Era casi de noche cuando el cansado grupo divisó la silueta que formaban un grupo de casuchas en ruinas al pie de una montaña. Nadie abrió la boca, pero en sus miradas se adivinaba una extraña mezcla de seriedad y alivio. El hombre que iba en cabeza alzó la mano hacia el poblado y apretó el paso.

El pueblo no era más que un conjunto de ruinas calcinadas donde la inmensa mayoría de las estructuras estaban a punto de venirse abajo. Los cuatro hombres se internaron con precaución y respeto, buscando un lugar seguro y resguardado. Descargaron su equipaje, prendieron una hoguera y cenaron. Horas más tarde tres dormían arrebujados en caras mantas de viaje mientras que el cuarto permanecía de pie sobre un montículo de piedras.

El hombre era bastante alto y ancho de espaldas, de unos cuarenta años de edad. Tenía una gran cicatriz en el rostro que le recorría desde el inicio del puente de la nariz y se perdía entre su barba pelirroja. Vestía a la usanza de los hombres del norte, con un jubón verde sin adornos, un chaleco de piel sin mangas y pantalones marrones. Del cinto le pendían una bolsa, una espada y un cuchillo. En su mano sostenía una lanza.

Uno de sus compañeros estornudó. El guardián les echó un rápido vistazo y después soltó un bufido.

-Las aventuras y los viajes exóticos no son para clérigos –rumió.

De nuevo trató de recodar por qué, en el nombre de Aesus, había aceptado hacer el viaje, recorriendo de punta a punta un país asolado por la guerra haciendo de niñera de tres novicios. Pero sabía la respuesta, y esa respuesta era de un amarillo reluciente y descansaba en las alforjas del sus clientes.

Sin embargo, aquellos tres serían capaces de agotarle la paciencia a la mismísima Aine. Ya llevaban acumulados varios días de retraso debido a las predicaciones. Aún recordaba la vez que se encontraron con comerciantes procedentes de Bhari…y los tres días que se pasaron discutiendo con ellos acerca de unos dioses a los que nadie comprendía.

Aquellos jóvenes le daban asco. Odiaba su posición, su prepotencia y el valor y la poca vergüenza que tenían a la hora de recitar los textos sagrados arbitrariamente, Sin embargo, admiraba su capacidad de convicción y el extraordinario dominio de la demagogia que poseían aquellos muchachos.

El hombre se volvió otra vez hacia el grupo todavía metido en sus meditaciones. Todos dormían plácidamente al calor de la hoguera. Su guardián consideró que estaban lo suficientemente seguros para que él se permitiera descansar y caminar a sus anchas durante un rato.

-Espero que vuestros dioses de pacotilla os tengan en buena estima –susurró.


Empezaba a soplar un viento frío. El hombre caminaba entre las casuchas semiderruidas en silencio, preguntándose si aquel lugar habría sido una víctima más de la reciente guerra. Miró, receloso, a su alrededor. ¿Algo se había movido? No, sólo era un arbusto mecido por el viento que sorprendentemente se había librado de las llamas.

Era extraño. Si sus conjeturas eran ciertas y la aldea había sido pasto de las llamas durante la guerra tendría que haber encontrado cadáveres calcinados hacía mucho. Sin embargo, no había nadie, ni un alma, como si se tratara de un pueblo embrujado tal y como contaban las antiguas leyendas.

A las afueras se erguían los restos de un templo y más allá las siluetas de las lápidas del cementerio. Y allí, entre las lápidas, distinguió una tenue luz. Según los escaldas de su tierra, allí le estaría esperando la más horrorosa de las muertes. Pero él no creía en leyendas.

Avanzó con paso decidido hacia los restos. Tal y como se esperaba, ningún ser del otro mundo vino para protestar por haber sido interrumpido de su eterno descanso. Aún así, caminaba entre las tumbas con solemnidad en un intento de mostrar respeto por los sepultados. No se sorprendió al comprobar que las lápidas no eran más que un trozo de madera que señalaba el lugar de enterramiento. Muchos tenían marcas o dibujos que suplantaban a los epitafios. El hombre se arrodilló ante una de ellas y palpó la tierra. El enterramiento, al igual que muchos otros, había sido excavado hacía poco tiempo por manos inexpertas. Por el dibujo en la tabla de madera dedujo que se trataba de un pastor. No había ninguna fecha, ni de su nacimiento ni de su muerte

Se puso en pie y siguió caminando hacia la luz, a la que se unió ruido de paladas. El hombre empuñó la lanza con más fuerza, pensando en que tendría que enfrentarse a un ladrón de tumbas. Caminando con cautela, se acercó…

Pero no era más que un niño, un crío de unos seis o siete años, el que diligentemente cavaba un agujero. Junto a él yacía un descompuesto cadáver al que le habían colocado en el pecho la tabla que sería su lápida. La luz procedía de una pequeña vela colocada cerca del improvisado sepulturero, el cual se afanaba por terminar su trabajo.

El hombre se quedó mirando al pequeño completamente sorprendido. El niño, por el contrario, no se inmutó al notar la presencia de un extraño. Siguió con su tarea sin emitir sonido alguno. Pasaron unos minutos de incómodo silencio antes de que el hombre se atreviera a hablar.

-¿Qué haces? –preguntó en tono afable.

El niño no contestó. El hombre echó un vistazo al cadáver, pero no había mucho que ver.

-¿Era pariente tuyo, acaso?

-No –respondió el niño- Es el panadero…o eso creo. Lo entierro junto a los demás. Es el último que me falta.

