Alas de Libertad: Tierra de condenados.

Prólogo.

Ella sonrió, a manera de reto. Era obvio que él no podría contra todos, era un novato iluso. ¡Pero qué bárbaro era en la cama! Quizás por eso lo había conservado a su lado, porque le gustaba por engreído, maldito y rebelde. ¡Qué espléndido ejemplar se había creado para tenerlo como esclavo! Alto, de cabello castaño oscuro y ojos miel, de cuerpo atlético y musculoso, realmente magnífico. Y además, el hijo de un duque… ¿Qué más podía pedir? Que fuese más obediente, por supuesto, pero también sería menos divertido.

- ¿Así que piensas matarme, Neal?.- ella rió.- Ya quisiera ver que lo intentaras.

- No me crees capaz, ¿verdad?.- respondió el vampiro, con sus ojos inyectados en sangre.

- No podrías contra mí.- rió la vampiresa.- Ni contra toda mi gente. A cualquier señal mía, todos se lanzarían sobre ti, y quedarías reducido a cenizas.

Fue entonces cuando él sonrió, con maldad. Sus ojos brillaron intensamente, y sus colmillos salieron de su boca. Neal Vajk lucía como un auténtico vampiro, condenado a la eternidad. Y fue entonces cuando ella dudó.

- ¿Eso crees?.- la retó él.- Anda, llámalos. Llama a tu gente, a los vampiros que por años has usado para tus servicios.

La vampiresa se puso de pie, dejando que su cuerpo se vislumbrara a través de la escasa ropa con la que dormía. Los camisones de aquella época siempre le causaron alergia, así que ella se había confeccionado su propia ropa, pero esa clase de detalles no importaban en ese momento. Su esclavo estaba pasándose de listo, y ella por supuesto que no podía permitirlo.

- ¡Frances!.- gritó la vampiresa.- ¡William! Sometan a Neal en este instante.

Ella esperaba que el par de vampiros corpulentos hicieran acto de presencia, pero al lugar sólo entró el viento, el cual movió las pesadas cortinas que cerraban la enorme cama con dosel donde la vampiresa reposaba por las noches. Sorprendida, ella volvió a llamar a sus secuaces, pero sólo tuvo por respuesta el silencio de la noche…

- ¿Y bien?.- Neal se burló.- ¿Pasa algo?

- ¿Qué hiciste?.- cuestionó ella.- No pudiste haberlos engañado…

- ¿Engañado? No, nunca se me hubiera ocurrido tal cosa.- él rió a carcajadas.- Sólo les di una prueba de su propia medicina…

La vampiresa corrió fuera de su habitación, buscando a su gente, y al llegar al sitio donde se suponía que debían estar todos reunidos, se quedó helada al ver los cuerpos decapitados de los 28 vampiros que formaban su aquelarre. No, no podía ser posible, no podía ser que todos estuvieran muertos… ¡Tenía que haber alguna explicación!

- ¿Qué fue lo que hiciste?.- preguntó ella, al ver a Neal acercarse lentamente.

- Pronto lo sabrás.- él sostenía la espada de su padre.- Porque estoy a punto de hacerte lo mismo…

Neal sabía que eso no le regresaría lo que perdió, pero sin duda alguna, sería una gran venganza…


Capítulo 1.

Varios años después…

Neal Vajk se preparaba para dar su siguiente golpe. Había pasado tanto, tanto tiempo desde la última vez que había probado la sangre humana, que el pecho le dolía. Él no entendía por qué seguía teniendo esa sensación, si se suponía que los vampiros no tenían en el pecho nada que pudiera dolerles, pero en fin, eso era algo sin importancia. Lo único que interesaba en esos momentos era el hacer caer a su próxima víctima.

Ella era la esposa de un hombre muy, muy rico. Con el paso de los siglos, el nombre que recibían los que estaban en el poder había cambiado, pero la situación seguía siendo básicamente la misma: unos cuantos controlaban la mayor cantidad de dinero posible, mientras la gran mayoría de la gente se hundía en la miseria. Para Neal, esto era muy beneficioso, ya que él podía quedarse con todo ese dinero, sin tener que quitar a demasiados estorbos de su camino. El caso era que su próxima víctima era la mujer de uno de los hombres más ricos y poderosos de la zona. Como buen hombre que era, el tipo tenía muy descuidada a la esposa, de manera que Neal la hizo caer fácilmente en sus brazos, aunque eso era obvio, pues nadie podría resistirse al poder de un vampiro. Así pues, mientras el hombre se encontraba metido en sus negocios (y también se rumoraba que tenía una amante, mucho más joven que la esposa), Neal seducía a la esposa y, de paso, robaba todo cuanto se encontraba en su camino. Un negocio bastante provechoso, al menos para él, pero no podía decir lo mismo de la pobre… ¿Cómo era que se llamaba? A Neal le costaba trabajo recordar el nombre de la mujer, por eso era que a todas las llamaba "cariño", resultaba mucho más fácil. Ah, sí, Victoria era el nombre de ella, lo mismo que Neal iba a conseguir muy pronto, una gran victoria, pues su máximo robo sería cuando pudiera alimentarse de la sangre caliente de ella.

