Prologo

Veloces pasos arruinaban el silencio de la oscuridad.

-¿Quién está ahí?- gritó una voz desesperada, pero no tuvo respuesta -¿Quién está ahí?- volvió a gritar con igual resultado.

Quería huír, pero sus pies ya no respondían, quería poder siquiera defenderse, pero no encontraba aliento. No sabía quién o quienes lo seguían, sólo sabía que no estaba a salvo.

¿Era humano? ¿Era animal? ¿O simplemente se enfrentaba a algo completamente desconocido?

Se dejó caer contra uno de los robustos árboles que tenía a su alrededor. Su corazón latía deprisa y sin control. Su mente divagaba en cada posible pensamiento.

Su familia… Sus amigos… Su Familia. Su Familia. Su Familia….

Escuchó una risa en algún lugar a su izquierda. Ahí, entre los árboles había alguien… ¿Una mujer?

No estaba lejos.

-¿Quién eres?- Volvió a intentar, ahora su voz era más calma, su orgullo Machista le daba una seguridad que estaba lejos de ser confiable. ¿Qué le podría hacer una mujer?

-¿Quién eres? ¿Eso es todo?- preguntó su asechadora aproximándose y el hombre por primera vez pudo ver sus rostro. Su piel blanca como el mármol parecía brillar a la luz de la luna, sus labios carmesí iban a tono con sus ojos, escalofriantes ojos rojos.

Unos momentos antes, sus movimientos le habían parecido lentos y delicados, pero no supo como, en una fracción de segundos tenía a la mujer contra su cuerpo, sus labios rozando sus oídos y sus manos apoyadas en su pecho. Era fría y dura. Cada vez que le recordaba más al mármol.

-¿No vas a preguntarme qué soy?-

-¿Qu-qu-qué eres?- preguntó por inercia con el pánico retornando a su cuerpo.

La mujer negó divertida, y al pobre hombre, que ahora venía a pensarlo, le recordó a aquellas películas de terror en que hombres y mujeres bestias jugaban con su comida….

Él.

-Si te dijera tendría que matarte- seguía susurrando la mujer mientras con su mano acariciaba su rostro haciéndolo tiritar.

-Vamos María, ya sabes que no debes jugar con la comida- Dijo de pronto una tercera voz que apareció de la nada.

El hombre, el único humano en el bosque se congeló ante aquella presencia de la que no se había percatado hasta entonces.

-Vamos John, ya sabes que me gusta divertirme un poco- respondió María. Su voz seguía siendo suave, pero ante la presencia de John se combinaba con algunos matices seductores.

-María…- el joven de los ojos carmesí parecía a punto de perder la paciencia.

-Está bien, está bien- Aceptó la mujer y se hizo hacia atrás para devorar su cena.

Todo comenzó con fuego. Quemaba, ardía ¡Le mataba! Y ahora sentía no solo una fuente de dolor sino que ¡dos!

Sentía como la sangre abandonaba su cuerpo. ¡Como la vida abandonaba su cuerpo! Y justo antes de que sus pulmones soltaran su último aliento sintió un aullido en algún lugar cercano.