Marcar la diferencia

Marcus había ganado en el arcaico pero siempre perenne "piedra, papel o tijeras" de nuevo y, por eso, ella se encontraba en el asiento del copiloto mientras su compañero manejaba la autonave con el entusiasmo y una impulsividad parecida a si jugara a la realidad virtual.

Sin embargo, Wilara no estaba viendo cómo iban a tanta velocidad que las luces de los demás transportes o las estrellas a millones de años luz, parecían ir demasiado rápido alrededor; ni hizo uno de sus acostumbrados comentarios, como que el gobierno de las Bases Espaciales Civiles debería regular más el espacio entre éstas, para que el tráfico entre las 9 ciudades fueran más seguro… O el clásico: "¡Baja la maldita velocidad, o deja de subir y bajar como un lunático, que juro que vomitaré sobre ti!".

No. Ella estaba muy ocupada releyendo los informes holográficos, mientras pasaba de ellos a los videos de la escena del crimen, como para corroborar lo leído. Sus ojos totalmente concentrados y su boca algo contraída.

—Sigue siendo otro asesinato más, Herrera. —tuvo que decir Marcus, mientras paraba del todo, esperando en la fila de la entrada de "Terpsícore".

Terp, como le decían coloquialmente; era una de las Bases más grandes, en la que habitaban unas cuatrocientas cincuenta mil personas. Era una mole gris de metal, con forma parecida a un grueso cono invertido. Casi en la base de la punta estaban las "entradas/salidas" para el exterior, desde donde varios autonaves hacían fila, rodeando ese cono. Frente al auto amarillo con azul de ellos, que los distinguía como personas de la ley, iba un autobús escolar (donde un niño como de 6 años y rubio insistía en verlos totalmente concentrado) y, atrás, iba un auto rojo. Tal vez en una moda "neoretro", casi todas las autonaves emulaban las formas de los automóviles de principios del siglo XXI, pero sin las ruedas.

La respuesta de Wilara le llegó varios segundos después de que él hablara, algo que hacía comúnmente cuando estaba muy concentrada.

—Sí, puede.

Ella había usado el tono de: "yo soy la agente especial experta en la ley y tú sólo el investigador; por lo que ni me esforzaré en tratar de explicarte las implicaciones del caso".

Marcus la volvió a ver con el ceño fruncido. Aunque Wilara Herrera a simple vista parecía una mujer de unos 40 años y frágil, por su marcado albinismo junto a contextura delgada; él, que había sido su compañero en la Sede Central de Investigación y Resolución en Transgresiones de la Ley por cuatro años, sabía lo terca y intrépida, en cierta forma, que podía llegar a ser cuando algo chocaba frontalmente con sus muy rígidas concepciones de justicia.

Y veía los signos: ella estaba empezando otra vendetta, en la que él se vería implicado por pura inercia y, que era lo que le preocupaba, sin saber a cuenta de qué.

Dejó ir unos metros la autonave, cuando el bus se movió al frente… Terp aún estaba tan lejos que no podía distinguir entre tanto gris y algunas luces, los ventanales en ella.

—OK… Según yo, lo único que lo hace diferente es que el asesino llamó a la Seguridad interna de Terp y esperó junto al cuerpo a ser capturado —Wilara seguía leyendo algo rápidamente, pero él sabía que no se estaba perdiendo de oír lo esencial de lo que le decía—. Francamente, lo único que me extraña es que la jefa nos enviara a nosotros. Casos tan fáciles, prácticamente pueden ser procesados por la seguridad interna de cualquier nave; antes de que un recién salido de la academia nuestro, se haga cargo de acusarlo en el juicio.

Oyó un bufido de mal humor por parte de ella y Marcus la volvió a ver. La miraba que le enviaba, le hizo sentir como aquel novato en Crímenes Mayores que fue cuando lo dieron a la "tutela" de ella… los 7 años que Wilara le llevaba, de repente se habían convertido en, al menos, 50…

—¿Qué sucede?

—Sí, tienes razón. Será como un caso más… los de arriba se harán cargo de eso.

Marcus la miró con los ojos muy abiertos. Ya sabía que ella era de esas personas que ponían en tela de juicio cosas como los dispositivos de rastreo de la salud que se implantaban en todo recién nacido. Luego recordó que, después de que les aceptaran una orden, se podía rastrear hasta un mes de los lugares en que las personas han estado, gracias a ese dispositivo.

Avanzaron un poco más. Ella había dejado de ver los hologramas, mientras Marcus se mantenía en total concentración, recordando lo que había pasado en la mañana antes de que su compañera saliera de la oficina de la jefa y le presentara el puño diciéndole: "Rápido, que tenemos que irnos ya a Terp. Una mujer fue asesinada ayer". Ella usó tijeras y él, piedra. Luego se recordó oyéndola decirle los pormenores del caso, mientras se ponía su chaqueta y salían al aparcamiento: Un hombre había matado a golpes (aparentemente, a base de puñetazos y patadas) a su esposa. Luego de eso, se había entregado y mantenido en silencio por horas.

