Para cuando llegaron a la clínica Sam ya no lloraba, sentía que el calor la abandonaba y tiritaba presa del miedo y del frio. Se aferró al brazo de su padre todo el camino, el se encargó de hacer todas las consultas necesarias hasta dar con la habitación donde Daniel se encontraba, en el sector donde se ubicaban los pacientes mas graves. La chica escuchaba las voces de las personas y la de su padre distantes, lo único que quería era llegar luego y, quizás con suerte, podría estar por última vez con Daniel, aunque le chocara verlo conectado a todas esas maquinas y en un estado tan atípico a él, lleno de vida hasta el último momento.

Los padres de Daniel se encontraban en una salita dispuesta para los familiares de los pacientes, tenía unos sillones de cuero y una mesita con revistas al centro. La chica saludó a sus suegros y les presentó a su padre, aunque lo hacía por inercia, puesto que con suerte era consciente de sus acciones. Se sentó junto a su padre, quien la recostó sobre su pecho y ahí se quedó por largo tiempo, no supo cuantos minutos o incluso horas habrían pasado, escuchaba los sollozos de la madre de Daniel y a su padre consolándola y repitiéndole que todo estaría bien.

En eso el doctor ingresó a la salita, por su rostro no debía traer muy buenas noticias, iba vestido con el típico traje verde. Todas las cabezas se sobresaltaron en su dirección. En pocas palabras les explicó que por más que habían intentado reanimarlo su organismo ya había colapsado.

Con horror Sam miró a los padres de Daniel, todo parecía demasiado surrealista, como si estuviera en una dimensión diferente, veía el sufrimiento de su madre como algo tan ajeno, como si ella fuera un mero espectador de una obra teatral en vez de estar viviendo aquel sufrimiento en carne propia, y es que se sentía como paralizada, creía que las palabras del doctor eran parte de un sueño, o mejor dicho una pesadilla. Su padre la miraba con temor, esperando que en cualquier momento rompiera a llorar, pero por raro que pareciera no lo hiso. Se quedó mirando un punto fijo en el linóleo, tan solo la noche pasada la había pasado con Daniel y ahora…jamás podría volverlo a ver, jamás vería sus ojos azules llenos de vida y amabilidad, su cabello alborotado que tanto le gustaba acariciar, jamás volvería a decirle "bonita", jamás sentiría ese cosquilleo recorrer su espina dorsal cuando el chico la miraba fijo o la besaba ni tampoco irían a practicar skate a la desierta cancha de básquet, nada de todas esas cosas a las cuales estaba acostumbrada ocurrirían de nuevo.

Entonces ocultó su rostro en el cuello de su padre, lo abrazó con fuerza como si temiera que él también se fuera a donde ella no podría acompañarlo. Escuchaba los gritos desgarradores de la madre de Daniel y a su padre consolándola y se dio cuenta de que ella también estaba llorando, en silencio pero lloraba, y sentía un dolor punzante en su pecho, como si parte de ella también se hubiera ido con la partida de su novio.

De esto estaba segura, todo lo que ella había deseado lo había vivido con Daniel, tener a un novio más que como amante, como un compañero y amigo a quien contarle todos sus secretos, a su lado sentía una paz infinita, una tranquilidad inmensa, y ahora ya no estaba. Se había habituado a él, si bien sabía que ese momento iba a llegar en cualquier momento, no podía decir que estaba preparada, aquello era imposible. Ahora debía acostumbrarse a su ausencia, a todo el mundo que se le venía encima sin la constante presencia de Daniel. Era demasiado difícil y no sabía si iba a estar preparada muy luego, de seguro tomaría un buen tiempo.

Una chica llegó corriendo al lugar, tenía los ojos azules igual que los de Daniel, estaban llorosos. Sam recordó que la había visto en una ocasión, hace mucho tiempo cuando iba al centro comercial con sus amigas había visto a Daniel con aquella chica, en su momento pensó que se trataba de su novia, pero resultó ser su hermana. La chica corrió a los brazos de su padre, luego de saludar a su madre también notó la presencia de Sam y su padre, nunca los había visto antes.

-Ella…es la novia de Daniel –Le explicó el padre de Daniel a su hija, con una leve sonrisa cordial.

