Hay una historia sobre un asesino que estoy escribiendo, van mas o menos tres capítulos. Pero, por ahora, traigo una especie de prólogo, quiero saber que piensan.



Siente una necesidad creciente en su cuerpo con solo verla pasar; su respiración se acelera cuando roza su brazo sin querer; sus oídos se deleitan cuando murmura "Lo siento", su voz suena suave, delicada. La ve alejarse, trata de ignorarla, pero en su interior la quiere seguir. Y obedece a su interior. La sigue.

Ella camina con elegancia, con el porte propio de una mujer de su clase; se siente cansada por el largo día; pero debe disimularlo y sabe hacerlo muy bien. Entra a su casa, allí, no hay necesidad alguna de fingir, se deshace de sus zapatos; y se tira en su cama. Dispuesta a prender la televisión y encontrar algo que la distrajera un rato. Pero las pocas energías que le quedaban la hicieron detenerse, cerrar los ojos y suspirar.

Minutos después, se decidió a ver algún programa, no pudo dormirse. Estiró su brazo, buscando el control remoto, sus dedos tropezaron con otros, sus ojos se abrieron. Su mirada se topó con la de un hombre, que se puso un dedo en la boca, indicándole que hiciera silencio. Ella obedeció.

***

Las manos del hombre recorrían su cuerpo. Sus ojos cerrados, su mente sumida en sus propias fantasías. Ella ya no se movía, pero a él no le importaba, solo sabía que la tenía en sus brazos, que la había tenido bajo su cuerpo, que había pasado su objeto favorito por su cuello.

Se aburrió. La dejó con delicadeza en la cama. Y la miró. Era hermosa. Se veía mucho mejor así: pálida, fría, quieta, callada. Él lo disfrutaba mucho más, y sabía que ella también lo había disfrutado, o al menos en su momento lo había hecho.

Sonrió. Observando sus manos, paseó su mirada por los objetos del cuarto. Luego, con esas mismas húmedas manos, arregló el caballo de la mujer, la cubrió con una sábana, hasta el pecho. Se paró en el umbral de la puerta, sin despegar su mirada de ella: parecía dormida.
Se acercó de nuevo, y le dio un corto beso. Dijo algo que ni él mismo entendió. Salió de la habitación, sintió hambre. Pero no le prestó atención, abandonó la casa; su único testigo, era un pequeño pájaro que se posaba en la rama de un árbol que lo miraba con insistencia. Él le devolvió la mirada, para desviarla un rato después.

Caminó, hasta llegar a su propia casa y tirarse en su propia cama. Cerró sus ojos, y durmió.
Durmió plácidamente.