SR. WEST
Una historia de Alejandra Govea Hernández.

Capítulo Único

¿Qué puede hacer cualquiera de nosotros?
Indefensos como estamos, a merced de nuestras voces internas,
¿qué podemos hacer en realidad?
Jeff Lindsay

En su cuarto, la obscuridad lo devoraba por dentro, al mismo tiempo en que la soledad comenzaba a acecharle como un perro rabioso. Tenía días sin comer, sin asearse. La verdad es que Richard West quería morirse. Sus días de escritor prominente y parrandero habían quedado atrás. Era en verdad una pena.

Tan joven.

Tan apuesto.

Tan talentoso.

Ahora era menos que mierda.

Cerró los ojos aferrándose a sus piernas, sentado en posición fetal en su viejo sillón. Su casa era ya un desastre, ahora que estaba solo no valía la pena esforzarse por nada, ni siquiera por vivir.

Estaba desesperado, tenía días sin saber de ella y el hecho de haber tomado sus famosos barbitúricos lo hacía morderse las uñas hasta que estas sangraban. Nada le dolía, más que el corazón. No se arrepentía de haber retomado aquellos placebos de alivio. Recordó que si había renunciado a ellos, era porque había sido inmensamente feliz. Los momentos al lado de ella eran mucho mejores que dos pastillas inútiles al día.

En su corta vida, había tenido episodios parecidos, pero ese fue el peor de todos.

Vuelve o moriré – susurró despacito, a sabiendas de que no era capaz de hacerlo, no aún.

Había pensado en suicidarse, claro, pero tenía la leve esperanza de que ella volviera. La recordaba a cada instante temiendo lo peor, rogando porque no volviera al hoyo oscuro del que la había sacado. Sabía que no podría perdonarla si fuera así. Después de buscarla durante algunos días aún le faltaba un lugar, no se atrevía a pisarlo de nuevo.

Maldijo miles de veces el momento en que la conoció en aquel bar y recordó que ni siquiera le gustó desde la primera vez que la vio. Richard esbozó una sonrisa sincera con esa ironía. Sin saberlo, aquellos eran sus últimos momentos y lo único que estaba en su mente era aquel primer encuentro con Elise Miller, el amor de su vida.

Cerró los ojos mientras las imágenes hacían presencia en su mente:

Sr. West ¡qué maravilla que ha venido a visitarnos!– dijo la insípida chica.

Se notaba que había dicho aquel discurso sin ganas pero como Richard no tenía intenciones de verla a ella, no le tomó importancia alguna a este detalle. Él buscaba a la más hermosa de aquel bar: Stella. Había sido su amante varias veces pero la naturaleza obsesiva de Richard hacía que su compañera de ocasión prefiriera alejarse antes de aceptar la buena cantidad de dinero que este le ofrecía todas las noches. Demente le llamaba Stella cuando Richard la buscaba en su casa fuera de sus horas de trabajo, deseoso por verla. Todo el mundo sabía que él la acosaba. A pesar de las infinitas propuestas de matrimonio y la promesa de una mejor vida no bastaron para que Stella lo aceptara. En realidad ella quería alejarse de ese estilo de vida pero sabía que él no era el camino fácil sino al contrario, su personalidad autodestructiva terminaría con todo a su paso, incluida ella misma.

Aquella noche Richard la buscó por todo el lugar pero no la encontró. No tenía ni idea de que Stella se había escapado hacía la vida que se había prometido. Esa vida que su destino y los golpes le habían negado desde muy joven.

Cuando el cantinero del bar le informó de la partida de Stella, Richard no pudo evitar sentirse usado, descorazonado mientras su mente le jugaba sucio. Podía escuchar la risa melodiosa de su amante, su imagen lo estaba volviendo loco.

Un whisky doble por favor – se dirigió al cantinero

Estaba hecho una furia.

Tenía ganas de partirle la cara a alguien para desquitar lo que sentía por dentro o mejor aún, deseaba torcerle el fino cuello a Stella por su traición. Quería que todos fueran infelices igual que él. Se tomó de un solo trago su bebida, listo para dirigirse a cometer el crimen de su vida. Hizo su banco a un lado, estaba punto de moler a golpes a cualquiera que lo mirara siquiera pero la castaña se lo impidió.