-Mucho gusto –Para sorpresa de Sam, la chica la abrazó como si fueran amigas de toda la vida –Cuenta conmigo para lo que sea. Por cierto, soy Helena.

Sam agradeció mucho su gesto, era una persona muy amable, tal como lo había sido Daniel. Ese solo pensamiento generó más dolor en ella, era muy difícil pensar en él en pasado y tenía muy claro que el siempre la acompañaría puesto que en su memoria estaría presente eternamente.

Decidió que lo mejor era retirarse y dejar a los familiares de Daniel. Aun seguía choqueada con todo y por lo mismo no era capaz de derramar alguna lagrima, se sentía como fuera de sí, como si no comandara su cuerpo mientras caminaba fuera de la clínica. Su padre la escrutaba con la mirada todo el tiempo, tampoco le quería preguntar algo o hablar porque sentía que eso tan solo empeoraría el estado de su hija, pero cuando llegaron a la casa luego de un silencio sepulcral durante todo el camino, decidió hablar.

-Sam, me estas asustando.

La chica no dijo nada, simplemente se bajó del auto y caminó en dirección a la casa, su madre estaba pendiente mirando por la ventana del salón a cada momento, así que fue a abrir la puerta inmediatamente apenas escuchó el auto estacionarse.

-Sam… ¿Cómo esta Daniel? –El rostro de su hija estaba pálido a más no poder, no denotaba ningún tipo de sentimiento, ni tristeza ni alivio, así que decidió mirar a su marido en busca de respuestas.

-Sam, ¿Daniel vendrá para que te llenemos de chocolate otra vez? –Preguntó Matías con temor, tomando la mano fría de su hermana. Lucas parecía hacerle la misma pregunta con la mirada, se encontraba detrás de su hermano.

Sam ablandó su rostro, trató de sonreír para consolarlos pero le fue imposible, una lágrima se resbaló y cayó por su mejilla, se agachó hasta quedar a la altura de su hermanito y tomándolo de las manos le dijo.

-No, no va a venir, pero a él le gustaría que siempre recuerden esos momentos felices.

Se alejó del lugar y subió las escaleras con lentitud, necesitaba estar sola para asimilar todo lo que estaba ocurriendo y, sobre todo, necesitaba desahogarse y derramar todas esas lágrimas que antes no habían salido. Y ahí se quedó hasta el otro día, perdió totalmente la noción del tiempo, su madre había intentado llevarle comida pero Sam no había probado nada, aunque su estomago rugía de hambre sentía que ni tenía ganas de comer. Había pensado y llorado toda la noche, para cuando amaneció se percató de que había dormido un total de una hora.

Sam solo en una ocasión había estado en un funeral, cuando la vecina de su abuela, amiga de ella desde que se había mudado a ese sector de la ciudad, falleció por vejez. Era una ancianita con todas sus letras, de baja estatura, media encorvada y con muchas arrugas que surcaban su rostro. Pero no era una persona a quien conociera, de hecho solo la había visto un par de veces cuando visitaba a sus abuelos y justo uno de aquellos días en que la fue a ver resultó que la vecina había muerto, entonces tuvo que acompañar a su abuela a los funerales. Resultaba que ahora todo era muy distinto, tanto que parecía una experiencia totalmente nueva para ella.

Daniel era su novio, y mucho más que eso, el amor de su vida. Su partida se había llevado mucho, dejando un vacio irreparable en Sam, y de seguro entre sus familiares y amigos ya que el siempre había sido una persona amable, una buena persona, de esas que al conocer no te pueden caer mal. Recordó la promesa que le había hecho a Daniel en caso que le sucediera algo, debía seguir con su vida, pero aquello era demasiado difícil. Ni siquiera tenía idea de si seria capas de conocer a alguien más, en aquellos momentos estaba cerrada a cualquier posibilidad, y sabía que eso duraría por mucho tiempo más.

Andy había viajado para apoyarla en aquel momento tan difícil, pero Sam estaba tan sumida en sus pensamientos que con suerte la saludó aquella mañana. Vio muchas caras conocidas, por supuesto que los alumnos del colegio habían asistido, así como también los funcionarios, desde auxiliares hasta el director.