De solo pensarlo, el vampiro se estremeció. No podría resistir mucho tiempo más sin probar sangre, pero trató de controlarse lo mejor que pudo. Sólo era cuestión de horas para que Neal hiciera completamente suya a la esposa de aquél millonario señor. Así pues, él se arregló lo mejor posible, para cautivar a cuanta mujer se le cruzara en el camino. Después de acabar con la sangre de Victoria, Neal iría tras cuanta doncella se dejara tomar.

Ese día, la decoración en la enorme mansión del rico era lujosa e increíblemente ostentosa. Los invitados comenzaban a llegar, bajando de sus elegantes transportes y vestidos con sus mejores ropas. Neal pensó fugazmente que su castillo lucía mucho más impresionante cuando era decorado para una fiesta, un recuerdo que resultó ser muy doloroso. A lo lejos, Neal vio a una chica de cabello rojo, y otro recuerdo mucho más hiriente nubló su mente. "Elizabeth", pensó, al tiempo que recordaba a una hermosa chica de cabellos de fuego y ojos verde olivo.

Por un momento, a Neal lo embargó el sentimiento. Pero entonces su frío ser lo hizo volver a la realidad. "Concéntrate", se dijo a sí mismo. "No es momento para pensar en eso. Esa vida ha quedado atrás. Para siempre".

Neal volvió a poner su cara de hermetismo absoluto y se encaminó a la entrada del gran salón, en donde iban acomodándose los invitados, mientras buscaba con la mirada a su futura víctima, encontrándola muy cerca de la entrada de los sirvientes. A pesar del lujo, de las comodidades, de la música que dominaba en el ambiente, se notaba que Victoria estaba muy molesta pues despotricaba contra otra mujer, también lujosamente ataviada pero menos hermosa; la amiga sólo asentía, tratando de tranquilizarla, sin éxito. Neal se preguntó qué estaría sucediendo que tendría a su presa tan molesta, situación que tampoco le agradaba a él ya que no le gustaba probar sangre de un humano enojado, sabía demasiado a bilis.

- ¿Qué sucede, hermosa?.- preguntó Neal, llegando ante Victoria y besándole cortésmente la mano.- ¿Qué ha hecho que te pongas así? Eres más bella cuando sonríes.

- Ah, Neal.- ella sonrió un poco al verlo, aunque aún fruncía el ceño.- Es solo que… ¡Se atrevió a traerla aquí! ¿Cómo se atrevió a traer a ésa aquí, a ponerme en ridículo?

- ¿De qué hablas?.- se sorprendió Neal, mirando a la amiga, quien tampoco sabía bien qué decir.

- Mi esposo trajo a su amante a la fiesta.- explicó Victoria, señalando hacia el sitio donde su marido hacía acto de presencia, en compañía de una joven mujer.

Ella no debía tener más de 17 o 18 años, pero sin duda alguna era bellísima, tanto que incluso Neal se quedó muy sorprendido por algunos momentos. La chica era morena, tenía el cabello negro y muy largo, el cual extrañamente terminaba siendo de color rojo en las puntas, con unos hermosos ojos color violeta y un cuerpo muy bien proporcionado y formado. La chica resultaba ser extraña, quizás por su cabello bicolor, pero quizás era esa extrañeza la que aumentaba la belleza de la muchacha, pues le daba sin duda un toque exótico. Además, había algo en ella que resultaba perturbador, quizás la manera elegante en cómo se comportaba o alguna especie de embrujo que emanaba de su piel. Sea como fuere, Neal comprendió por qué Victoria estaba tan molesta, sin duda su rival era mucho más joven, elegante y hermosa, aun cuando Victoria fuese una mujer muy bella también.

