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Escribir

Hoy era el día.

El escritor se sentó frente a su obra. Rememoró lo que pasó en la historia que iba a terminar y se dispuso a darle realidad más allá de su ser, con ayuda del arte.

Unos pocos párrafos y terminaba... ¡Tan esperado y tan temido es el fin! ¡El éxtasis de terminar la creación junto a la melancolía de la espera y de sentir ese furor de crear lo existente en aquél mundo!

Sentía su presencia. Clío lo acompañaba, lo veía y le enseñaba cómo era la emoción de aquélla en el rostro... las palabras que le respondió aquél... El lugar, le dejó ver la musa, tenía un retrato de un niño... ¡Tan vivo el retrato! ¡Tan vivo al describirlo, como a los otros, como al lugar! ¡Como al alma de la historia en sí!

Clío se acercó al escritor y él no pudo escribir tan rápido como supo la historia: imágenes, palabras, sensaciones... ¡La Historia! ¡Ese niño del retrato era parte de la historia! ¿Cómo no lo supo hasta ahora?

La aparición sonreía, tomó la mano del escritor y el escritor sintió que ya no necesitaba pensar: lo que veía y recordaba de la historia se hacía directamente palabras en los movimientos de su mano.

Y el escritor terminaba su historia... ¡Pero ya no la sentía su historia!

El escritor dejó de mover su mano y Clío lo volvió a ver y en la historia le exigió: "¡Escribe que ésa es!". Pero el escritor no quería... ésa no era la historia... sintió el miedo, el desasosiego...

"¡Escribe que así es!". Clío se enojaba. Uno de sus discípulos no debía rebelarse a ella. La historia debía ser escrita como era. Y otra vez el escritor, con miedo, con lágrimas, casi sin poder respirar, dejó que Clío volviera a poseerlo y la historia llegó a su fin, al escribir: "Hoy habría cumplido 22 años".

Clío le soltó la mano y se alejó del viejo escritor que recordaba porqué la historia que escribía sí era la historia que terminó de escribir... Sí, ese mismo día, el suyo también habría cumplido 22 años.