Sr. West, ¿Por qué mejor no me invita un trago y platicamos un rato? – le dijo nerviosa, seguramente intuía el estado en el que este se encontraba.

Richard quiso lanzarla a un lado por imprudente e ir a cumplir lo que tenía pensado, pero la mano de la chica en su hombro y su mirada con miedo le hizo quedarse en la barra sucia del bar. Le resultó atrayente ese destello de miedo que vio en sus ojos, como el de la oveja antes ser devorada por el león. Más tranquilo por el interés que le despertó la chica, Richard ordenó para ella un vaso de vino blanco ya que no le pareció que fuera de aquellas que tomaban jerez barato. La había visto varias veces ofrecerse en aquel bar, pero nunca le puso atención alguna. Al lado de Stella era imposible hacerlo.

Simplemente la veía como una más. Ni siquiera le daban ganas de mirarla después de un rato. Richard sabía que los intentos de seducción eran en vano, así que se lo dijo sin rodeos.

No tengo ganas de cogerte Elise y lo sabes, así que tomate tu copa y déjame en paz. Debe de haber otro que le pague al imbécil de tu padrote para estar contigo – fue muy duro con ella.

Elise trató de ocultar la humillación que sentía en aquel momento. No era la primera vez que alguien lo hacía pero sin embargo, le dolió más de lo que debía. Ahogó las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos irremediablemente. Se tragó el nudo que se le formó en la garganta. Bebió tranquilamente el vino de la larga copa mientras los ojos rígidos de Richard esperaban que ella se fuera. Sentía que el odio injustificado de su prospecto fallido le calaba hasta los huesos. Casi como el frío invierno del lugar en donde había crecido.

No pasó más de un minuto antes de que Elise tomara su bolso y se marchara. Salió del bar, después del desaire no quería volver a abrir las piernas esa noche aunque sabía que eso le costaría dinero y unos cuantos moretones al día siguiente. Pensaba que había sido culpa suya, por eso nunca se había acercado a Richard. No sólo por el hecho de ser cliente de su amiga Stella sino porque en el fondo se creía poca cosa para él. No entendía cómo un hombre famoso y gallardo como Richard tuviera que pagar por sexo.

Pensativa aún, entró al callejón que la llevaba a su casa. Era cerca de la media noche. Demasiado temprano para alguien de su profesión.

El único sonido de aquel momento era el de sus zapatillas de tacón contra el suelo húmedo, de las gotitas de agua cayendo de los tejados.

Después de un rato, otros pasos acompañaron los suyos. Caminó lo más rápido que pudo pero eso no impidió que unos brazos la apresaran en la obscuridad.

Su corazón comenzó a latir como loco. Sabía que era hora de pagar las consecuencias de su desobediencia: el hombre que negociaba sus encuentros no iba a dejarla ir así como así.

Elise entró en pánico por un momento, le pedía a Dios que no le hiciera daño, más del habitual. Gritó cuando el hombre la azotó contra la pared sin esperanza ya que le tapó la boca, ahogando cualquier intento de que alguien la rescatara. En unos segundos Elise pensó en ceder un poco. De todos modos, nadie querría ayudar a un puta pensó, así que ella misma trató de defenderse. Pataleó y manoteó, inútilmente.

En esa ceguera momentánea, unos ojos azules le hicieron darse cuenta de que aquel ataque inesperado era lo que había buscado desde hacía mucho, de manera inconsciente, claro está.

Poco a poco reconoció la figura de Richard West.

Tranquila Elise, no te haré daño – escuchó a Richard decirle a su oído, provocándole escalofríos– He cambiado de opinión, me parece que seré el idiota que pasará la noche contigo–

Ella no supo qué hacer. Se quedó helada un momento, aprisionada a la pared, sintiendo el calor de su atacante que comenzaba a besarla con violencia. La cálida humedad de su lengua no le produjo asco, al contrario, la hizo estremecer por completo.

Elise se defendió como pudo ante aquel ataque inminente, con la astucia de una felina. Se revolvió en los brazos de Richard que reía por lo bajo, aquella pelea silenciosa le estaba agradando demasiado. Elise lo notó: un bulto indecoroso hizo presencia en el pantalón de su atacante, rozándole el vientre plácidamente.

