Miércoles, 24 de febrero de 2010

Hoy me pasé todo el día en casa, encerrada en mi pieza, no tenía nada más que hacer. Ya me doy cuenta que las vacaciones se han terminado, tan solo me queda un par de horas, comienza la tortura, que bien. Aunque, siendo sincera, no puedo quejarme demasiado ya que mis vacaciones fueron increíbles, mejor de lo que había pensado. Sin embargo, esta última semana lo he pasado comprando nuevo uniforme, horrible por lo demás, y los útiles necesarios. Carla me llamó hoy, solo para contarme su día de shopping y de los hermosos atuendos que había comprado en las ofertas de verano, no estaba de muy buen humor así que solo asentía de vez en cuando ante sus exclamaciones con indiferencia.

Me siento totalmente depresiva y antisocial, no tengo ganas de hacer nada, solo espero pasar este día de una buena vez y que mañana sea mucho mejor. Por último tengo el consuelo de tener los mejores amigos del mundo para pasar un mejor primer día de clases.

Hasta pronto. Sam.

La muchacha cerró cuidadosamente su diario, el cual ella había elaborado con sus propias manos cuando era solo una niña de once años. Lo había pintado de diversos colores en la gruesa tapa y había agregado brillos y adhesivos a lo largo del tiempo. Lo guardó en su lugar secreto, entre una ruma de revistas ya olvidadas que se encontraban en lo alto de su armario, a simple vista pasaba por otra sucia revista, así que nadie en su familia notaba su más preciado tesoro.

Entonces volvió a pensar lo que siempre pensaba cuando dejaba el diario en su lugar. No tenía nombre, siempre se despedía utilizando la misma frase, pero le parecía demasiado impersonal. De cualquier forma, siempre dejaba para después la búsqueda de un nombre para su diario, como también haría ahora.

Se sentó en su escritorio donde había estado hace unos pocos segundos escribiendo sus vivencias del día. Acercó su laptop y lo encendió. Se sentía sumamente aburrida y rogó porque alguien estuviera conectado para charlar un momento, por lo menos que fuera capaz de despejar los pensamientos pesimistas que la abrumaban.

Pero al parecer ni sus ruegos eran escuchados. Con una mueca de tristeza apagó su laptop al mismo momento que su mamá la llamaba para la cena. Caminó arrastrando los pies escaleras abajo. Se sentó en su asiento y contempló a sus padres por un momento.

Mientras su madre llegaba con la comida, su padre ponía la mesa, parecían una familia feliz, la escena perfecta para una fotografía. Antes que su madre tomara asiento, su padre le dio un corto beso en los labios y se sentó en su asiento.

Su mente, entonces, comenzó a divagar. Pensaba en cómo sería su vida si conociera a alguien con quien poder sentirse cómodamente, sin ponerse nerviosa ni que su mente se quedara en blanco, como solía ocurrirle con el resto de los chicos. Nunca había tenido novio y cada vez que sentía algo por uno, lo estropeaba. Le era muy difícil demostrar sus sentimientos por lo que ellos solían pensar que ella no estaba interesada, así que tan pronto este pensamientos pasaba por la mente de los chicos, iban en busca de otra que sí demostrara interés en ellos. Sam cada vez se sentía más sola, la mayoría de sus compañeras ya tenían novio, y qué decir de sus amigas.

Su mejor amiga, Andy ya había tenido dos novios, su otra amiga Carla vivía en citas y ya había tenido unos cuantos novios. Hasta su mejor amigo Pablo, que es el chico más indiferente y despreocupado del mundo había tenido algunas novias, aunque ahora estaba loco por una con la cual nunca había hablado.

Sam ya tenía diecisiete años, edad necesaria para emprender una relación, pero su demora consistía en que solo estaba esperando encontrar al indicado. No en el príncipe azul con quien viviría hasta el fin de sus días, sino que alguien en quien confiar y con quien sentirse plena. Un buen compañero.

Tenía muy buenos amigos con los que compartía la mayor parte de su tiempo, pero ellos también tenían sus vidas. Tampoco ayudaba mucho el hecho de que su mejor amiga, Carla, tuviera una belleza envidiable y, por ende, quitaba toda la atención que pudieran prestarle a ella. Sam no se encontraba fea, para nada, de hecho su cuerpo estaba bien trabajado por los deportes que había hecho desde pequeña y su rostro resaltaba por sus ojos color miel. Quizás medía y pesaba lo mismo que la media de una chica de su edad, pero sus facciones la hacían diferente, solo esperaba que alguien notara esa diferencia. Y no cualquier alguien.

