¡Hola!

Ésta es una historia basada en una canción, específicamente en Far away de Nickelback. La hice hace un tiempo como regalo de cumpleaños para una prima, por eso ella es la protagonista.

Espero lo disfruten y les agrade. Se recomienda leerlo escuchando la canción.


Far Away

Camino por la calle con mis manos en los bolsillos de mis blue jeans desgatados y algo rotos, mirando el suelo color gris de la acera. La gente pasa de prisa por mi lado, nadie me ve, todos van apurados, a ninguno le importa que vaya de frente y podamos chocar, ya que más da, a muy pocos les interesa lo que le pase al otro, lo digo por experiencia propia, yo era de esos antes de aquel accidente.

Fue un día de primavera, hace ya unos meses, no recuerdo cuantos, perdí la cuenta por todo el tiempo dormido. Lo que si tengo siempre presente es que me encantaba la velocidad, solía conducir un bellísimo Chevrolet Camaro color amarillo y franjas negras, de última generación, con un motor de 6.2 litros y 400 CV, descapotable, y con su poco peso lograba alcanzar los cien kilómetros por hora en alrededor de diez segundos, amaba ese auto. Sonrío al acordarme de aquel que me acompañó a tantas partes, el que nos dio renombre, el que me abrió camino para conocerte.

Continúo caminando y te veo, pasas por delante de mí y no me ves, apresurada como el resto de la gente; avanzas evitando a cada persona que se interpone en el camino, tu cabello castaño oscuro medio rizado danza al ritmo de tu cuerpo, tu bella sonrisa hace mucho tiempo que desapareció, y en tus ojos castaños claros se refleja tu tristeza, una ocasionada por mi terquedad, mi egoísmo, y el hecho de querer ser siempre el mejor olvidando a las personas que me quieren, siempre pensando sólo en mí.

Te persigo, ignorando a la gente, no interfieren en mi camino, nada ni nadie puede detenerme. Entras en un gran edificio color crema, lleno de puertas y de personas corriendo de un lado a otro, algunos lloran, otras esperan con paciencia, miran sin poder ver, tratando de conseguir respuestas, interrumpen a los que corren sin parar. Tú continúas con rápido caminar, entras por un ascensor y bajas en el cuarto piso, llegas a una puerta con el número 431 grabado, y pasas. Allí te quedarás por horas, como todos los días, como todas las semanas. Me siento en el suelo a esperarte afuera de aquel lugar, y revuelvo mi corto cabello castaño claro, reflejando mis azules ojos en las cerámicas blancas relucientes.

—No vayas —rogaste abrazándome con fuerza.

—No tardaré en volver —respondí quitando tus brazos de mi cuerpo.

—Es muy peligroso. —Unas lágrimas salieron de tus ojos.

—Lo sé —contesté tomando tu cara entre mis manos—. Por eso quiero ir. —Besé tus labios con suavidad y me di la vuelta hacia la puerta.

—Por favor —dijiste con una suave voz—. Quédate conmigo.

Pero no te tomé en cuenta, giré la manilla y salí rumbo a mi Camaro, después de eso nada volvió a ser como antes.

* * * * *

Me levanto y observo por la ventana, la ciudad continúa corriendo allá abajo, intento tocar mi reflejo con las puntas de mis dedos, porque por lo menos eso aún me queda. Me doy la vuelta, y miro la blanca puerta, aprieto mi puño e intento gritar con fuerza, pero nada sale de mi boca.

Me resigno y lamento, pienso en ti, no soy nadie para hacerte esto. Pero aún existe una pequeña y diminuta posibilidad de que todo cambie, si tan sólo dejara de hacerte esperar.

Salgo de allí, nunca me gustó el encierro y menos ahora, me atosigo en aquel lugar, no me deja respirar.

Vuelvo a la calle y camino sin importarme nada, ya que todo perdió el sentido, intenté de muchas maneras, pero aún sigo de la misma forma y aquella luz blanca me está buscando, la puedo sentir en cualquier parte que esté. Me arranco y escabullo por lugares que nunca imaginé conocer, aun así, es insistente y no me da respiros.

Llego frente a una bella casa estilo colonial, con un amplio jardín, el garaje ahora se encuentra vacío, quien lo diría, que el único recuerdo de él, sea la patente que adorna la sala. Miro hacia el frente, tu hogar, el que una vez fue mío, nuestro.

