EL CLUB DE HOPEWELL

CAPITULO LIX: BAR

—¡...Y si vuelvo a escuchar que te volviste a meter la pata, se acabo! ¡Es tú última oportunidad!—gritaba el director LaFontaine a un alumno en su oficina.

—¿Pero entonces...? —el muchacho, intimidado en su silla por la dureza de las palabras del educador, trató de tomar la palabra.

—¡No quiero saber nada! ¡Sólo vete y más vale que no vuelva a oír de ti!

Con la cola entre las patas...no, eso es una analogía gastada y ni siquiera cercana al impacto causado en el alumno: con el culo en la garganta, el joven se marchó de la oficina, encontrando en su salida al profesor de educación física, el señor Weinbach.

—¿Puedo entrar, director? —el profesor preguntó en la puerta.

—Pase, pase —le contestó.

—¿Así que por fin un alumno le hizo perder la paciencia?

—Sí: en verdad me tienen harto.

—Bienvenido a mi mundo, señor director. ¿Qué hizo el malcriado?

—Dios, me da malestar con el recuerdo —LaFontaine declaró mientras buscaba un anti acido en uno de sus cajones—. ¡Cómo los detesto!

—Vamos director, estamos entre...bueno, no nos llamaría exactamente amigos. Pero el medio escolar es una guerra, y si esos chicos son nuestros enemigos, eso nos vuelve aliados.

—Bien, vale —contestó LaFontaine tras un trago a su botella—, tome asiento.

—Por supuesto —obedeció el profesor.

—Lo que pasa...es que ése muchacho hecho a perder mis apuestas...

—¿Perdón? ¿Dijo "apuestas"? —incrédulo, Weinbach buscó confirmar o desmentir lo que escuchó.

—¡Le dije a ése mocoso que eran 600 dolares a 666 en la sexta carrera! ¡No seis dolares en la carrera 66! ¡Le pedí que anotara mi orden por qué sabía que que se iba a revolver! ¡Pero no! ¡Ahora perdí un dinero que no sé de dónde voy a sacar!

—¿Hay un caballo llamado "666"?

—¿¡Eso es lo que sacas de mi historia!

—No es un nombre común para un caballo, además...creo que tampoco es común un director de escuela que apuesta en el hipódromo.

—Eso es lo peor: no es el hipódromo que conoces...es uno más o menos...ilegal. Y si no tengo el dinero para pagar me van a...

—No me diga: "¿Le van a romper las piernas?"

—¡No me pueden romper las piernas! —gritó desesperado el director, sujetando del costado de sus hombros a Weinbach—. ¡Las uso todos los días y no hay sillas de ruedas que combinen con mi color de ojos!

—Tranquilo, eh...calma, director —Weinbach se levantó y se alejó de su superior, incomodo por la reacción ante una situación tan inusual—, ya...encontrará su dinero por ahí.

—¡Y mi seguro medico no cubre heridas por cobradas de cuentas pendientes! ¡Ya leí la póliza hasta el último punto!

Aunque uno en general no relaciona a un maestro de deportes con comprensión y compasión, el llanto patético de un hombre desesperado por mantener su integridad física le recordó demasiado su pasado militar...claro, aquí no estaban bajo el fuego de guerrillas islámicas...sino bajo el fuego de las pandillas alrededor de la industria de las apuestas clandestinas. Lo que fuera, Weinbach se sintió mal por el director.

—¿No quiere ir a tomar una cerveza? —el maestro preguntó.

—¿Qué cosa?

—Necesita alejarse de esos problemas, olvidarse un poco de tanta cosa negativa. Conozco un bar, vamos después de las clases.

—¿Lo dice...en serio? —sollozando, el director preguntó mientras limpiaba sus lagrimas con la manga de su saco.

—Si, calma por favor, sólo le pido eso: es un hombre adulto, no debería llorar.

—¡Pero tengo sangre francesa! ¡La emoción está en nuestras venas!

—También su pueblo hizo "El Arco del Triunfo" pero no creo que pueda construirlo, ¿verdad?

