Disclaimer: La historia original, así como los personajes, hechos y todo lo demás, son de mi propiedad. Cualquier reproducción, total o parcial, sin mi autorización será considerada plagio y haré caer las penas del Infierno sobre el/la infeliz que sea responsable. ¿Se entendió? ¬¬



Maldita estupidez de la juventud

(Capítulo Único)

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—Oh, vaya, pero qué mierda —se lamentó Owen, cuando le conté sobre mi trabajo de medio tiempo. Éramos mejores amigos desde el kínder garden, pero hace tiempo que no nos veíamos y lo estaba poniendo al tanto—. Vamos, hombre, que tú podrías dedicarte a algo más… vivo.

—Es lo único que conseguí —expliqué, sin perder de vista el camino delante de mis ojos—. Además, pagan bien y necesito dinero.

La necesidad tiene cara de hereje —citó él, sentado a mi lado—. En tu caso, tiene una calavera por cara y porta una hoz en su huesuda mano derecha. ¿No has notado que tienes un trabajo de lo más horrible?

—Como no dejes de quejarte, te echo abajo —amenacé, sin soltar el volante—. Lo menos que necesito es a una persona que me haga un listado de las mil y un razones por las que debo renunciar, ¡que ya sé que son muchas!

Mi copiloto me dedicó una mirada cargada de reproche y luego guardó silencio. Estábamos en medio de la nada, y de haberlo bajado del automóvil, nadie lo hubiera encontrado hasta varios días después, cuando su cuerpo se haya congelado por el horrible frío que hacía ahí, o bien, si tenía suerte, seguiría con vida, pero loco de remate por la desesperación que lo embargaría al no encontrar ayuda.

Nos dirigíamos a un pueblo solitario, casi escondido en medio de las montañas del Sur, en busca de un encargo que alguien había enviado para Charlie, el viejo del almacén de la esquina. No es que yo vaya por la vida haciéndole favores a los ancianos, pero me ofreció un buen billete y no son tiempos para andar desperdiciando estas oportunidades. Conducía mi vieja y desvencijada camioneta, cuyo motor hacía un ruido de los mil demonios cada vez que la encendía. La había conseguido con los pocos ahorros que tenía a los dieciséis años, en un taller de mala muerte, donde la tenían junto a más chatarra. No fue amor a primera vista por ese montón de lata oxidada, ni siquiera a segunda o a tercera, simplemente necesidad de un vehículo en el que movilizarme. La necesidad parecía ser el motor de todas mis decisiones.

No me gustaba la idea de que mis padres me pagaran todo. Tenía diecisiete años, pronto sería un hombre hecho y derecho (ok, no, quizás no tan recto), y debía desde ya empezar a mantenerme por mí mismo. El año entrante iría a la universidad en la capital, por lo cual había conseguido un empleo de medio tiempo para pagarme los gastos que ello representara. No había tenido suerte a la hora de buscar un trabajo, ya que los mejores habían sido tomados por chicos más avispados que yo. En el sitio donde vivíamos, un pueblo de mala muerte, tampoco había mucho donde buscar, por lo que me vi obligado a presentarme para el único puesto donde nadie más me haría competencia.

—¿De verdad quieres hacer esto, chico? —preguntó el viejo Robert, cuando le dije que quería el trabajo que ofrecía en un anuncio colgado en el almacén de Charlie—. No había conocido a nadie tan joven dispuesto a trabajar aquí.

—Necesito el dinero —contesté, con convicción.

¡Ajá!, la misma respuesta de siempre.

El hombre me miró de arriba a abajo, analizando si mi cuerpo tenía las condiciones que se requerían para el empleo. Yo no era muy alto, pero tampoco imitaba a Pulgarcito en mis ratos libres. No se podía decir que tuviera músculos, pero había algo remotamente parecido en mis brazos. Robert fijó sus grandes ojos negros en los míos, y le sostuve la mirada hasta que se cansó y su voz rompió el tenso silencio que se había formado entre los dos, mientras me examinaba sin nada de disimulo. Me sentí como vaca en el mercado de animales, pero sin los cuatro estómagos.