Entro sin mayor esfuerzo, el pasillo continúa adornado con varias fotografías, tuyas, mías, nuestras. Observo a mi alrededor, al igual que lo hago todos los días, esto me mantiene con vida, si es que se puede llamar de esa manera. Avanzo hasta la sala, en la mesa de centro una imagen me atrae como si estuviera hipnotizado. En ella apareces tú, con tu bella sonrisa reluciente, estabas feliz cuando te la tomaron; de fondo aquella cabaña donde solíamos pasar nuestras vacaciones en la playa. Me acuclillo e intento pasar mis dedos sobre tu rostro a través del vidrio que cubre el papel, pero no puedo. Me pongo de pie, aprieto mis puños y le doy la espalda al retrato, camino hacia la ventana y me siento sobre el pequeño apoya pie con la vista para el jardín, y espero, en cualquier momento llegarás de aquel horrible lugar.

* * * * *

Cuando llegué a donde hacen las carreras clandestinas, todos lucían sus autos a la orilla del camino, varias chicas —prácticamente en bikinis—, se acercaban a los conductores. Toqué la bocina, anunciando que él y yo necesitábamos pasar. Todos se hicieron a un lado, nos respetaban, éramos buenos en lo que se refería a velocidad, y más si era con obstáculos; y ese día, la expectación se mantenía atenta, era la gran noche donde inauguraríamos la autopista de mayor velocidad en la ciudad, antes que cualquier otro ciudadano, la cual contaba con una curva cerrada en una de las salidas, la gran meta para todos los que nos gusta la adrenalina del volante.

Estacioné cerca de la línea de salida, bajé de mi Camaro y sentí rugir el auto contrincante, se paró unos milímetros antes de la franja blanca dibujada en el suelo. Un tipo alto, moreno, de cabellos trenzados bajó de un impecable Mustang, tanto él como yo éramos los más reconocidos en las pistas, unos gritos de furor llenaron el ambiente; di unos pasos al frente y saludé con un apretón de manos a mi rival.

—Suerte —me dijo con una sonrisa.

—Lo mismo digo —respondí mirándolo a los ojos negros.

Se dio la media vuelta y subió a su auto, lo mismo hice; encendí el motor y me puse junto al Mustang que rugía con fuerza, esperando que la chica rubia diera la partida.

* * * * *

Me distraigo cuando noto que la noche comienza a caer, miro las estrellas y tu figura da saltos en el jardín para llegar con rapidez a la puerta; en pocos minutos abres y te vas directo a la habitación, no miras hacia ningún lado, no te interesa que alguien haya entrado a la casa, tus ojos están hinchados, otras vez vuelves llorando de aquel lugar.

Corres y cierras la puerta de tu dormitorio, que una vez fue mío, nuestro, de un portazo; entro de todas formas y te veo acostada en forma fetal abrazando una fotografía. Lloras desconsoladamente, no sé qué hacer para que no lo hagas más, lo he intentado, pero no obtengo resultado.

Aprietas aquel papel fuerte contra tu pecho, tus lágrimas caen mojando las finas sabanas de la almohada, me acerco, tu no me sientes; te observo, acuclillado frente a ti, tus ojos cerrados, tu respiración cansada, de a poco se aligera, te quedaste dormida.

Varios minutos más tarde aflojas tus brazos y la fotografía se escabulle de tu cuerpo, la miro, y me veo abrazándote, en una de las tantas salidas que tuvimos a las montañas. Lágrimas amenazan con salir, pero no lo hacen, ya no. Intento tocar tu rostro mojado, aunque no puedo, muchas veces lo he tratado, ya nada es lo mismo.

—Sam —susurras en sueños y te abrazas.

Muevo mis labios, diciendo que estoy aquí, pero no salen palabras, todo se perdió cuando te ignoré y salí rumbo a mi Camaro.

Continúo observándote, quiero tocarte, abrazarte, consolarte, besarte; pero no puedo, por más que intento, me resulta imposible.

Me levanto y me paro junto a las cortinas, te miro y no dejaré de hacerlo, al igual que todas las noches, desde que te conocí, aunque de diferente manera.

* * * * *

La rubia dejó caer el pañuelo blanco, pisé a fondo el acelerador y el motor rugió con fuerza, dejando a su paso el olor de su humo. Atrás, los gritos eufóricos de las personas apoyándonos, tanto a nosotros, como a nuestro rival; adelante se abría paso la autopista iluminada por completo, íbamos codo a codo con nuestro contrincante, ninguno regalaba un segundo, eran cruciales para el desenlace, aquella era la mejor de todas las pruebas que antes habíamos realizado.

No alcanzaba a percibir los focos, lo único que lograba ver eran estelas de luz provenientes de ellos, a la velocidad en que iba, todo se distorsionaba. Fue eso, el mayor problema que tuvimos, no alcanzamos a distinguir que más adelante habían puesto algunas barreras de contención; mi rival pasó sin problemas, en su vía no se encontraba ninguno de aquellos bloques de hormigón.

Mi Camaro se elevó a los cielos cuando recibimos el impacto, el mayor daño fue para él, cayó con las ruedas hacia arriba, goteando aceite, luego gasolina; después de unos minutos estalló en llamas, el único recuerdo que quedó fue su placa patente, que está en la sala.