Miró hacia adelante, donde se encontraban los familiares en primera fila, la madre de Daniel se secaba las lágrimas con un pañuelo mientras que Helena apoyaba su cabeza en el hombro de su padre y sollozaba en silencio. Además vio a otras personas que supuso serian, tíos, abuelos y amigos de la familia.

En aquel momento algo bastante especial ocurrió. Miró por las ventanas de la iglesia, de estas largas y angostas con un arco en la parte de arriba. El día estaba nublado y hacia mucho frio, un típico día de invierno, pero en ese minuto las nubes se disiparon un poco y el sol se filtró por las ventanas. Sam no creía en cosas sobrenaturales pero no pudo explicar aquella paz infinita que sintió, como siempre ocurría cuando estaba con Daniel. Todos los presentes desviaron sus miradas hacia las ventanas y sintieron lo mismo que Sam.

-Daniel siempre va a cuidar de ti –Le susurró su madre al oído.

Sam la miró con los ojos llorosos y asintió con la cabeza, era algo que sabía, Daniel seria su ángel durante toda su vida y quizás, cuando llegara su hora, volverían a encontrarse.

Habían pasado tres meses de la partida de Daniel, un tiempo asquerosamente largo para Sam, no había día en que no lo recordara ni noche en que no lo llorara. Sus amigos habían sido un apoyo incondicional para poder sobrellevar todos esos momentos en los cuales se sentía más sola, pero ni ellos eran capaces de devolverle esa vitalidad tan suya y típica de cómo había sido hasta la muerte de Daniel.

La primera semana la pasó encerrada en su casa, más bien en su dormitorio, no quería saber nada con nadie ni con el mundo, había llorado la mayor parte del tiempo y cuando no lo hacía dormía. Se sentía como una ermitaña escondida en su cueva, aislada totalmente de la realidad. Pero así había pasado el luto.

Las primeras noches no había dormido nada y cuando por fin lo hiso, soñó con Daniel. Como siempre el chico la miraba con sus ojos azules tan profundos como un pozo de agua y con su típica sonrisa amable y tierna, esa que le transmitía seguridad y paz al mismo tiempo. Ella se encontraba sentada sobre la pradera en el cerro que habían visitado antes de su muerte, con las rodillas flectadas y sus brazos alrededor. Esta vez era de día y un sol brillantes iluminaba todo, Sam observó aquellos ojos azules hacia arriba puesto que el se encontraba de pie frente a ella y le extendía una de sus manos para que la tomara. Sin pensarlo dos veces estiró su brazo para alcanzarlo, pero cuando el contacto debió hacerse presente solo sintió la brisa que corría en vez de la suave piel de Daniel. Miró para todos lados en busca del chico pero había desaparecido fugazmente, de un segundo a otro, tal como había sucedido en la realidad. Entonces despertó sobresaltada, con el pecho apretado y los ojos llorosos. Esa noche no pudo seguir durmiendo puesto que el vivo recuerdo de Daniel seguía demasiado latente en su memoria.

Pero luego de tres meses su vida se había normalizado un poco. Para sus padres y amigos era evidente que no era la misma Sam de siempre. Hasta el director la había citado porque, si bien sus notas no habían bajado, los profesores notaban que parecía ausente durante las clases, estaba físicamente ahí, pero su mente divagaba mientras observaba la ventana. Carla había intentado llamar su atención de mil formas, le pidió que la acompañara a ir de compras con Adam para despejarse un poco, pero como siempre, se había negado. Pablo también hiso lo suyo, hasta la iba a buscar a su casa para ir a la cancha de básquetbol abandonada para ir a practicar skate, pero ella nunca estaba de humor como para aceptar sus invitaciones. Andy, por su parte, la llamaba todos los días pero a veces Sam no estaba con los ánimos como para atenderla. Hasta Helena mantenía comunicación con ella para saber cómo estaba y para hablar acerca de su hermano, cosas como su personalidad y anécdotas suyas de pequeño. Su madre a veces preparaba sus platos de comida favoritos para subirle el ánimo, pero ni para degustar la repostería de su abuela tenía humor, así que siempre se excusaba diciendo que no tenía apetito.

