El sol del día de hoy estaba radiante, el viento soplaba al norte para mi deleite, el sonido del taladro de mi padre retumbaba en mis oídos, los autos iban a diferentes destinos, mas se encontraban por un segundo, siquiera un pequeño momento; así era cada medio día desde hace un año.

Desde que me mudé con mi padre salía al frente de la casa para escuchar algo de música y ver los autos pasar, hasta que un día curioso apareció ella… La chica del bolso naranja. Era de cabello oscuro, y una mirada distraída, alta, delgada, era linda, y parecía tener entre 15 y 17 años.

Cada medio día ella pasaba caminando, yendo a cualquier lugar donde sus pies la llevaran, pasando la mano por su bronceada frente para retirar el sudor que la molestaba. Siempre la veía con sus audífonos puestos, y aún me pregunto ¿qué música será la que invade sus tímpanos en ese momento? Siempre sacaba su mp3 al pasar frente a mi casa, incrementando el volumen para que el sonido de mi padre arreglando los autos no perturbe sus oídos.

Y al tercer día de verla pasar, pude ver con claridad sus ojos; me miró por un instante sabiendo que la observaba, tenía una mirada muy aniñada, era tierna. Inclinó un poco la cabeza cual niña curiosa preguntando el por qué de lo que acontecía ante su expectante mirada.

Tan sólo ese pequeño instante le bastó para tropezarse con una grieta. No cayó, mas estuvo a punto. No pude evitar sonreír al ver sus mejillas hincharse, era graciosa esa chica.

Desde entonces salgo cada medio día al frente de mi casa, esperando a que ella pase, limpie su frente, tropiece y siga su camino.

Y tal vez algún día tenga el valor de preguntarle su nombre, así conocer su voz y decirle –Soy Adrián –.