entrado los dos este año —lo miro con reproche.

—Sabes muy bien que no me preparé para entrar —suspira dejando ver algo de melancolía—. A diferencia de ti, que te devoraste todos aquellos libros.

—Te ofrecí ayuda —le reclamo.

—Los universitarios primero —dice haciendo una reverencia y mostrándome la entrada de mi casa.

—Sebastián, quita ese gato de la comida —ordena mi papá del otro lado del mostrador cuando nos ve entrar.

—Como digas, viejo —respondo quitando la gata de mi hermana y empujándola dentro de la casa por la ventana.

—¿Qué dice ese tío? —Saluda mi amigo a mi padre—. ¿Cómo han estado las ventas hoy? —pregunta a la vez que mira los mostradores del pequeño negocio que montaron mis padres en casa.

—Como siempre —le sonríe mi padre—. ¿Cómo estuvo tu primer día? —dice mientras me abraza y besa mi mejilla.

—Bien, creo —respondo saludándolo—. Es sólo el primero, tengo que esperar los demás.

—Es verdad —sonríe como siempre suele hacerlo.

—Tío, ¿tiene pastelitos? —cuestiona mi amigo.

—¿Para qué preguntas si ya sabes la respuesta? —reprocha mi padre sonriéndole.

—Sacaré uno —responde el otro.

Entro a mi casa, en la sala mi hermana acostada en el sillón mirando televisión y acariciando a la gata.

—Hola —la saludo al pasar hacia la escalera rumbo a mi habitación, ella simplemente responde moviendo su mano.

Al llegar allí, dejo el bolso sobre mi cama, mi vista se pierde en el horizonte naranjo que aparece en mi ventana, la chica del bus se hizo presente en mis pensamientos, sonrío. "Bianca", escucho que gritaron, di un salto y me giro lo más rápido que puedo.

—¿Me dirás qué te pasó? —pregunta un chico de ojos azules parado en el marco de mi puerta.

—Nada, Marcos —respondo al sentarme en mi cama.

—Hermano —dice caminando hacia mí—, nos conocemos prácticamente desde que nacimos —continua hablando a la vez que se sienta a mi lado—. Ahora dime, ¿cómo es?, ¿es de la universidad?, ¿cómo se llama?, ¿es mayor qué tú?

—De a una a la vez —reclamo a mi mejor amigo, que al parecer no puedo ocultarle algo—. Es una chica que vi en el bus, esta mañana.

—Y luego te la encontraste en la universidad —añade con burla—, se vieron y fue amor a primera vista —ríe de lo dicho.

—No, claro que no —respondo riendo a medias a la vez que me lanzo de espaldas a mi cama, pensando en lo bello que hubiera sido—. Sólo la vi en el bus y ya nunca más.

—¿Te dejó así, con sólo verla una vez? —pregunta algo sorprendido.

—Sí —le aseguré.

—Vaya, te desconozco —dice riendo.

—¿Por qué? —pregunto molesto.

—Tú no eres de los que se fijan en chicas así como así —me responde con aires de sabiduría—. Si hasta pareces niña en ese aspecto.

—Mejor no te hubiera dicho nada. —Le doy un golpe con mi pie para que se levante de mi cama.

—¡A cenar! —grita mi madre desde la cocina.

—A comer, a comer —dice Marcos levantándose de golpe y corriendo escaleras abajo.

Río de la situación, aquel era otro miembro de la familia, aunque no nos unieran lazos de sangre. Suspiro y bajo a cenar, es verdad lo que mi amigo dice, en cosas de chicas, tengo gustos como ellas.

* * * * *

Los rayos del sol, cada vez más débiles por la proximidad del otoño; se introducen por mis cortinas, reflejándose en mis ojos. Aún es muy temprano para levantarme; me arropo por completo y cierro mis ojos, intentando volver al mundo de Morfeo, tratando de retomar la historia que quedó incompleta cuando la luz natural interrumpió mi sueño con aquella chica.

Vuelvo a despertar, como todas las mañanas, por medio de Sonata Arctica en mi móvil, me levanto reclamando por el día. Me ducho, bajo y tomo mi desayuno.

Han pasado unos días desde que vi a aquella chica, y desde entonces que no deja de presentarse cada noche en mis sueños, lamentablemente por mí, no la he vuelto a ver en persona.