—Sé que no: por eso dejé la carrera de arquitectura... ¡Pude ser alguien! ¡No debería estar aquí! ¡Podría ver el mundo construyendo edificios! ¡Berlin! ¡Roma! ¡Tokio!

—¿Acaba de decir las capitales de las potencias del Eje?

—Bueno, fueron los primeros nombres que aparecieron en mi cabeza.

—¡ESO SÓLO HACE PEOR!

—¡No me grites! ¿Por qué me gritas? —LaFontaine dijo, casi al borde del llanto desenfrenado una vez más.

—Carajo, ¡perdón, perdón!

Al acabar las clases, ambos educadores partieron, en el auto del director pero siguiendo las instrucciones de Weinbach, a un bar en un barrio de bohemios a veinte minutos de Hopewell High.

—¿"El Mal Pagado"? —leyó el director el nombre del establecimiento al salir de su vehículo.

—Sí...el maldito bar conoce su público —contestó Weinbach.

—¿Por qué no conocía éste lugar?

—¿Por qué no? ¿Le pagan lo suficiente para no tener que trabajar en un centro de llamadas vendiendo fajas para bajar de peso o la última colección de discos de Kenny Loggins?

—Supongo que sí...

—¡Por eso no conocía el bar!

Pero no era el momento para reclamar; se trataba de hacer sentir un poco mejor al director ante el prospecto de pronto perder su movilidad. Con eso en mente, ambos ingresaron al bar.

—¿Qué les ofrezco caballeros? —preguntó el barman al verlos ubicarse en la barra.

—Para mi cerveza, ¿qué toma director?

—Escocés —contestó LaFontaine—. Hágalo doble. Triple si se puede. No descarte un cuádruple.

—Por supuesto, de inmediato señores.

—¿Sabe lo que está pidiendo, al menos, señor director?

—No. La diversión está en averiguarlo.

—No quiero entrometerme en su vida, de verdad, es lo último que deseo, pero tengo la sensación que tales actitudes lo han llevado al problema que tiene.

—La predictibilidad es vulnerabilidad. Usted fue militar, señor Weinbach; debería saberlo.

—Y esto es una guerra...bueno, ahí me atrapó.

El barman regresó con sus bebidas; ambos dieron un trago inicial para quitarse de encima la tensión y pesadez ganada por una semana laboral que a pesar de siempre tener la misma cantidad de días, nunca deja de sentirse eterna.

—No se preocupe director —Weinbach comentó al ver a su superior con la mano nerviosa—. ¡Eres educador en una escuela pública! ¡La has visto peor!

—¿Peor? ¿En verdad lo cree?

—¡Sí! ¡Piénsalo nada más! ¿No lidia con pandilleros, potenciales y reconocidos, a diario?

—Ciertamente...no todos los estudiantes son lo que pudiéramos llamar "gente civilizada".

—¿Qué tal esos tres chicos? ¿Los conoce no?

—¿Cuáles Weinbach? Tenemos 700 alumnos: no puedo recordarlos todos —comentó tras un segundo trago.

—Usted sabe: la pelirroja, el vago polaco, y la lolita cara de Charles Manson.

—¡Oh sí! —asintió con la cabeza—. ¡Ya los recuerdo! ¡Las señoritas Martin y Greenberg, y el joven Zabrocki!

—Exacto: ahora dígame, ¿acaso ellos no son como criminales ya? ¿Qué pueden hacerle unos mafiosos que no puedan esos adolescentes idiotas?

—¿Cómo las pinturas? ¿El caso de las salchichas? ¿El piso destruido? ¿Los estéreos robados? ¿El auto que estalló?

—Sí, sí. ¿Cómo diablos no han metido presos a esos chicos?

—Nunca se les ha comprobado técnicamente nada, y lo que sí se les ha comprobado siempre encuentran un puto escape, una jodida laguna legal... ¡Siempre se salen con la suya!