—Como sea —señaló, ya rendido—, puedes comenzar mañana, trabajando con la pala. Recuerda, deben quedar seis pies bajo tierra, para evitar que se asomen —ironizó antes de indicarme la salida de su oficina con la mano.

¿No comenté que mi trabajo consistía en ser ayudante de sepulturero? Pues, ya lo saben. A eso he dedicado los últimos siete meses de mi vida. Es algo interesante, no lo niego, sin embargo no sirve para hacer gala de ello y presumir delante de las chicas. La mayoría de las personas cree que me toca exhumar los cuerpos, pero eso le gusta hacerlo a Robert. Dice que es la única vez en que ve cara a cara a sus clientes. Ese viejo tiene un sentido del humor algo retorcido, y temo que yo acabe contagiándome del mismo sin notarlo. Por ahora, el único rastro que el empleo ha dejado en mí es una insensibilidad enorme por la muerte.

Antes, me parecía que morir era el fin de todo, y que era necesario llorar a nuestros difuntos con sentimiento para que luego partieran al Cielo y sus almas descansaran en paz. Ahora, creo que la gente muere todos los días y que luego de eso pasa a ser cena de gusanos. Si me muriera ahora mismo, no me importaría en lo más mínimo, sólo pediría que me enterraran en el lado oeste del cementerio, que es donde hace tiempo no se remueve la tierra y esos gusanos deben estar hambrientos.

—¿Qué querrá ese viejo Charlie? —se interesó por saber Owen, de pronto—. Quizás sea un cargamento de droga que viene desde el extranjero y nosotros seamos los burreros.

—Owen, idiota —lo reté, volteando brevemente para observarlo—, que para ser burrero te la tienes que ingerir.

—Da igual, si de todos modos entendiste lo que estaba diciendo.

Ese tipo es mi amigo de toda la vida, el mismo que me lesionó las piernas en los partidos de barrio cuando le quitaba el balón, ya que según él jamás haría el gol si pateaba desde allí, y el mismo que me sacó dos dientes de un puñetazo cuando le dije que se me había soltado el primero de los de leche. Siempre es así de bueno, queriendo ayudarme en todo… a su manera, claro está.


Al cabo de un día llegamos al pueblito ese, que pareciera que Dios estaba aburrido y para entretenerse se le ocurrió tirarlo y ver dónde caía. ¡Y vino a caer al pie de una montaña altísima, que le hace la sombra todo el santo día, alejado de todo lo que se conoce como civilización! No nos costó mucho dar con Evan, un tipo que se empinaba por los treinta y tantos, pero al que la vida rural le había sumado unos diez años más. Nos saludó con una sonrisa bonachona y un grueso brazo me cruzó por los hombros a los pocos segundos, acercándome a su cuerpo fornido. Del mismo modo amistoso que por momentos rayaba en abuso de confianza, nos condujo hasta un granero que había al lado de su casa y casi al instante unos cinco hombres aparecieron frente a nosotros.

—Ellos cargarán la camioneta, ustedes nada más descansen en la casa hasta que se repongan del viaje —nos dijo, dándome unos golpes animosos en la espalda, para enseguida indicarnos qué dirección seguir para llegar a los cuartos de huéspedes.

Apenas me tumbé en la cama, cerré los ojos y me olvidé del mundo. Escuché que Owen decía algo desde la cama de al lado, pero lo hice callar agitando una mano. Había conducido la camioneta por cerca de doce horas y estaba maltrecho por el viaje a este sitio tan olvidado. Pronto la voz de mi amigo se volvió un susurro inentendible y me abandoné al reparador dormir.

