Era quizá el año 2001, o el 2002, me es difícil recordar con precisión cuando lo conocí; todos esos años tanto en el colegio como en mi vida fuera de éste son una mezcla de sucesos imposibles de ordenar cronológicamente, mas no puedo olvidar uno de mis primero viajes con la selección de atletismo.

Ya hacía más o menos dos años desde que había comenzado a entrenar y los viajes a torneos nacionales eran rutina. Viajaba bastante y lo disfrutaba ¿quién no lo haría? Quitando el estrés de la competencia, realizar esos viajes de dos días sin padres y casi nula supervisión adulta fueron sin duda los mejores recuerdos que tengo de mi adolescencia, donde podía compartir con chicos de distintos colegios, de diferentes clases sociales y sobre todo diferentes pensamientos, un cambio muy agradable a mis compañeras mojigatas del colegio del Opus Dei al que asistía.

Yo era virtualmente nueva, pero ya tenía un grupo de amigos conformados. Es interesante como dentro el grupo de atletas, habían círculos cerrados y "élites". Los velocistas eran y fueron dentro de este deporte, el grupo élite, generalmente chicos y chicas de colegios privados, muchos con aires de superioridad, muchos los "populares" en sus colegios. Después venía el grupo de marchistas y fonditas, los atletas que verdaderamente se tomaban el deporte como algo serio y madrugaban cada mañana para entrenar. Estos eran por lo general jóvenes de clases sociales más bajas, de escasos recursos y pertenecientes a colegios públicos. Eso, como una generalización, porque al final no importaba a que clase social pertenecieras o a que colegio asistieras, ser velocista, o saltador (o ambos la mayoría de los casos), te hacía parte de la élite del atletismo. Debo admitir que yo estaba en ese grupo, de quienes corríamos distancias cortas, a quienes todos iban a animar, a quienes filmaban, fotografiaban, incluso no faltaba el periódico local que esperaba en la meta para entrevistarnos mientras recuperábamos el oxígeno.

Sin embargo, ese año, hubo un cambio. Un nuevo grupo había aparecido, un grupo de chicos que venía del oriente, de un par de pueblos pequeños perdidos en la zona tropical. No los conocíamos, solo sabíamos que habían logrado clasificar en diversas pruebas (sobre todo en lanzamientos, saltos y velocidad), tampoco les presté mucha atención, pero como pasa en la vida, esos desconocidos se convirtieron tiempo después en grandes amigos; sobre todo uno de ellos llegó a ser una persona sumamente importante en mi vida. El más humilde de todos, el más noble y quien admiré por su valentía y fuerza de voluntad: Freddy, a quien de cariño le decíamos Panza, un muchacho de mi edad a quien nunca le reconocieron lo suficiente.

¿El primer contacto que tuve con él? Pues darle mi plato de fideos.


Relamente no tengo mucho para decir, el siguiente recuerdo lo subo lo antes posible, o sea en unos días.