Capítulo 3.

Ludwig, el licántropo jefe, aguardaba a recibir nuevas órdenes de Neal. Él había llevado a la diablesa al castillo, a una habitación especial, y se había dedicado a curar sus heridas, las cuales no ponían en peligro su vida pero sí eran de consideración. Antes de dedicarse por completo a curar a Adyra, Neal le había ordenado a Ludwig que mandara a algunos licántropos a vigilar los perímetros del castillo, por si la súcubo regresaba. Ludwig había permanecido muy cerca de Neal, por si éste necesitaba ayuda tras curar a Adyra; el licántropo estaba muy sorprendido, pues el vampiro jamás había curado a nadie que no fueran ellos mismos.

La diablesa poco a poco iba recuperando su color. Adyra había caído en una especie de inconsciencia, y Neal se dedicó a usar gran parte de su energía en curarla, y al fin sus esfuerzos estaban dando frutos. Después de un buen rato, el vampiro sintió que Adyra había recuperado casi toda su energía y terminó su hechizo de curación. Ludwig inmediatamente se acercó con una copa de sangre humana, fresca, para Neal, quien la bebió ávidamente en cuanto la tomó en sus manos.

- ¿Qué ha sucedido con la vigilancia?.- quiso saber Neal, después de beber.

- Nada nuevo.- respondió Ludwig.- La súcubo no volvió.

- Eso sí que es demasiado extraño.- gruñó Neal.- Me pregunto qué habrá pasado…

- Me parece que la respuesta a esa incógnita la tiene la señorita, aquí presente.- Ludwig señaló a Adyra.- ¿Qué pasará con ella?

- Por el momento, la dejaremos recuperarse.- anunció Neal.- Ya cuando despierte, ella misma decidirá qué es lo que va a pasar después.

Ludwig asintió y se apresuró por encender el resto de las chimeneas de la enorme habitación. Por pura lógica, los demonios debían estar en un sitio muy caluroso, así que había que subir la temperatura del lugar. Neal, a pesar del calor, se acomodó en un sillón de cuero, con la copa de sangre en la mano, y se dispuso a esperar.

- ¿Va a quedarse aquí?.- cuestionó Ludwig, sorprendido.

- Por supuesto.- respondió Neal, mirando a Adyra.- Quiero estar presente cuando ella despierte.

Ludwig notó que Neal tenía un interés especial por Adyra, y frunció el ceño. Había algo ahí que no encajaba, pero no le tocaba a él preguntar, sino sólo obedecer. Adyra se removía en sueños, y murmuraba palabras ininteligibles para el vampiro y el licántropo; quizás ella estaba teniendo un muy mal sueño…


Rosier la miraba con desdén; ella no había creído en el deseo de irse que tenía su pupila. Ese deseo era impensable en una súcubo de alta estirpe como Adyra, alumna de la misma Reina, pero la diablesa ya estaba cansada de esa vida de esclava. Cierto era que la vida en el Infierno, al lado de Rosier, era magnífica, y más para Adyra, por su condición privilegiada, pero ésta comenzaba a fastidiarse de las exigencias de su reina, que siempre dejaba de lado los propios deseos de Adyra.

- ¿De verdad esperas que te crea?.- se mofó Rosier.- Oh, vamos, Adyra, sabes que no puedes irte así como así.

- No te estoy pidiendo permiso.- replicó Adyra, muy seria.- No quiero seguir perteneciendo a la Segunda Jerarquía del Infierno.

- Eso no es algo que se escoja, querida.- dijo Rosier, satisfecha.- Naces en ella, y ahí te quedas para toda tu vida.

- Yo no.- negó Adyra.- Me iré. No quiero seguir trabajando en esto.

- ¿Ah, no?.- cuestionó Rosier.- ¿Y qué quieres hacer entonces, Adyra? No hay mejor lugar que éste para vivir. Lo tienes todo aquí: lujos, comodidades, lujuria, deseo, y un lugar privilegiado. ¿Qué más puedes pedir?

- Estar lejos de ti.- dijo Adyra, cortante.- Estoy harta de ser tu esclava.

- No eres mi esclava, Adyra, todo lo contrario y bien lo sabes.- replicó Rosier, fríamente.- Y por eso deberías estarme agradecida.

¿Estar agradecida con Rosier sólo porque ella…? Bueno, que Adyra no necesitaba repetirlo, el sólo pensar en ello le ocasionaba náuseas. Ella no había escogido su condición de súcubo privilegiado, y claro que le encantaba seducir, para eso había nacido, pero odiaba tener que dejar todos los créditos de sus trabajos a Rosier. Adyra quería poder y reconocimiento propios, no las migajas de la reina de los Súcubos, de ahí que estuviese dispuesta a todo para conseguirlos.

- Oh, claro, agradecida debería de estar de que no me tengas encadenada al suelo.- exclamó Adyra.- Sólo eso te falta hacer eso conmigo.