—Tranquilo, tranquilo mi buen —con palmadas en el hombro, LaFontaine mencionó—, después de todo, ¿acaso no todos fuimos así a sus edades? ¿Rebeldes? ¿Drogadictos? ¿Involucrados en terrorismo?

—Los únicos adolescentes involucrados en terrorismo de dónde yo vengo los deteníamos en cárceles hasta que tenían edad para recoger sus tarjetas de descuento de la tercera edad.

—No todo el mundo es Israel, Weinbach, es decir, ¿por algo dejaste el país en primer lugar no?

—Por...cargos de terrorismo.

—¿No son tan diferentes eh?

—LaFontaine, ahora veo porque es director: acaba de reducir un complejo concepto del conflicto en mi país a un par de frases...

—¿De verdad lo cree?

—¡No! Es un idiota, y la única razón por la que tiene el puesto es por la maestra de arte arrestada por acosar a una alumna, el idiota de química que trafica con PCP y mis antecedentes de la Corte de La Haya.

—Diga lo que quiera; comparado con ellos, soy Jaime Escalante.

—¿Quién?

—Ya sabe: el profesor que enseñó a un grupo de estudiantes que nadie creía en ellos...sólo que no recuerdo como se llamaba el filme.

—¿Mentes Peligrosas?

—No. No era esa.

—¿La Sociedad de los Poetas Muertos?

—¡No! ¡La otra película! ¡Has memoria Weinbach! ¡Un maestro llega y pone su empeño en darle esperanza a unos chicos problemáticos!

—¡Ah! ¡Los Coristas!

—¡NO!

—¿No? ¿No será de casualidad "Escuela del Rock"?

—No, ya déjelo ir...aunque creo que sólo ahora me doy cuenta de esa trama está muy gastada...aunque...

LaFontaine guardó silencio y cerró los ojos por unos instantes.

—¿Qué pasa, director?

—No nos haría mal un maestro así —LaFontaine contestó, ya con sus ojos una vez más abiertos—. Alguien que tenga fe.

—¡No venga! ¿Acaso cree en toda esa basura?

—¿Y usted no?

—¡Claro que no! ¡Por favor! ¡Esos chicos tendrán suerte si alguno de ellos termina trabajando en un mini-super porque al menos tendrá aire acondicionado! ¡El resto vivirá de la seguridad social y las limosnas de los transeúntes de la esquina en la que se sienten!

—No sé si sea la mejor actitud para alguien en la rama de la educación.

—No hay que ser un experto director: esos chicos son basura, y nunca nada los volverá gente de bien. Cuando mucho, podemos intentar hacer que sean gente que no dañe, pero perderemos muchos en el camino... ¡Es más! ¡Ya perdimos muchos antes desde primer día!

—¿Sabes Weinbach? Siempre supe que eras un tipo duro, pero no me imaginé hasta que nivel.

—No soy "duro". Me gusta pensar que más bien, soy realista.

—¿Conoce a George Carlin?

—¿El comediante? —preguntó el profesor Weinbach tras un trago más—. ¿Qué con él?

—El dijo alguna vez "dentro de cada persona cínica, hay un idealista desilusionado".

—¿Ahora va a ser mi psicólogo? ¿Cree qué tengo algo dentro de mi que no he superado? La vida no es así. Y dudo mucho que un comediante, no importa lo brillante y agudo que sea tenga la verdad universal de la vida y todo lo demás.

—No profesor. Tampoco creo que la vida sea tan simple, pero...debe reconocer que en ocasiones, hay grandes verdades en la comedia.

—Puede ser...puede ser. Nunca fui bueno para el humor, en general.

—¿Por eso odia tanto a esos muchachos?

—¿Cuáles de todos, director?

—¡Usted sabe! Los tres...

—Hashem, por favor no —Weinbach golpeó con rapidez de trueno la barra con tan sólo volver a escuchar de aquel trió.

—Creo que el que necesita calmarse ahora es otro.

—¡No estoy siendo irracional aquí! ¿No me diga que esos chiflados le agradan?