-¿Y has enterrado tú solo a todos ellos? -inquirió el hombre entre admirado y extrañado de que un simple crío pudiera hacer algo de tal magnitud.

-He tardado bastante, pero al final lo he conseguido. Sólo yo sobreviví, ¿sabéis? –Añadió mientras se giraba para mirar al adulto-. De todos ellos…

El chico dejó de cavar y se irguió. Era un muchacho bastante flaco y enjuto. Tenía el pelo de color castaño claro, casi rubio, y los ojos eran de un gris extraño, del mismo tono que la ceniza.

-¿Y cómo te llamas, chico? –respondió el hombre, tratando de desviar la conversación. No obtuvo respuesta, así que decidió presentarse para dar confianza al niño- Mi nombre en Odden.

-No recuerdo mi nombre –respondió el crío.

-Deberías remediar eso, chico. Pero dime –preguntó con suavidad- ¿Qué ha ocurrido en éste pueblo?

El chico calló durante unos minutos y bajó la cabeza. Murmuró algo y después siguió cavando.

-Recuerdo es que estaba asustado. Era de noche. Estaba muy asustado y me escondí.

-Pero… ¿Qué ocurrió?

-Todo empezó a arder. La gente gritaba y corría. Todos corrían…

El niño calló. Había dejado de cavar y apretaba el mango de la pala con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Pero Odden quería saberlo todo.

-¿Qué? –le azuzó- Continúa, chico.

-No quiero seguir hablando. Tengo trabajo que hacer –contestó el crío, muy serio.

Odden observó como el niño cavaba. Su rostro no mostraba sentimiento alguno, pero sus paladas denotaban que estaba enfadado. Aún a pesar del buen ritmo que llevaba, abrir una zanja decente le iba a llevar horas. El hombre se dio la vuelta para volver con el grupo, pero antes decidió decirle unas últimas palabras al niño.

-Estoy acampado no muy lejos de aquí, con mis compañeros. Nos iremos al amanecer, pero puedes venir con nosotros, si quieres.

Empezó a alejarse del chico, que continuaba cavando sin descanso. A cada paso que daba se reprochaba una y otra vez haberle dicho aquellas palabras al niño. No era que no le tuviera simpatía, era que no podía permitirse el lujo de otro lastre. Ya tenía tres, y los soportaba únicamente porque de ellos dependía su paga. No, el niño sólo le traería problemas.


Al alba decidió despertar a sus clientes. Los novicios, habituados a una vida de comodidades, tardaron bastante en levantarse y mucho menos en protestar. Sin embargo, sus berrinches cesaron una vez estuvieron arreglados y frente al desayuno recién hecho.

Pasado un rato Odden les ordenó hacer el equipaje y prepararse para la marcha. Mientras los novicios trabajaban perezosamente y entre continuas quejas, Odden oteaba el desierto pueblo por última vez sin ver por ninguna parte al niño. Cuando por fin los demás estuvieron listos les ordenó avanzar. Rodearían la montaña, pues el paso era peligroso debido a las primeras nieves.

No habían andado mucho cuando uno de los novicios gritó algo acerca de un aparecido. Los demás empezaron a correr completamente asustados, implorando a los dioses. Harto de sus memeces, Odden se volvió con lentitud.

El aparecido no era otro que el niño, que corría como un poseso hacia ellos. Mientras Odden hacía un amago de sonrisa, sus clientes estaban cada vez más histéricos.

-¡Mirad! –Berreó uno- Viene de aquel pueblo abandonado ¡Es un fantasma, seguro!

Odden hizo un esfuerzo para no desternillarse de risa delante de ellos. Avanzó hacia el niño. Éste se detuvo ante él, jadeando.

-Veo que al fin te has decidido –le dijo amablemente. Le tendió la mano.

-¡P-Pero no habléis con él, Odden! –Bramó el mayor de los novicios- ¿Acaso no veis que es una aparición, un espíritu surgido de entre las ruinas para llevarnos con él? Según El Libro…

-Me importa un comino vuestro sagrado libro. Os creéis que por sabéroslo de memoria tenéis todas las respuestas del mundo, ¿verdad? Pues no es así, muchachos –Respondió Odden sin volverse- Éste niño ha sobrevivido a una masacre y está tranquilo, y sin embargo vosotros os asustáis como conejos. Valientes predicadores…

Se produjo un silencio sepulcral. Los tres jóvenes se dividían entre el miedo al recién aparecido niño y la ira contra aquel hombre que se había burlado de su libro sagrado. Odden miraba al jadeante niño con aprensión. Iba a ser otro lastre en el viaje, pero le había prometido llevarlo con él y así sería. Sonrió, resignado.

-Escucha –le dijo a media voz-. Tendremos que ponerte un nombre –el niño no contestó y Odden le dedicó una sonrisa- Bueno, no importa, aún hay tiempo para eso –le puso una mano en el pequeño hombro y se volvió- ¡Vosotros tres, escuchadme bien! El crío viene con nosotros, os guste o no. Si queréis dejarlo atrás me temo que tendréis que buscar el camino solos.

Los demás no dijeron nada pero le dedicaron miradas de absoluto desprecio, miradas que no concordaban en absoluto con su imagen pública.

Odden se limitó a echarles una sonrisa altiva. Emprendió la marcha con el niño a su lado.


Empecé a escribir, o por lo menos a esbozar, esta historia hace unos cuatro o cinco años. En ese tiempo apenas logré escribir nada menos la historia en líneas muy generales, y ha sido sólo durante este último año cuando he tomado las decisiones por así decirlo definitivas con respecto a los personajes, su historia y el mundo que los rodea. Así con todo espero que os guste y que paséis un buen rato leyendo.