No soy de los que recuerdan qué sueñan, apenas sé si sueño en colores, en blanco negro, o cómo sea. Sin embargo, esta vez el sueño era vívido hasta el más ínfimo detalle. Mamá, con su escasa estatura y el pelo negro azabache, aparecía caminando por un largo pasillo blanco, con una luz cegadora al fondo. Se acercaba a mí y me observaba en silencio por largo rato, al mismo tiempo que acariciaba mi rostro y se esforzaba por reprimir un sollozo. Jamás me miraba a los ojos y yo sospechaba que no debía tenerlos abiertos, aunque podía verla como si lo estuvieran. Tenía unas ganas enormes de abrir los labios y dejar que mis palabras tranquilizadoras la calmaran, pero una fuerza monumental me mantenía rígido, mudo, incapacitado para cualquier acto comunicativo.

¡Maldita mierda de sueño! No suelo soñar con mi familia, y cuando al fin lo hacía, era una imitación barata de comatoso. La frustración me recorrió el cuerpo entero y se convirtió en auténtica desesperación cuando mi mamá no resistió más y se echó a llorar sobre mi pecho. Quería llorar porque era un desgraciado, un estúpido que tiene la peor pesadilla en esta porquería de vida, porque en ella he sido despojado de la facultad de hablarle, de consolarla, de abrazarla y decirle que todo estará bien, que siempre estaré a su lado. Mamá rodeaba mi cuerpo inerte con sus brazos y me rogaba que despierte de una buena vez. ¡Y por Dios que yo quería despertar de esa pesadilla!

Luché contra las limitaciones de mi cuerpo, deseando moverme al menos un centímetro y acabar con su pena, hasta que por fin conseguí desplazarme un poco, no sin esfuerzo. Claro que el sueño ya había acabado, y yo terminé en una incómoda posición en el suelo de la habitación.

—Hombre, ¿qué es todo este alboroto? —preguntó Owen, saltando desde su cama hacia donde yo me encontraba—. No sabía que te gustaba dormir en el suelo —agregó luego de comprobar a simple vista que yo no había sufrido un ataque al corazón o algo parecido. Nunca abandonaba su maldito sentido del humor.

—Tuve una pesadilla. Fin de la historia —me limité a responder, antes de volver a la cama y cubrirme con las mantas.

—Controla las emociones, viejo, que por poco me matas a mí del susto. Pensé que había pasado algo grave, no sé, quizás se había muerto alguien… pero sólo eras tú practicando cómo caerse de la cama para los Juegos Olímpicos. Te hace falta mejorar la técnica, hay un chino que hace un triple salto mortal antes de tocar el suelo…

Ignoré su comentario lleno de sarcasmo y deseé volver a dormir de inmediato, no para soñar la segunda parte de la pesadilla, sino porque nos quedaban pocas horas de sueño y al día siguiente debería conducir de vuelta otras doce horas. Solté unas cuantas maldiciones y me obligué a dormir.


—Te apuesto lo que quieras a que no es nada muy legal lo que llevamos allí atrás —soltó Owen, señalando con su pulgar hacia la carrocería de mi camioneta.

Él no tenía buenas migas con Charlie, pero esto de suponer que el viejo en cuestión era un criminal y que estábamos transportando o sustancias ilícitas o dinero sucio o bien un cuerpo descuartizado y luego guardado en cajas, era el colmo.

—Cien dólares a que sólo es un montón de productos para su almacén —le dije yo, ya un poco aburrido del tema, y pensando que poner dinero en juego lo haría desistir.

—Quizás sean productos que piensa vender,… pero por la puerta de atrás, si es que entiendes lo que digo —apuntó Owen, poniendo cara de mafioso—. Le haré una oferta que no podrá rechazar —agregó imitando a Vito Corleone, para completar el cuadro.