- Bueno, pues para broma ya fue suficiente.- Rosier torció la boca en una mueca.- Ya basta. Seguirás bajo mi control, por el resto de tu vida, te guste o no

- Me suponía que algo así dirías.- suspiró Adyra.- Pero ya vengo preparada para esto…

Rosier miró a Adyra sacar un arma, una hacha magnífica labrada en el Infierno para el mismo Lucifer, y si bien la reina de los Súcubos no entendía cómo era que Adyra había conseguido esa arma, sí entendía que su pupila estaba hablando en serio. Era hora de tomar cartas en el asunto, así que Rosier se puso de pie y sacó otra hacha. Nunca nadie antes se había enfrentado a Rosier, la reina de los Súcubos. Todos conocían su gran poder y su gran fuerza, y nadie se había atrevido a retarla… Hasta ese día…


Adyra abrió los ojos, y por un momento no supo dónde se encontraba. El dolor de sus heridas era muy leve, y casi desaparecía, hacía un calorcillo agradable, y en el ambiente se respiraba azufre, aunque mezclado con… ¿Eso era pelo de licántropo? Adyra frunció la nariz, y percibió entonces el aroma a sangre de humano, así como el olor característico de los vampiros, algo que no era muerto pero tampoco humano, y se incorporó. Ella se dio cuenta que se encontraba en una habitación en penumbras, con fuego acogedor crepitando en varias chimeneas, y para Adyra, no había mejor lugar que ése. La pregunta era: ¿dónde se encontraba?

- Despertaste.- dijo Neal, acercándose a ella.- ¿Cómo te sientes?

- ¡Neal!.- exclamó Adyra.- ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?

- No puedo responder la primera pregunta, sólo la segunda.- respondió Neal.- Estás en mi castillo. Sobre qué pasó… Bueno, creo que tú mejor que nadie lo podrá decir… Te encontramos tirada en el bosque, y no sabemos nada más.

- Excepto que estaba siendo seguida por otra súcubo, Milady.- intervino Ludwig.- Y que cayó en terrenos del castillo del duque de Vajk, aquí presente, por lo que nos vimos en la necesidad de informarle al señor Neal y de encargarnos que la súcubo no la matara.

Adyra recordó entonces recordó la batalla que había sostenido con la otra diablesa, y frunció el ceño. La verdad era que Adyra había estado muy cerca de perder algo más que la pelea, si la otra súcubo no la mató fue porque ella era… Bueno, que Adyra no quería pensar en eso. ¿Sería acaso que los licántropos habían hecho desistir a la súcubo atacante de sus planes?

- Nunca me gustaron mucho los hombres lobo, pero nunca es tarde para cambiar de parecer.- dijo Adyra.- Gracias, creo.

- No somos "hombres lobo", somos licántropos.- la corrijo Ludwig, indignado.- No es lo mismo, no nos confunda, por favor. Es como si le dijeran a usted que es un ángel caído.

- Punto a tu favor.- sonrió Adyra.- Me agradas, licántropo.

- Ludwig.- dijo el licántropo.- Señorita…

- Adyra.- dijo la diablesa.- Encantada de darme cuenta de que los licántropos son más útiles de lo que pensé.

- ¿Desde cuándo eres tan educada y formal?.- Neal soltó una carcajada.- No inventes, Adyra, pareces una hermanita de la caridad.

- Sé admitir cuando me han salvado la vida.- gruñó la diablesa.- Ahora que, si quieres, puedo preguntarte por qué carajos me has traído aquí.

- ¿Será acaso porque estabas muriéndote?.- replicó Neal.- Estabas gravemente herida. No sé contra quién peleaste, pero quien quiera que haya sido, debió ser alguien muy fuerte porque te dejó muy mal.

- Ni me lo recuerdes.- refunfuñó Adyra.- La verdad es que no recuerdo cómo fue que llegamos a esta zona. Ella y yo estábamos muy lejos de aquí, pero creo que inconscientemente fui replegándome hacia esta área, cuando me di cuenta que no podía ganarle esta vez…

- O sea, que ya te has enfrentado a ella antes.- señaló Neal.

- Una vez te dije que todos huimos de nuestro pasado.- dijo Adyra, suspirando.- Y yo no soy la excepción.

A Neal le hubiera gustado saber de qué estaba hablando Adyra, tenía curiosidad de conocer más sobre su pasado y, sobre todo, saber contra quién había estado peleando y por qué, pero algo le decía que ella no le diría las cosas de manera tan fácil.

- Descansa.- dijo Neal, acercándose a ella y recostándola en la cama.- Ya veremos después que pasa.

- No quiero descansar, ella puede volver en cualquier momento.- replicó Adyra.

- ¿Y yo estoy pintado o qué?.- dijo Neal.- Ya quisiera ver que una súcubo se atreva a entrar en mis dominios.

- Uy, pues ya estoy yo aquí.- replicó Adyra, aunque cerró los ojos.- Si ella vuelve, avísame, que quiero patearle el trasero.

Neal no respondió, pero sonrió, y en menos de lo que canta un gallo, Adyra se había quedado profundamente dormida. Definitivamente, las heridas de la batalla eran más graves de lo que el vampiro había pensado, y si bien él había hecho un buen trabajo curativo, quizás ella traía el sueño acumulado. Él le hizo entonces una seña a Ludwig y salieron de la habitación, esperando que la diablesa se recuperara, y que la otra no hiciera acto de presencia.