Cuando se dio cuenta de lo obvio, se sintió estúpido por no verlo antes:

—La jefa no te dio el caso, tú lo fuiste a pedir. Sino, no sabrías tan rápido los pormenores… ¿Conoces a alguno de los implicados?

Ella estaba muy ocupada acercando su insignia al escáner de la persona en cabina, a pocos metros de la entrada metálica de Terp. Él hizo lo mismo. Casi al instante pudo seguir y, en vez de andar directo al enorme aparcamiento, o a la salida para la carretera interna; dio la vuelta a la derecha (como le había indicado el guardia) para entrar a un aparcamiento sólo para funcionarios del gobierno.

—Fuimos amigas de niñas. No la veía en más de 15 años. Me di cuenta de su muerte porque la información cruzó de su familia a la mía rápidamente…

—Ya. —dijo él sin más. Ambos sabían que había más en la historia que eso, pero que Marcus no preguntó más porque le respetaba su silencio.

Pocos segundos después, ella decía:

—Sí, ya llegamos.

—"Los estamos esperando en la entrada Sureste" —Le respondió un hombre con bigote negro, en el holograma frente a su compañera. Wilara asintió.

Marcus siguió entre los autos, buscando el lugar más cercano a la entrada, por lo que apenas pudo vislumbrar la expresión compungida del jefe de seguridad que tenía a cargo el caso.

—¿El señor Ventacourt ya dio su declaración? —preguntó él.

No, aunque con lo de la llamada a emergencias, me parece que es suficiente para inculparlo. ¡Por cierto! Estamos esperando que nos acepten la orden de autopsia para la víctima.

Marcus frunció el ceño sobremanera. ¿Aún no tenían la orden? ¡Pero si eso era algo que se conseguía prácticamente al instante!

Sintió esa necesidad de ver a su compañera. Y ella le devolvió la mirada como queriendo decirle mucho, sin embargo, él no logró entender qué. Se volvió al jefe de seguridad mientras Marcus encontraba un lugar en donde aparcar.

—Yo soy una experta en la ley. Cuando lleguemos se la hago.

Los espero. —y el holograma desapareció del cristal delantero.

La autonave bajó el medio metro que lo separa del suelo de metal y los dos bajaron. Caminaron unos 50 metros hasta que se encontraron con el jefe de seguridad interna, un hombre muy alto y robusto, que tenía cara de que en sus tiempos mozos, pudo haberle dado una lección a dos tipos como Marcus a la vez.

Después de darse los saludos del caso, él los llevó a un ascensor que, después de un laberíntico y silencioso recorrido, les dio la salida en una muy abarrotada y bulliciosa oficina. Cuando se dieron cuenta de quienes habían entrado, el silencio de las personas fue tan rápido, que se podía oír el bisbiseo muy bajo de la energía atómica con la que servían los ordenadores.

Un joven se acercó al jefe y le dio reportes que nada decían a los dos recién llegados.

El jefe asintió y luego, les hizo un ademán con la cabeza a ellos, como pidiéndoles que se explicaran por algo que ellos ni sabían que tenían que dar cuentas.

—¿Qué quieren hacer primero? —les preguntó, ante el silencio de los dos.

—Veremos el cuerpo y luego, le firmaré la orden.

Marcus no dio a entender lo extraño que le pareció que ella no decidiera ir a por el acusado.

El hombre pareció dudar de que esas fueran las prioridades, pero, ante la mirada dura de su compañera, miró a uno de los tantos uniformados y dijo:

—Seastone, llévelos a autopsias.

—¡Sí, señor! —el saludo militar los tomó desprevenidos.

Los dos siguieron a un joven que parecía recién salido de la academia, o hasta menor. Llevaba muy ufano el horrible uniforme amarillo con verde que debían vestir las personas del orden de menor rango. Su cabello pelirrojo muy claro, hacía que su uniforme se afeara exponencialmente.

Después de pasar por otro ascensor, fueron a dar a un pasillo. El guía tocó la puerta justo frente al ascensor y, después de que la materia de la puerta que él tocaba brillara un poco en azul, esta se abrió hacia arriba. Se hizo a un lado para darles el paso.

Apenas entraron, y de que la puerta se cerró de nuevo, un hombre mayor y muy bajo, vestido de blanco (por lo que debía ser el médico) se acercó rápidamente a ellos.

—¡Wila! ¡Tanto tiempo! —el hombre la abrazó tan de improviso, que Marcus se asustó de tal manera, que casi era como sentir que la había atacado.

Sin embargo, Wilara simplemente le devolvió el abrazo y, con un tono melancólico que muy pocas veces le oyera, dijo:

—Al… ¡Qué mal vernos de nuevo de esta manera!

—Herrera, ¿qué sucede? —tuvo que preguntar al instante.