Sonreí y miré la carrocería por el espejo retrovisor. Los hombres de Evan habían cargado algunas cuantas cajas allá atrás, pero no eran para nada sospechosas en apariencia. Diablos, si eran sólo cajas, pero Owen tenía delirio de persecución o qué se yo, que creía que todo el mundo lo quería usar de "burrero", según sus propias palabras. Ya me estaba cansando con el tema de las drogas o el dinero mal habido o el cadáver o sea la mierda que fuera lo que llevábamos en la camioneta.

No era esa la única razón por la que quería que dejara el asunto. Me moría de sueño, ya que anoche no pude volver a dormir ¡y vaya que lo intenté! Así que estaba despierto desde hace más horas de las que debería, con el sueño acumulado y con un idiota monotemático, que para colmo no sabe conducir, sentado a mi lado.

—Mira, viejo —ahí estaba Owen de nuevo, volviendo sobre el tema como un obseso—, doscientos dólares a que es droga y de la buena.

Resoplé, ofuscado.

—Tú no te cansas, ¿no?

—Estás necesitado de dinero —apostilló él, ¡rayos que el muy pillo sabía cuál era mi debilidad!— y esta es una buena apuesta para ti, sus billetes seguros… si es que estás tan seguro que no cargamos nada ilícito.

Tenía razón. Para variar, mis bolsillos se estaban quedando completamente vacíos y era totalmente improbable que Owen tuviera razón sobre esto. Tampoco acostumbraba tenerla sobre nada, pero esa es otra historia. Era una apuesta demasiado buena, la verdad, dinero seguro y eso nunca estaba de más. Pero siempre había un pequeño, quizás mínimo, riesgo y yo podría…

—¿Y si pierdo? —le pregunté, un poco interesado en el tema ahora que lo veía con más detenimiento.

Los ojos verdes de mi compañero se abrieron como platos cuando sugerí que yo podría equivocarme, después de todo. La expresión de su rostro era de genuina sorpresa cuando me miró.

—¿Ahora crees que tengo razón? —mencionó, apenas pudo articular palabra.

Bufé, sin dejar de mirar el camino sobre el volante, y hasta eso se me dificultaba por ratos. Estaba oscuro allá afuera, pues el camino rural carecía de más iluminación aparte de la de los focos de mi camioneta, tenía los ojos cansados y amenazaban con cerrarse solos, pero al menos no me tambaleaba la cabeza. Un miserable punto a favor. Ni hablar de mi ánimo, qué vaya que era una porquería.

—No mierda, que no lo creo, Owen —le espeté, dejando claro que creía que sus ideas rayaban en la locura y que mejor se dedicara a escribir guiones para una mala película con bajo presupuesto—, pero nunca se sabe… —dije al fin, dándole una oportunidad a su ridícula sospecha—. Son doscientos dólares —terminé, con pesar en la voz, ya que me dolía pensar en perder un dinero que ni tenía.

—Bueno, olvidemos la apuesta —declaró él, sonriendo divertido—, que parece que te complica demasiado —¡y tú disfrutas con mi pobreza, idiota!—. Detén tu chatarrita, bajamos a ver qué llevamos atrás y luego volvemos a subir, ya sin la duda y todos tan jodidamente felices como siempre —pareció dudar un segundo, tenía el entrecejo fruncido en gesto pensativo—. O… mejor para ti, si pierdes, no me pagas nada; pero si ganas, te pago de todas formas —una sonrisa coronó aquella propuesta a la que nadie se podía negar.

—Mmm…

Podría, sí, podría detener el motor y bajarnos a ver qué tal. Además, era más que seguro que fuéramos a encontrar cajas llenas de paquetes de arroz, azúcar y productos similares antes que droga o un montón de fajos de dinero. Eran doscientos dólares seguros. Mi bolsillo ya se sentía más lleno.

—¿Te parece bien? —insistió Owen, observándome con detenimiento, mientras escrutaba mi rostro en busca de alguna reacción de mi parte, ya que palabras no decía ninguna.