Pero solo le quedaba esperar.

-¿No vas a comer? –Le preguntó su padre, que la observaba preocupado.

De hecho, no era el único, todos los presentes la miraban algo extrañados, sus hermanos y su madre. No había notado que no les había dirigido la palabra en ningún momento, algo muy raro en ella que siempre estaba parloteando.

-¿Ah? –Fue la única palabra que pudo articular.

-Esta rara –La acusó su hermano menor, Matías.

-¡Sam está loca! –Gritó su otro hermano, Lucas, levantando sus manos y riendo ante su comentario.

Matías, gemelo de Lucas, imitó a su hermano y ambos comenzaron a gritar: ¡Sam está loca! Mientras su madre, entre risas, los hacía callar.

-¿Y yo soy la loca? –Dijo Sam despectivamente, mirando la cena familiar.

En ese momento, de la cuchara de Lucas saltó una considerable porción de puré de papas, que fue a caer en la cara de su padre. Sam rió como no lo había hecho en todo el día, justo cuando Matías -imitando nuevamente a su hermano- lanzaba otro poco de su comida directo al pelo de Sam. La guerra de comida comenzó, entre las risas y griteríos.

Sam se sentía feliz. Por lo menos tenía la mejor familia del mundo que le despejaba la mente y convertía ese sombrío día en uno mejor.

Al día siguiente despertó pesadamente. No quería levantarse temprano por nada del mundo y tapó su cabeza con las sabanas de su cama, evitando que la luz del día la despertara aun más.

Aquel fatídico día había llegado.

Su madre entró a su habitación y, como había pensado, encontró a su hija aun en la cama, por lo que comenzó a moverla de un lado a otro hasta que Sam salió de la cama. Se dirigió a su baño para darse una larga ducha, que no la despertó del todo. Bajó desganadamente las escaleras, no supo cómo llegó a la mesa, pero parecía estar fuera de sí mientras comía su desayuno.

El timbre sonó y la madre de Sam fue a atender. Como todos los días a los que asistía al colegio, su mejor amigo Pablo pasaba a buscarla para caminar juntos y, así, no hacer más aburridos sus días de clases.

-Hola ¡pero cuanto has crecido, Pablo! Pasa, pasa –Escuchó como su madre le hablaba a su amigo.

Se apresuró a terminar su desayuno, luego, rápidamente se lavó los dientes y en menos de tres minutos ya estaba junto a Pablo, jalándolo del brazo hacia el exterior.

-Oye Sam… ¿dormiste mal? –Preguntó tímidamente su amigo cuando ya iban de camino al colegio.

-No ¿Por qué? –Preguntó horrorizada, pensando en qué aspecto tendría su cara.

-Tu pelo esta algo desordenado y tienes una marca en la cara –Le dijo Pablo apuntando una de sus mejillas.

Inmediatamente Sam sacó de su mochila un pequeño espejo, el cual aproximó a su rostro. Tal como su amigo le había dicho, tenía el pelo totalmente desordenado, como si no lo hubiera cepillado en su vida y, para rematar su look, tenía una gran marca en su mejilla, debido a que uno de los pliegues de su almohada había quedado estampado en su cara. Sam se pasó la mano incansablemente por la mejilla pero la marca no parecía desaparecer, como pudo se acomodó su larga melena color rubio oscuro que, luego de unas cuantas cepilladas con sus dedos, quedó notablemente en mejor estado.

Su amigo Pablo la observada divertido, la suerte de su amiga siempre había sido igual, no le sorprendía en absoluto lo que estaba pasando.

-¡¿Qué voy a hacer con esta marca?! –Preguntó Sam, mas para sí misma que para su amigo.

-Intenta taparla con tu pelo –Sugirió Pablo.

-Claro que no, voy a parecer emo con la mitad de la cara tapada–Dijo Sam haciendo un gesto de desconcierto ante las palabras de Pablo. Sin embargo, dejó que su pelo cubriera la mayor parte de su rostro, de esa manera la marca ni se notaba.