Sin embargo, él no tuvo oportunidad siquiera de abrir la boca para decir algo que tranquilizara momentáneamente a su presa, porque la chica de cabello bicolor volteó a ver a Neal, clavando sus ojos color violeta en él. Sus miradas se cruzaron por un instante que resultó ser eterno, y fue entonces cuando el vampiro se dio cuenta que tenía competencia: sin duda alguna, la chica era un demonio convertido en mujer, un auténtico súcubo, a juzgar por el hechizo que intentó echar sobre él con el poder de sus ojos.

Neal tuvo que contenerse para no sacar los colmillos y lanzarse sobre ella; eso, además de ser muy inapropiado, hubiera espantado a su presa y se habrían venido abajo varios meses de trabajo. Así pues, él se esforzó por mantener la calma y fingir que nada sucedía, pero era obvio que tarde que temprano tendría que enfrentarse a esa diablesa, si quería evitar que ella se llevara todo el premio. ¿Cómo era posible que una súcubo se hubiese colado en sus territorios? Neal no toleraba la competencia, y mucho menos si se trataba de un demonio.

- ¿Ya la viste?.- gimió Victoria, sacando a Neal de sus pensamientos.- Es una… Es una…

- Tranquilízate, hermosa.- dijo Neal, sonriendo seductoramente.- No te comparas con ella.

Mentía, por supuesto. Ninguna mujer humana podía compararse con un súcubo, así que Victoria estaba en clara desventaja, pero entre las funciones de Neal estaba el mentir, aun cuando en esta ocasión él no tendría que hacerlo demasiado, pues en verdad que Victoria era bella, con todo y que no tuviese el embrujo de una súcubo.


Adyra pensaba que cada vez era más fácil. Tan fácil que hasta resultaba aburrido. Tenía ya mucho tiempo de no tener un auténtico reto, algo que la impulsara a usar todos sus poderes de diablesa y no sólo los más ínfimos de una súcubo, pero a últimas fechas tenía que conformarse con simples humanos que no representaban ningún problema.

Su última presa era un rico podrido en dinero, avaricioso y ambicioso de más poder. No era este tipo muy diferente a otros, excepto por que había llegado a la conclusión de que, el que más sabía más tenía, de manera que se había dedicado a aprender cuanta cantidad de conocimiento se le pusiera enfrente, con la creencia de que eso lo convertiría en un tipo listo y exitoso, y por lo tanto, más poderoso. Adyra llegó hasta él, atraída por su avaricia y su sed de conocimiento, y lo sedujo y le ofreció todo lo que él deseaba y que su esposa no le había concedido en años. Obvio era que el tipejo había caído redondito, tan fácilmente que Adyra casi sintió que no valía la pena.

Hacía mucho tiempo que Adyra había abandonado el infierno. Durante centurias, perteneció al clan de las súcubos, siendo su profesora la mismísima reina de la lujuria, Rosier, quien le enseñó a Adyra todo lo que necesitaba saber para convertirse en la más experta seductora del infierno. Rosier quiso explotar todo el potencial de Adyra, enfocándose sobre todo en su cara de inocencia y su expresión traviesa, para tratar de conseguir a hombres con el complejo de "Lolita", y por siglos, Adyra atrapó hombres con sus encantos, y Rosier estaba cada vez más encantada con sus proezas. Sin embargo, un día Adyra se aburrió de estar siempre esclavizada al deseo de Rosier, así que simplemente le dijo que se iba. Claro está, Rosier no aceptó su renuncia como un "claro, adelante, pásale y cuando quieras ven a visitarnos", así que Adyra tuvo que hacer gala de sus poderes de diablesa para salirse con la suya. Ella aun recordaba esa batalla muy bien, pero prefería no hacerlo, ya que las heridas de guerra aun estaban sanando.

"Debo dejar de pensar en eso", pensó Adyra, acariciando la brillante piedra roja que colgaba de su cuello. "Tarde que temprano tendré que quitarme esta maldición. Qué irónico es que los demonios podamos llegar a odiar tanto las maldiciones que van encaminadas a nosotros".

Adyra dejó los recuerdos del pasado de lado y se dispuso a terminar de arreglarse para esa noche. Ella había conseguido un increíble vestido, uno que acentuaría su figura y que sin duda despertaría el deseo en más de un hombre. Adyra, como buena súcubo que era, se alimentaba del deseo y de la lujuria de los humanos, así que tenía que poner todo su empeño en arreglar su apariencia física. Mientras se cepillaba el cabello, se preguntaba si el tono bicolor del mismo, tan envidiado en el mundo de los demonios, seguiría causando tanta extrañeza entre los humanos.