No quise darle más vueltas al asunto. Owen ya me había hartado hace siglos, el sueño me consumía a una velocidad impresionante y la espalda me dolía sobremanera por la gran cantidad de horas que ya llevaba sentado en la misma posición. Como no se callara luego o yo pudiera dormir, o bien las dos juntas y eso sería un gran favor de parte de Dios, yo acabaría por matarlo a él estrangulado o bien matarnos a los dos en un choque seguro. De acuerdo, Owen moriría de todas formas, pero ese no es el punto. Sin pensarlo mucho, pisé el freno y luego apagué el motor.

—Wow, la camioneta de la prehistoria ha hablado —se mofó mi amigo cuando nos detuvimos—. ¿Estás seguro que no la estaba usando algún ancestro tuyo cuando el hombre llegó a América? Se ve que tiene los años suficientes. Podrías donarla a un museo y te pagarían bien.

«Doscientos dólares, mierda, los doscientos dólares más jodidamente fáciles de conseguir», me dije en mi fuero interno, «Maldita seas, Owen, por obligarme a hacer semejante estupidez. Bien, por lo poco listo que eres te quedarás más pobre que si te hubieran asaltado».

Ambos descendimos de la camioneta y caminamos, cada uno por su lado, hacia la carrocería en medio de la noche más helada que pueda recordar. Soltamos sin mayor dificultad las cuerdas que mantenían el cargamento firme en su lugar, luego saqué una caja de las que estaban más arriba y Owen la abrió con su navaja suiza sin mucho esfuerzo. Dentro había varios paquetes extraños sin ningún tipo de identificación, ambos nos miramos de hito en hito sin ni siquiera abrir la boca y, por mudo acuerdo, Owen dibujó una línea con la navaja sobre el paquete que se encontraba sobre los demás, provocando que éste se abriera y dejara a la vista un misterioso polvillo blanco.

—¡¿Y tú cómo mierda sabías que era droga?! —lo interrogué de súbito, perdiendo la poca calma que me quedaba.


—¡No lo sabía! —se apresuró a contestar, mientras yo lo sujetaba por el cuello de la camisa, atrayéndolo hacia mí—. Por Dios que no lo sabía, ¡y tú sabes que soy ateo!

Le creí. Le creí sin más, porque, la verdad, nunca dudé de él. No había manera que un chico con tan poco cerebro como Owen pudiera tener algo que ver con esto. Ok, no es que fuera la idea mejor pensada del mundo, pero Owen era tan ingenuo que nadie lo utilizaría de cómplice, por miedo a que a la primera lo dijera todo a la persona menos indicada.

Lo solté y dejé algo de espacio entre nosotros.

—Entonces, ¿cómo has podido adivinar? —aun así, me quedaban mis dudas.

—No sé… quizás… quizás se debe a que vi muchas películas de narcotraficantes el fin de semana pasado —se excusó burdamente, todavía mirándome con miedo, por si se me ocurría matarlo ahí mismo al creer que me había engañado.

Avancé unos cuantos pasos, hasta salir del camino, y le di un puñetazo al desgraciado tronco de un árbol que tuvo la mala suerte de estar en el sitio incorrecto en el peor momento.

—¡Maldita seas, Charlie! —bramé, enfurecido y fuera de mis cabales—. ¡Nos has creído tan jodidamente idiotas como para cargar tu mierda de droga de la manera más estúpida que se te pudo imaginar!

Porque así era. Si nos pillaban, maldita sea, si nos pillaban éramos oficialmente hombres muertos. Y pillar esa porquería de droga era tan fastidiosamente fácil. Al muy retrasado de Charlie se le había ocurrido la grandiosa idea de esconder su mercancía en el lugar en que se supone iban los productos para su almacén. Cualquier idiota con un cuarto de cerebro, como Owen o hasta como yo, podría haberla descubierto. ¡Y mierda que sí lo hicimos!

—Nos tomó por estúpidos —susurré decepcionado de mi poca lucidez, apoyando la cabeza en el mismo tronco.

