El beneficio de la duda

Mientras Charlie compraba una cajetilla de cigarros en un autoservicio de camino a la ciudad, Sam aprovechó y fue directo al teléfono público. Puso cinco monedas con el rostro de George Washington en la ranura y marcó los diez dígitos. Con impaciencia escuchó los tonos de llamada. Para su suerte, quién atendió el teléfono, era su padre.

—Hola papá, soy Sam.

—¿Qué sucede? —Preguntó con tono frío. El saludo parecía como aquellos de sus años de adolescente preparatoriano, cuando solía meterse de problema en problema.

—Quieres saber lo de las transferencias, ¿no es así? —Fue directo al punto— Sé que hipotecaste la casa otra vez, y quería ayudarte en eso —escuchó la respiración pesada de su padre—. Hice una buena inversión y bueno… ¿Qué tiene de malo compartirlo con ustedes?

—¿Qué clase de inversión —su padre no se tragaba ni por un momento la explicación— podrías haber hecho que te generara una ganancia de…

—El tío de Alexa —lo cortó antes de que dijera la cantidad—, fue un regalo por el compromiso.

—¿A qué se dedica el tío de Alexa?

—Fue el que falleció. El dinero es en sí, una herencia.

—Ya veo… Tu mamá casi se vuelve loca con las notificaciones…

Si seguramente su mamá estaba hasta la coronilla pero la mejor manera de no levantar sospechas, el truco consistía en realizar transferencias con cantidades menores de cien dólares. Nadie estaría muy interesado en depósitos de cien dólares. Quizás sería alguna venta de e-bay o algo por el estilo. No alcanzó a escuchar lo demás que decía su padre, porque de inmediato escuchó una grabación que le pedía cincuenta centavos más. Rebuscó en su bolsillo y las depositó rápidamente.

—¿Papá sigues ahí?

—Sí, aquí estoy.

—Bueno… espero que el dinero cubra lo de la hipoteca y quizás puedas comprarte una camioneta nueva.

Sonrió como si ya pudiera ver la camioneta estacionada afuera de su casa en Tucson, al menos esa ilusión le daría a su padre. Hubo tiempos en los que pasaba por las concesionarias diciendo que un día iba a tener una camioneta doble cabina, como la que a veces se exhibía. Ese día nunca llegó… hasta ahora.

—Aquí está tu mamá.

La conocía demasiado como para no saber que en esos momentos estaría con una mano extendida hacia el teléfono, pidiéndole a John que se lo pasara, con cara de pocos amigos.

—No me la pases, no quiero hablar con ella. Mejor dime, ¿qué fue lo dijo Ben? Cuando tu querida esposa habló conmigo dijo que Ben tenía razón. —Las últimas tres palabras las dijo en un tono chillón, que le sacó a su padre una risita.

—No me malinterpretes —aseguró con un tono de voz más ligero—, Alexa es mucho más de lo que esperábamos para ti…

El comentario sincero, casi insultante, le sacó una sonrisa cínica. Definitivamente no le quedaba más remedio que reírse un poco de si mismo.

—Al grano papá. —Lo apuró.

—Sólo sé que habló con ella, y en la conversación salió el detalle de que su familia es de la mafia. En realidad, eso sale sobrando hijo. Además no creo que mi opinión o la de los demás, sea un impedimento, ¿o si?

—¿Por qué no le dices a ese que… —el insulto perdía sentido al tener la misma madre y se quedó atascado en su garganta— ¿Sabes qué? Olvídalo. Me dio gusto hablar contigo y no te preocupes, todo está bien. Si ocupas algo más… llámame.

—Tu mamá quiere hablar contigo…

—Adiós, papá.

Colgó el teléfono fastidiado. Sin embargo eso no quedó ahí, de inmediato sintió su celular vibrar en el bolsillo. La llamada era de casa, su mamá era muy insistente para llamar su atención, pero él también sabía cómo hacerse el desatendido e ignorarla. Su papá podría creerse el cuento de la herencia, pero su mamá… Movió la cabeza con enfado de solo pensar en cómo lo presionaría hasta exprimirle el último detalle.

