Entre las ruinas de la ciudadela de Kveld-Úlf se alzaba el nuevo baluarte del gobierno norteño, desde donde Zorien en persona gobernaba con mano de hierro. El complejo se levantaba sobre el patio, principalmente, aunque también se aprovechaban las habitaciones y edificios que todavía a duras penas permanecían en pie.

A los príncipes les habían asignado una habitación en una antigua sala de guardia, fría, amplia y con las paredes ennegrecidas por el humo del incendio. Ael se había procurado fabricar un espacio para prender fuego y había conseguido para su hermano un cómodo y confortable colchón que encontró en una de las habitaciones del palacio. No había soltado una palabra desde que los soldados de su padre los encontraran en mitad del patio, menos las dirigidas a su hermano.

Zor solía pasarse los días dormitando bajo las pieles que le hacían las veces de mantas, mientras que su melliza nunca permanecía lejos de él. Cuando el joven abrió los ojos por primera vez desde la toma de la ciudad se la encontró lavándole por entero, poniendo especial cuidado en la zona herida para no rozar los puntos de sutura. Aquello le provocó vergüenza, ya que mostraba al mundo su debilidad, la prueba de que el primogénito de Zorien no era un Jötnar intocable. Sin embargo, era un signo de cariño, y odiaba discutir con Ael. Se tragó su orgullo lo mejor que pudo y se dejó cuidar, deseando y a la vez temiendo que llegara el día en que tuviera que afrontar de nuevo sus obligaciones.

Durante las noches Ael rogaba que contara historias y cantase para ella. De niños, cuando su madre se pasaba los días y las noches ocupada, Zor entretenía a su hermana contándole de memoria los cuentos que Tyra les narraba.

-Cuéntame una historia –pidió ella aquella noche, como todas.

Él le dedicó una sonrisa condescendiente, pero se desvaneció al posarse su mirada en el tremendo moratón que afeaba la barbilla de su hermana, el castigo de su padre por haberse escapado de casa.

-Ya tienes suficiente edad para empezar a comportarte como una dama –la espetó el monarca, tras ordenar como escoltas de la joven a dos robustos vannianos, que tenían carta blanca para evitar que la joven se fugase de nuevo.

Por su parte, Zor ignoraba si la vuelta de Ael era definitiva o si se largaría de nuevo a pesar de la vigilancia de su padre, por lo que procuraba atesorar cada momento que pasaban juntos.

-¿Cuál quieres oír? –preguntó, rascándose tras la oreja, tratando de recordar el amplio abanico de historias que de pequeña extasiaban a Ael. Ella sonrió.

Estaba cambiada. Desde que abandonaran el monasterio hacía ya tantos años la chiquilla alegre y vivaracha que él conocía había sido sustituida por una jovencita melancólica, encerrada en sí misma. Ahora que volvían a encontrarse, Zor la encontró todavía más cerrada que de costumbre. ¿Qué había descubierto durante su huída, tan importante para guardarlo como un tesoro dentro de su cabeza?

-El origen de la rosa. "El sacrificio de Elowen" –dijo ella por fin, apartándose el flequillo de la cara.

Sin embargo, pensó con un suspiro, la chiquilla de la landa volvía a aparecer durante las veladas nocturnas.

-Muy bien.

Cerró los ojos durante unos instantes para visualizar la historia, para recordar cada detalle de la narración. No podía permitirse llegar a perder el hilo argumental. Se aclaró la garganta.

-"Hubo una época" –empezó, mirando distraídamente al techo-, "en la que Olrod fue gobernado por una mano sabia, una mano justa. La Falsa Diosa había caído, y el Gran Rey llevaba el orden de nuevo al mundo".

Ael suspiró y Zor giró la cabeza para verla. Hizo una pausa al sentir el maldito dolor de la pierna, que le hizo apretar los dientes y soltar un involuntario quejido.