—¿Cómo dormiste? —pregunta Marcos al llegar a mi lado.

—No molestes —le respondo de mala gana, mientras ambos caminamos hacia el paradero.

—Hoy viajaré contigo —dice desordenando aún más su corto cabello castaño oscuro.

—¿Y eso? —pregunto mientras miro a ambos lados de la calle antes de cruzar.

—Tengo que ir a comprar unas cosas a mi abuela —responde mientras me sigue al otro lado de la avenida.

—Por lo menos tendré compañía agradable —digo a la vez que detengo el bus.

—Tendré que hacer algo con esa chica —sonríe de medio lado y con un suspiro—. Te despiertas de mala todos los días. Antes no eras así.

—Haz que la vea tan sólo una vez más —imploro poniendo un pie en la escalera del bus.

Mi amigo ríe atrás de mí; saludo al chofer, le cancelo y camino hasta un par de asientos, me acomodo al lado de la ventana y espero.

—Tus deseos son órdenes —me guiña un ojo—, en pocos minutos la verás —sonríe al sentarse junto a mí.

Meneo mi cabeza a la vez que sonrío, la posibilidad de verla nuevamente era nula, cada día que pasa, espero con ansías llegar al paradero donde subió, pero siempre me llevo una decepción.

El bus se detiene al siguiente paradero, no le doy importancia, no es el que me importa. Continuo hablando con mi amigo, pero una extraña sensación me hizo levantar mi cabeza, y allí, frente a mí está ella; sus ojos color trigo sonríen como aquel día, su cabello cuelga ondulado de un color castaño claro, sus labios resplandecen con aquel brillo que me llama a probarlos. Se detuvo mi tiempo hasta que se sienta en la hilera de enfrente, junto a la ventana. Una sombra entorpece mi mirada, un chico se acomoda junto a ella, la abraza y la chica se apoya en el hombro de éste.

—¿Es ella? —pregunta mi amigo con una curiosidad que no puede ocultar.

Asiento con mi cabeza mientras pierdo la vista a través de la ventana.

* * * * *

Camino hacia uno de mis lugares favoritos, ya es de tarde, poco falta para que empiecen a aparecer las estrellas; avanzo rápidamente y me parece extraño, pero no me importa, porque en la esquina está ella, sonrío al verla, sé que me espera.

La abrazo muy fuerte, no quiero que se separe de mi, ella responde con un poco menos de fuerza, a veces siento que la estrangulo, pero es tan necesario aquella muestra de cariño, que no puedo controlarme. Me separo un poco, tomo su rostro con mis manos y junto mis labios con los suyos, siento que estoy en el paraíso cada vez que los beso.

Los dejo y abro mis ojos, estamos en mi lugar favorito de toda la vida, aquel espacio en el cerro junto al río, donde se pueden ver las estrellas brillando en todo su esplendor.

Nos acostamos sobre una roca, ella se apoya en mí, yo la abrazo; miramos el infinito cielo que nos ilumina.

—No te imaginas cuanto te quiero —me susurra en el oído.

Le respondo con un beso, abrazándola fuerte y protectoramente, nunca dejaré que le suceda algo, la cuidaré como el tesoro que es.

"Haven of emotion, mournful ocean, heiress of the evening sings in silence", canta Tony Kakko despertándome de mi sueño, e indicándome que debo levantarme para ir a mis estudios.

Otro día amanece, dejándola en mis sueños, daría cualquier cosa porque se hicieran realidad, pero sé que es imposible, ese chico debe ser el dueño de su corazón, así nunca se dará cuenta que existo.

—Vamos de pesca —dice Marcos apareciendo en mi habitación.

—Tengo clases, se te olvida —respondo asomando un poco mi cara de entre las cobijas.

—No hay —añade sentándose a los pies de mi cama—. Acaban de informar en la televisión y radio, que están suspendidas las clases tanto para colegios como universidades de toda índole.

—¿Y eso? —pregunto asombrado al sentarme en mi cama.

—Una pequeña huelga-marcha de los profesores —dice con una sonrisa—. El día está ideal para la pesca. —Abre mis cortinas.

—Me pongo ropa y salimos —digo levantándome.

—Te espero en la sala. —Sale de mi habitación tarareando algo que no logro entender.

Me asomo por la ventana, mi amigo tiene razón, es un día especial para pescar; las nubes grisáceas cubren el cielo, así no nos quemaremos con el sol, y la brisa será agradable para estar frente al río.