Sin embargo, y para sorpresa de Neal y de los licántropos, la súcubo atacante no reapareció. Nuevamente, a Neal le pareció que eso era de lo más extraño, pues no había visto nunca que un demonio dejara una labor incompleta, pero cuando se lo comentó a Adyra, después de que ella despertara, se quedó callada y desvió el tema en cuanto pudo. Los días pasaron, y la diablesa en el castillo, ya que si bien parecía estar recuperada casi por completo de sus heridas, no se sentía aún lo suficientemente fuerte como para marcharse, por lo que continuó descansando en la alcoba que le había preparado Ludwig. Una noche, Neal entró a su habitación y la encontró dormida, y fue entonces cuando volvió a ver el misterioso dije rojo, el cual tenía un círculo negro en su interior. "Parece un ojo", pensó Neal. "Un ojo rojo", y el vampiro sintió curiosidad por tocarlo. Sin embargo, cuando estaba a punto de tocarlo, Adyra abrió los ojos y se retiró bruscamente.

- No hagas eso.- dijo ella, muy seria.

- Ya, que no pensaba robártelo.- exclamó Neal, ofendido.

- No es por eso.- negó Adyra, tocando el dije.- Nadie más que yo, y la persona que me lo puso, podemos tocar este dije. Si alguien diferente intentara hacerlo, quedaría hecho cenizas al instante.

Neal se quedó sin saber que contestar, sorprendido por la revelación. Adyra se veía entre molesta y resignada, pero no dijo nada más sobre el asunto, volviéndose a acostar en la cama. El vampiro recordó entonces que Adyra ya traía puesto el dije el día en que la conoció, y pensó que había más cosas que no encajaban.

- Pero hemos estado juntos muchas veces, y no me ha pasado nada.- señaló Neal, después de un rato.- Es decir, cuando hemos tenido sexo, no me ha pasado nada por tocarlo.

- Porque en ese momento, tu intención no es tocar el dije, sino a mí.- explicó Adyra.- Pero si vas con la intención de tocar la piedra, estás perdido.

- ¿Y por qué traes eso cargando?.- cuestionó Neal.

- ¿Tú crees que lo traigo por gusto?.- bufó ella.- Ya te dije que muchos seguimos cargando con nuestro pasado a cuestas.

Neal, obviamente, intentó preguntar por ese pasado, pero Adyra no se lo permitió. En cuanto él formuló la primera pregunta, ella se lanzó a besarlo y a acariciarlo en la forma en cómo sólo una súcubo sabía hacerlo. Esa noche, ambos tuvieron sexo, aunque un poco menos salvaje ya que, inconscientemente, Neal buscaba la forma de no hacerle daño a Adyra. Ésta lo notó, y no se supo explicar el por qué no le molestó darse cuenta de esto. Al día siguiente, fue Adyra la que despertó acurrucada en el pecho de Neal, sorprendida de que él no se hubiese transformado en gato.

- Nunca pensé que podría resultar agradable despertar en brazos de un vampiro.- murmuró Adyra, adormilada.- Espero que no se me haga una costumbre.

- ¿Eso sería tan malo?.- preguntó Neal, también adormilado y abrazándola más.

- Todo depende de si el vampiro es bueno o malo.- respondió Adyra, enigmáticamente.

- A veces dices cosas imposibles.- bufó Neal.- No existen los vampiros buenos.

- Tú lo fuiste anoche.- dijo ella, entonces.- Gracias por intentar no lastimarme.

Neal no dijo nada, avergonzándose de que ella se hubiese dado cuenta de eso. Por un momento, él pensó que Adyra estaba siendo sarcástica, pero ella lo único que hizo fue acurrucarse aún más para seguir durmiendo. Neal acarició su cabello bicolor, sorprendiéndose de cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había tenido ganas de acariciar el cabello de una mujer con la que había dormido. Adyra era sin duda muy diferente a Elizabeth, radicalmente diferente como el día y la noche, pero Neal también ya era radicalmente diferente a como había sido estando con Elizabeth… Desde que Neal había conocido a Adyra, la vida como condenado en esa tierra era menos horripilante de lo que había sido estando solo. Quién hubiera dicho que una diablesa podría causar un sentimiento de bienestar en un vampiro…

Pasaron los días, y Adyra iba adaptándose a vivir en el castillo; por las mañanas, ella iba a la aldea vecina por víctimas para alimentarse, y Neal temía que ella ya no regresara, pero invariablemente, por las noches ella volvía para enseñarle a Neal el sitio donde ella dejaba los cuerpos sin alma de sus presas, para que él pudiera beber su sangre. Después de eso, ellos tenían sexo y pasaban algún tiempo juntos, tras lo cual Adyra se levantaba a entrenar con Ludwig. Todo en el castillo Vajk parecía adaptarse a la presencia de la súcubo, pero no así las ciudades de los alrededores, cuyos habitantes comenzaban a notar la desaparición de un mayor número de personas, así como la presencia en el castillo de la extraña mujer de cabello bicolor. Neal sabía que tarde que temprano la gente iría a preguntar por Adyra, pero no quería que ella se marchara, así que ideó la manera de que ella pudiera quedarse ahí sin despertar sospechas.

- ¿Qué me haga pasar por tu hermana?.- exclamó Adyra.- ¿En serio?

- ¿Por qué no?.- Neal se encogió de hombros.- Ya una vez usaste mi apellido para acercarte a una de tus presas.

- Ah, sí, lo recuerdo.- Adyra rió.- Ese profesor universitario que escribió mi nombre como "Adira Vajk". Qué tonto, en verdad.