-El Gran Rey tenía un gran amor, alguien por quien daría gustoso su vida: Elowen; así se llamaba ella. Desde hacía años gobernaba junto a él, apoyándole en todo momento, y le había dado cuatro príncipes, cuatro herederos.

Bostezó y se pasó las manos por detrás de la cabeza.

-El Gran Rey había sido, en su juventud, un habitante de la landa. Solía visitar la isla cuando sus obligaciones lo permitían y, a veces, se internaba más allá del bosque, donde habitan las tribus… ¿Recuerdas, Ael, el bosque, el que crecía más allá de la ciudad y del monasterio?

-Sí –asintió ella, sonriente-. Cómo no olvidarlo.

-Aquel año acababa de nacer el último de los hijos del Gran Rey. Después del nacimiento, el monarca embarcó rumbo a Rave en compañía de Ar Dan, su segundo hijo, para visitar a los salvajes. Mas ay, su llegada fue aciaga.

-En las tribus viven como bestias. Sus mujeres engañan a los hombres de bien bajo una máscara de falso encanto exótico. De todas ellas, la que más destacaba era Atshen, la pérfida reina bruja de Rave, que engañó al Gran Rey valiéndose de sus encantos. El rey olvidó su reino, a sus hijos y a Elowen, y permaneció al lado de la bruja, hechizado.

-El príncipe Ar Dan, por el contrario, no se dejó engañar. Partió presto en busca de su madre y le confesó, con los ojos inundados de lágrimas, la dura verdad. Ella lloró sobre el mármol de su palacio durante toda la noche, sin hallar consuelo alguno. Sin embargo, cuando el canto de los pájaros anunció la llegada de un nuevo día, la reina tomó una decisión. Embarcó junto a sus hijos hacia la isla de Rave, dispuesta a traer a su esposo de vuelta a su lado.

-Pero la pérfida Atshen ya había trazado un plan. Nada más llegar a puerto, sus hombres apresaron a Elowen y la llevaron al poblado. Allí, marido y mujer volvieron a encontrarse. Mas el Gran Rey estaba cambiado.

"Como tú", quiso decir Zor. Tras unos momentos, suspiró y prosiguió:

-El Gran Rey estaba embelesado por el conjuro de Atshen y no reconoció a Elowen. Atshen, cruel hasta el final, persuadió al monarca para que asesinase allí mismo a su propia esposa. Dócil como un corderito, el Gran Rey desenvainó su espada Eiteroen, concedida años ha por la misma Aine.

-La hoja estaba embutida de magia y tenía la capacidad de brillar con una luz argéntea, brillante y pura, siempre y cuando su dueño la usara en una causa justa. Sin embargo, en aquel momento, la hoja se tornó negra como los largos brazos de la muerte.

-Sin embargo, en el mismo momento en que el Gran Rey alzó la espada para asestar el golpe definitivo, sucedió algo. Elowen, rota de dolor, lo miró a los ojos y pronunció su nombre. Aturdido, el monarca parpadeó y bajó el arma, llevándose una mano a la sien –y Zor imitó su gesto, poniendo los ojos en blanco-. Por increíble que pareciera, había recordado a su esposa, rompiendo así el embrujo de Atshen.

Ael sonrió, embelesada por la historia. Se tumbó junto a él en el colchón y Zor le acarició la mejilla, sintiendo un impúdico placer con ese gesto.

-El Gran Rey dejó caer Eiteroen al suelo y se precipitó a los brazos de Elowen. Pero había olvidado a Atshen que, en un último ejemplo de maldad, ordenó prender al rey, separándolos de nuevo. Recogió a Eiteroen, que empezó a rezumar oscuridad, y puso la punta sobre el cuello de Elowen, justo aquí –y puso el índice sobre la yugular de su hermana-. El rey, desarmado, no podía hacer nada. "¡Elige entre su vida o quedarte aquí conmigo!", le gritó, impaciente.

-El rey se quedó callado unos angustiosos minutos mientras Atshen iba apretando; poco a poco, milímetro a milímetro, hasta abrirle a Elowen una pequeña herida. Derrotado, empezó a enunciar su juramento.