Ambos se detuvieron frente a una gran casa de dos pisos, con un amplio ante-jardín rodeado por una gran cerca de fierros negros. No tuvieron tiempo de tocar el timbre, puesto que en ese momento su amiga, Carla, salía por la puerta de madera. Sam contempló a su amiga, vestía el mismo uniforme horrible que ella, pero con la diferencia de que su amiga lo hacía parecer un hermoso conjunto de moda. Carla parecía una verdadera modelo y Sam estaba segura que con cualquier cosa que usara, una bolsa de basura por ejemplo, se vería igual de bien.

-¡Hola chicos! –Saludó Carla al aproximarse a sus amigos. Los saludó a ambos con un beso en la mejilla –Sam, me gusta tu look misterioso ¿quieres parecer mayor?

-¡¿Qué look misterioso?! ¡Estoy tratando de tapar esto! –Dijo tomando un gran mechón de cabello, dejando ver la gran marca que surcaba su mejilla. Se sentía más irritada aun ya que pensó que pasaría desapercibido, pero no, se equivocó.

-Oh, en ese caso…porque no pruebas con un poco de maquillaje –Dijo Carla satisfecha con su gran idea.

-Claro, eres la mejor –Dijo Sam agradecida. Cuando llegaran al colegio lo primero que harían sería ir directo al baño.

Conversaron durante todo lo que quedó de camino. Al llegar a las puertas del colegio se encontraron con Andy, que los abrazó fuertemente a cada uno.

-Sam ¿¡pero qué diablos te pasó!? –Gritó audiblemente su amiga. Varias cabezas se giraron en dirección a Sam, para saber qué le pasaba.

-Cállate –Dijo Sam entre dientes, sintiendo que cada vez se hacía más pequeña.

-Bueno, supongo que nos vemos en clases…suerte, cara-cortada –Dijo Pablo apartándose de las chicas, más bien escapando, acercándose a un grupo de amigos con quien podría compartir temas de conversación más de su sexo.

Sam arrugó el ceño por el apodo que le había dedicado su amigo. Luego lo olvidó, tenía cosas más importantes que hacer.

Las tres chicas caminaron apresuradamente hacia el baño. Sam pudo explicarle a Andy lo que le había sucedido mientras dejaba que Carla maquillara su rostro hasta que la marca estuvo completamente cubierta.

-Listo, hasta te ves mejor ahora. No te lo tomes a mal pero…creo que tu almohada te hiso un favor –Dijo Carla cuando hubo terminado.

-Lo sé –Dijo Sam inspeccionando su cara frente al gran espejo del baño de mujeres –No tengo muchas expectativas para este año –Dijo totalmente desmotivada.

-Pero ¿Qué dices? –Preguntó atónita Andy –Este es el último año de Daniel, si no consigues nada con el ahora, lo vas a perder –Explicó su amiga.

-Tienes que hablarle de una buena vez, Sam –Prosiguió Carla.

-Pero…-Balbuceó Sam.

-Un "hola" no cuenta como hablar, está bien que se saluden pero este año es tu última oportunidad de ser su novia –Sentenció Andy.

-Lo sé…-Dijo Sam bajando la vista. Daniel había sido su gran amor desde hace cinco años, cuando él había llegado al colegio. Muchas veces había reunido coraje para entablar una conversación más larga con él, pero se acobardaba a último momento y decidía pasar el momento.

Así fue como solo se dedicaba a mirarlo desde la distancia y a saludarlo tímidamente cuando él notaba su presencia. Solía estar siempre rodeado de amigos, fue así como Sam llegó a la conclusión de que debía ser un tipo amable, de esos con miles de amigos, al que invitaban a todas las fiestas…y las chicas seguramente le llovían. Entonces comenzaba la autocritica, sentía como se hacía cada vez más pequeña y terminaba descartando la idea de que algún día él pudiera fijarse precisamente en ella.

-Muy bien, iremos de a poco. Por hoy, trata de alargar la conversación a un "¿Cómo estás?" o a un "¿Cómo te fue en las vacaciones?" ¿De acuerdo? –Preguntó Andy a su amiga.

-De acuerdo –Dijo Sam sonriendo por primera vez en el día. Esta vez sí tenía que lograrlo, solo esperaba que los nervios no la traicionaran. Estaba decidida a romper con aquella rutina, no podía desaprovechar más oportunidades.

-Perfecto –Dijo Carla aplaudiendo, justo cuando el timbre para ingresar a las salas sonaba.