Uno que otro pájaro canta pidiendo lluvia a las nubes, mientras los árboles se mecen de un lugar a otro, con un movimiento suave originado por el viento.

Suspiro, me hubiera encantado seguir durmiendo, pero no me hace bien. Saldré y me divertiré con mi mejor amigo, y tal vez, pueda verla.

* * * * *

Tomamos las bicicletas y emprendemos nuestro rumbo al río, que por suerte, queda a unos pocos minutos de mi casa. Vamos cerca de mi lugar favorito, entre el cerro y el río.

Al llegar, dejamos nuestros vehículos apoyados en un árbol y comenzamos a preparar nuestro equipo de pesca, mientras cantamos y reímos de cualquier cosa que se nos venga a la cabeza.

—Ya era hora que volvieras —dice mi amigo mientras se sienta en la maleza con su caña de pescar en el agua.

—Si no quieres que cambie —contesto sentándome junto a él—, será mejor que no molestes.

—¿No la has vuelto a ver desde ese día? —pregunta mirándome fijo.

—La veo todas las noches —sonrío mirando el horizonte—, en mis sueños.

—Eso es muy poético —logra articular entre risas.

—No te burles —le lanzo una pequeña piedra.

Unas sonoras carcajadas y murmullos nos distraen, miramos en dirección a éstas, y un grupo de personas se acercan en bicicleta.

—Lo que faltaba. —El gruñido de Marcos refleja su molestia con su vista perdida en el agua—. Un grupo que viene a molestar a los peces.

—No te enfades —me burlo mirando a los recién llegados—. ¡Bianca! —exclamo sin notar el alto tono de mi voz.

—¡¿Qué?! —grita mi amigo con sus ojos clavados en la misma dirección que los míos.

Se quedan bastante alejados de nosotros, al parecer no quieren molestarnos. Cinco bicicletas en total, seis personas bajan de ellas. El chico que la acompañaba ese día en el bus está presente, junto a otro más joven. Dos chicas, bastante parecidas, y un pequeño niño que no pasa de los cuatro años.

—¿Ése será su hijo? —pregunta mi amigo sin dejar de mirarlos—. Ella lo traía en su bicicleta, y él le ayudó a bajar.

—No lo sé —respondo fríamente—, tampoco me interesa —termino de decir mirando el agua.

Nos quedamos en silencio, intentado pescar algo. Lanzo y saco el hilo de la caña sin dejarla más de dos minutos dentro del agua, me interesa más mirar en dirección a la chica y sus acompañantes.

Cada pocos minutos mi vista se dirige hacia ese lugar, se divierten bastante, sus risas llenan el ambiente.

—Parecen hermanos —dice Marcos rompiendo el silencio—, no se han besado ni nada. —Quita de su anzuelo los restos de alga que se le habían enganchado.

—¿No le has quitado la vista de encima? —Lo miro acusadoramente.

—Tal vez —ríe—, pero tú me ganas.

—Hola —interrumpe la suave voz de un niño.

—Hola —le respondo volteándome para mirarlo.

—¿Cómo te llamas? —pregunta mi amigo riendo.

—Rafael —contesta el pequeño, lo miro a los ojos y son iguales a los de la chica.

—¿Estás con tus papás? —cuestiona con inteligencia Marcos.

—No —responde—, ellos se quedaron en casa con mis tíos. Vine con mis hermanos y primos —me giro hacia adelante, no puedo aguantar la risa por saber que no es su hijo.

—¡Rafael! —escucho que gritan.

—¡Mira, están pescando! —grita el niño tras de mí.

—Rafa, ven. —Era una chica quien hablaba bastante cerca ahora, mi amigo golpea con suavidad mi brazo, me giro y es ella quien viene por el niño—. ¿Qué te ha dicho papá de los pescadores? —pregunta agachándose hasta quedar a la altura del pequeño.

—Que no los moleste, porque espanto a los peces —dice el niño recitando.

—Lo siento si los molestó —se disculpa mirándonos.

—No hay problema —responde Marcos, yo no puedo articular palabra alguna.

Lo único que puedo hacer, es mirar aquellos ojos, que cada noche me dicen cuanto me quieren.

Me quedo observando cada movimiento de ella al intentar llevarse al niño, jalándolo de la mano, pero el pequeño no quiere irse. Sonrío por eso, es mejor para mí.