-Sin embargo, de nuevo sucedió lo inesperado. Elowen agarró la hoja, arrebatándosela a una sorprendida Atshen y, con un desgarrador grito, se la clavó en el pecho. Eiteroen empezó a brillar con una fuerza nunca vista, cegando a todos los presentes y llamando la atención de los hombres del rey que, en la lejanía, descubrieron la posición de su perdido señor. Atshen se arrodilló en el suelo tapándose inútilmente los ojos: se había quedado ciega, lo mismo que sus hombres.

-Cuando la luz se extinguió dejó al descubierto la espada. La hoja todavía parpadeaba con intermitente luminosidad cuando el Gran Rey abrió los ojos. Clavada en el suelo, con un tallo creciéndole por la hoja, enroscándose hasta llegar a la empuñadura. Del tallo salieron flores rojas, que dejaron caer una gota de sangre al suelo. El cuerpo de Elowen había sido transformado en una rosa, la primera rosa. A las primeras rosas del año las llamamos "sacrificios de Elowen" en honor a ella.

Zor se apoyó sobre los codos para alzarse y descubrió que Ael estaba dormida. Dejó escapar un sonido parecido a una risotada, no muy alto para no despertar a su hermana, y la tapó con una de sus pieles. Luego se quedó contemplando el alto techo hasta que él mismo cayó en las garras del sueño.


-Tendría que haberme olido algo de todo esto…

-No fue culpa tuya, cachorro –murmuró Odden-. Ni tuya, ni de nadie.

-Que Aarus los maldiga a todos.

-Y que Angdra clave una daga en el corazón de ese perro drakenian.

El joven masculló una nueva maldición. Odden echó el enésimo vistazo en derredor mientras, por debajo de la mesa, estrujaba la mano de Thóra. La posada estaba llena a rebosar de otros muchos refugiados de Vallhan que, sucios y andrajosos, que barbotaban sus propios juramentos y maldiciones hacia Drakenian y hacia Kveld-Úlf.

-¿Y qué vamos a hacer? –inquirió Skinrir, sin atreverse a nombrar a nadie-. Estamos literalmente en la calle y el único dinero que tenemos es lo que nos queda en las bolsas.

Odden suspiró, mirando las grietas de la madera de la mesa.

-No lo sé, hijo. Definitivamente no lo sé.

El joven quiso volver a maldecir. Nunca había visto a Odden derrotado. Siempre tenía una frase animosa para cualquier situación y nunca parecía dejarse vencer por el pesimismo. Esta vez, sin embargo…

Giró la cabeza para no mirar a sus padres adoptivos. Oteó la atestada sala, receloso, mientras pensaba que otra vez tendrían que dormir en el duro y frío suelo de algún pajar, apiñados con a saber cuánta gente. Suspiró.

-Ningún señor se atreverá a reunir un ejército contra Zorien –oyó-. Según he oído, el resto de sus tropas aguardaban en la frontera sur. El mínimo gesto, y nos arrasarán.

-Y acabaremos formando parte del reino del padre de un demonio.

-Un demonio…-murmuró para sí.

Un maldito demonio con piel de príncipe. Y él…otro demonio con cuerpo de muchacho advenedizo. No tardó en tener las miradas de sus padres adoptivos clavadas en su persona. Se sintió agobiado.

-Necesito salir afuera –dijo, poniéndose en pie.

Ellos no contestaron, aunque de todas maneras él tampoco esperaba una respuesta. Skinrir se envolvió en la capa y salió al frío del exterior. Anochecía.

Inhaló y dejó que el aire congelado penetrara en sus pulmones, aunque a él le supo tibio. En aquel instante, se preguntó lo que sería sentir el frío en el cuerpo.

Cada día se obligaba a consolarse con el pensamiento de que, al menos, no estaba solo. Todas las mañanas, nada más levantarse, oraba silenciosamente a los Dioses por haberle permitido encontrar a su familia en medio de la catástrofe. Sin embargo, ¿adónde irían, ahora?