Apagó el celular, no muy seguro de hacerlo, pues Alexa podría llamarle. Observó a su cuñado, apagar su cigarrillo con el zapato sobre el suelo y caminó en dirección al auto. No cualquiera, sino un auto de lujo, con amplios asientos de piel color negros de fino acabado; el tablero y los controles de audio y temperatura se destacaban por los detalles en color plata satinado. El inconfundible aroma a nuevo y el tablero iluminado en color azul, lo hacían sentirse eufórico. Lo mejor de todo es que estaba a su nombre y ya tenía en la bolsa, la casa perfecta en los suburbios de la ciudad.

Después de reprimir una sonrisa, aceleró de vuelta en la autopista. Lo único que encabeza la lista en esos momentos, era llegar con su prometida. El cristal del parabrisas, comenzó a llenarse de diminutas gotas de lluvia. Charlie chasqueó la lengua con enfado, aunque después soltó una de sus típicas desenfadadas risas, diciendo que ese era, literalmente, el bautizo del auto.

Imitó la risa de Charlie, no porque no encontrara el comentario gracioso, sino porque tenía atascada la voz de Alexa en su cabeza, como si se tratara de un eco que no se desvanecía. Nunca pensó que se pondría tan sensible después de saber que estaba viendo el lugar donde pronto vivirían. El estomago pareció hundirse ante un peso invisible, al recordar que la castaña le pedía olvidarse de todo… de pronto la idea parecía tan tentadora.

Solo pudo calmarse hasta que estuvo dentro del elevador, pero éste parecía más lento que nunca. Mientras la música instrumental escapaba por las bocinas, la ansiedad se apoderaba de él. Cuando al fin las puertas se abrieron, su deseo de salir corriendo se desvaneció al ver que había gente esperando para entrar.

Para cuando entró al departamento, al fin pudo sentir como su cuerpo en tensión, se iba relajando poco a poco.

—¿Alexa? ¿Dónde estás? —Se vio envuelto en un remolino, cuando menos pensó, ella ya lo besaba salvajemente — ¡Whoa! Yo también te extrañé.

—Ven…

No hacía falta tener más de dos neuronas, como para no darse cuenta de sus intenciones.

—Charlie está abajo esperándonos para ir a… —Alcanzó a decir mientras se despegaba de su boca un breve momento.

—Dile que estaremos listos en diez minutos. —Cuando ella comenzó a desabrocharle la camisa supo que la batalla estaba perdida y ella se alzaba como la única ganadora.

Como pudo sacó el celular de su bolsillo, mientras que caminaban con dificultad por el pasillo hasta llegar a la habitación.

—Charlie… bajo en diez minutos… Alexa está… —tuvo que reprimir un gemido cuando ella estaba tocándolo sugerentemente —… ya sabes.

—¿Sigue sensible, eh?

—No tienes idea. —Contestó contemplando como la castaña se quedaba desnuda frente a él.

La forma en la que la castaña se estrechaba hacia él, como sus besos eran tan ardientes y llenos de desesperación, lo estaban haciendo perder la cabeza por completo. Hubiese preguntado a que se debía tanta pasión, pero su cuerpo estaba más concentrado en fundirse en la piel de Alexa, y sentir una oleada de sensaciones… Las manos de ella parecían estar en todas partes, sus labios quemaban cada vez que lo besaba en el cuello y su cálido aliento le provocaba escalofríos. Mientras se hundía en ella, las preguntas se volvieron un par volutas de humo.

Nunca se había sentido en tanta desventaja, pero le gustaba que ella dominara la situación. Pero antes de que pudiera reaccionar, pensar o moverse, su cuerpo respondía con violencia. Se estremeció un par de veces antes de poder sentir que podía tomar aire, otra vez. Un par de minutos después, ella descansaba a su lado en la cama, respirando entrecortadamente.

Pronto, sus latidos y sus respiraciones, volvieron a ser normales. Tanto así, que ella le dio un rápido beso en los labios y se levantó de la cama. La observó, así desnuda, tomando las prendas del piso y vistiéndose a toda prisa.