- ¿Entonces qué más da?.- insistió Neal.- Te haré pasar por mi hermana perdida, a la que acabo de encontrar. Serías Adira, la duquesa de Vajk.

- Eso de ser duquesa me agrada.- ella se estiró en la cama como gata.- Y tener acceso a las riquezas del duque.

- No abuses.- dijo Neal, aunque sonrió.- ¿Es eso un sí? Princesa, sabes que tú y yo trabajamos mejor cuando estamos juntos. Atraeremos a más presas si te quedas en el castillo.

Adyra miró fijamente a Neal y no dijo nada. Ella sabía que él tenía razón, ambos habían establecido una alianza muy extraña pero que resultaba ser muy eficaz. Además, la vida en el castillo no era mala, y ahí era el único sitio en donde… Esa mujer no la seguiría…

- No me gusta trabajar con nadie más, odio que se lleven el crédito por mi trabajo.- dijo ella, dándole la espalda a Neal.- Pero me gusta eso de ser la duquesa de Vajk.

Neal entendió que esa respuesta era una clara aceptación. Así pues, días después él ofreció una enorme fiesta en donde presentó a Adyra como su hermana menor, a la cual había encontrado después de una larga búsqueda. Las personas mayores que asistieron a la fiesta desconfiaron de Adyra de inmediato, pero los jóvenes, sobre todo los hombres, cayeron ante los encantos de la súcubo y de inmediato la aceptaron en la sociedad humana. Los hombres que visitaban el castillo del duque de Vajk caían rendidos ante la belleza de la hermana menor del duque, y se daban cuenta demasiado tarde de la verdadera naturaleza pérfida de esa mujer... Ella aprovechaba todos sus encantos para conseguir sus malévolos fines y perder a cuantas almas se le pusieran en frente... Y el duque, por supuesto, se aprovechaba de esto para alimentarse a su vez.

Meses después de la llegada de Adyra al castillo, Neal cazaba por el bosque en compañía de uno de los licántropos. Por cuestiones de seguridad, había épocas en las que ellos se veían forzados a prescindir de alimentarse de humanos, para no levantar sospechas entre la gente; así pues, Neal tenía que buscar otra forma de conseguir sangre, y la manera más fácil era cazando animales. Sin embargo, en ese momento, Neal sólo había podido conseguir animales pequeños que no saciaban por completo su sed, pero esperaba encontrar pronto alguna presa mayor. Él no sabía que estaba a punto de sufrir un grave revés, pues un grupo de tres vampiros, quienes conocían la fama de asesino de Neal, decidieron tenderle una emboscada. En condiciones normales, Neal no hubiese tenido problemas para acabar con los tres vampiros, pero en esos momentos él estaba sediento, no se había alimentado adecuadamente en varios días y por tanto, su fuerza era menor. Así pues, él alcanzó a matar a dos vampiros, tras una encarnizada lucha, pero no tuvo energía suficiente para acabar con el tercero, quien trató de aprovechar la oportunidad para matarlo. Por fortuna, en cuanto el licántropo vio que él no podría contra los vampiros, y que su amo se encontraba en desventaja, salió en dirección al castillo, a darle parte de lo sucedido a Ludwig.

Adyra notó que los licántropos estaban agrupándose y le preguntó a Ludwig qué era lo que estaba pasando. Una vez que el licántropo alfa le informó que Neal se encontraba peleando en el bosque, Adyra salió de inmediato, corriendo a gran velocidad, no sin antes pedirle al licántropo que había acompañado a Neal que le indicara al camino. Ludwig y parte de su manada salieron tras ella, aunque la diablesa les ganó en velocidad y llegó muchísimo antes al lugar en donde estaba llevándose a cabo la batalla. Adyra llegó en el momento justo en que Neal y el tercer vampiro luchaban encarnizadamente; ella se admiró de ver que, aun cuando Neal se veía en verdad agotado, estaba dándole bastantes problemas al otro vampiro. Sin embargo él estaba al límite de sus fuerzas, y Adyra lo notó, por lo que saltó de inmediato a ayudar a Neal, lanzando una bola de fuego negro que incineró al vampiro atacante, en el justo momento en el que Neal le cortaba la cabeza con su espada. Ludwig y los demás licántropos contemplaron el cuerpo en llamas del tercer vampiro, mientras Adyra corría hacia Neal.

- ¿Qué haces, princesa?.- preguntó él, con voz entrecortada.- Estaba por darle su merecido a ese vampiro.

- Sí, claro.- dijo ella.- Yo lo incineré primero.

- No estoy tan seguro de eso.- Neal sonrió, débilmente.- Pero me da gusto que hayas venido.

Y sin decir más, él se derrumbó sobre Adyra, quien apenas alcanzó a sostenerlo entre sus brazos. De inmediato, ella y Ludwig se apresuraron en llevar a Neal al castillo, mientras los licántropos restantes se hacían cargo de los cuerpos de los vampiros. Una vez allí, Adyra y Ludwig instalaron a Neal en su habitación, mientras éste murmuraba cosas ininteligibles.

- Está hambriento.- señaló Ludwig.- Y la batalla lo ha debilitado aún más.

- Vaya y consiga sangre humana, de donde sea.- dijo Adyra.- ¡A la de ya!

- El problema es que nos vamos a tardar, y no sé cuánto tiempo resista el señor Neal así.- señaló Ludwig.