—Quiero pescar —reclama intentando soltarse del agarre.

—Eres muy pequeño, no sabes —dice tratando de calmarlo.

—Déjalo un rato —interrumpe Marcos riendo—, no le haremos nada.

—No lo sé. —La desconfianza se le nota en su rostro.

—¡Pescar, pescar! —grita el niño, provocando risas en nosotros.

—Está bien, quédate —contesta dándose por vencida—. Pero les advierto. —Nos mira amenazantemente—, si le llega a pasar algo, se las verán conmigo, soy experta en karate.

—No te preocupes, no comemos niños —susurra Marcos haciéndose el gracioso.

—Los estaré vigilando —dice soltando al pequeño—. Sé bueno y no les causes problemas —termina de hablar para besarle la frente

—¡Bianca! —grita Rafael agarrándola de la mano—. Quédate.

—No —responde cortante—, ellos quieren pescar, y contigo ya es suficiente molestia.

—Yo quiero pescar contigo. —Comienza a hacer pucheros, se nota que es un malcriado—. Dijiste que hoy haríamos lo que yo quisiera, por todo el tiempo que me abandonaste.

—Chantajista. —Se agacha para mirar al chico a los ojos—. Esto es por culpa de Felipe, no te juntarás con él.

—Es mi hermano —reclama el pequeño con aires de sabiduría—, no podrás con eso.

—Entonces busca a tu hermano para que te acompañe —sonríe con triunfo, y aquello me deja boquiabierto mirándola.

—Quédate conmigo —dice el niño agarrándose de su cuello.

Mis ojos chocan con aquella hermosa mirada, me sonríe como pidiendo disculpas.

—Si quieres te presto mi caña —logro articular al fin.

—Oye, tú. —El pequeño interrumpe mi visual—. Tú, el de gorro.

—¿Yo? —pregunto haciéndome el desentendido.

—¿Quieres que mi hermana se quede? —Su mirada seria se clava en la mía.

—Si ella quiere —respondo nervioso—, no tengo problema.

—Ella es mía y de Felipe —frunce su ceño mirándome con odio—. No te la presto.

—¡Rafael! —exclama en forma de regaño, el niño se queda quieto mirándola.

Marcos se aguanta la risa, mientras yo siento mis mejillas arder, y la chica me mira con cara de querer desaparecer.

—Lo siento por todo esto —dice apenada—, me lo llevaré ahora para que sigan con lo suyo. —Toma al niño en sus brazos, mi oportunidad de seguir viéndola se pierde en ese instante.

—Bianca. —Vuelve a hablar el pequeño—. Sólo un pez, uno nada más. —Su chantaje ya casi llega a las lágrimas.

—Malcriado —reclama ella—. ¿Me dejas? —pregunta clavando sus bellos ojos en mí.

—Sí, claro —respondo rápidamente, como negarme a esa mirada.

—Rafa, espérame aquí —dice bajando al niño—, le aviso a Felipe y vengo.

—Apúrate —ordena el pequeño mientras en la cara de ella se refleja las ganas de darle un golpe.

—Éste niño te ha caído del cielo —se burla Marcos a mi lado.

—¿Te gusta mi hermana? —El niño me provoca un susto al pronunciar esas palabras, mi amigo estalla de la risa.

—¿Quieres que le lance la caña a tu hermana? —Intento cambiar el tema, no puedo negar su pregunta, porque significa mentirle, pero tampoco puedo decir que sí me gusta, no a ese niño.

—Ella sabe —dice frunciendo su ceño—.Mucho mejor que Felipe. Suele ir a las competencias con mi papá, tiene algunos trofeos.

—Pequeño, ¿por qué dices que a él le gusta tu hermana? —Marcos trae de vuelta el tema, lo aniquilo con la mirada.

—Porque Felipe lo dice. —Mi amigo vuelve a estallar en risas por las palabras del niño, y yo quiero desaparecer.

—Volví. —La voz de la chica me distrae, toma de la mano al pequeño—. Sólo uno y los dejas tranquilos —ordena al niño con mirada de mando—. ¿Me permites, por favor? —habla, esta vez, mirándome a mí.

—Toma. —Es lo único que logro pronunciar mientras le extiendo la caña.

—Gracias —responde tomando el mango y rozando su mano con la mía.