En un principio le incomodaron los besos de Richard, pero luego su cuerpo y su mente le hicieron querer más. Se dio cuenta de que había parado de gritar y ahora comenzaba a reír con los labios apretados; Richard masajeaba delicadamente sus muslos debajo de la falda, subiendo a ese lugar que le pedía a gritos ser tocado. De inmediato atendió las caricias en aquel callejón, sin importarle mucho si habría recompensa económica después.

Para Richard, Elise fue en aquel momento un escape para desahogar lo que sentía, para canalizar la rabia que le había provocado Stella con su partida. No mataría a nadie, eso era seguro.

El callejón no fue el lugar que los vio amarse por primera vez.

Ambos llegaron como pudieron al cuarto de vecindario en donde ella vivía. La luz de aquella habitación permaneció apagada a petición de su nuevo amante: deseaba imaginar que estaba con Stella, que la piel que besaba con ansias era de ella. A Elise no le importó hacer el papel de suplantadora de su amiga. Su ropa de segunda cayó al suelo dejándole ver a Richard su desnudez de niña. Era lánguida, mucho más que cualquier amante que hubiera tenido antes. La inmadurez de su cuerpo no le impidió disfrutar de sus movimientos tímidos que lo estremecían en sobremanera. Ella era vulnerable y eso le excitaba más que nada.

Comenzaron el juego que habían dejado en el callejón, de mordiscos sutiles, tirones de cabello y forcejeos falsos. Richard se vio sorprendido por la efusividad de su amante, que hasta ahora, había resultado más delicada que la propia Stella. Incluso más hermosa. Su piel transparente parecía romperse con cada toque. Sabía tan bien, olía tan bien.

Elise por su parte desarrollo de inmediato una adicción al toque de Richard. A su olor de whisky que emanaba al besarlo que junto con los raspones de su barba hacía que las mariposas en su estómago latieran por primera vez en su vida. Nunca había sentido eso con nadie.

Las respiraciones de ambos comenzaron a agitarse conforme consumaban aquel acto, sus cuerpos se llenaron de sudor. Elise ronroneaba con cada caricia, con los golpes dentro de ella. Se vio rodeada de dulce violencia, más que nunca en su vida. La renuencia de Richard por estar con ella, había durado poco y de la nada, con solo un encuentro, se convirtió en una especie de afecto. Tal vez el más grande que pudo haber sentido. Lo supo desde el primer beso. Por primera vez en mucho tiempo, inexplicablemente se sintió feliz.

Los dos se entregaron instintivamente lo que restó de aquella noche, retozaron hasta el amanecer. De no ser por su triste destino, así lo hubieran hecho siempre.

A partir de aquel encuentro Richard y Elise se convirtieron en amantes. No de ocasión o por conveniencia sino en amantes de verdad. En cómplices de algo que no habían buscado pero que allí estaba, quisieran o no. Aprovechaban el día para hablar de todo, querían conocerse como dos amigos lejanos: igual hablaban de sus miedos, de sus alegrías o de un futuro juntos; lo que más deseaban en aquel momento. Por las noches, el amor les podía llegar despacio o lento en el calor de la alcoba o en el fragor de la cocina, de la mesa. Donde fuera, no les importaba nada en lo más mínimo.

Los episodios bipolares de Richard disminuyeron, haciéndolo regresar al camino que había sido distraído por las insaciables parrandas de los últimos años y las mujeres equivocadas. Retomó exitosamente su carrera, nunca hizo poemas más hermosos que los de ese tiempo. Todos dedicados a su eterna Elise. Jamás volvió a pensar en Stella, ni siquiera recordaba cómo era.

Elise cambió el mundo clandestino por la vida que Stella había rechazado estúpidamente. Fue más feliz que nunca, más incluso que en la niñez que le regaló su madre antes de partir para siempre. Se convirtió al fin en la mujer de un solo hombre, el más maravilloso de la tierra. Un hombre que la hacía estremecer ya fuera con la mención de su nombre o con su hombría entre sus piernas. Daba lo mismo. Era amor al fin y al cabo.

