Entre las manos tuyas.

Bien, me decidí a empezar este proyecto, que se ambienta en Chile, al borde del Golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1973. Llevaba varios meses queriendo hacer esto, pero no había tenido tiempo, y la verdad, hilar personajes, inventar sus situaciones personales, y enredarlas con la historia…no es sencillo últimamente.

Pero en fin, hice el intento, y lo someto al buen juicio del lector.

Capítulo 1. Soledad.

Era de madrugada, y Lucrecia no podía dormir. Encerrada en su habitación de celestes artesonados, presa de las sombras que se extendían como garfios sobre las sabanas afrancesadas, creía escuchar un vestigio letárgico de llanto.

'El imbunche…' pensó petrificada, imaginando al horrendo monstruo que vendría para sacarle las entrañas y darle la vuelta a su piel, pero pronto se dio cuenta que era una voz sofocada. Paralizada de horror, se escondió bajo las sábanas, y tomando el escapulario de la Santísima Virgen de los Remedios, comenzó a rezar por el alma en pena que seguramente le pedía hacerlo a través de esos lastimeros y lejanos quejidos.

Fueron minutos de tensión en los que circunvalaba las oraciones sin saber qué era lo que decía. Tuvo que hacer acopio del poco valor que puede tener una pequeña de 8 años para salir de la cama e investigar, porque el Diablo ronda en la noche por los espejos, como le decía siempre Mamá Lita, para cultivarle el recato propio de un alma de Dios, y evitarle la vanidad, que ya se adivinaba en la magnífica lucidez de su semblante.

Sus piececitos tocaron el suelo helado, pero no lo sintió, porque se estaba congelando bajo la infinidad de cobertores que la cubrieran minutos antes. Avanzó con pasitos ínfimos, y cuando giró la perilla de la puerta y se encontró de golpe con la tenue iluminación del pasillo aterciopelado de blanco, cerró la puerta por instinto. El Diablo, en el gran espejo del salón…

Quiso gritar, pero no le salió la voz. Rompió la gargantilla que sostenía el escapulario, implorando la protección de la Virgen, pero la fe le quedó corta, y permaneció hecha un ovillo en el piso por varios minutos.

- '¡Ay, Virgencita, Ay, Virgencita!' imploró hilvanando las mismas palabras en una procesión interminable, hasta que la tranquilidad le calentó los frágiles huesos de niña mimada, y pudo ponerse en pie de nuevo. 'No temeré, porque Dios está conmigo' siguió murmurando para sus adentros, rememorando erróneamente salmos bíblicos, mientras giraba la perilla sin querer hacerlo. No miró el espejo, poniendo la mirada en los pálidos muros, caminando siempre en la dirección perentoria de donde provenía el susurro.

Era la habitación de sus padres. No abrió la puerta, porque había sido educada por una estricta monja ferviente, virtuosa y fanática. Permaneció quieta al otro lado de la puerta, con el oído pegado a la caoba oscura que le impedía el paso, y mucho se sorprendió cuando escuchó la voz de su padre, siempre tan fresca, y en ese momento, trastornada, rebosante de pravedad.

- '¡Cállate, mujer! Mira que si los niños despiertan, te daré una paliza para que llores por algo que lo amerite…

Lucrecia no supo si estaba despierta o dormida, tampoco supo de quién era la voz que había hablado así, infestada de un odio recalcitrante, y asumió que era el Maligno hablando con la voz de su padre. Fue irresistible el sentimiento que se apoderó de ella, y como una enajenada, corrió hacia el espejo. Con parsimoniosa desidia, lo golpeó hasta el límite de su resistencia, logrando partirlo por la exacta mitad. Fue como una revelación.

Cuando el espejo se le vino encima, quedó tirada en el suelo, inerme. El gran estrépito despertó a toda la familia. Fue Mami Lita quien lloró lágrimas de sangre junto a su amadísima pequeña, '¡Jesús bendito!, Lucita, ¿Qué te pasó? ¡Doctor Riveiro!¡Doctor Riveiro! ¡Por favor, alguien! ¡Mi niñita se me muere! ' mientras su padre, con las manos enrojecidas, y su madre, con la dignidad violada, no pudieron hacer sino mirar.