Una extraña sensación recorre mi cuerpo, no dejo de mirarla, ella me sonríe. El tiempo se detuvo en aquel instante, ella y yo estábamos solos, mi cuerpo flota, lo único que falta es que diga lo de todas las noches: te quiero Sebastián.

* * * * *

Camino recordando lo pasado aquel día en el río. Marcos aún se sorprende por la agilidad de la chica en la pesca, al parecer el niño no mentía cuando dijo que lo sabe hacer muy bien, y que tiene algunos trofeos. Sonrío por eso, tenemos tanto en común.

Me dirijo al mismo lugar, siempre que puedo voy hacia allá, se ha transformado en mi segundo lugar favorito, esperando, tal vez, volver a verla.

Mi amigo tuvo razón con respecto al pequeño, luego de rato de intentar sacar un pez, ella se presentó a nosotros y le respondimos, supe su nombre por sus labios. Hablamos bastante, más bien, Marcos habló por mí, aún no entiendo por qué me quedé de esa manera, parecía una estatua, no hablaba, ni me movía, apenas respiraba.

Nos enteramos que asiste a la universidad, al igual que yo, entró este año. Vive unas calles a continuación de la mía, y según su pequeño hermano, es la regalona y consentida de su padre. Después de todo, aquel había sido un día espectacular para la pesca.

Un grito me desconcentra, aunque voy demasiado metido en mis pensamientos para lograr entender lo que dijeron, intento volver a la realidad, pero siento un fuerte golpe y mi cuerpo cae.

* * * * *

Abro mis ojos y me sorprendo al ver lo que me rodea, un gran lago aparece frente a mí. Me siento pensando en qué pasó. No entiendo como llegué allí, si mi dirección era hacia el río. Aquel lugar donde me encuentro, queda muy lejos de mi casa.

Unos brazos rodean mi cuello, distrayéndome. Asombrado miro hacia atrás antes de dar cualquier tipo de respuesta, y me topo con aquellos ojos dorados. Me giro rápidamente y la abrazo con todas mis fuerzas.

—Sebastián, Sebastián —escucho que me dice, pero suena distinto a como lo hace siempre, esta vez parece preocupada.

Intento mirarla, pero no lo logro. Sólo veo una figura borrosa frente a mí.

—Sebastián, por favor despierta —musita con su tono de voz bastante preocupada.

El sol se refleja en mis ojos, impidiendo que los abra por completo. Frente a mí está ella, con cara de preocupación y acariciando mi frente. Me sonrojo, no puedo evitarlo.

—Me tenías muy preocupada —habla con ternura y comprensión—. Creo que te golpeaste bastante fuerte la cabeza, pero quédate tranquilo, yo te cuidaré —sonríe, y es cuando me doy cuenta que no estoy soñando.

Me han dado tres días de reposo, como mínimo, luego del golpe. No puedo dormir mucho, dijo el doctor, y eso no me tiene de buenas; en cama y sin poder soñar.

Tocan la puerta de mi habitación.

—Pase —digo de mala gana en respuesta, a la vez que me siento en mi cama.

—Hola. —Su melodiosa voz me tranquiliza, y su sonrisa se graba para siempre en mi memoria.

—Hola —respondo nervioso, nunca la imaginé en mi casa, mucho menos en mi cuarto. Más bien, no sin ser apenas unos extraños.

—Sé que te lo he dicho, pero lo siento por el golpe. —Se sienta en una silla junto a mí.

—No te preocupes. —Trato de recordar el accidente, y lo que pasó después, pero no puedo—. No recuerdo cómo sucedieron las cosas.

—Eso te lo puedo aclarar —me sonríe con dulzura—. Ibas caminando por el pasaje paralelo a la avenida principal, ya sabes, la que circulan en su mayoría bicicletas y transeúntes, la que te deja en el cerro —dice moviendo sus manos con señas indicando el camino—.Yo venía frente a ti en bicicleta con un poco de velocidad, como la calle estaba despejada no me preocupe, hasta que te vi. Intente frenar, pero no lo logré, y fue cuando me acordé que mi hermano me había dicho algo de los frenos. —Su voz se apaga y la pena se deja ver—. Grité que no tenía como parar, pero tú no escuchaste, estabas como en otro mundo, y te choqué —se sonroja, qué linda se ve—. Te golpeaste la cabeza con el suelo.