Sin pisar el altar se prometieron todo con el paso de los meses. Su convicción por estar juntos, por alejarse de sus vidas pasadas resultó infinita en aquel momento. Todo antes de que la incertidumbre arruinara lo mejor que habían tenido.

Se mudaron lejos de aquella ciudad corrupta, de algunas personas que aún recordaban el oscuro pasado de Elise. Era lo mejor, eso evitaba cualquier interrupción en la calma de Richard, que estaba lista para hacer erupción como un volcán al menor movimiento en falso.

En una ocasión, parecía un día cualquiera cuando Elise caminaba hacía su nuevo hogar. Sabía que Richard la esperaba en casa después del trabajo, le reconfortaba pensar que pronto estaría en sus brazos.

Podría haber sido viernes o lunes, veintitrés o primero de cualquier mes y Elise no lo hubiera notado, de no ser porque esa tarde su pasado llegó por ella. La esperó afuera de su casa como un ladrón mientras Richard no estaba, la golpeó tantas veces como quiso y la acarició por todo el tiempo que la había extrañado. El pasado no había perdido mucho con la partida de Elise, sin embargo, a él no le importaba el dinero. Su orgullo valía más que cualquier cantidad que el cuerpo de una mujer insípida podía producir en una noche. En esta ocasión, Elise gritó como nunca y nadie la escuchó, nadie acudió a su auxilio cuando de los cabellos, Dante intentó sacarla del que ahora era su hogar. Pedía por Richard, pero él no estaba ahí. Si no hizo nada, era porque tenía miedo, pero no por ella. Existía una razón más poderosa que cualquier cosa en el mundo y Dante podía echarlo todo a perder con un ataque de violencia.

Se dejó llevar por él al ver que no cedería jamás. Sabía que representaba un peligro para su felicidad: Richard, su futuro. Después de todo, estaba segura que dentro de unos meses, su cuerpo no sería redituable para Dante. Entonces, regresaría al lado de Richard, que sabría la perdonaría después de todo.

Elise hizo maletas, dejando en esa casa la esperanza de regresar pronto. No tenía idea de que sería la última vez que pisaría los suelos de aquel lugar.

Richard abrió los ojos de golpe al recordar lo que sintió aquella tarde cuando no encontró a Elise por ningún lado. Obviamente no estaba al tanto de todo lo que ella había sufrido esa tarde. Ya habían pasado algunos días desde su partida, pero sin embargo le seguía doliendo. Pasó como era de esperarse a otro estado de ánimo en tan sólo segundos. Su cabeza era una caldera hirviendo. En su mente, su Lis simplemente se había ido. Lo había dejado, justo cuando pensó que con ella su vida estaba completa, que no tendría que pagar por amor porque este le era entregado a manos llenas sin condición alguna. Porque el amor se da sin esperar nada a cambio, porque lo sientes más fuerte que los latidos de tu corazón, porque se supone que una vez que lo sientes no lo vuelves a sentir nunca. Pero ahora Richard sabía que ese había sido el problema, a sus ojos Elise sería siempre una prostituta, el amor le había valido un carajo.

Todo lo que él le había dado no significaba nada para ella.

¡Eres una puta, igual que Stella! – le gritó a la Elise imaginaría que hacía su aparición al lado de su amiga.

Ambas reían en su mente, lo señalaban a él y a su vergüenza, por haber confiado en las personas equivocadas. Lloró de repente hasta que sus ojos no dieron para más porque el cuchillo del orgullo lo apuñalaba.

¿Cómo pudo hacerte esto?

Te humilló.

Te dejó solo como el perro que eres.

Se burla de ti y de tu dolor.

Seguramente ahora está haciéndole a alguien lo mismo que te hacía a ti. Esta gritando el nombre de algún hombre más inteligente que sólo se la cogerá y no se enamorará de ella como tú lo has hecho, imbécil de mierda.

¡Cállate! – se gritó a sí mismo, golpeándose la cabeza.

Estaba harto, no podía más. Debía buscarla y enfrentarla, Elise tenía que saber que con él no se jugaba. Sacó de su alacena una botella de whisky fino que su padre le había regalado para una ocasión especial. Esta lo era, debía darse valor para ir a buscar a la persona que lo había herido de muerte.