Lucrecia Ramírez de Anda y Avellaneda despertó tres días después en su habitación de dulces olas celestes y sábanas rosadas y vaporosas como la seda. Tenía todo el cuerpo vendado, y no pudo mover sino los ojos, implorándole a Mamacita Lita que se acercara.

Por lo que se enteró después, cuando tuvo pleno uso de razón, y ya podía articular palabras, tuvo mucho tiempo para agradecer. Supo que había hablado en sueños, rogándole a su padre, llamándole Demonio, que dejara de golpear a aquel hermosísimo ángel enviado por el Señor. Fue tanta la vivacidad del sueño y tanta la angustia en la que parecía sumida, que Agustín Ramírez – Dos Sicilias no pudo soportar el trance, y se echó a llorar su despedida en las manos incoloras de la pequeña. Cuando por fin sintió que su pena había sido saldada, se levantó histriónico, ya sin lágrimas, y se dirigió a su habitación, tomando a todos efectos, solamente la cartera.

- 'No, Agustín, puedes pegarme todo lo que quieras, pero no te vayas. ¡Piensa en tus hijos!... ¡Piensa en Lucrecia! ¡Acaba de tener este percance y tú…! – y entonces, Clara de Anda y Avellaneda se abalanzó sobre él, buscando sus labios. Cayó intempestivamente al piso, aturdida, con la mejilla ardiendo por el bofetón propinado por el Duque de las dos Sicilias. Entonces supo que no había vuelta atrás.

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Seguramente esta es la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación.

Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron […] Ante estos hechos, sólo me cabe decirle a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente.

Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen... ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi patria: Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas, esperando con mano ajena reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros; a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días estuvieron trabajando contra la sedición auspiciada por los Colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas que una sociedad capitalista da a unos pocos. Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron, entregaron su alegría y su espíritu de lucha. Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos... porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando la línea férrea, destruyendo los oleoductos y los gasoductos, frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa, lo seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi patria: Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición, pretende imponerse. Sigan ustedes, sabiendo, que mucho más temprano que tarde, de nuevo, abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza, de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

- Van a bombardear la Moneda, mamá… - dijo Lucrecia, con su voz de contralto destemplada, en ese tono que usaba cuando emitía una de sus desgraciadas profecías.

- ¡Qué tonterías dices, hija! ¡Bombardear la moneda!...

- ¡Es el final, madre! ¿Qué será del compañero Presidente?

- El ejército sólo quiere recobrar la paz que teníamos antes de estos tiempos turbulentos, de socialismo y panoplia. Verás cómo lo ponen en un vuelo a Cuba para que pueda tomar sus helados a diario con el Castro ése.

- ¡Van a quitarle las tierras a las pobres familias de todo el país! ¡Verás cómo ni siquiera tu afán de ignorar el sufrimiento alrededor tuyo, puede hacer milagros!

Lucrecia se levantó, indignada, furibunda. Miró a su madre y no la reconoció, de aquella mujer distante e impalpable, que parecía vestida siempre de muselina blanca, sólo quedaba el recuerdo. Frente a ella, varios centímetros más alta y todavía muy hermosa, se erguía una Señora de cabellos blondos y cuello altivo, con oronda gargantilla plateada y pendientes que bien podrían alimentar a un país tercermundista completo. Estaban separadas por un abismo insalvable desde la partida del Padre, cuando Clara de Anda y Avellaneda se propuso no pensar en él, tomando el modelo de vida más superficial que pudiera improvisar. El resultado era aquella mujer afectada, de porte aristocrático y alma descompuesta, con oídos para la gente 'bien' y sorda para el llanto del mundo verdadero.

Muchas veces quiso gritarle, obligarla a acompañarla a la Vicaría, para que comprobara por sus propios ojos que los curas no eran socialistas caníbales, y que los pobres eran muchos, pero sabía que su madre no tenía juicio desde aquel encuentro con el espejo, muchos años atrás.