—Es oficial —declaró Sam levantándose también de la cama—, me has utilizado.

—No puedes quejarte —respondió picaramente—. Además, no tardamos demasiado.

—Supe que te pusiste muy comunicativa con mi hermano Ben… —Comenzó a abotonarse la camisa mientras que ella sacaba un abrigo del closet.

—Solo lo ilustré un poco.

Sam la miró con una ceja enarcada.

—Ya veo, algo así comentó papá, que Ben y tú hicieron buenas migas… Hipócrita.

—¿Hipócrita? ¿Yo? —Soltó una risita burlona— Tu hermano es el que se pasa de listo. Y desgraciadamente será mi cuñado, así que —se encogió de hombros ligeramente—… Está bien. Soy una hipócrita —admitió sacándole una sonrisa a Samuel—. Dicho eso, cubre ese trasero tuyo y vámonos.


A la mañana siguiente, se levantó inusualmente temprano. Mientras tomaba una taza de café, no pudo evitar recordar lo sucedido el día anterior con Franco. Se sentía tan culpable, que esa noche la pasó en vela dándole vueltas al asunto. Recordó también su rápido encuentro con Sam, lo cual no era nada fuera de lo común, pero si era sincera consigo misma, eso había sucedido porque era una forma de redimirse. Además quería probarse que lo que sentía con Sam era mucho más fuerte que lo sucedido con el moreno.

Enfadada, dejó la taza sobre la barra de la cocina, y comenzó a arreglarse para el trabajo. Estaba consciente que no podría estar en el mismo lugar con Franco y Sam, sin sentir cargo de conciencia. Fue muy débil, al dejar que las cosas llegaran a tal extremo, y ni siquiera quería imaginar que habría pasado de no ser por la llamada de Sam.

Salió rumbo al negocio, cabizbaja. Durante el trayecto se convenció que sólo era un error, un error que todos alguna vez podían llegar a cometer. Y mientras Sam no lo supiera, aunque la conciencia no la dejara en paz, todo estaría bien. Por supuesto, que de ahora en adelante, se aseguraría de sacarle la vuelta al moreno cada vez que tuviera oportunidad. El moreno era capaz de hacer insinuaciones, incluso amenazarla sobre lo sucedido, y Sam no era estúpido. No se creería el cuento de "yo no fui, fue él", ni por un segundo.

Para cuando llegó al negocio, prácticamente sus pensamientos de culpa, desaparecieron. Había pendientes que la esperaban, así como un par de llamadas a proveedores. Después de ordenar su lista de tareas, y de limpiar las vitrinas; tomó asiento detrás del mostrador para revisar la correspondencia. Decidió comenzar por un sobre grande que había llegado. No tenía remitente y en letra cursiva estaba su nombre. No parecía tener mucho contenido, pero por alguna razón, lo abrió con desconfianza.

Dentro había unas fotos, sin ninguna nota.

Fijó la vista en quienes estaban besándose en ellas y se estremeció. Con manos temblorosas pasó de entre las fotos y todos los ángulos eran tan acusadores. Quiso ver las imágenes una vez más, pero no pudo porque las lágrimas le hacían ver todo borroso.

Su estomago parecía una olla a punto de ebullición, quería gritar, patear, destrozar todo el lugar si era posible. Su piel hervía bajo la ropa, pero por como temblaba, parecía estar muerta de frío. Su corazón se empecinaba en negar lo que veía, pero su lógica, con voz contundente, solo confirmaba que aquello era un acto deliberado. No podía ser un montaje.

—Alexa.

Se volvió bruscamente y se encontró con el rostro preocupado de Andy.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó con suavidad.

Quería contestarle, realmente quería hacerlo, pero la voz parecía inexistente en su garganta. Movió la cabeza en gesto negativo y antes de que Andy viera las fotos, las metió en el sobre.

—Vuelvo… regreso más tarde.