Se la bebió toda en minutos junto con algunas pastillas mientras se arreglaba para salir de su mugrosa casa. No podía ir hecho una piltrafa, Elise debía arrepentirse de haberlo dejado.

Fue al único lugar en donde sabía iba a encontrarla: el bar donde la había conocido.

Todos se sorprendieron de verlo, aunque lo mismo no sucedió cuando supieron a quién estaba buscando. No faltó aquel que se reía de él, de su inútil intento por reclamar a una mujer que no era de nadie. Ni siquiera de él.

Por el estado en el que se encontraba, buscó pleito a todo el mundo. Desde luego, le partieron la cara. El cantinero se apiadó de él, le dijo aquello que quería saber.

La encontraras aquí– le extendió un pedazo de servilleta, una dirección estaba escrita con la letra más horrible que había visto.

Más rápido de lo que pudo entender, llegó a una casa vieja. Allí había muchas mujeres que lo recibieron como a cualquier cliente del lugar. Sr. West le llamaban todas al reconocerlo, probablemente se habían acostado con él o tal vez sólo habían leído sus escritos. No tenía sentido, de todos modos sólo había una voz que deseaba escuchar.

¿Aquí trabaja Elise Miller?– le preguntó a una mujer pasada de años que mostraba sus senos caídos para atraer a los clientes.

Esta, le señaló una habitación. Richard se dirigió de inmediato a aquel lugar.

Tendrás que esperar tu turno– le gritó la mujer.

Sabía exactamente a lo que ella se refería porque lo había hecho en muchos encuentros con mujeres, pero nunca con Elise. Con ella no había tenido que esperar por amor.

Caminó lentamente hasta el portal de aquella puerta, parecía que cada paso era el más importante de su vida.

Entreabrió la puerta con cuidado de no hacer ruido. Al hacerlo, miró asqueado la escena que comenzaba a gestarse.

Nadie sabe con cuánta calma dispuso para observarlo todo sin perder la cabeza: en un sillón viejo yacía un hombre, uno cualquiera. Sudaba como cerdo, sus ojos tenían un malvado brillo de perversión. Prendió un cigarrillo y le dio una fumada mientras observaba cómo Elise enfrente de él retiraba una bata de seda de su cuerpo.

Al ver su desnudez Richard ansió tocarla, la extrañaba como el loco que era. Notó su cuerpo diferente, en cuestión de semanas Elise había dejado atrás su aspecto de comadreja para convertirse en una mujer.

Richard estaba a dos segundos de perdonarle todo y rogarle que regresara a su lado. No por la apariencia, sino porque al verla trataba de recordar las cosas maravillosas que vivieron juntos. Aún así la rabia fue más fuerte que su amor cuando notó que el hombre comenzó a tocarla. Peor aún, cuando Elise pareció reaccionar a tan repugnantes caricias.

Tú lo sabías: era una cualquiera cuando la recogiste de la calle.

Mira bien cómo se retuerce de deseos por ese imbécil.

Grábate bien como goza sus caricias.

Si Richard hubiera puesto más atención a lo que veía y no a sus celos, se hubiera dado cuenta del asco que se reflejaba en el demacrado rostro de Elise con la sola presencia de su inmundo cliente.

Agáchate – escuchó que el hombre le ordenó a la que era su mujer.

Richard quería terminar con todo. No podía creerlo, su mundo se venía abajo y sólo deseaba una cosa: morir. Porque no deseaba que ella fuera tocada por otro hombre, porque Elise era para él.

Reclámala, es tuya.

Lo hizo, escuchó a su mente y abrió la puerta ante el asombro de los que estaban adentro.

Vio la cara de terror de Elise al encontrarse con sus ojos.

Richard –susurró ella, él no quiso mirarla demasiado.

Le dolía a pesar del resentimiento de aquel momento.

El tipo se enfadó demasiado por la intromisión de Richard. Este, antes de que aquel pudiera reclamarle, lo noqueó con un puñetazo a media cara. Lo tiró al suelo, golpeándolo como un enfermo ante los gritos de Elise que pedían que parara. Ella lo tomó del hombro como la primera vez que hablaron, sus ojos tenían el mismo miedo de antes. Sólo por eso paró los golpes al tipo que yacía envuelto en su propia sangre. Richard se regodeo por dentro cuando vio en el saco de su traje gris las pequeñas manchas rojas.