* * * * *

Los rayos de sol golpean con fuerza tus delicados ojos, los abres con cuidado, te sientas en la cama y bajas la cabeza, suspiras y te pones de pie. Yo continúo junto a la cortina, no me ves, me ignoras. Avanzas con la vista perdida en el suelo rumbo al baño, a hacer tus quehaceres matinales; luego de varios minutos vuelves a aparecer tras esa puerta, no me ves. Buscas tu ropa oscura, últimamente te vistes mucho con ese color negro, no sé por qué lo haces, sabes que nunca me ha gustado. Miro tus ojos mientras te pones la vestimenta, hoy lucen mucho más tristes que los otros días.

Me acerco, pero te pones de pie rápidamente y desapareces por la puerta hacia la cocina; te sigo, tal vez ya pronto aquella luz me atrape, no sé qué pasará si lo hace, me aterra el sólo pensarlo, no quiero dejarte.

Te mueves de un lado a otro, buscando algo que desayunar, preparas café, quizás con algunas tostadas con mermelada.

Te observo parado en el umbral de la puerta, tu mirada siempre fija al suelo, o a lo que estás haciendo, nuevamente no me ves, no me percibes; pero yo a ti sí, me siento feliz, porque tal vez mañana ya no pueda hacerlo.

—Te amo —articulo aunque sé que no me oyes—. Lo siento por todo lo que te he hecho, daría cualquier cosa por volver el tiempo atrás y escuchar cuando me pediste que me quedara. —Continúas preparando tu comida matutina, sin prestarme atención—. No sé qué hacer, no sé como volver a ti, y ella me busca, creo que para la próxima vez no podré arrancar. —Un plato se desliza por tus finos dedos y cae golpeando con fuerza el suelo, se rompe en varios pedazos—. No te rindas, por favor. —Dejas tus manos al borde del lavaplatos, bajas tu cabeza y lloras desconsoladamente—. Te amo y no te dejaré —pronuncio aunque sé que no me escuchas.

—Te extraño —susurras y dejas tu cuerpo caer junto al plato, quedando sentada, te abrazas apretando tu vientre, cierras tus ojos con fuerza, y las lágrimas caen sin parar.

Me acerco a ti, no me sientes, aunque me tengas al frente; intento tocar tu cabello, pero no puedo, tu llanto me rompe el corazón, si es que aún lo tengo.

—Te necesito —sollozas dejando tu cuerpo pegado a la fría cerámica del piso.

—Perdóname —se mueven mis labios, aunque mi voz no salga.

Sales de la casa, como todos los días, te sigo. Subes a un bus, y yo junto a ti, aunque no me veas. Observo los alrededores, no vas donde siempre, aquel edificio color crema no es tu destino. Detienes el móvil y bajas frente a un gran parque, lo reconozco al instante: es donde nos conocimos.

—¿Ése es tu auto? —preguntaste mirándolo con asombro.

—Así es —respondí dejando de quitar la cera—. ¿Te gusta?

—Es muy lindo —contestaste sin dejar de mirarlo.

—¿Te he visto en otro lado? —indagué tratando de poner tema de conversación.

—No lo sé —respondiste clavando tus ojos en mí—. ¿Vas a las carreras?

—Siempre —le sonreí, tú también lo hacías.

—Tal vez allí nos vimos —dijiste mirando el tapizado de los sillones.

—¿Te gustaría dar una vuelta? —pregunté esperando un sí como respuesta.

—Me encantaría —quitaste la vista del interior del auto, y la fijaste en mí.

Hice un gesto para que entraras, y así lo hiciste, rodeé el auto y entré en el piloto, su motor rugió de manera bellísima, por unos momentos pensé que se lucía frente a ti. Arrancamos y anduvimos por varias calles a velocidad media, no quería asustarte, te gustaba ver las carreras, pero no sentir en carne propia lo que era atravesar la ciudad en pocos minutos, donde apenas el viento nos viera pasar.

* * * * *

Te detienes frente a un árbol, das una vuelta a su alrededor y observas una marca hecha con un cuchillo. Yo apenas entraba a la universidad, tu todavía no terminabas el colegio, ya éramos novios y decidimos inmortalizar nuestro amor, dejando la marca de S y V envueltas en un corazón flechado, hace tantos años atrás. Pasas tus dedos con suavidad sobre la S, las lágrimas vuelven a tus ojos, abrazas el árbol, dejando tu rostro apoyado en la inscripción.

Intento poner mi mano en tu hombro, que sepas que estoy contigo, apoyándote, pero todo es inútil, no me sientes, no me ves.