—Pues...no me pueden hacer enojar, no me puedan dar miedo.

—Eso es cierto: esos jodidos muchachos huelen el miedo. ¿Pero acaso siente simpatía por ellos? ¿Habla en serio?

—Si vas a trabajar con chicos 5 días a la semana durante 200 días al año, quizás no sea tan mala idea que algunos de ellos te agraden.

—¡Son criminales!

—¡Y usted también!

—¡Es diferente!

—Pues culpeme si quiere: soy un educador que disfruta educar...al menos, si "The Walking Dead" no está en la televisión o no hay debates en el Parlamento sobre el problema con los mutantes.

Weinbach era incapaz de comprender como el director podía sentir cualquier otra cosa que no fuera desprecio y desdén ante esos muchachos; pero el que no pudiera entenderlo no significaba que no intentara hacerlo.

—Bueno, dígame entonces —el maestro dijo mientras su mano buscó unos manís de un tazón de cortesía—, ¿por qué les agrada?

—Cosas... ¿alguna vez se ha puesto a analizarlos? ¿A pensar en ellos, como chicos? ¿Individuos? ¿Cada uno por su cuenta?

—En el ejercito teníamos un dicho: "tener simpatía significa la diferencia entre matar y ser matado"...es más ingenioso en hebreo, rima y toda la cosa...

—Es que son chicos traviesos, pero en esencia, son buenos...

—¿Si? ¿En qué sentido? ¿Buenos para hacer volar las cosas?

—¿Nos hicieron ganar el concurso de cohetes o no señor Weinbach?

—Sí, pero los chicos del club de física también hubieran podido hacerlo, y sin hacer estallar nada.

—Tienen cabeza los niños. La pelirroja no es mala estudiante, tiene un promedio bastante bueno; no excelente, pero nunca ha dejado una materia en recuperación, ¿sabe lo dificil que es eso hoy en día? ¡El 95% del presupuesto de Hopewell High viene por los recargos y cuotas por los exámenes de recuperación! Si más chicos fueran como la pelirroja, la señorita Martin, el maldito colegio iría a la quiebra.

—¿Entonces los maestros no educan, los chicos reprueban y llenan nuestras arcas?

—Sí...creo que jamás lo había escuchado en palabras de otra persona...si se entera esto el distrito escolar, sería un escándalo.

—Sin dudas sí, pero el sistema funciona: ha creado una especie de... "ecosistema" —Weinbach comentó para después devorar de un bocado los últimos manís en su mano—. Ahora, ¿si es tan lista esa niña, por qué se junta con quién se junta?

—¿Ya ha olvidado lo qué es ser adolescente? ¡Usted está más cerca en edad a ellos que yo!

—Vaya al grano, director.

—Miré, es un caso clásico, lo he visto toda mi carrera: la señorita Martin es...insegura, aún cuando no debería serlo. Es lista, es inteligente, y de hecho inclusive es bonita, pero su autoestima está por los suelos. Claro, todos a esa edad no nos sentimos precisamente como los reyes y reinas del mundo, pero a algunos les golpea más que a otros esas sensaciones de constante miedo e inseguridad. Cualquier otra chica, con la cabeza que ella tiene, y con la apariencia que también posee, sería una estrella del colegio, pero no; no confía, no sabe, y eso la llevó a ocultarse, a bajar la cabeza, y a juntarse con gente que quizás no parece tener sentido su relación.

—¡Pero entonces ahí me está dando algo de razón! —con el indice de su mano derecha alzado y señalando, Weinbach exclamó—. ¡Ahí tenemos el caso de una chica que podría tener más pero que es detenida por dos higos podridos!

—¿Higos...podridos?

—Lo siento: así usamos la expresión en mi país. ¿Es manzanas aquí, verdad?

—Sí profesor. Pero, respecto a su declaración...no. No estaría tan seguro de ello.

—¡Ja! ¿Ahora va a tratar de defender a los otros dos? ¿El vago de Zabrocki? ¿Y la fenómeno esa?

—Como dicen en los Thundercats: vea más allá de lo evidente, profesor.