¡Suéltame!– le gritó a Elise, tomándola del brazo y lanzándola desnuda a la cama – Me das asco –

Los curiosos de aquel burdel comenzaron a juntarse en la puerta del cuarto, querían saber qué había pasado. Sin embargo sólo fueron testigos de la suntuosa salida de Richard frenético y de Elise cubriéndose con la bata, llorando como nunca. Trató de alcanzar a Richard que caminaba a trompicones, él no quería escucharla. La voz de su cabeza era más fuerte. Esta, le decía que tenía que odiar a aquella mujer que lo siguió hasta un callejón, justo como la primera vez, sólo que ahora los papeles se invertían. Claramente la repetición de aquel ciclo tenía un sólo significado: todo tenía que terminar.

Elise iba detrás de Richard.

Espera, tenemos que hablar – dijo desesperada.

¿De qué quieres hablar?, ¿de lo que te estaba haciendo ese y quién sabe cuántos otros tipos? Por favor, Li...– dudó del aquel nombre que amorosamente le había dado antes– Elise, no seas estúpida–

Aquellas palabras las dijo a propósito, quería hacerla sentir mal. En los ojos marrones de Elise se notaba que lo había conseguido. Después de todo, ella aún sentía algo por Richard. Él al contrario disfrutó de insultarla unos minutos más diciéndole lo clase de mujer que era.

No valía nada para él, más cuando percibió la actitud condescendiente de Elise de manera cínica.

No me digas así. ¡Cálmate por favor!, en verdad tenemos que hablar, pero debes tranquilizarte para explicarte todo – dijo ella.

Mírala, trata de minimizar las cosas, quiere ocultar lo que ha hecho.

No trates de engañarme, no hay nada de qué hablar y lo sabes. Te he visto, me dejaste para regresar a las manos del mejor postor. Eso es lo que siempre quisiste porque es a lo que te dedicas, es el juego que te gusta jugar con los hombres –

La voz de la mente de Richard se tornaba cada vez más afilada, más grave. Cada vez tenía más razón.

Todo es culpa suya, díselo.

Esto es culpa tuya: me tentaste con tu forma de mirar, te hiciste pasar por la puta que no quería ser puta para llamar mi atención, para parecerme indefensa ¡Me absorbiste, me cautivaste, me llenaste la vida cuando en realidad querías jodérmela! – la tomó del brazo, apretándolo con demasiada fuerza, tanto como para que Elise gritara.

Sus manos tocaron los hombros de Elise y poco a poco fueron subiendo hacía el delicado cuello. Ninguno de los dos lo había notado. Parecía una de esas caricias violentas de antaño.

Richard, ¿de qué me estás hablando?, por favor amor, cálmate –

Esta suplica fue la gota que derramó el vaso. Sirvió para sacar a Richard de sus casillas.

¡Nunca en tu vida vuelvas a llamarme así!, tú no puedes saber nada del amor, ¡nada!– la fuerza de sus manos iba en aumento, al igual que las exigencias de su mente.

Se metió en tu cabeza.

Sabía cómo besarte, cómo follarte y hasta cómo reírse para hacerte dependiente.

Ella sabía lo vulnerable que estabas por la perra malagradecida de Stella.

Te metiste en mi cabeza con todas tus trampas, con tu risa, con tu aroma– Richard se atrevió a aspirar el olor del perfume del cuello que tenía entre sus manos – Sabías bien lo que hacías cuando te metiste conmigo en aquel callejón, no lo hiciste por amor. ¡Querías vengarte de mí, por desear primero a Stella antes que a ti¡

Elise no sabía de lo que Richard estaba hablando. Lo miraba con una mezcla de confusión y tristeza. Entendía bien su actitud, estaba herido por su ausencia. Sabía que eso iba a pasar pero ahora no estaba tan segura de que las cosas entre ellos se solucionarían. Sus ojos se llenaron de lágrimas, su cuerpo se quedaba cada vez con menos aire. Reaccionó cuando supo que la situación estaba fuera de control, pero ya no se sentía capaz de hablar, de confesarlo todo. Trató de zafarse de las manos de Richard, que seguía balbuceando cosas que apenas eran audibles.