Te sientas sobre el césped, dejando tu espalda apoyada en el árbol; me siento junto a ti. Sacas una fotografía de tu cartera, una donde aparezco junto a él, mi fiel compañero; pasas tu mano por mi rostro sonriente, y algunas lágrimas caen sobre él.

—Te amo —susurras—. Y nunca dejaré de hacerlo.

Algunas horas pasan y te pones de pie, ya es tiempo que vayas a aquella habitación. Caminas rumbo a la parada del autobús, esperas que llegue, mientras secas con tus dedos alguna que otra lágrima que se escabulle de tus ojos.

Camino mirando el suelo, la gente pasa por mi lado sin importarle nada; avanzo sin perder el rumbo, hasta que llego a mi destino. Observo el edificio color crema de más de seis pisos y entro, debo llegar a aquella habitación, ya sé que tú estás allí, pero tengo que entrar y verte, la siento cerca, esa luz ya casi me encuentra.

Yo sé lo que encontraré al otro lado de esa puerta, varias veces he estado allí, pero nunca contigo. Me armo de valor y entro, estás sentada junto a una cama, en ella el cuerpo de un chico de no más de veinticinco años, conectado a un respirador artificial y suero, se encuentra en coma desde que tuvo un accidente automovilístico, su cuerpo quedo con múltiples heridas y fracturas, el fuerte golpe en la cabeza lo dejó sin poder reaccionar, pero tuvo suerte —según los del rescate—, ya que su auto explotó segundos después que lo sacaran.

Tu mano sobre la de él, miro la mía y puedo sentir un pequeño cosquilleo, ya casi inexistente, recuerdo los primeros días, si me tocabas, lo sentía como si aún fuéramos uno, ese cuerpo y yo. Me acerco y lo veo, con los ojos cerrados, sin poder abrirlos, lo toco intentando nuevamente poder volver a él, pero es imposible, desde que sus parpados se juntaron, nos dividimos.

—Ya es hora —dice un médico entrando a la sala.

—No todavía —respondes poniéndote de pie—. No quiero que lo hagan.

—¿Quieres que descanse? —pregunta tomándote de los hombros.

—Sí quiero —contestas bajando la mirada—. Pero no todavía. —Volteas y te aferras al cuerpo.

No sé qué pasa, lloras sobre el que antes fue mi forma, y los médicos intentan calmarte, aunque sin resultado. La luz se aproxima, puedo sentirla cada vez más cerca, ¿será que ya no podré arrancar más?

—Debemos desconectarlo —habla con suavidad el médico intentando sacarte de encima del que duerme.

—¡No! —gritas abrazándolo con fuerza, y es cuando entiendo todo.

Estoy lejos, muy lejos, no puedo consolarte, y muy pronto ya no te volveré a ver más, la luz está casi sobre mí.

En un intento desesperado por detener mi destino, me acerco a ti y te abrazo, no sé si me percibes, pero yo a ti sí, me acerco a tu oído, y puedo sentir el olor de tu cabello, de tu cuerpo, de tu persona.

—No me dejes, por favor —susurro, por un momento tus llantos cesan—. Te necesito, te extraño, no puedo vivir sin ti. —Lágrimas empiezan a salir de mis ojos, esas que habían desaparecido desde el accidente—. No me dejes, sostenme en tus brazos y no me sueltes. Estoy lejos, pero a la vez cerca; estoy aquí, junto a ti, siempre lo he estado y lo estaré. —La luz llegó a la habitación, me observa, la observo—. Te amo.

—Debes venir conmigo. —Una voz ronca sale del interior de aquella luminosidad.

—No quiero —respondo sin dejar de abrazarte.

—Debes hacerlo —ordena—. Tu tiempo aquí ya terminó.

—No lo haré —contesto ignorando todo tipo de orden—. No la puedo dejar.

—Ella está viva —su voz ronca suena con calma—. Tú, no lo estás.

—¡Aún respiro! —grito aferrándome a ti, aún lloras.

—Vuelve —dices entre sollozos acercándote a los labios del cuerpo, los besas con ternura y puedo sentir en los míos todo el sabor de tu boca.

No sé qué pasa, me siento extraño, la luz de a poco empieza a desaparecer, al igual que todo a mí alrededor, grito, pero no sale mi voz, no quiero irme, no quiero dejarte. Todo se vuelve oscuridad.

Una pequeña luz logro distinguir, y luego tu sonrisa en medio de tu cara empapada de lágrimas, los médicos me observan con extrañeza, y siento todo mi cuerpo adolorido, vuelvo a cerrar mis parpados, mientras me examinan, pero una firme mano me sostiene todo el tiempo, sé que eres tú, y que no me dejarás, como yo tampoco lo haré contigo. Éste donde éste, y pase lo que pase, estaré a tu lado.

Fin


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Espero que sí. Si desean dejar algún comentario o algo, son bienvenidos.

Muchísimas gracias por leer.

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