—Hombre, ¿qué vamos a hacer con esta porquería?

La voz de Owen me puso de golpe frente a otro problema, uno en el que yo no había querido pensar. ¿Cómo íbamos a seguir el viaje con esas sustancias nada legales ahí atrás? No podíamos abandonarlas en medio del bosque, no, de ningún modo. Tampoco me sentía muy seguro conduciendo con ellas en la carrocería, pero, ¿qué otras opciones había?

—¡Mejor nos la inhalamos! —sugirió Owen a mi espalda.

Alcancé a darme la vuelta para verlo llevarse un montón de ese polvo blanco, que debía ser cocaína, a la nariz y aspirarlo rápidamente. Dando tres pasos me hallé a su lado y le di un golpe en la mano, provocando que el resto de la droga cayera al suelo.

—¿Pero qué tienes en la cabeza, idiota? —era una pregunta retórica—. ¡No puedes inhalar todas estas cajas de cocaína! —me apresuré a cerrar la caja, intentando dejarla lo más similar a la demás, de modo de hacer parecer que no la habíamos abierto—. Volveremos a casa, se las entregaremos al viejo Charlie y punto final —expliqué mirando a Owen, intentando transferirle con los ojos una seguridad que no tenía, mientras el plan se me ocurría sobre la marcha de mis palabras—. Si pregunta por qué hay una caja abierta, le diremos que seguramente cuando dormíamos los hombres de Evan fueron más curiosos de lo que deberían haber sido. Y si habla de la droga, le diremos que tiene una suerte tan jodidamente grande que guardaremos silencio sin cobrarle ni un miserable centavo a cambio. Tenemos que deshacernos de esto cuanto antes —agregué, viéndolo a los ojos con aprehensión.


—Veo un elefante rosado con tutú saltando delante de nosotros —declaró Owen con cara de hippie alegre, una vez que subimos a la camioneta.

—No puedes ver ningún elefante rosado porque no hay nada delante de nosotros —expliqué, sin siquiera voltear a observarlo.

—Pero está bailando ballet —insistió, con voz de retrasado—. El Lago de los Cisnes.

—¿Es broma, no? —pregunté, enarcando una ceja—. Lo que te has inhalado no alcanza para tener las alucinaciones que te estás inventando. Además, creo que la coca no te las causa —desearía haber puesto más atención a las clases de Orientación de la secundaria.

Owen se hundió en su asiento y luego se echó a reír de forma estridente, eufórica, casi demente.

—Pero por un segundo me creíste, ¿verdad que sí? ¡¡Creíste que estaba viendo elefantes homosexuales bailando el Lago de los Cisnes!!

—No, Owen, no lo creí —respondí haciendo acopio de la poca paciencia que aún me quedaba y aferrándome con fuerzas al volante con ambas manos. Mis nervios comenzaban a crisparse—, pero ahora estás actuando como un jodido estúpido.

Más risas histéricas. El muy imbécil estaba volado. Sentía unas ganas incontrolables de matarlo, pero si lo hacía sumaría "homicidio" al cargo por posesión y tráfico de drogas. En menos de media hora pasaría de un inocente ayudante de sepulturero a un criminal de los peores. ¡Quizás acabaría en Guantánamo! Ok, no.

Owen repentinamente abrió la ventana que estaba de su lado y un frío glacial entró a la camioneta. Me sentí en el Polo Norte antes de darme cuenta. Maldita noche jodidamente helada.

—Tengo calor —dijo él a modo de explicación, con la respiración agitada—. ¡¡Y te has creído lo de los elefantes rosados!!

Más risas aterradoramente entusiastas. Volteé brevemente justo para observarlo sacar un brazo por la ventana completamente abierta y vi la locura en sus ojos. Con sólo mirarlos supe lo que Owen sentía en ese momento: que era invencible, que no había límites para él, que tenía el poder y la energía necesarios para hacer todo cuanto se le ocurriera. No podía equivocarme, había visto esa misma mirada en varios compañeros de clase. Como una forma de confirmar mis sospechas, Owen sacó medio cuerpo por la ventanilla y se puso a gritar como loco.