Nadie sabía muy bien qué hacer para subirle el ánimo ni para hacerla recobrar su buen sentido de humor y su alegría. En el colegio todos la miraban con lastima, la pobre chica a la que se le murió el novio del cual, al parecer, estaba profundamente enamorada. Recibió mucho apoyo de gente que ni conocía, pero supuso que lo hacían por educación o porque lo creían necesario, diciéndole que era un proceso por el cual tenía que pasar pero con el tiempo lograría olvidarlo. El tema era que Sam no quería olvidarlo, no podía olvidar a Daniel si el había sido lo mejor que le había pasado en la vida, con el no tenia que pretender nada puesto que el la conocía mejor que nadie. Le había entregado toda su confianza y amor y el, mientras pudo, la hiso la mujer más feliz del universo.

Aquel día hacia sol por fin, la primavera ya estaba llegando finalmente, aunque el frio no se iba del todo. Como siempre, observaba por la ventana a su árbol favorito, no tenia hojas pero comenzaban a florecer en sus finas ramas las primeras flores rosadas que anunciaban el cambio de estación.

-¿No piensas ir a comer? –Le preguntó Carla que la miraba como siempre, con un dejo de tristeza en sus ojos por verla así. Sam ya se había acostumbrado a ese tipo de miradas.

-Oh –Se percató en ese momento que todos sus compañeros se habían retirado de la sala porque era la hora del almuerzo. –Si quieren se adelantan…yo voy enseguida.

Pablo, que se había acercado a ellas para ir a comer en su compañía intercambio esta tan ya típica mirada con Carla, ambos asintieron y se alejaron en silencio, tomados de la mano. Sam se apresuró a recoger sus cosas, sintió una mirada sobre su rostro y cuando miró la sala, supuestamente vacía, se encontró con los ojos penetrantes de Álex. Lo ignoró como siempre hacia, desde la muerte de Daniel que no le dirigía la palabra y el nunca más volvió a molestarla.

Caminó nerviosa fuera del salón, en dirección a la cafetería. Ese día no tenía mucha hambre, lo cierto era que pocas veces comía, había perdido bastante peso pero es que no le daba apetito, ni para degustar la exquisita comida que le preparaba su madre ni los pasteles y brownies que le preparaba su abuela. La cafetería estaba llena de gente, Pablo le hiso una seña con su mano para hacerse notar y la chica caminó en aquella dirección. Las personas ya habían dejado de mirarla o cuchichear en voz baja acerca de ella, ahora era una mas y agradecía que fuera así, puesto que nunca había estado acostumbrada a recibir demasiado atención.

Ese día tenia deseos de comer papas fritas así que se sirvió una buena cantidad y se las comió con ganas. Carla y Pablo como siempre discutían de lo cual era mejor no meterse, ya que siempre era un lio ponerse del lado de alguno, puesto que ambos muchas veces le pedían su opinión para que los apoyara, pero ¿cómo elegir entre uno de los dos si ambos eran sus amigos? Así que mejor guardó silencio y la cabeza gacha, concentrándose únicamente en su comida.

-Sam –Carla llamó su atención así que la miró –Hoy es viernes y nos queremos juntar con Pablo a ver unas películas, ¿quieres venir?

Eran demasiadas las veces que se había negado, pero ya era tiempo de romper un poco su rutina antisocial, así que decidió que lo mejor era aceptar.

-De acuerdo.

Carla, sorprendida miró a Pablo. Ambos ya se habían acostumbrado a la negación de su amiga, al final se lo habían preguntado por cumplir porque ya sabían de sobra que Sam nunca estaba de humor para salir ni para hacer todas esas cosas a las cuales estaba habituada. De hecho, ya pocas veces la veían sonreír.

-Oh, si quieren les digo que no –Dijo la chica notando la mirada de interrogación que intercambiaban sus amigos.

-¡No! Ya dijiste que si y te cobraremos la palabra –Sentenció Carla. Dio un chillido de felicidad que hiso a varias cabezas girarse para mirarla y abrazó a Sam, agradeciéndole por decir que sí.

-Eso sí, si piensas llevar una de esas comidas ricas que hace tu mamá, ten cuidado con mi alfombra, les aviso desde ya porque mi madre recién compró otra –Explicó Pablo.