- No se preocupe, que yo me encargo de mantenerlo "vivo" mientras usted trae la sangre humana.- replicó Adyra.- Vaya por ella.

Ludwig asintió, y tras titubear un poco, se marchó en busca de sangre. Tras asegurarse que se habían quedado a solas, Adyra hizo un pequeño corte en una de sus muñecas y se la acercó a Neal a la boca.

- ¿Qué haces, Adyra?.- alcanzó a preguntar él.

- Darte de comer.- respondió ella.- Come.

- De ninguna manera beberé de tu sangre.- replicó Neal, tratando de resistirse.

- Ay, por favor, no te vas a poner exigente ahora.- Adyra vertió un par de gotas de su caliente sangre en la boca del vampiro.- Ahora come, ya luego te consigo sangre que te guste.

La tentación era demasiada, la sangre olía exquisitamente y la sed de Neal era casi intolerable. Así pues, sin poder resistirse más, lamió ávidamente de la muñeca de Adyra, probando el delicioso sabor de la sangre de demonio, un manjar que Neal no había degustado nunca antes. Entonces, Adyra embarró un poco de sangre en su cuello y se acercó a Neal, quien se sintió atraído por el suculento aroma, y mordió sin tardanza a la diablesa, alimentándose ávidamente de su espesa y deliciosa sangre. Adyra, al sentir el primer mordisco, cayó en una especie de placer lujurioso, en un éxtasis increíble que resultaba ser distinto al del sexo, pero igual de estimulante. Así pues, Neal bebió largamente de la sangre de Adyra, hasta que él sintió que ella comenzaba a debilitarse.

- No quiero matarte.- dijo él, separándose y lamiéndose los colmillos.- ¡Caramba, qué bueno ha estado eso!

- Y que lo digas.- Adyra respiraba entrecortadamente, como si hubiese acabado de tener un clímax, y se recostó en la cama junto a Neal.

- Jamás había probado la sangre de demonio.- confesó Neal.- Es deliciosa.

- Y mil veces más nutritiva y energética que la de humano, por eso es más valiosa.- señaló Adyra.- Con eso te sentirás mejor.

- Pero a cambio de tu energía vital.- dijo Neal.- Jamás debiste hacer eso, Adyra.

- No importa, en verdad.- Adyra se encogió de hombros.- Me recupero más rápido que un simple humano.

Ludwig llegó al poco tiempo con una jarra de cristal cortado, repleta de sangre humana (con mucho anticoagulante, jeje), y le sirvió a Neal una copa repleta, diciéndole que había mucha más sangre para calmar su sed. El vampiro bebió la copa de un trago, pero contrario a lo que el licántropo esperaba, Neal sólo se acabó una jarra, aun cuando llevaba días sin alimentarse bien.

- La sangre de Adyra me ha hecho bastante bien.- dijo el vampiro.

- ¿La señorita Adyra le dio de beber de su sangre?.- Ludwig estaba atónito.- Increíble. Nunca había escuchado que un demonio hiciera eso por un vampiro… O por cualquier otro ser…

Neal no dijo nada. A su lado, Adyra se había quedado profundamente dormida; ella se veía un poco pálida, y en ese momento él se dio cuenta de lo que la diablesa acababa de hacer. No sólo le había salvado la vida, había arriesgado la suya por él. Neal intentó entonces regresarle a Adyra su energía vital, pero fue Ludwig, sin embargo, quien lo detuvo antes de que el vampiro pudiera hacer nada.

- No lo haga.- dijo el licántropo.- Ella arriesgó la vida por usted. No desperdicie su energía ni haga menos su sacrificio.

- Supongo que… .- Neal acarició la frente de Adyra.- Tienes razón…

Esa noche, ya más recuperado, Neal pensaba en por qué Adyra había hecho lo que hizo. Evidentemente, ella había salido en su ayuda en cuanto supo que él estaba en peligro, y no dudó ni un instante en matar a su atacante (bueno, no se sabía qué mató al vampiro, si la espada de Neal o la llama de Adyra), después lo llevó al castillo y, al no haber con qué alimentar al vampiro, la diablesa le había dado de su propia sangre. ¿Por qué había hecho ella todo eso? ¿Era acaso que se sentía en deuda por la vez que él le salvó la vida? Si era así, bueno, que ya se encontraban a mano, pero aún así…

- Son preguntas sin respuesta.- dijo Neal, en voz alta, y antes de quedarse dormido, se transformó en gato y se acurrucó junto a Adyra.

Pasaron los días, y ni Neal ni Adyra hablaron sobre lo sucedido aquélla noche. Él temía que, tras esa odisea, Adyra diese por cumplida su deuda y se marchara del castillo, pero no fue así, pues la diablesa continuó con su vida ahí, como si nada. Neal, sin embargo, comenzó a experimentar cambios extraños en su ser, poderes que él no conocía comenzaron a desarrollarse, su agilidad, fuerza y velocidad aumentaron y, una noche, descubrió que de su espalda brotaban un par de alas de color rojo vino, las cuales podía sacar y ocultar a voluntad, algo que él no poseía antes. Sorprendido ante estos cambios, Neal razonó que lo único diferente en él en esos últimos días era que él había ingerido sangre de un demonio, y se preguntó qué otros efectos tendría esto en su cuerpo.

