¡Hola Gente!

Y vayamos al minicuento, ¿no?

Sala de conciertos

Las luces se apagaron antes de que el conserje saliera a la calle, dejándola ahí sola, caminando para adentrarse en el lugar.

La sala de conciertos parecía ser un mundo negro, de sombras azuladas por las claraboyas que le daban un poco de luz lunar las butacas, haces curvos y enrojecidos en medio de la negrura.

Los pasos de la mujer eran lentos, cómodos. Siendo tan delgada, la ligereza con la que caminaba la hacía parecer ingrávida, como si apenas pisara el suelo por el deseo de sentirlo en sus pies.

Su mano se movió rauda a tocar una, otra y otra de las butacas mientras iba caminando, bajando por la rampa.

El silencio llegaba a sus oídos con los ecos de los aplausos, de las personas en pie… la mujer sonrió y subió un poco la cabeza, presta a oír, oír, oír…

Cuando subió por las escaleras, ya empezaban a sentir los acordes del piano y un violín. Reverberaban aún en entre las paredes y el suelo, entre las butacas de cuero, el telón rojo y las emociones dejadas y dadas por millones de personas.

La mujer se sentó al filo del escenario y, con las manos a los lados, puestas en el suelo de madera, cerró los ojos y oyó… su propia voz, la voz del ángel que se había perdido hacía tiempo, la voz que a muchos enamoró y otros hizo sonreír mientras la lágrimas salían por sus ojos sin más.

Oyó tanto, tantos ecos de ese lugar por ella tan amado. Personas detrás de cada sonido que estuvieron ahí, dejando su alma en el lugar, las notas a su alrededor eran realidades inmateriales que sólo ella podía captar hasta que volvía a ser uno de ellos, cuando el sol aparecía desde las claraboyas y su presencia se fundía con la luz.

OoOoO

Pues eso, ¡espero les haya gustado en algo!