—Bien, bien. Hable: esto tengo que oírlo.

—El chico Zabrocki...es como tantos niños problema que me han tocado: hostil, agresivo, se mete en problemas todos los días y el día en que no es porque aún no lo hemos descubierto. Pero no creo que sea tan malo como todos creen, inclusive, como él mismo quiere hacernos pensar.

—¿Qué? ¿Descubrió que es voluntario en el hospital de viejitos y lee cuentos a niños enfermos de cancér?

—No, no Weinbach; en verdad, si quiere ir más allá de dónde está ahora como educador tiene que aprender a leer ciertas claves y señales.

—¿Y? ¿El chico le dio señales de humo que tiene sentimientos? ¿Qué sólo quiere ser amado?

—No tiene que señalarlo todo el tiempo, pero piense, ¿ha tratado con chicos así antes no? ¿Pandilleros? ¿Criminales?

—Toda escuela siempre tiene un puñado.

—Hasta ahí está bien. Ahora, piense, ¿con quienes se juntan usualmente? ¿En qué "manadas" dirían que están esos muchachos casi siempre?

—Con otros chicos problema.

—Sí: otros chicos de navajas y pistolas. Pero el chico Zabrocki, se junta con dos chicas...no quiero sonar sexista, pero es un poco inusual: casi siempre cuando veo algo así es que el chico es más gay que un coreógrafo de Broadway o es el chico simbólico en una comedia de Disney Channel o Nickelodeon.

—Nunca se sabe: mi sargento desapareció un año y volvió como mi sargenta...

—¡Por supuesto! Pero ¿qué clase de chico "malo" perdería su tiempo con una joven insegura?

—No sea ingenuo director: a esa edad, quizás...quizás más allá de esa edad, las chicas quieren un James Dean o un Johnny Rotten, ¡mi sueldo a que esos dos se acuestan!

—Y no digo que no...pero si se acuestan, alguna vez tuvieron que hablar primero.

—Director...es obvio que nunca se ha paseado por ciertas partes de la ciudad, o para el caso, en ciertas partes de ciertas mujeres.

—Cinismo hablando.

—¡OK, vamos! Supongamos que es cierto, y que el chico Zabrocki de algún modo en realidad es un alma caritativa y sensible, pero no olvidemos que aún queda una tercera jineta del fin del mundo en ese grupo.

—Para empezar: son cuatro los jinetes, no tres...

—¡Bueno eso! ¡Soy judío! ¡No es parte de mi religión!

—...y en segunda...oh sí, el caso de la señorita Greenberg —el director comentó, justo antes de dar el último trago a su bebida, ingiriendo el resto del escocés de un sólo bocado—, lo siento, necesito valor, porque aquí tendré que en verdad esforzarme para defender a esa niña.

—Adelante, quiero oírlo.

—OK, ¿qué tal esto? Mire...

—¿Sí? Vamos, vamos.

—¡Lo siento! —el director rompió el carcajadas—. ¡Creo que ya se me subió!

—¿No bebe mucho verdad? ¿Ya ve? ¡Eso le pasa por ordenar "cuádruple"! ¡Es probable que toda esa basura que me dijo de esos chicos sólo sea efecto del alcohol!

—Es probable, lo es bastante...Pero, tampoco olvide que los borrachos son como los niños: nunca mienten.

—Pero vomitan porquería por la boca. Creo que eso también pasó aquí.

—Lo siento...lo siento, no...creo que me pasé.

Weinbach, al ver al director recostando su cabeza sobre la barra, supo que no era prudente continuar en el lugar. No llevaban mucho tiempo, pero ya había visto la señal para partir.

—Vamos director, salgamos de aquí —Weinbach comentó mientras trataba de llevar apoyado en sus hombros—. Le pediré un taxi.

—¿Pero mi auto?

—Bueno, si quiere lo llevó, ¿no es estándar verdad?

—No.

—Gracias a Elohim...sí director, puedo llevarlo, aunque tendrá que guiarme.