- No saben lo que es bueno.- comentó ella, mientras acomodaba su cabello para que éste luciera brillante y sedoso.

Esa noche sería espectacular, sin duda alguna. Adyra había conseguido que su último amante la llevara a la fiesta en donde también estaría presente su esposa. La envidia y el odio se elevarían al máximo, y Adyra en verdad que habría de disfrutarlos.

La fiesta sería grandiosa, todo a su alrededor así lo auguraba; la mansión estaba decorada de manera exquisita y se notaba que no se habían medido en cuanto a gastos. Adyra se estremeció al sentir la avaricia y el poder fluyendo por todos lados, sólo sentimientos perversos predominaban en el ambiente. Adyra bajó del transporte que fue enviado por su amante, especialmente para ella, y de inmediato vio a su amante, quien la miraba con deseo, lujuria y ansiedad contenidas. Ella le devolvió la mirada, con una sonrisa seductora, y se dirigió hacia él.

- Te ves increíble esta noche.- dijo él, besándole las manos.- Sencillamente, divina.

- No digas eso, por favor.- Adyra torció la boca en un gesto al escuchar la última palabra.- Me veo mejor que eso.

- Sin duda, hermosa mía.- el tipejo casi se le dejaba ir encima.- De verdad que con esa ropa preferiría llevarte directo a la cama.

- Pero… ¿Y la pobre de tu mujer?.- Adyra rió, provocativamente.- Se pondrá muy celosa.

- Qué me importa lo que ella diga.- replicó él, tomándola por la cintura.- Ni qué no supiera que tiene su amante también.

"Interesante", pensó Adyra. "La esposa es menos idiota de lo que pensé. Qué bien me vendría bajarle al amante también".

El hombre no esperó a que Adyra respondiera y la llevó al interior del salón. Adyra coqueteaba con todos los hombres que se le cruzaron en el camino, los cuales la miraron ardiendo en deseo. Lo dicho, después de robarse el alma del hombre, se robaría las de sus invitados también. Esa noche se llevaría un gran botín.

- Victoria se compró un vestido nuevo, pero no es como el tuyo.- el sujeto miró a Adyra de arriba abajo.- Ni se ve como tú. Nadie se ve como tú, eres la mujer más hermosa que hay sobre la tierra.

- Eso nunca lo puse en duda.- ella rió.- Gracias, hoy estás de lo más galante.

- Me muero por ti, eso ya lo sabes.- dijo él.

Adyra ya no respondió, porque en ese momento entraron al gran salón. La gente volteó a verlos de inmediato, y los cuchicheos no se hicieron esperar. Adyra percibió la curiosidad, el rechazo, la indignación, los celos y la rabia, y respiró profundo, paladeando cada uno de esos sentimientos con auténtico placer. Pero por sobre esos sentimientos, Adyra percibió la curiosidad y la sorpresa, así que, sorprendida a su vez, volteó hacia el lugar de donde provenían ese par de sentimientos tan fuera de lugar, y vio a un hombre joven, alto, muy pálido, de largo cabello castaño oscuro y ojos color miel, casi dorados, elegantemente vestido, quien miraba hacia el sitio en donde se encontraban Adyra y su presa. El joven hablaba con Victoria y le besaba la mano, aunque su atención estaba centrada en el esposo y en la súcubo.

"Pero qué interesantes amantes se consigue esa vieja mujer", pensó Adyra, al ver a aquél extraordinario espécimen humano, un hombre tan atractivo y elegante, rondando por aquella fiesta. "Quizás, después de acabar con mi presa, pueda seducir a este hombre. Será la cereza de mi pastel".

Así pues, Adyra intentó echar mano de sus seductores encantos para atraer la atención de aquél par de ojos amarillos. El hombre volteó, la miró, ella le sostuvo la mirada por un momento, queriendo echarle su embrujo y… Se estrelló contra el muro de la incredulidad, al darse cuenta que sus encantos habían rebotado en el hombre como una pelota de hule rebota en una pared de concreto. ¿Pero cómo era eso posible? ¡No podía ser, ningún humano se había resistido antes a sus encantos! Y fue cuando los ojos del hombre brillaron que Adyra se dio cuenta que ese hombre no era un hombre, sino un vampiro.

¡Un vampiro, en esa fiesta! ¿Era acaso una broma o una trampa de Rosier? Adyra tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no atacar al vampiro, quien la miraba con el mismo odio con el que ella debía estar mirándolo a él. No, de ninguna manera iba ella a permitir que él le tirara todo el teatro. Adyra tendría que matarlo, no podía permitir que se quedara con su presa. "Lástima", pensó ella. "En verdad que es atractivo".