Pasó tanto tiempo que Neal se olvidó de pensar que algún día Adyra se iría del castillo y dio por hecho que ella se quedaría en él. Desde la noche en la que él se había recuperado por completo de la falta de sangre, ambos habían vuelto a sus noches ardientes de sexo descontrolado, sin falta, y era tal la lujuria de ambos que en más de una ocasión estuvieron a punto de ser descubiertos por los humanos nobles de los alrededores.

- En vez de ser hermano y hermana, deberían de hacerse pasar por recién casados.- bromeó Ludwig, en una ocasión en la que los encontró en sus juegos sexuales en el enorme salón.- O después serán perseguidos por incestuosos.

- En cierto modo, somos como hermanos.- había dicho Adyra.- ¿No es Lilith la madre de los vampiros y, al mismo tiempo, la consorte infernal?

- Eso dicen.- Neal se encogió de hombros.- Pero eso a mí me tiene sin cuidado.

Una noche de luna llena, después del sexo, Adyra se quedó dormida y Neal permaneció contemplándola por un buen rato. La piedra roja que colgaba de su cuello brillaba con tal intensidad a la luz de la luna que parecía tener vida propia, parecía un ojo que en cualquier momento fuese a parpadear. Y Neal tuvo muchos deseos de tocarlo. Adyra le había dicho que si tocaba el dije con intenciones directas, sería inmediatamente convertido en cenizas. Sin embargo, y aún sabiendo esto, Neal no pudo resistir la tentación. ¿Por qué Adyra nunca se quitaba ese dije, y por qué guardaba tanto misterio en torno a él? Lentamente, Neal fue acercando su mano al dije y, sin poder evitarlo, lo rozó con la punta de los dedos… Y…

No pasó nada. Absolutamente nada. Extrañado, Neal probó de nuevo, esta vez tocando el dije por completo, pero tampoco pasó nada. ¿Qué estaba sucediendo ahí? ¿No que iba a ser transformado en cenizas? Y sin embargo, no pasaba nada. Neal acarició el dije, y se sorprendió de sentirlo tan caliente (aunque por su condición de muerto viviente, casi todo lo que tocaba lo sentía caliente) y tan liviano. Él estuvo jugueteando un buen rato con él, hasta que Adyra se removió en sueños. Neal se dijo que probablemente ella no quería decirle la verdad acerca de esa piedra, pero no la culpó. Después de todo, Adyra era una diablesa renegada que se había acostumbrado a andar sola, sin alianzas, y no confiaba en nadie, y si bien era cierto que a últimas fechas estaba empezando a confiar en Neal, aun faltaba mucho para que ella se sintiera completamente libre de decir sus secretos.

Así pues, Neal decidió no decirle nada sobre lo sucedido a Adyra, y las cosas continuaron como siempre durante un tiempo. Sin embargo, un atardecer, Adyra recibió una visita que le hizo recordar que seguía teniendo a la espada de Damocles sobre su cabeza. Era un ocaso en el que Neal se había quedado en el castillo, encargándose de algunos negocios, y Adyra había salido sola a recorrer el bosque. Parecía que sería una noche como todas, pero de repente, la diablesa percibió ese aroma tan peculiar y característico que predominaba en el infierno, un intenso olor a azufre que no dejaba lugar a dudas de que ella estaba a punto de hacer acto de presencia…

- Buenas noches, mi hermosa Adyra.- dijo una mujer, detrás de la diablesa.- Tanto de no vernos, querida mía.

Adyra se dio la vuelta, y vio a una voluptuosa mujer de cabellos rojos como el fuego, cuyos ojos cambiaban constantemente de color, y con unos perfectos cuernos de ónice negro con destellos dorados coronando su altanera cabeza. La mujer iba semidesnuda, con el pecho descubierto y una diminuta falda de piel cubriendo la parte inferior de su cuerpo, la cual estaba sostenida por un cinturón que tenía un auténtico cráneo humano. Sus botas rojas eran de piel de sabueso del infierno, una auténtica delicia entre los seres de inframundo. La diablesa era una mujer bellísima, sin duda, y también poderosa: no era otra que Rosier, la reina de los Súcubos.

- Otra vez tú.- gruñó Adyra, al verla.- ¿Cuándo vas a dejarme en paz?

- Nunca, querida.- negó Rosier.- Sabes bien que nunca podría abandonar a mi propia hija.

Adyra torció la boca en un gesto al escuchar esta última revelación. Odiaba que le recordaran que ella era hija de Rosier.

- No me pongas esa cara, querida mía.- dijo Rosier, extendiendo los brazos hacia Adyra.- Eres mi hija y eso no lo puedes negar, tú eres sangre de mi sangre, querida.

- Cállate. Tú no me pariste.- replicó Adyra.- No tengo tu sangre.

- No, pero yo te creé.- la contradijo Rosier.- Todas las súcubos que están a mi mando han sido creadas por otros demonios de más alto rango que yo, pero tú, mi hermosa y adorada Adyra, eres creación mía. Yo misma te forjé con mis propias manos, tengo el derecho a considerarte mi hija, y recuerda que fue una gota de mi sangre la que creó aquélla que corre por tus venas.

- Dejé de ser tu hija desde el momento en el que abandoné la Segunda Jerarquía.- dijo Adyra.

- Nunca dejarás de ser mi hija, nunca, aunque renuncies, y eso entiéndelo.- dijo Rosier, enojada.- ¡Eres mi sangre!