Richard, suéltame – con esfuerzos pudo armar las dos palabras.

Él pareció no escucharla.

Los pies de Elise ya no tocaban el suelo, ahora se elevaban mientras soltaba patadas en un inútil intento de escaparse. Sus uñas de hundieron en los brazos de Richard sin éxito, este no la soltaba. Ahora le quedaba más que claro el porqué de la renuencia de Stella, todo se resumía a una simple palabra: supervivencia.

Yo te amaba... tú, sólo me mentiste– Richard zarandeó el cuerpo que comenzaba a tornarse resbaladizo, casi líquido.

La ahora transparente Elise había captado la advertencia demasiado tarde, justo cuando soltaba un último suspiro, el de ella y el de la criatura que llevaba cargando desde hacía tres meses.

Dejó de luchar, no porque lo hubiese querido, sino porque ya no pudo ni siquiera pensar. Sus ojos se perdieron en los de Richard. Así se quedaron, estáticos, viendo a la persona que más había amado y que ahora le había arrebatado todo, incluso la vida.

Richard soltó una lágrima al ver que Elise ya no se movía. En el fondo sabía por qué. Había muerto y tristemente esa razón fue la única que lo hizo sentirse en paz. La rabia hacía ella se había ido, de milagro le había perdonado todo.

También era muy tarde para eso.

Perdóname Lis, yo soy el mentiroso: te quiero más que a nada – susurró al rostro sin vida.

Soltó el cuello, dejando ver las marcas de sus propios dedos, aquellos que alguna vez escribieron canciones de amor para ella. La tomó entre sus brazos delicadamente, tapando con cuidado las partes hermosas que se habían descubierto con el forcejeo mortal.

La voz se quedó callada justo ahora que necesitaba que le dijera lo que debía hacer. Era de madrugada así que nadie se dio cuenta que cargaba un cuerpo sin vida. Llevó a su Lis a su antiguo cuarto cerca del bar. La recostó en la cama como si fuera una muñeca. Le pareció más hermosa que nunca. Admiró con adoración la imagen de su mujer mientras metía a su boca una a una las pastillas que cargaba convenientemente con él. Tenía el estómago lleno de whisky, así que no dudaba que el efecto deseado llegara rápido.

Richard comenzaba a tener sueño, se sentía mareado.

Antes de que las náuseas comenzaran a hacérselo imposible, se recostó en la cama al lado de Elise o lo que quedaba de ella. Sus ojos repasaron cada centímetro de su amada. Quería recordarla aún en el lugar al que iba a ir. Tomó un mechón del cabello que estaba suelto, colocándolo detrás del oído de la difunta. Este fue un preámbulo para que su boca se juntara con los inertes labios de Elise. Sabía que no era un beso, para un eso se necesitaban dos y ella ya no estaba.

Muy pronto él tampoco estaría.

Se quedó allí, sólo apartándose a un lado cuando su cuerpo le decía que tenía que vomitar para seguir viviendo, aunque él no quisiera hacerlo. La vida había perdido su sentido, era la hora que venía esperando desde hacía mucho tiempo.

Ahora estaría con ella, era la única forma en la que quería dejar este mundo: tomó la mano de Elise y la apretó todo el rato que estuvo consiente.

Su cuerpo se entumió a la par de que un frío se apoderaba de todo su ser.

Las voces regresaron a él más fuerte que nunca pero no era ni la de Stella o la propia la que escuchaba.

Era la de Lis, melodiosa como la recordaba.

Sr. West fue lo último que pudo escuchar antes de morir.

Tan solo.

Tan triste.

Tan trágico.

FIN


N/A: Esta es una historia que hice hace algún tiempo como regalo de cumpleaños para Pau, mi mejor amiga. Hace algún tiempo también la adapté a Twilight para un motherfucker concurso. Lo sé, es patético pero decidí subir el original al fin por estos lugares. Espero que a alguien le guste independientemente de que este trágico y desolador (mi inspiración se fue con García Márquez, Alan Poe y Lindsey así que cúlpenlos a ellos si algo no les gustó) La verdad siento que es lo mejor que he hecho hasta ahora, así que no sean tan duros conmigo.

Nos leemos, sean felices!

Ale