Neal, a su vez, miraba fijamente hacia el sitio donde se encontraba Adyra y tuvo una idea de repente. No quería escándalos, no quería gente corriendo, odiaba perseguir a sus presas por parecerle algo demasiado primitivo, así que se le ocurrió que si jugaba bien sus cartas, podría llevarse a la diablesa a un lugar apartado para acabar con ella.

- Victoria, hermosa mía, voy a quitarte a esa mujer de encima.- dijo Neal, sonriendo a la enojada mujer.-No te preocupes, te la quitaré de encima.

- No hace falta.- protestó Victoria.- Haré que la echen de aquí, como la arrastrada que es.

- Si haces eso, querida mía, vas a hacer un escándalo y quedarás mal parada.- explicó Neal, sonriendo.- Y eso no te conviene, preciosa. Deja que yo vaya y me haga cargo.

- Pero… .- intentó decir ella.- ¿No querrás después cambiarme por ella?

- No digas tonterías.- él le besó la mano.-Por supuesto que no. Eso nunca.

"Porque ella no me va a poder alimentar tan bien como tú".

Adyra vio al joven amante de la esposa de su amante acercarse a ella. El hombre rico estaba ocupado tratando de zafarse a un cliente de encima, y ella buscaba la manera de acercarse al vampiro sin llamar mucho la atención. Por fortuna, él estaba dispuesto a facilitarle mucho las cosas.

- ¿Me permite esta pieza?.- preguntó Neal, acercándose a Adyra.- Me encantaría bailar con usted.

- De eso no me queda la menor duda.- respondió Adyra, mirando fijamente a Neal.

- Vamos, entonces.- dijo Neal, tomando la mano de Adyra y besándosela.- Seguro estoy de que usted también se muere por estar conmigo.

- No te pases de listo.- dijo Adyra, mientras Neal la llevaba al centro de la pista de baile.- ¿Qué quieres?

- Uy, agresiva como pocas.- sonrió Neal.- No te gusta perder el tiempo, ¿verdad?

- No cuando alguien trata de quitarme a mi presa.- replicó Adyra.

- Mira quién habla.- replicó Neal.- Llevo meses trabajando en esa mujer.

- Y yo, en ese hombre.- insistió Adyra.- No me vas a echar a perder mis planes, vampiro.

- Lo mismo digo, súcubo.- dijo Neal.- Primero, te quito del camino.

- Lo dices como si fuera algo fácil.- Adyra rió a carcajadas.- Ni lo sueñes, primero acabo yo contigo.

Neal hizo girar a Adyra por la pista de baile, mientras sonreía; qué hermosa era ella en verdad, y muy decidida, sería una verdadera lástima el tener que deshacerse de tan maravilloso súcubo, pero no iba a tener más remedio. ¡Ah, con qué ganas le habría quitado Neal la ropa, para sentir su ardiente piel y hacerla suya!

A su vez, Adyra se deleitaba con los ojos amarillos del vampiro, tan profundos y cautivadores, al tiempo que sentía la fortaleza de sus músculos bajo el traje, y su esencia de vampiro hechicero, que amenazaba con hacerla caer a ella, a una súcubo de la más alta estirpe. ¡Qué lástima sería tener que acabar con la vida de Neal, en vez de gozarlo en la cama!

- Eres buena bailando, señorita… Súcubo.- dijo Neal, de pronto.

- Adyra.- dijo ella, sonriendo.- Muchas gracias, señor… Vampiro. Tú tampoco lo haces tan mal.

- Neal.- dijo él.- Neal, duque de Vajk.

- Vaya, un duque.- sonrió Adyra.- Me resultarías muy conveniente, sino tuviera que matarte.

Neal rió largamente, haciendo girar y girar a Adyra por la pista de baile, mientras el resto de los invitados, incluyendo los amantes de ambos, los miraban hipnotizados. Algo había en esa pareja que resultaba imposible quitarles la mirada de encima, era como si uno complementara a la otra, o como si una aumentara la fuerza del otro. Era un sentimiento difícil de definir, e imposible de ignorar, incluso para ellos. ¿Qué habría de suceder con el choque de estos dos seres malignos por naturaleza? Sólo el tiempo lo diría.

Notas:

Adyra Vajk es un personaje creado por Lily de Wakabayashi.

Neal Vajk es un personaje creado por Elieth Schneider, y usado con su consentimiento.