Clara de Anda y Avellaneda tendría que tener en sus manos el cadáver de su madre, para comprobar la realidad de las cosas, y cuán hondo podía llegar el espíritu humano, pero eso sería más tarde, cuando el racionamiento le hubiese arrebatado sus joyas, y las hubiese puesto en los boudoirs de las esposas de los capitanes, y cuando no pudiera encontrar algo que llevarse a la boca, en las muchas ocasiones en que tuvo que rogar un poco de compasión.

- Lucrecia, ¿a dónde vas?

- A donde el Cardenal.

- Pero… los militares están en las calles. Quédate aquí, por lo menos así estarás segura.

- ¡Cuándo vas a entender que tu apellido y tu dinero no les van a importar un carajo, madre!

Hubo silencio de pronto, en que los ojos de ambas se encontraron. Luego, sin aviso ni motivo explícito, le propinó una cachetada tan fuerte, que pudo sentir como le reventó algo en la quijada. Lucrecia nada dijo, se limitó a volver el rostro con soberbia, viéndose totalmente ridícula. Dio media vuelta, y desapareció en el umbral.

Clara de Anda y Avellaneda tendría toda la vida para lamentar ese golpe.

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- He venido, Su Ilustrísima, porque no he encontrado otra persona en quien confiar este secreto. Usted sabe cuál es mi postura para con la Iglesia desde aquel incidente con el espejo, pero le tomo en cuenta porque… ponerse a cuestas el peso del prójimo, aunado al de uno mismo, prueba una virtud munífica. Y usted… -calló entonces, porque el Cardenal detestaba cualquier tipo de adulación, y decidió ir al grano. – Señor Cardenal, el compañero Presidente…

- ¿Está en el Palacio de la Moneda, que será bombardeado? – le interrumpió de nuevo, con un dedo en la sien derecha. Lucrecia lo miró perpleja. – Esta información es de mi conocimiento desde ayer en la noche, querida hija. Tú sabes que las ramificaciones de nuestra Iglesia y dos mil años de experiencia nos dan más que suficiente para aprender el arte del contra - espionaje. Estamos haciendo hasta lo imposible para asegurarnos de que no haya muchos muertos. La pregunta aquí es, ¿Cómo te enteraste tú?

- Me fue revelado en un sueño. – dijo, y bajó la cabeza. No le sonaba muy convincente, y sabía que el Cardenal tampoco creería una explicación tan románticamente fantasiosa.

- Ya veo.

- Pero usted no puede decir nada… ¡Nada, Señor Cardenal! He venido arriesgando el cuello para hacerlo partícipe de esto. Debe comprender que…

- ¿Es secreto de confesión? Pero hija, tú bien has dicho que no eres católica. – añadió con un sonrisa picaresca. Lucrecia comprendió, e hizo el gesto de besarle el anillo, pero el Cardenal retiró la mano a toda prisa, y sin ínfulas, la acompañó hasta la puerta de la Vicaría - Vé con Dios, pequeña. Quizás otro día me digas lo que venías a decirme.

Como siempre, Lucrecia tenía la impresión de haber sido burlada, pero no podía poner en palabras porqué seguía visitando a ese anciano más bien chaparrito, que la hacía sentir segura, feliz, y a la vez estúpida.

De un momento a otro, sintieron una sacudida ligera, y la interpretaron como uno de los tantos temblores pequeños de esa geografía de perdición, pero supieron que no lo era, cuando vieron pasar frente a ellos los contingentes de carabineros. El Cardenal se mantuvo impasible, viendo a cada uno de ellos a los ojos, recriminándoles cada uno de sus pecados libertinos. No le importó cuando lo sujetaron por los brazos y le llevaron a la Gendarmería, para interrogarlo. Lucrecia intentó defenderle, pero por toda respuesta recibió un culatazo en la boca, que le ensombreció el mundo durante varios minutos.