-¿Otra? –Preguntó Carla.

-Sí, es que la anterior tenía unas manchas imposibles de sacar –Dijo esto mirándola directamente, como si ella fuera la responsable numero uno de ocasionar todas esas manchas en la vieja alfombra de su casa.

-Tú eres el despistado –Se defendió la chica, frunciendo el ceño.

-¡¿Yo?!

Y aquello dio pie a otra discusión. Para Sam era bastante divertido verlos pelear de aquella manera, tanto que hasta parecía olvidar que siempre reía con Daniel viendo a esos dos. Entonces, con tan solo ese pensamiento surcando su mente volvió a recordar, y aquello era demasiado doloroso para Sam. Inmediatamente sintió un malestar punzante en su pecho, como si se lo estuvieran apretando.

-Voy al baño…nos vemos en la sala –Se excusó y se levantó con rapidez.

Fue a dejar su bandeja y luego salió de la cafetería. No iría al baño, por supuesto, solo quería estar sola para que sus amigos no vieran su cara de sufrimiento, así no los hacía preocuparse de mas. Caminó con paso lento por los pasillos del colegio, recordando los muchos momentos que había realizado esa acción con Daniel, tomados de la mano y parando en algún rincón para besarse. Inmediatamente su mano reaccionó más rápido que su mente y se dirigió a su boca, como si pudiera sentir los labios de Daniel sobre los suyos, aquel sabor tan dulce y propio de él.

Sus pies la guiaron hacia la sala, estaba completamente vacía, lo cual era obvio si todos estaban almorzando. Se fue a sentar a su puesto y en eso, casi como una imagen subliminal que pasa como un rayo, vio una figura cerca de la ventana. Caminó en esa dirección con algo de miedo, pero segura de que quizás era su imaginación. Cuando se acercaba a su mesa sintió el sonido de una silla correrse pero detrás suyo, sobresaltada se dio la vuelta con todos sus sentidos alerta.

-Perdón –Se excusó Álex, el causante del ruido y de sus alucinaciones, probablemente.

-¿Cuánto tiempo llevas aquí?

-Acabo de entrar –Respondió con tranquilidad, sentándose en su puesto.

Sam fue a sentarse a su asiento y miró por la ventana, más para cerciorarse de que no estaba loca y que quizás si había algo allá afuera, pero solo estaba el árbol de siempre, nada más. Apoyó sus codos sobre la mesa y hundió su rostro entre sus manos, dando un sonoro suspiro, no era la primera vez que le pasaba aquello. Hasta había llegado a pensar que se trataba de Daniel que de vez en cuando le recordaba que estaba siempre presente junto a ella.

-Estas pálida –Álex la miraba detenidamente, sus piernas cruzadas reposaban con desgano sobre la silla de Pablo, junto a él, así que su cuerpo quedaba mirándola directamente.

-Estoy bien.

No quería sentir la mirada del chico fija en ella, pero era inevitable si eran los dos únicos en la sala y el silencio era demasiado incomodo. De todas maneras no tenía ningún tema de conversación que compartir con él, siempre se habían llevado mal.

-¿Puedes venir?

-¿Qué? –Preguntó sorprendida.

-Ven, te quiero enseñar algo.

-En ese caso, ¿no puedes venir tú? –Preguntó aun dudosa, ese chico sí que era raro y no se fiaba de él.

-No te cuesta nada, ven –Sacó sus piernas de la silla y la limpió con una mano, ya que sus zapatos habían dejado un poco de tierra en ella.

Sam lo escudriño por un momento, pero no vio en sus ojos algo que la hiciera negarse, de hecho por primera vez veía sinceridad en Álex, nada de esa mirada hostil o llena de sarcasmo que ponía antes de comenzar una pelea verbal, donde siempre la molestaba y desquiciaba al punto de hacerla perder la cabeza y la paciencia. Se levantó con lentitud y desconfianza.

-¿Qué quieres? –Le preguntó con los brazos cruzados y totalmente alerta, dispuesta a mandarlo a la punta del cerro si se trataba de una broma.

-Mira esto –Por la mesa le pasó un cuaderno que tenía varios dibujos pequeños en la portada.