- Eso ya lo dijiste.- bufó Adyra.

- Sí, ya lo dije, pero parece ser que no entiendes lo que llevar mi sangre conlleva.- replicó Rosier, molesta.- Tan es así, que la desperdicias en seres inferiores… Como en un vampiro, por ejemplo.

Adyra se quedó muda al escuchar eso último. ¿Rosier sabía acaso que ella había alimentado a Neal con su sangre?

- Tu silencio te delata.- rió Rosier.- Pero aunque así no fuera, eso ya lo sabía. Le diste de beber de tu sangre a un ser inferior, a un simple vampiro. No sé cómo fue que te rebajaste a hacer tal acto.

- Eso a ti no te importa.- gruñó Adyra.- Aunque sea tu sangre la que me creó, ahora ya es mía y puedo hacer con ella lo que se me venga en gana.

- Oh, mi pequeña e ingenua niña, aún te falta mucho por aprender.- dijo Rosier, moviendo la cabeza de un lado a otro.- La pregunta no es qué haces con tu sangre, la pregunta es: ¿por qué lo haces? ¿Qué tiene ese vampiro que te llevó a querer ayudarlo?

Rosier comenzó a caminar de un lado a otro, rodeando a Adyra en un círculo infernal que iba volviéndose más y más estrecho, al tiempo que la miraba sin dejar de hablar.

- Mírate, viviendo con un vampiro, más aún, viviendo como su mujer, compartiendo mesa y cama.- continuó Rosier.- Trabajando en conjunto, asistiendo a fiestas, dándote la gran vida. Al principio pensé que lo hacías para capturar más fácilmente almas humanas, por la fachada de duque que él se carga, pero cuando llegaron al momento de bajar la cuota para no despertar sospechas y aún así no te ibas, pensé que lo hacías porque ibas a robarle, con tantas riquezas que debe haber en ese castillo, pero cuando mandé a esos 3 vampiros a atacarlo y tú saliste a defenderlo… Bueno, que tuve que darme cuenta que no estabas aquí para cometer maldades, sino por puro gusto.

- ¿Así que fuiste tú?.- cuestionó Adyra.- Qué lindo de tu parte.

- Claro que fui yo, pues llegué a pensar que él te tenía prisionera, que por alguna ilógica razón habías quedado presa, pero no, tampoco era eso.- Rosier frunció el ceño.- Así pues, querida mía, tuve que resignarme a la cruel verdad: te gusta estar con ese vampiro, peor aún, horror de horrores, te has encariñado con él.

Adyra siguió callada, sosteniéndole la mirada a Rosier, mientras la expresión de ella iba cambiando con cada palabra. La reina de los Súcubos estaba al límite de su paciencia y se notaba.

- Bueno, pues si así fuera, todo esto es culpa tuya.- dijo Adyra, triunfante.- Si no me hubieras dejado casi muerta en nuestra última pelea, no estaría yo aquí.

- Ay, sabes que no era mi intención hacerte daño, pero ya sabes cómo es cuando me hacen enojar, Adyra.- Rosier hablaba ya con enojo.- No sé qué me ha molestado más, si el hecho de que no has negado ninguna de mis palabras, o el hecho de que hayas regado tu sangre de esa manera. Aún no has entendido bien lo que significa que un demonio regale su sangre, ¿verdad? Este líquido siempre ha tenido mucho peso entre demonios, vampiros, humanos, licántropos e incluso entre los ángeles. La sangre es lo más preciado que se tiene y no se puede regalar a cualquiera de una forma tan descuidada.

- ¿Y quién te dice que lo mío fue un descuido?.- replicó Adyra.- ¿Quién te dice que no lo hice con mucho gusto?

- ¡Adyra!.- gritó Rosier, fuera de sí.- ¿Has perdido la razón? ¡No eres una diablesa cualquiera, eres una princesa infernal! ¿Ves esos adornos dorados de tus cuernos, tus alas y tu cola? ¡Son símbolos de tu condición real, las pruebas de que eres mi hija!

- ¿Y cómo me los puedo quitar, entonces?.- gritó Adyra.

- ¿Cómo te atreves?.- Rosier gimió.- ¡Miles de diablos en el Infierno quisieran tener el estatus que tú tienes!

- ¿De renegada?.- replicó Adyra.- ¿De desterrada? ¿De paria? Y hay cientos de princesas infernales, una más no hará la diferencia.

- Muchas diablesas, óyelo bien.- puntualizó Rosier.- Quisieran tener los adornos que tú tienes en tus cuernos, alas y cola, e incluso han tratado de imitarlos, sin éxito, ya que sabes bien que ésos son únicos, la señal de una auténtica princesa infernal, una más, como tú dices, pero una que es diferente al resto. Por el simple hecho de que eres mi hija, y no voy a renunciar a ti. Vuelve al Infierno conmigo, y yo misma te quitaré ese collar, que impide que adoptes tu forma de diablesa.

- ¿Me quitarás el collar que tú misma me pusiste por castigo por haberte derrotado, "madre"?.- se mofó Adyra.- ¿Si regreso contigo al Infierno? Oh, sí, claro. Prefiero mil veces quedarme en la Tierra como simple humana a volver contigo al Infierno.

Rosier soltó una exclamación de dolor, al tiempo que se tapaba la boca con las manos y miraba a Adyra como si ésta hubiese dicho alguna barbaridad, y tal vez la había dicho, pero eso a la diablesa no le importaba.