Mientras deambulaba por la aldea, a esas horas prácticamente desierta, meditaba acerca de sus opciones. No contaban las simpatías de los señores de la corte. Odden había mencionado Eyrir, donde había crecido, pero ese pueblo y la región colindante pertenecían a los drakenian desde la muerte del padre de Kveld-Úlf. Lo último que el muchacho deseaba era permanecer en la propiedad de Zorien. Podrían buscar una aldea, lejos de los combates, y volver a empezar.

Lo sacó de su ensimismamiento el sonido de un golpe, precedido por un leve grito. Alzó la cabeza hacia el ruido y vio, en la penumbra, la silueta de una mujer arrodillada en la nieve, cerca de un pozo. Skinrir avanzó unos pasos y observó un cubo de agua cuyo contenido se desparramaba por la nieve recién caída.

La mujer hizo ademán de mirar en derredor, inquieta, y Skinrir se agazapó tras una esquina. Se trataba de una joven de ensortijado cabello rubio, que enmarcaba sus redondos ojos azules. Apretaba los labios y fruncía el ceño con expresión nerviosa, como un niño que está a punto de hacer una travesura. Pasados unos instantes volvió la vista al suelo.

Skinrir vio a la joven extender la mano hacia el suelo, vio ascender una especie de masa y la vio meterse de nuevo en el cubo. Asombrado, observó como la joven se ponía en pie, cubo en mano, y caminaba hasta una casa cercana. Entró y cerró de un portazo.

Skinrir no se permitió pensar. Se precipitó hacia la casa, con la boca abierta de par en par. Se plantó en el umbral, mirando el madero que hacía de puerta. Llamó.

La chica entreabrió la puerta, recelosa, escrutando al joven de arriba abajo. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, Skinrir terminó de abrir de un empellón y entró en la casa.

-¡Por los Dioses! –bramó ella, retrocediendo asustada.

Él alzó las manos en un vano intento para tranquilizarla. Echó un rápido vistazo a la estancia, respirando algo aliviado al descubrir que estaba vacía. Skinrir la arrastró hacia un rincón cerca del hogar, justo donde descansaba el cubo.

-¡Yo no quería hacer nada, no quería! –gimió ella, encogiéndose. El joven la agarró de la muñeca.

-¡Espera, espera! –gritó.

-¡Déjame!

-¡No, espera! ¡Soy como tú!

La joven le arañó el brazo como una gata asustada. Le propinó una patada en la espinilla y echó a correr hacia la puerta. Skinrir soltó un berrido y se lanzó hacia ella. Alargó la mano y e inmovilizó la puerta antes de que la joven pudiese abrir.

-¡Por favor, espera!

Volvió a alzar la mano y ella, aunque aterrada, dejó de gritar. Él extendió lentamente la mano hacia ella, invocando una pequeña llama. Aguardó su reacción con gesto paciente.

-Soy como tú, mira –murmuró-. No pretendo hacerte daño.

Ella retrocedió.

-Yo no he hecho nada.

Skinrir agitó la mano y apagó la llama. Se pasó una mano por el pelo. Bufó.

-Te acabo de ver recogiendo agua de la nieve –señaló el cubo-. No lo niegues.

Ella desvió la mirada mientras se frotaba la muñeca dolorida. Tragó saliva.

-Vallhan fue destruida por una bestia. Tú y yo –añadió, cruzándose de brazos-, también somos bestias. Por favor, vete.

"Somos bestias. Cuatro malditas bestias." Suspiró.

-Tienes razón. Siento haberte importunado.

Abrió la puerta y salió. Sin embargo, antes de cerrar, asomó la cabeza por el umbral.

-Al menos, dime tu nombre.

Ella sopló.

-Me llaman Skinrir…

-Las bestias no tenemos nombre. Por favor –repitió, apresurada-, vete.

Skinrir apretó los labios, asintiendo con la cabeza. Cerró.