Andy no preguntó nada más, la vio salir del negocio con el rostro enrojecido. Alexa apretó el paso hasta llegar a la esquina y tomó un taxi. En esos momentos no estaba como para conducir, ha decir verdad, no estaba para nada.

En su mente se agolpaban miles de palabras que podía decirle a ese imbécil en cuanto lo viera. Pero no sabía si tendría la entereza de hacerlo cuando lo tuviera cara a cara. De pronto se sintió asfixiada en la parte trasera del taxi, y ganándose una mirada de desconcierto del conductor, abrió la ventana. El viento frío le azotaba la cara, pero apenas así podía controlarse. De momento eso tendría que ayudarla para no llorar, tenía que soportar hasta que llegara con él. No podía verla así, no le daría el gusto.

Al entrar al departamento y Sam estaba en la sala muy concentrado en su portátil.

—¿Qué significa esto?—Le puso la foto en la cara— Vale más que sea una muy buena explicación.

Sam empalideció de inmediato al ver la foto en la que claramente se veía su rostro pegado al de Emily. Miró a Alexa un momento y comprobó que tenía los ojos enrojecidos. Había llorado.

—Yo puedo… es que…

Ella se dio la vuelta furiosa y caminó en dirección a la cocina. El rubio la siguió a grandes zancadas. Alexa tomó un frutero que estaba encima de la barra y se lo arrojo con todas su fuerzas. Sam, apenas si pudo esquivarlo y se hizo pedazos al chocar contra el suelo.

—¡Cálmate!

—¿Qué me calme? ¿Quieres que me calme? ¡Vete a la mierda maldito! —Chilló fuera de sí— ¿Te das cuenta de que Charlie y yo estábamos ahí? ¿Tienes una maldita idea de lo que sentí al ver las fotos?

—Alexa, yo sé lo que parece esa foto, pero yo me zafé de ella. Todo pasó muy rápido… —Respondió, moviendo las manos desesperado.

—Dios mío…. Si Charlie ve esas fotos… —Se cubrió la boca con las manos un momento.

Charlie era capaz de estrangular a Emily y después a Sam. Sería un maldito desastre.

—Fue ella. ¡Ella se me insinuó!

—¡Pues mira que desde el ángulo en el que están captados, no opones mucha resistencia que digamos!

—¿Quién te dio la foto? —Preguntó, pero ella se dio la vuelta y caminó hacia la salida— ¿A dónde vas?

—Lejos de ti.

Una llama iracunda, se encendió en el estomago de Sam. ¿Ahora se largaba? Él tenía mucho que decir y ella tendría que escucharlo. Así tuviera que amarrarla. Le cerró el paso antes de que ella pudiera abrir la puerta y la sujetó de la muñeca, lastimándola. Pero ella se las arregló para darle en la cara con el bolso. Instintivamente la soltó y dio un paso atrás, reprimiendo las ganas de tomarla por los hombros y zarandearla.

—Vuelve a ponerme una mano encima —advirtió con voz ronca— y olvídate de esa carita que tienes.

Acto seguido abrió la puerta y la azotó con fuerza al salir. Samuel se quedó como estatua observando la puerta cerrada.

Ahora si, la había cagado en grande.


Tocó el timbre varias veces. Escuchó unos pasos firmes detrás de la puerta y después, ésta se abrió de par en par.

—Alexa…

Franco la miró como si no se lo pudiera creer. La castaña estaba plantada en el umbral con una extraña expresión en el rostro.

—Quita esa cara de sorpresa. Sabes muy bien a que vengo.

Se abrió paso dentro del departamento del moreno.

—Pues la verdad, no sé qué estás haciendo aquí pero no me desagrada para nada.

Dibujó una sonrisa mientras cerraba la puerta tras de él.

—¿Qué tienes que decir de esto? —Le entregó las fotos, pudo ver como los ojos oscuros se fijaban en la imagen y como éstos no mostraban ni al más mínimo atisbo de sorpresa— O más bien, ¿y la piruja de tu hermana que tiene que decir al respecto? —Alexa le mostró nuevamente la foto a Franco— Porque ella también está en la foto. Si no me equivoco esa es su pierna enredándose en el cuerpo de Sam.