El hombre lo miró de tal manera con sus ojos grises, que se sintió escaneado de cuerpo por alguna razón. Luego, vio con mucho temor a Wilara, preguntando algo con sólo la mirada.

Ella asintió. Él lo volvió a ver nuevamente, con una mirada verdaderamente agresiva, a lo que Wilara respondió tomándolo de los antebrazos y diciéndole con voz tranquila:

—No te preocupes por él. Es de fiar.

—¿Estás segura de que…?

—Sí.

—¿De todo?

Se miraron profundamente a los ojos por unos segundos. Luego, Marcus vio en ella una expresión parecida al temor; antes de erguirse totalmente segura y decir con un tono de mando:

—¿Sigues trabajando en casa?

—No. Sácea me ha relevado… C, 25E, 156P; aquí, en Terp.

—Sé que es mucho pedir, pero ¿podría hacer que mi nuevo cuerpo se parezca a mí?

—¡Herrera! ¿Qué rayos sucede?

Los dos, que habían tenido ese diálogo tan rápido y entre ellos, parecían haberse olvidado de Marcus. Aunque, cuando lo volvieron a ver, sus miradas eran totalmente interesadas.

—¿Me das unos minutos con él, por favor?

El anciano asintió y se alejó lo más posible de ellos, más allá de las cuatro mesas metálicas con varios teclados para los diferentes estudios. Muy cerca de los cuerpos en líquido preservador (Ahí se encontraban una joven muy delgada, junto a un hombre muy obeso y, la que más llamaba la atención: una mujer joven y rubia, demasiado golpeada, tanto que su cuerpo desnudo estaba en verdad deforme en ciertos lados).

Los dos se miraron. La expresión de Wilara era extrañamente neutral:

—Cuando firme esa orden, en contra de las disposiciones de los gobernantes, Al tendrá que hacer la autopsia y producto de eso… yo tendré que desaparecer, ya que todo se empezará a saber por mi voluntaria trasgresión.

—¿Qué? ¿Pero qué…? —casi agradeció que ella siguiera hablando, porque ni sabía qué preguntar:

—Imagino que cuando todo se sepa, entenderás de qué hablo… Sin embargo, por tu bien, no debes saberlo antes de que suceda. —luego, volvió a ver a la mujer joven—: Ya hemos muerto 47 en los últimos 4 meses. No podemos seguir jugando a la guerra fría… aunque por varias décadas podríamos tener problemas, si seguimos así, es más probable que nos exterminen. Necesitamos que la opinión pública lo sepa, para parar a la larga la aniquilación en secreto que el gobierno nos está haciendo.

—Wilara, esto es no es divertido… no juegues conmigo a "soy una alienígena".

Ella rió de puro humor negro y nunca más le habló sobre el asunto. Por más que él quería hacerlo cuando firmó con su palma de la mano la orden de autopsia, o la llevó a una esquina del aparcamiento con intensiones de interrogarla (de su boca no salió ni una palabra). O por el camino, que ella siguió totalmente en silencio… ni menos cuando, en un último momento, él se acercó a su puesto de trabajo, para apelar a su lado emocional, porque el:

—Bueno, otro día de trabajo terminado. Luego hablamos, Marcus —y la sonrisa melancólica que le envió lo dejó callado, sin poder decirle algo para exigirle explicaciones, cuando sabía que ella desaparecería esa noche.

El "Luego" llegó 27 años después, cuando él entrevistara a una tal Reeba Larabee para un puesto en su departamento de crímenes mayores. Apenas la vio entrar, miró a Wilara en ella, sólo que con el cabello rizado y negro, la piel morena y los ojos azules. Ninguno de los dos habló de que se habían reconocido, nunca lo hicieron, aunque ella trabajó bajo sus órdenes por varios años hasta que renunció, al empezar el movimiento por los derechos de los androides unos años después. Sólo dos años y medio, y su cuerpo fue encontrado muerto por un arma electrónica.

Pero Marcus nunca se lo terminó de creer y el tiempo le dio la razó siendo un anciano retirado y totalmente calvo, él se la encontró de nuevo en un bar. Ella era pelirroja esa vez, más baja pero igual de delgada. Apenas con la edad mínima para estar ahí, pero yendo donde él con gran seguridad:

—¿Le invito a otro?

—Mmm, ya sabía yo que tu asesinato y convertirte en mártir era otra de tus jugadas. —mucha droga en su sistema, la edad o el simple cansancio lo hicieron por fin decidirse a hablar de su mutuo tema taboo.

—Te dije que duraría décadas... pero el cambio ya está empezando —le replicó con tono de circunstancias, sentándose a su lado.

—Por eso estoy aquí, celebrando la liberación de los tuyos de la base lunar.

Y los dos brindaron hacia el holograma de detrás de la barra, donde daban las noticias de la liberación de los pocos androides que seguían vivos después de casi 50 años de encarcelamiento.