—Lo bueno —sonrío para que se tranquilice—, es que me diste tres días de descanso.

—Igual que todos, hay duelo nacional. —Su rostro se ilumina con su sonrisa.

—Y pensé que era el único afortunado —esbozo una pequeña sonrisa—. ¿Te dejaron entrar a mi habitación? —pregunto algo sorprendido, ya que mi madre es bastante dramática con ese tipo de cosas.

—Marcos ayudó —dice apenada—. Tu madre no quería que subiera, pero él le dijo que me dejara. Creo que está molesta conmigo por golpearte, pero fue sin querer.

—No creo —río por sus suposiciones—, ella es demasiado a lo antigua, no le gusta que esté con chicas solo aquí.

—Hablas más de lo que pensaba —se burla con una pequeña sonrisa.

—Ese día no sé lo qué me pasó —respondo sonrojado y tratando que ella no se dé cuenta de mis sentimientos.

—Seré tu enfermera estos tres días —me guiña un ojo—. En compensación por el golpe.

—No me debes nada —contesto feliz por aquellas palabras—. No quiero que te sientas con un deber hacia mí por lo que pasó.

—Lo hago porque quiero —dice a la vez que fija sus ojos en la pequeña repisa junto a la ventana, al lado izquierdo de mi cama—. ¡Lovecraft! —grita lanzándose sobre el pequeño libro de bolsillo, pero se detiene antes de llegar—. Lo siento. —Se disculpa con pena.

—Aquí tienes. —Tomo el libro y se lo paso, mientras río por su actitud—. Eres demasiado efusiva.

—No pudieron corregirlo nunca —suspira agarrando lo que tanto quería.

—¿Te gusta Lovecraft? —pregunto con algo de entusiasmo.

—Me gusta el terror —responde mientras lee el resumen en la contratapa—. Éste ya lo leí, fue el primero y me hice fanática de sus escritos.

—También fue el primero que leí —digo sonriéndole.

—Hola —interrumpe Marcos—. Lamento molestarlos, pero tu madre dice que han estado demasiado tiempo solos.

—Entonces me iré. —Se pone de pie, le hago una seña a Marcos para que se vaya, él entiende a la perfección—. Pero, vendré después a ver como sigues.

—No me moveré de aquí —le sonrío y ella responde de la misma manera.

Se acerca a mí y besa mi frente, sus labios son muy suaves; me sonrojo. Gira y comienza a caminar hacia la puerta, antes de llegar se detiene.

—Cuídate mucho —me dice clavando sus ojos en mí.

—Lo haré —le respondo.

Llega hasta la puerta, toma la manilla, la gira y se detiene; me mira y en pocos segundos la tengo frente a mí, puedo ver sus bellos ojos a la perfección debido a la cercanía. Y de pronto, sus labios se posan suavemente sobre los míos.

Una vez que salgo del asombro, tomo su cuello con mis manos y la acerco a mí, respondiéndole aquel delicioso beso.

—Mi hermano me matara por esto —susurra separándose unos milímetros de mí, no le permito que se aleje más—. Mi papá volverá a arrepentirse por las clases de señorita que me impartieron —sonríe.

Camino hacia el paradero que le sigue al mío, lo que pasó ese día, no había sido un sueño.

—Hermano —digo golpeando la espalda a Marcos—, ¿a dónde vas?

—Por unas cosas para mi abuela —me sonríe—, ya sabes, remedios y eso.

—No es un sueño, ¿verdad? —pregunto mirando a la chica que me espera unos pasos más adelante.

—No, hermano —me responde mi amigo—. Es la realidad.

Apresuro mi paso, llego junto a ella, la abrazo y beso como tantas veces lo hice antes. Ella me responde con la efusividad que la caracteriza, para luego susurrarme en el oído:

—Te quiero, Sebastián.

Sonrío de felicidad, la única diferencia con el antes, es que esta vez, todo pasa en la realidad, y no tengo que esperar la noche para poder tenerla en mis brazos.

—Te amo Bianca —le susurro antes de volver a besarla.

Fin


¿Les gustó?

Espero que sí. Si desean dejar algún comentario o algo, son bienvenidos.

Muchas gracias por leer.

Para más información, pueden visitar mi blog http://maysagara . blogspot . com (deben juntar los espacios para acceder)

Nos estamos leyendo, y qué estén muy bien.