Sin preguntar nada, lo acercó a ella para verlo mejor, corrió la portada y vio muchos dibujos en la primera hoja, todos hechos a grafito y otros con lápiz de tinta negra. Eran todos muy detallados y algunos más abstractos, pero todos eran hermosos.

-¿Tu los dibujaste? –Preguntó sorprendida, nunca pensó que Álex tendría un talento como aquel, para ella era un simple inútil.

-Sí.

-Debiste participar en ese concurso de dibujo de principio de año –Dijo con sinceridad. -Son hermosos -Siguió hojeando y luego de pasar las primeras páginas se encontró con el dibujo detallado de una chica sonriente, parecía que bailaba. Aquella chica le pareció familiar pero al mismo tiempo como si se tratara de alguien a quien había visto hace tanto tiempo atrás, de un pasado muy lejano.

-Si participé y de hecho gané con este dibujo –Se acercó un poco a ella y hojeó otras páginas hasta llegar a un boceto en específico, una chica dibujada delicadamente a grafito y en primer plano, solo podía verse su cara. Miraba hacia un lado y mantenía su rostro serio pero con un dejo de nostalgia, su cabello largo estaba un poco desordenado producto del viento, un efecto que parecía bastante real aunque se tratara de un dibujo.

-S-soy…

-Tú, si.

-Pero… ¿Por qué?

Aquello sin duda no se lo esperaba, se suponían que ellos dos se odiaban y resultaba que ahora, repentinamente y sin percatarse de nada, Álex se acercaba peligrosamente a su rostro, pero su cuerpo no respondía, estaba demasiado perpleja con toda esa información que estaba recibiendo y asimilando. El timbre que anunciaba el término del almuerzo se escuchó por todo el colegio, pero Álex lo ignoró por completo.

-Álex, ¿Qué haces? –Lo empujó por los hombros, alejándolo inmediatamente de ella.

-Tenía que intentarlo…

-¡¿Pero qué creías, idiota?! –Se levantó del asiento perdiendo el control, dispuesta a alejarse de él raudamente.

Álex la tomó por la muñeca para impedir que se alejara, había un último asunto del cual debía hablar con ella, no podía aguantar más tiempo con aquel secreto, quizás no era el momento más indicado para hacerlo, pero como había dicho, tenía que intentarlo.

-Voy a hacer que te enamores de mi –La miró fijamente, con la promesa de sus palabras grabadas en sus ojos.

Sam quiso decirle unas cuantas cosas pero justo en ese preciso minuto algunos compañeros ingresaron a la sala. La chica tuvo que agradecer que no se tratara de Pablo o Carla, esta ultima sobre todo, que no perdería oportunidad para interrogarla. Así que aun con el rostro desfigurado por la sorpresa, caminó hacia su asiento y como siempre hacia, miró hacia la ventana.

Ahora sentía una confusión desbordante, ella estaba profundamente enamorada de Daniel, todavía. Estaba segura que nunca dejaría de quererlo puesto que había sido su primer amor. Ahora resultaba que el chico con el cual se llevaba mal, a quien odiaba desde hace mucho y no había hecho más que molestarla desde que había llegado al colegio, estaba enamorado de ella, pero Sam no estaba dispuesta a abrir su corazón así como así, se le hacía imposible siquiera pensar en su futuro lejos de Daniel.

-Entonces yo paso a buscarte antes de ir donde Pablo.

-¿Ah?

-Sam, no digas que no ahora –Dijo Carla con el rostro entristecido.

-Ah, no, claro que iré –Trató de esbozar una sonrisa pero no le salió, solo parecía una especie de mueca.

De ahora en adelante haría todo lo que pudiera para retomar su vida, tenía que volver a juntare con sus amigos con normalidad, llevarse bien con sus familiares también. Pero todo eso no necesariamente incluía a Álex, solo esperaba que las palabras que le había dicho no fueran ciertas o se tratara de una de sus tantas bromas puesto que no estaba dispuesta a enamorarse de nuevo. Eso sería algo que dejaría en manos del tiempo.

Por ahora, estaba concentrada en seguir con su vida, tal como le había prometido a Daniel.