Lo único que atravesaba su mente en ese momento era el zapateo sincronizado con los segundos que iban pasando. Estuvo esperando ese día por tanto tiempo que se le hace casi un sueño el estar ahí, en ese lugar, esperando a una de las personas con las que más cariño había cogido en su adolescencia. ¿Cómo sería sentir sus abrazos? ¿Verla reír? ¿Sería lo mismo? ¿La reconocería?

Su corazón comenzó a latir impaciente, la adrenalina aumentaba, caminaba de un lado a otro; tanto fue la espera que con sólo ver la lentitud del tiempo se tragó el chicle. Empezó a toser, golpeando su pecho y tratando de respirar calmadamente. ¿Tanto era el nerviosismo que consumía la sangre que corría por sus venas?

Muchas emociones empezaron a florecer en ese momento, la excitación, la emoción, la alegría, el desespero. Quería verla, abrazarla, escuchar su voz, y la melodía de sus dedos al tocar el piano, llenando su corazón de paz y armonía. En especial secar sus lágrimas, aquellas penas sollozadas que no pudo cobijar con sus manos, pero que ahora tenía la plena seguridad que lo lograría. Para Marina no había nada más placentero que hacer sentir mejor a un amigo con sus abrazos y sus palabras de aliento.

Tanto alboroto era el que había en ese lugar que tuvo que salir a tomar aire fresco, relajarse un poco no le vendría nada mal.

– ¿Marina? ¿Eres tú? –

–No, soy Hugo Cháv… ¡¿Alejandra?! ¡Ale!– Marina volteó al ver que le llamaban, encontrándose con alguien a quien deseaba ver desde hace mucho tiempo. – ¡Ah!–

– ¡Ah!– la chica en frente de ella, Alejandra, emitió segundos después un grito, seguido por otro de Marina, para así abrazarse efusivamente. Marina sintió cálidas gotas en su hombro, su amiga lloraba, eran lágrimas que fueron retenidas por tanto tiempo que Alejandra no pudo evitar liberarlas.

–No llores, se te corre el delineador, pareces emo, tonta. – le regaño Marina abrazándole con fuerza. –Estoy tan contenta que estés aquí…– para ambas era un momento deseado, anhelado por meses. Son amigas, muy cercanas, desde hacía ya tiempo. Para ambas era magnífica su amistad, podían confiar en la otra sin temer ser juzgadas, y sentían el placer de sentirse de utilidad para la otra. Eran dos almas bohemias que se complementaban una a la otra, cual pieza de rompecabezas, cual Ying y Yang.

–¿Qué haremos primero? – dijo Marina luego de tan conmovedor encuentro, limpiando las lágrimas que aún corrían por el rostro de su amiga. – ¿Probarnos montones de ropa sin siquiera pensar en comprarla? ¿Tomarnos fotos con extraños? ¿Criticar al prójimo? ¿Comer palomitas en el cine hasta estallar? ¿Maquillarnos con un montón de sueño? –

– Y lo más importante…– le siguió su amiga – rayar las puertas de los baños del centro comercial. – Pero, lo haremos juntas. – Ale detuvo a su acompañante, mirándole con cariño.

– Claro cariñito precioso, sabes que eres mi ponquecito de chocolate. – Ale rió por tal comentario, extrañaba a Marina, su sentido del humor, lo hiperactiva y poco razonable que podía ser; a veces se le podía comparar a un chico con lo desvergonzada que era, pero Ale sabía bien que Marina en el fondo era una de las mejores personas que podía conocer, la consideraba su hermana mayor, a pesar de tener unos meses de diferencia de edad, siendo Marina la mayor.

Con ese pensamiento en mente, ambas se fueron riendo y hablando de trivialidades hacia…

– ¿No deberíamos llamar a alguien? – preguntó la menor.

–… Llamaré a mi hermano. – le respondió a su amiga con una sonrisa estúpida en la cara. Alejandra rió de nuevo, su amiga no tenía remedio, pero era de las mejores cuando no se le encontraba solución a la alocada cabeza de Marina. Porque por eso eran dos almas que se complementaban… dos almas bohemias.