—¡Soy el jodido rey del mundo! —exclamó a los cuatro vientos, sentado en la ventana en una posición excesivamente peligrosa. Para darle más emoción, el idiota movía ambas manos para todos lados, mientras se sujetaba sólo con las piernas—. ¡Soy Superman, mierda! ¡Siento que puedo volar por una puñetera vez en esta vida de porquería!

Los gritos eufóricos no paraban, y luego les seguían risas estridentes. Bajé la velocidad de la camioneta, y haciendo alarde de una buena conducción, me acerqué lo más que pude al asiento de copiloto, estiré mi brazo y tomé a Owen por su camisa, de la cual tiré con fuerzas y lo entré como pude al vehículo.

—Te quedas sentado o no respondo —amenacé, volviendo a mi puesto y poniendo otra vez ambas manos sobre el volante, pero dedicándole una mirada asesina a Owen—. Como te sientes de nuevo en la maldita ventana, te juro que piso fuerte el acelerador, hasta alcanzar la velocidad máxima, y te cortas el jodido cuerpo en dos con cualquier cosa medianamente filosa que esté allá afuera. Si tienes suerte, nada más quedas bien golpeado y bastante molido.

Él creía que mis palabras eran ciertas, y bien que lo hiciera, porque lo eran. Ya estaba cansado, reventado y extremadamente furioso con este estúpido viaje que hice a cambio de unos cuantos dólares. El dinero acabaría siendo mi perdición, lo sabía. Además de ser una tortura de doce horas de ida y doce horas de regreso por un camino que ni siquiera estaba pavimentado, cosa que ni el mismo Ulises hubiera soportado, estaba la porquería de droga que los hombres de Evan habían cargado a mi camioneta. ¡Y ahora el imbécil de Owen haciendo el loco por haber inhalado cocaína! Oh, mierda, mi vida no podía ser peor.

Eso es lo malo para las personas con mala suerte, entre las que acabo de descubrir que yo también me cuento. Cuando crees que no puede ir más mal, irremediablemente se vuelve aún peor.

—¿Escuchas eso? —preguntó Owen, un poco más lúcido, pero todavía con rastros de agitación—. Es la sirena de un coche de policías.

Presté oídos, maldiciendo mi jodida vida y deseando fervientemente que los policías fueran parte de las alucinaciones de Owen. Por sobre el ruido del motor de mi oxidada camioneta no oí nada parecido a la sirena de la que él hablaba. O me estaba quedando sordo o bien no había policías cerca. Aposté por la segunda alternativa.

—No hay nada. Cálmate —pedí, sudando frío todavía, producto del miedo.

—¿Cómo que no, hombre? —se desesperó Owen—. ¡Nos siguen, maldita sea! Vieron la porquería que se nos cayó en el camino y vienen tras de nosotros.

—Nadie nos sigue —volví a repetir, con un poco más de inseguridad, por si mis oídos me engañaban, pero rechacé esa opción: No era común que lo hicieran. Intenté infundirle calma a Owen a través de mis palabras—. La droga te está haciendo oír cosas que no están ahí. Los policías no vienen.

Sin embargo, no había palabras que lograran calmarlo. Owen estaba desquiciado, completamente seguro que nos venía siguiendo una patrulla. La locura era tal que cuando me arrebató el volante de las manos, vi sus ojos y en ellos noté el pánico, el horror, la desesperación y ese brillo de demencia que la coca les había conferido.

—¡Vamos a acabar en la cárcel de por vida si no conduces más rápido! —gritó como enajenado, girando el volante en cualquier dirección y haciendo lo imposible por pisar el acelerador, incluso si destrozaba mi pie en el intento—. ¡Mierda que los jodidos policías nos persiguen! ¡Acelera, hombre!

