Capítulo IV: "Nunca terminamos de aprender"


La persona más escéptica en el mundo, respecto a temas románticos, era Jason.

No cabía duda que era un tipo algo duro de corazón, pues para él, el amor, no era más que una molesta debilidad. Pero, la llegada de Anna a su vida, había
cambiado esa perspectiva por completo.

A diferencia de la mayoría de las otras mujeres, Anna, era algo especial. Jamás pensó encontrar a alguien como ella, porque en su experiencia, las chicas de
hoy quieren relaciones free y no creen en la cursilería de las bodas.

La había besado, si, porque estaba seguro que ella también sentía esa chispa, esa sensación de estar en el lugar correcto y diciendo las palabras apropiadas.

Recordó una amarga experiencia del bachillerato, cuando fue la burla de varios compañeros, pues hasta le había llevado una serenata a la chica más frívola,
que era muy parecida a Tracy.

Quizás por eso le caía mal, porque le recordaba lo estúpido que fue al enamorarse de una chica que tenía expectativas mayores: Casarse con el hijo del decano
de la Universidad de Princeton.

Y él, a pesar de su apellido y de ser miembro de una familia que generación tras generación se había colocado como una de las más respetables familias dentro
de la comunidad legal; había sido rechazado y de la manera más cruel.

Pero Anna, era una chica en extremo sencilla y con una agradable conversación: lo mismo podía hablar del calentamiento global sin parecer una ecologista extrema,
como hablar de las cosas simples como el clima, el metro, el amor…

Sólo se habían visto tres veces, y ella ya le había enseñado que hay cosas intangibles, como palabras amorosas, que podían hacer la vida feliz y maravillosa.
Y con un solo beso, Jason, sabía que su corazón era solo de ella.

¿Cómo era posible?

Era de esas cosas que suelen pasar, inesperadamente.

Quizás era parte de un plan de índole divino que le demostraba que estaba equivocado respecto al amor y respecto a él, después de todo era un hombre con
sentimientos, esos que tantas veces pensó, no servían de nada.

Incluso, hasta pensaba como serían los niños, si es que los tuviera con Anna, y sonrío al comprobar que le encantaría tener una nena con cabello oscuro.
Se imaginaba una casa con un amplio jardín colmado de rosas, con ellos dos y la nena, disfrutando de un día soleado, bebiendo limonada y comiendo galletas
hechas en casa. Toda esa noche, no pudo dormir, imaginando lo linda que sería su vida a partir de ahora. Y cuando vio salir el sol por su ventana, quiso saber lo que se sentiría ver un amanecer junto a ella.

Un arreglo de rosas color durazno arribó a casa de Anna a eso de las once de la mañana.
Se emocionó mucho al ver el arreglo, pues ella normalmente no recibía flores.
Su madre, la observó conmovida, pues Anna sonreía, como hace mucho tiempo no lo hacía.
Como quinceañera corrió y se encerró en su habitación, tomó el teléfono, y no muy segura de estar haciendo lo correcto, llamó a Jason.

El celular de Jason sonó en ese instante y al ver en la pantalla el nombre de Anna, supo que ya había recibido las flores.

Estaba almorzando con sus padres, por lo que tuvo que apartarse un par de metros, no quería que fueran testigos de que su hijo el insensible, al fin había encontrado su corazón.

—Buenos días Anna. —Saludó al contestar.

—Buenos días Jason, muchas gracias por las flores, están bellísimas.

—Me alegro que te gustaran, ¿qué estás haciendo?

—Estaba tomando un café con mi madre cuando ha llegado tu detalle —sonaba emocionada, feliz—, ¿y tú?

—Estoy almorzando con mis padres.

—¡Dios! ¿Te he interrumpido?

—Claro que no, para nada. ¿Qué harás por la tarde?

—Pues… no tengo planes.

—¿Crees que podamos vernos?

—Si, seguro.

—Paso a tu casa, a eso de las cinco.

—Me parece bien, hasta entonces.

Ambos colgaron, y Jason tuvo que enfrentarse a la radiante sonrisa de su madre.

—Esa no era una llamada de trabajo, ¿cierto? —dijo su madre compartiendo una mirada con su padre.

—Dudo que sonría por una llamada de trabajo, a menos de que hayas ganado un caso. Y aún así no estarías moviendo los dedos desesperadamente, ni haciendo círculos con el pie izquierdo —Dijo su padre con el amago de una sonrisa.

—¿Cómo se llama? —Se adelantó su madre.

—Anna —contestó Jason, que con solo eso, sabía que no le quitaría la sonrisa del rostro a su madre. Al parecer ella estaba feliz por él, pero desconocía a que grado.

Después de despedirse de sus padres, fue a casa, y busco en Internet las funciones del cine, encontró un portal donde recomendaban algunas cafeterías, además de starbucks, para la primera cita.

Llegó diez minutos antes, y tocó el timbre. Unos minutos después ella salía a recibirlo sonriente.

Caminaron tomados de la mano, y en la avenida principal tomaron un taxi.
Después de tomar un café, en una de las cafeterías que sugería el sitio de Internet, caminaron una cuadra hasta el cine.

Durante toda la función se tomaron de la mano, Jason de vez en cuando observaba de lado el rostro de Anna, iluminado por la enorme pantalla; parecía que estaban de nueva cuenta en Roma y cuando salieron, no pudo evitarlo, y decidió besarla.

—Te quiero Anna —dijo Jason después de un tierno beso—. Sé que vas a decir que nos hemos visto poco tiempo pero… —ella lo interrumpió besándolo nuevamente— me has tomado completamente desprevenido.

—Yo también te quiero, Jason y ni siquiera me atrevo a explicarlo.

Y volvieron a besarse, en honor a todos esos años que estuvieron separados, para después seguir su camino por la ciudad, que ya caía bajo los encantos de la noche.