- ¡Pero cómo se atreven a golpear a una Señorita! – rugió el Cardenal, y ese hombre pequeño y menudo empujó a los dos soldados que se lo llevaban, reventándole la boca al que había atacado a Lucrecia. Se arrodilló con rapidez entonces, para sostenerla.- ¡Inhumanos, malditos! ¡Con qué derecho hacen esto!- empezó a gritar, pero otro soldado se apresuró a apuntarle con su arma, ordenándole que se levantara y no opusiera resistencia.

Lucrecia fue ayudada por una de las jóvenes voluntarias que hacían servicio comunitario en la Vicaría. Ella, llorando de rabia, la cargó en sus espaldas de campesina, y la depositó bajo el Cristo atávico y sangrante, mientras corría por algo de alcohol para reanimar a la muchacha.

Entonces, pasó. Un silbido portentoso surcó el aire, despertando por completo a Lucrecia. Se levantó entonces, los ojos abiertos como dos lagos de pétreas aguas, pudiendo ver, con todo lujo de detalles, el momento en que un avión se acercó al Palacio de la Moneda. Segundos después, una gran explosión le hizo saber que el Palacio había sido arrasado. Observó, aún partida de dolor, cómo se desmoronó la Cúpula de mármol, en una nube de infusiones extrañas, y un gritar de mil demonios, y cómo las mujeres que recién habían salido del Palacio eran conducidas sin bulla por una calle cerrada.

Corrió entonces, empujando a la joven que recién le había ayudado a regresar en sí misma, hasta el pequeño automóvil que con tanto esfuerzo había comprado, y se dirigió al Palacio, para ver con sus propios ojos lo impensable. Fue detenida, sin embargo, tres cuadras antes de su meta, siendo informada que tenía que retroceder. Entonces, se aventuró a la Universidad, para ir en busca del Profesor Martínez Ferriol, porque temía por él. Se encontró con las puertas cerradas con cadenas pesadas. El portero apenas pudo decirle que los militares habían saqueado el lugar dos horas antes, y que él se mantenía ahí porque no podía desertar a su puesto. Lucrecia se ofreció para llevarlo a su casa, pero el hombre no se movió de donde estaba, y ella decidió regresar después. Anduvo dando vueltas por el centro de la ciudad durante horas, y no se enteró del Edicto de la Junta militar, que establecía un toque de queda obligatorio. Es por eso que no supo porqué había sido detenida hasta que su madre acudió angustiada a la Gendarmería a buscarla.

El Cardenal se encontraba fuera de la Oficina del Coronel, esperando su turno para la revista, pero brincó varios metros al observar a Lucrecia ser abandonada en una celda. De inmediato se levantó y corrió hacia ella, preguntándole en susurros qué había pasado. Ella nada dijo, porque no alcanzó a hacerlo. Un carabinero se presentó ante él, informándole que el Coronel le 'pedía' que pasara a su presencia.

- Estarás aquí a lo sumo esta noche, porque tu madre no puede salir de tu casa, pero sin duda mañana sales libre. Ten fe, pequeña.

Ella se quedó sentada, junto a las heladas barras de metal, observándolo alejarse. Cerró los ojos entonces, para esperar sin angustia, pero un grito en el pecho le arrebató el sosiego, y no pudo ya siquiera intentar dormir. Se dio cuenta de que ella era una entre muchas personas en esa celda, que como ella, aunque por razones distintas, habían desobedecido el toque de queda, y habían terminado allí. Ése sería el comienzo de una serie de eventos horribles y trágicos que empezarían a develarse, aún cuando Clara de Anda y Avellaneda rehusaran todas las evidencias que tenían ante las narices. Tendrían que esperar casi dos décadas, para respirar una vez más la libertad.

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Si fue de su agrado, ¡Qué bueno!, si no lo fue, ¡Lástima, a mí me gustó! :D Ya, en serio. Espero que les haya gustado aunque sea un poquito. Sé que mi prosa a veces resulta forzada, pero créanme, no es fácil escribir con el tiempo encima, y sin embargo, siento que es mi deber XD.

Nos vemos en otra entrega.

Sus comentarios son bienvenidos, por cierto :D

Otra cosa, esta historia es anacrónica, sincrónica, y rara. Si se revuelven con los tiempos, se friegan xD. Nos vemos! :D