Luché con él con todas mis fuerzas, pero no importaba cuánta adrenalina me recorriera las venas, un chico agotado por un viaje eterno, con unas ganas horribles de cerrar los ojos y abandonarse al sueño en cualquier segundo, no podía hacer mucho contra un maldito tipo drogado, eufórico y al borde de la locura, el que cree que los policías lo siguen por el gran cargamento de coca que lleva en la carrocería.

Apenas sé cómo pasó, hay cosas que ocurren demasiado rápido para notar sus detalles. Era un camino rural, era poco probable que otro vehículo apareciera por ahí cerca. Pero sucedió y no era la supuesta patrulla de policía. Ni siquiera sé qué clase de automóvil era. Sólo sé que apenas vi las luces frente a nosotros, supe que no habría un nuevo amanecer para ninguno de los dos.

Oí el grito de Owen destrozarme los tímpanos y el mío propio emergió de mi garganta, dañándola en su fugaz avance hacia el exterior, con todo el pánico descontrolado que sentía. Nunca deseé tanto algo como en ese minuto deseaba haberme puesto el cinturón de seguridad. Nos estrellamos de la manera más brutal. Mi camioneta y el otro vehículo parecieron fundirse por delante, mezclándose ambos motores en un encuentro violento, metal contra metal. Sentí mi cuerpo volar hacia adelante y encontrarse con un millón de vidrios voladores, luego hacia atrás y nuevamente hacia adelante, como si fuese tan liviano que la más mínima brisa pudiera desplazarlo distancias kilométricas, cuando en realidad era la furia de un choque bestial la que me impulsaba cual muñeco de trapo en todas direcciones.

Dolía, todo el maldito cuerpo me dolía demasiado, tanto, que al cabo de unos minutos el dolor empezó a desaparecer… o quizás era que ya no era capaz de sentir nada. Abrí un ojo con un esfuerzo sobrehumano, para ver a Owen, pero todo estaba rojo y me fue imposible distinguirlo. Un grito desgarrador se escuchaba de fondo, pero demasiado lejos para prestarle atención. Alguien llamaba con desesperación a otra persona, tal vez era a mí, no lo sabré nunca. Ni siquiera sabía dónde estaba, apenas reconocía que mi cabeza se apoyaba contra algo frío y que no deseaba levantarla de ese sitio. Sabía que ese frío era la última sensación que podría identificar.

De pronto, de entre las tinieblas de la memoria, surgió mi pesadilla, aquella donde mi madre clamaba mi nombre con desesperación y en la que yo jamás, no importaba los esfuerzos, podría responderle y menos decirle cuánto la quería. Nunca en la vida volvería a abrazarla, ni a ella, ni a mi padre, ni tampoco a mi hermana menor. Maldije todas las veces que los tuve frente a mí pero en las que nunca les dije cuán importantes eran. Quisiera tanto tener tan sólo un minuto para decirle a cada uno de ellos del amor infinito que hay en mi corazón. Sólo un miserable minuto más para despedirme.

Yo también pensé que viviría para siempre, no en el sentido de ser inmortal que no soy estúpido, simplemente pensé que jamás me encontraría con mi último día, con mi último amanecer, con la última risa, con mi último maldito segundo de vida. Pasé diecisiete años pensando que la Muerte se hallaba demasiado lejana como para preocuparme por ella, dije millones de veces "a mí esto no me va a pasar", cada vez que hablaban de este tipo de accidentes. Cuán equivocado estaba. Maldita estupidez de la juventud. Maldita estupidez de toda una vida.


¿Y bien…? ¿Opiniones al respecto, críticas constructivas, destructivas como una bomba atómica, hortalizas varias, frutas podridas, amenazas de muerte que me fuercen a retirarme del gremio? Lo que sea, ¡se aprecia! Aunque debo reconocer que me gustan más las palabras de aliento xD

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