- Te repito lo que te dije aquella vez, que te derroté en tu propio juego.- continuó Adyra.- No quiero seguir siendo tu esclava y que te lleves todos mis créditos. No quiero seguir trabajando para ti. No quiero ser una princesa infernal o lo que sea, el Infierno y sus jerarquías no me importan. Trabajo mejor sola, tan es así, que el mismo Lucifer me ha regalado una de sus mejores armas.

- ¡Mientes!.- gritó Rosier.- ¡Cállate, ya no quiero escucharte!

La voluptuosa diablesa pelirroja recordó aquella vez, cuando su hija favorita se le había rebelado, la vez en que Rosier y Adyra se enfrentaron en una de las batallas más memorables de la historia del Infierno y… Adyra había resultado vencedora… Rosier no tuvo más remedio que dejarla ir, pero antes de hacerlo, le colocó al cuello el Ojo del Infierno, el amuleto maldito que condenaría a Adyra a no poder tomar su auténtica forma demoniaca. La versión oficial decía que Rosier había desterrado a Adyra por haberse atrevido a rebelarse, y que ahora esta última era una paria… Sin embargo, desde el día en que Adyra se marchó, Rosier no había desistido de su intento de hacerla volver, siempre presionándola y pisándole los talones a donde quiera que ella fuera.

- ¡Yo misma te haré volver al Infierno!.- gritó Rosier, sacando unas enormes uñas que más bien parecían garras.- ¡O te mataré en el proceso!

Adyra se alistó para recibir el ataque de Rosier, dispuesta a terminar de una vez por todas con ese problema que no la dejaba vivir en paz, pero antes de que ambas súcubos se enfrentaran, una figura se hizo presente entre ellas, creando un campo de energía que las separó al instante.

- Quizás antes podías atacar a Adyra a solas.- dijo Neal, mirando fijamente a Rosier.- Pero ahora ella está conmigo, y si peleas contra ella, peleas contra mí.

El vampiro tenía una expresión agresiva en el rostro, con los colmillos de fuera, su espada en una mano y una inmensa bola de energía cinética en la otra. Además, los licántropos habían cercado a la súcubo, por no mencionar que Adyra había encendido su fuego negro, sacando el hacha que había pertenecido a Lucifer. Rosier sopesó la situación, aún cuando consiguiera derrotar a todos los licántropos (lo cual no debía ser particularmente difícil), aún quedaban Neal y Adyra, y sin duda ambos eran rivales formidables. Rosier gruñó, rechinando los dientes, por haber tenido la estúpida idea de ir a buscar a Adyra sola. Así pues, la reina de los Súcubos decidió hacer lo más prudente posible en esos momentos: huir.

- No será la última vez que nos veamos, Adyra.- dijo Rosier, al tiempo que un círculo de llamas se encendía a su alrededor.- Terminaremos esto en otra ocasión.

Las llamas envolvieron por completo a Rosier, y tras un instante se esfumaron en el aire. Neal y Adyra se quedaron solos, rodeados por los licántropos, mirando el sitio donde había estado Rosier hasta apenas algunos instantes.

- No debiste haber salido sola.- recriminó Neal a Adyra.- ¿Fue ella quien te hirió la otra vez?

- Sí.- suspiró ella.- Rosier, la reina de los Súcubos. Y mi "madre".

Neal casi se quedó con la boca abierta cuando escuchó esto, pero se contuvo a tiempo. Quizás, ése era el momento para que Adyra revelara todos sus secretos y él debía actuar con cautela.

- Quizás es momento de que te cuente un par de cosas.- dijo la diablesa.- Te lo debo por haberme ayudado en tantas ocasiones. Sin embargo, antes de eso, quisiera saber por qué me has ayudado, Neal. Tú eres un vampiro, tan arisco como yo, que no ayuda a nadie. ¿Por qué yo fui diferente para ti?

Neal no dijo nada, simplemente miró a Adyra por unos instantes, tras lo cual la besó, no apasionadamente sino con un poco más de… Bueno, de algo en lo que Adyra no quería pensar.

- Vamos al castillo, creo que hay muchas cosas de las que tenemos qué hablar.- dijo Neal, soltando a Adyra y echando a andar.- Y no sea que tus congéneres quieran regresar.

Adyra no respondió a eso, y miró hacia el bosque oscuro. Rosier tenía razón en algo, y era que la verdadera pregunta sobre sus actos no era tanto para qué lo hacía, sino más bien el por qué. Adyra ya había descubierto la razón, pero ahora tendría que hacerse responsable por sus acciones. Por lo menos, hasta que consiguiera liberarse de la maldición de Rosier, para poder continuar con su camino en paz.

Aunque quizás esto último ya no lo haría sola. Sólo el tiempo lo diría.

Fin.

Notas:

Aquí termina la primera parte de la historia de Neal Vajk y Adyra Vajk, que narra cómo fue que se conocieron y cómo desarrollaron sus vidas juntos. Quizás pronto continúe con su historia, mezclando sus caminos con los de los otros dos ángeles que los complementan, pero eso será en un futuro =).

Neal Vajk pertenece a Elieth Schneider. Usado con su expreso consentimiento.

Adyra Vajk pertenece a Lily de Wakabayashi.