-Vamos o llegaremos tarde –Dijo Sam atrayendo a sus amigas fuera del baño.

La primera hora de clases era Matemáticas. Sam solo podía pensar a quién diablos se le ocurrió la brillante idea de poner esa clase como la primera. Seguramente alguien que se burlaba de ellos y de verlos sufrir. Para su suerte, el profesor pasó poca materia, para ir de a poco ya que recién volvían de las vacaciones.

Tan solo llevaban diez minutos desde que la clase había empezado, cuando la puerta se abrió repentinamente. El director ingresó a la sala junto a un nuevo alumno. Antes de presentarlo a la clase, les dio la bienvenida al nuevo año escolar y el resto del discurso protocolar. El chico junto a él mantenía su pose despreocupada, sus manos en los bolsillos, su camisa y corbata sobresalían un poco por debajo del suéter sin mangas y también llevaba un bolso pequeño cruzado sobre su pecho. Miraba aburrido hacia la clase esperando que el director terminara de hablar.

-Bueno, tengo el agrado de presentarles a su nuevo compañero. Denle la bienvenida a Álex Bascuñán –Dijo el director -un gordito bajo y que usaba lentes- apoyando su mano sobre el hombro del chico.

Andy, que se sentaba junto a Sam, le dio un codazo a su compañera en las costillas para que prestara atención al nuevo chico. Sam levantó la vista y se encontró con los oscuros ojos de, quien seria, su nuevo compañero.

El chico llevaba el pelo muy corto, pero no se le veía mal, de hecho, era muy guapo. Su piel era blanca, aunque se le veía algo tostada por efecto del reciente verano. Sus labios eran finos y sus ojos oscuros y medios rasgados lo hacían parecer una persona muy seria.

-¿No te parece lindo? –Preguntó su amiga casi en un susurro.

-Algo –Fingió no importarle el comentario –Se ve muy serio, está claro que debe ser un pesado –.Dijo Sam concentrando su vista en la ventana que tenía a su lado.

-Es sexy –Comentó Andy.

-Sí, claro –Dijo Sam riendo.

-Usted no cambia, Samantha Miller –Dijo el profesor de matemáticas.

Al oír su nombre, Sam levantó la vista y la dirigió hacia su profesor. El director ya no estaba y tampoco el chico nuevo. Siempre le llamaban la atención por conversar, aunque la mayoría de las veces esas conversaciones no las iniciaba ella.

Se sonrojó un poco y agachó la cabeza.

-Todo es tu culpa –La clase ya había terminado y, junto a sus amigas, Sam caminaba por un largo pasillo del amplio colegio.

-No es para tanto, era un tema del que teníamos que hablar –Dijo Andy aludiendo al tema del chico nuevo.

-Tampoco es la gran cosa –Sam le restó importancia, aludiendo al nuevo.

-Sam, prepárate. Mira quien viene ahí –Dijo Carla interrumpiendo la conversación de sus amigas.

Justo en ese momento, Daniel se acercaba a ellas y, lo mejor de todo, era que iba solo. Ese era el momento perfecto para que Sam le hablara.

-Me muero, chicas quédense con…-Dijo Sam. Miró a sus amigas pero estas ya estaban unos cuantos pasos atrás. Andy le indicaba con la cabeza que continuara y Carla le hacia una señal con su mano pulgar arriba.

-…migo –Terminó la frase.

Suspiró largamente y se dispuso a hablar con Daniel. Esta era su oportunidad, era ahora o nunca, quizás nunca más tendría la oportunidad de encontrarlo solo, lejos de sus amigos que la ponían más nerviosa y hacían más difícil la tarea de hablarle. Cada paso que daba se le hacia una eternidad, miles de estudiantes pasaban a su lado pero en ese momento no veía a nadie más que no fuera Daniel. Se veía aun más guapo de cómo lo recordaba.

Su cabello le llegaba a la mitad del cuello y pequeñas ondas se le hacían en las puntas, donde su pelo color castaño se aclaraba a un tono más claro en esa zona. Parecía haber crecido un poco, se veía más alto y también con más cuerpo. Sus ojos azules resaltaban aun más en contraste con su piel dorada por efecto del sol. En ese momento sus ojos se encontraron, Sam aguantó la respiración al mismo tiempo que su corazón parecía detenerse y luego acelerarse a mil por hora.

-Hola, Sam –Saludó Daniel, con una sonrisa radiante.