Es un escrito mío, algo que escribí mientras evocaba el momento.




Lo miras, lo observas. Sus ojos —esos tiernos ojos castaños en los que sólo pocas veces es posible vislumbrar su alma— ya te lo han contado; lo que sus labios hablan no es novedad, porque tú lo sabías desde antes. Es más, es algo que tú igualmente piensas, sientes y proyectas.

En sus ojos puedes ver toda la determinación y seguridad de la que es capaz, sin embargo, sus palabras luchan por salir de sus labios. Es tanto lo que te quiere decir en tan poco tiempo.

Él habla, tú escuchas. Y sí, ya lo sabes todo y estás consciente de tu respuesta, esa que te mueres por dar. Pero el momento aún no llega.

Promesas, sentimientos, esperanzas. Todo se mezcla en una perfecta armonía que envuelve tu mente, tu corazón... todo tu ser. De pronto tu sonrisa se va ensanchando, y las palabras van mermando su velocidad.

—¿Entonces? —pregunta—. ¿Qué dices?

Suspiras. Ya no te sientes a tres metros sobre el cielo —hace tiempo que empezaste a ascender—. Tú estás más allá. Y sonriendo, respondes.

—Sí. Digo que sí.

Y en ese momento, al ver su sonrisa iluminando tu mundo, te sientes completa. Y no son más dos personas que sonríen.

Son una pareja feliz.


Y me regreso a hacer tarea.

Buen fin de semana.