Y tras recostar a su patrón en el asiento del pasajero, el profesor Weinbach tomó el control, y tras tratar de entender las instrucciones, finalmente arribó al hogar del director.

—¿Aquí vive?

—Sí, es aquí —contestó LaFontaine.

La duda y escepticismo inicial de Weinbach tenía razón de ser: él sabía que el director no ganaba mal, y sin embargo, el hogar frente a él era pequeño; una casa de un solo piso y con una fachada burda, más apropiada para un asalariado de oficina que para un administrador de un colegio; inclusive el propio Weinbach, con un salario menor, se las había arreglado para conseguir un hogar un poco más lujoso.

Pero esto...no tenía sentido.

—¿De verdad vive aquí, director?

—¡Sí! ¿Calle Chesnut no?

—Sí.

—¡Es aquí! ¡Mire el buzón! ¡Familia LaFontaine!

En efecto: de un vistazo, Weinbach confirmó la calle y la familia del hogar, pero esa respuesta traía una pregunta nueva.

—No sabía que era casado, director.

—No lo soy —respondió, recostado y con los ojos cerrados, pues hasta abrir los parpados le causaba dolor de cabeza.

—Oh...entonces... ¿hijos?

—¿Cuentan los jerbos?

—No lo creo, director.

—Entonces no.

Y aunque tenía curiosidad por conocer el porque de la inscripción "familia" sobre su apellido, Weinbach sabía, o al menos, intuyó, que quizás era una de esas cosas que era mejor callar y esperar otra ocasión para aclarar las dudas.

Pero al menos había algo que sí podía comentar.

—Director —con LaFontaine en hombros, el profesor mencionó mientras caminaban al interior del hogar—, algo me llamó la atención.

—Mire, la sirvienta está de vacaciones, ¿bien?

—No, aunque no estaría mal una limpiada para alejar el olor a jerbo...pero lo que quería comentar es que, ¿cuántos alumnos dijo que había en la escuela?

—700, algo así, no recuerdo el número exacto.

—¿Y recordó a esos tres chicos?

—Weinbach, tengo que ser honesto porque creo que le he mentido.

—¿Sobre qué?

—Cuándo le dije que fuera más especifico porque no podía recordar a todos...sí puedo.

—¿Si puede qué?

—Sí puedo recordarlos...a todos...no es broma, puede traer las listas oficiales si quiere: desde Aalldmann hasta Zelstein...

—¿Los conoce a todos?

—Tengo que profesor...soy el director...

El maestro finalmente reposó al director sobre un sillón viejo de la sala.

—Director, descanse, y tranquilo: ya conseguirá el dinero para mantener sus piernas.

—¿De verdad?

—Eso espero: ni crea que lo cargaré como ahora.

Y tras llevarlo hasta su descanso, Weinbach se retiró rumbo a su hogar, buscando un taxi para el recorrido a orillas de la calle, pensativo, extrañado sobre su tiempo con el director; la primera vez fuera del contexto de la escuela, y sin embargo, usado para hablar de precisamente ese tema, pero desde una óptica diferente, aprendiendo más de lo que esperaba saber del propio director.

Y es que a su juicio, LaFontaine estaba lejos de de ser un educador efectivo. Pero si bien la cabeza en ocasiones parecía estar otro planeta, el corazón lo tenía justo en el lugar correcto.

Tal vez el director tenga razón. Después de todo, ahora Weinbach sentía que había aprendido algo.

N/A: Tengo mucho que explicar...

¿Por qué borré cierto episodio? A grandes rasgos: la idea que tenía era buena, pero por más que he escrito y reescrito, siento que no queda de todo con el resto de la serie, y que no está a la altura de las ambiciones que tenía...créanme que en estas ocasiones, quisiera tener talento.

Yo sé que es una historia que se supone es de comedia, y que vienen aquí por risas, pero...no me salen últimamente. Mil perdones si los he decepcionado, que créanme que yo también me he decepcionado solo.

Gracias, y sus comentarios...los espero.