Le hincó el dedo índice en el pecho con furia, el moreno la miró divertido. Gesto que la hizo rabiar, aún más.

—Cálmate, no me eches a mí la bronca. A ver, ¿por qué no fuiste con Emily y le reclamaste esto en su cara?

—No nos hagamos idiotas, Franco. Esto es tan típico de ti. —Por un momento se permitió alzar el rostro con una sonrisa triunfante.

—No deberías de ponerte así, ¿acaso no hicimos lo mismo en tu departamento? —Preguntó ásperamente, ella pareció congelarse ante lo dicho por el moreno. Se regodeó al ver que ella no parecía tan brava como al principio y como sus labios se fruncían— Eso sí, ellos lo hicieron antes que nosotros y ahora tu prometido ha querido darse paquete de ser el tipo perfecto comprando el nido de amor —se mofó—. No podría ser más patético.

—Solo admítelo.

—¿Qué diferencia habría? —Se cruzó de brazos y la miró fijamente— Supongamos que yo lo hice, ¿esto te hace feliz? ¿Lo exonera de la culpa? Pero si te hace sentir mejor… —añadió rodando los ojos— Está bien yo lo hice. Piensa lo quieras, no lo vas a dejar de todas maneras. Vas a mirar hacia el otro lado y trataras todo esto como una broma de mal gusto —siseó con sorna—, por mi está bien. —Se encogió de hombros y como si no tuviera la más mínima importancia tomó asiento en el amplio sillón.

La observó un momento. Ella tenía la vista baja y las lágrimas comenzaban a resbalar silenciosamente por sus mejillas. El moreno hubiese querido reír socarronamente, pero no pudo. Su saliva se volvió tan amarga que era imposible siquiera de disfrutar que su plan había funcionado.

—¿Le vas a enseñar esa foto a Charlie? —Preguntó muy serio, pero ella no respondió simplemente movió la cabeza en gesto negativo. Se dio la vuelta y tomó las fotos. Sin delicadeza las metió en el bolso.

—No te vayas —el moreno la tomó de suavemente de la muñeca. Sin embargo, ella inmediatamente se zafó. No era el hecho de que Franco la tocara, sino que en verdad Sam le había lastimado—. Estás enojada, y no me gustaría que te marcharas así.

Se miraron unos instantes.

¿Podría ser verdad que él no era el autor de esas fotos? Pensó la castaña. Y si lo era, ¿realmente importaba? Sam estaba en ellas. Sam, estaba besando a Emily como si se le fuera la vida en ello y en su propia fiesta de compromiso. Ni uno ni el otro tenían justificación.

Asintió muy lentamente, Franco aprovechó para guiarla, hasta donde minutos antes estaba sentado. Se quitó el abrigo, tenía el suéter pegandosele a la espalda. Respiró profundamente un par de veces, sintiendo el peso de la realidad: Era una ingenua y le habían visto la cara.

Soltó un suspiro y sintió como Franco la atraía hacia él. Se repitió que era una completa idiota. Mentalmente, comenzó con una lista de detalles que odiaba de si misma. Ella que se jactaba de ser una mujer de mundo y completamente racional, que rara vez sucumbía a las estupideces del amor y ahora estaba hasta el cuello de esa agua, asquerosamente amielada, que le hizo pensar que porque estaba 'enamorada, podría flotar sin problema.

Lentamente, se recargó en el pecho de Franco y volvió a suspirar. Podìa escuchar los latidos fuertes de su corazón, latían fuertes y constantes. El sonido era tan relajante, que pronto se dio cuenta de que estaba más relajada y cómoda.

Se incorporo muy despacio, comprobando que él la miraba atentamente, y fijó su vista en los ojos oscuros de Franco. Él sonrió, era una sonrisa sin ironía, sin petulancia. Era una sonrisa que Alexa, tenía tiempo sin ver. Ella también sonrío, experimentando una súbita oleada de calor.

—Vamos a darle al karma —habló casi en un susurro—, un poco más de trabajo. —Y cerró el espacio entre los dos.