Original para Retos Ilustrados
Retos sueltos
Reto N°29: Inocencia.


El techo era de chapa y cada cosa que golpeaba en él retumbaba en todas las habitaciones. Lo mismo sucedía con la lluvia; cada gota que caía provocaba un sonido agudo. La primera gota la había despertado de sus dulces sueños, y las que le siguieron no hicieron sino aumentar sus miedos.

Desde que tenía uso de razón que la lluvia la asustaba. No sabía a qué se debía, pero cada vez que escuchaba el alboroto que se armaba comenzaba a temblar como una hoja. Y así, con sus temblorosas manos, se ocupó de subir su frazada hasta tapar la mitad de su rostro mientras que sus párpados se apretaban con fuerza como si eso contribuyera a apartar a aquellos fantasmas que la atormentaban desde tiempos inmemoriales.

De repente un fuerte trueno retumbó a lo lejos, pero fue suficiente para que terminara de asustarse y, convencida de que si seguía allí no lograría conciliar el sueño, se puso su bata y un par de pantuflas para ir a otro lugar.

La oscuridad del pasillo también la atemorizaba. Daba gracias a que la habitación de su hermano se encontrara justo en frente para no tener que deambular mucho por ahí. No se fiaba de lo que pudiera hallarse en la negrura de la noche.

Como era costumbre, ingresó en la habitación de Jake sin tocar a la puerta. Él no era tan ordenado como ella. Solía tener todas sus cosas desparramadas por el suelo; desde ropa y calzado hasta juguetes y algunos objetos que deberían estar en el basurero. Para evitar tropezar con cualquiera de ellos encendió la luz y su cabecita se torció levemente al ver lo que el mayor hacía.

Estaba acostado en su cama, destapado, con una mano dentro de sus interiores y la mirada curiosa enfocada en el techo. Así permaneció hasta que se percató de la presencia de Alanis, entonces volteó a verla sin dejar de lado lo que hacía.

—Mamá dijo que no debemos hacer eso. Es sucio —exclamó la niña, viéndolo con reproche.

No entendían por qué. Sus mentecitas inocentes de cuatro años y medio no concebían que el tocar una parte de su cuerpo pudiera ser sucio, por ende no encontraban sentido al reto de su madre. Además, los adultos tenían esa mala costumbre de nunca explicarles por qué algo estaba mal, lo cual contribuía a que siguieran haciéndolo en un intento de descubrir por sí mismos cuál era el problema.

—Mamá no sabe —dijo el menor, quitando la mano de donde la tenía. Se sentó sobre la cama con las piernas cruzadas, sin perder contacto visual con la pequeña—. Me bañé hace poco, ¿cómo puede estar sucio?

Dan se quedó pensando en eso, asintiendo suavemente al encontrarle lógica. Si luego de bañarse las personas quedan limpias entonces no puede ser sucio tocarse ahí, porque está limpio. Quizás su madre se refería a que no debían hacerlo cuando estaban sucios, porque podían ensuciarse aún más.

Se acercó a la cama de su mellizo, sentándose a un lado de éste y se miraron. Hacía muy poco que habían descubierto ciertas partes de su cuerpo, y muchas interrogantes había surgido en base a ello. Para empezar Jake tenía algo que ella no, cosa que no le gustaba para nada. Todos decían que eran iguales y ellos estaban felices de serlo, pero un día descubrieron que no eran tan iguales como pensaban.

Alanis quiso preguntarle a su madre el por qué de esa diferencia, sin embargo la mujer había dado por zanjado el tema antes de que comenzaran a hablar, diciendo solamente que ninguno de los dos debía ver al otro ahí, y que tocarse era sucio.

Nunca retrucaron porque sabían que de hacerlo los hubiesen regañado, pero a pesar de ello no estaban de acuerdo. Alanis era muy curiosa, y cuando le pedía que se lo mostrara él no se oponía. A pesar de lo que dijeran los demás, ellos no veían nada de malo y si nadie los veía no tendrían problemas, por lo que bastaba con cuidar que nadie se enterase.

Un nuevo trueno resonó, provocando que la pequeña comenzara a temblar otra vez. Su hermano estaba acostumbrado a eso, siempre que llovía la tenía allí, pidiéndole que la dejara dormir a su lado. Nunca se opuso, y no comenzaría en ese momento.

—Ven —murmuró, corriendo las sábanas para que pudiera acostarse a su lado.

La pequeña, ni lenta ni perezosa, obedeció, recostándose a su lado. Le dio un beso en los labios, como habían visto que los mayores hacían, y se acurrucó en su pecho dejando que la tranquilidad del otro la contagiara y pudiendo así caer dormida.

El amanecer encontró a los hermanos profundamente dormidos, abrazados. Sus caritas de niños reflejaban la candidez de sus acciones, criticadas por muchos pero que para ellos no escondía maldad alguna.

~Fin~


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